Canto del cisne (Hijos del desierto nº 1) Capítulo Diecisiete #3
72%

Capítulo Diecisiete #3

—Sí. Una noche se levantó y se marchó sin más. Nadie lo vio irse. Nunca dejé de buscarlo, hasta que hace tres años, justo antes de venir aquí, por fin lo localicé.

Khalid suspiró y su aliento le agitó el cabello a ella.

—Se negó a escucharme. Se negó a creer que Jauhara seguiría amándolo.

Conozco a Jauhara, habibti. Es mi hermana.

La conozco. A ella no le importaría su aspecto.

Aun así, después de todos estos años, lo llora.

Me enfurecí con Saiid y discutimos. Entonces me dijo que se había divorciado de ella. Me enseñó el documento.

—Oh, no —susurró ella.

—Sí. Saiid quería que ella pudiera encontrar a otro, que lo creyera muerto y pudiera volver a casarse sin pecado.

No me quedó más remedio que acceder a guardar su secreto.

No tenía sentido decirle a Jauhara que está vivo solo para causarle aún más dolor al contarle que se ha divorciado de ella.

Guardo el documento, pero espero no tener que enseñárselo nunca.

Le mando fotos de los niños, noticias de cómo les va.

Lo visito cuando estoy en Khobeira. No es solo su cuerpo lo que quedó destrozado, Sarah.

Sarah solo podía imaginar el dolor de Jauhara, que criaba a sus hijos sola mientras creía a su marido muerto en las circunstancias más horribles. Y sintió una ira creciente por Khalid.

—Es una situación insostenible —soltó ella—. Que él te haya puesto en esta situación.

—Sí. Dios, Sarah, si Jauhara llegara a descubrir que está vivo, y que yo lo he sabido todo este tiempo, jamás me perdonaría. Jamás —soltó una risa sin humor y se pasó la mano por la cara—. Yo apenas puedo perdonarme a mí mismo.

Sarah no encontraba palabras que pudieran consolarlo. Se sentía impotente para aliviar su dolor o para quitarle de encima la carga de culpa que arrastraba. Le acarició el rostro con suavidad, deseando que hubiera algo... cualquier cosa... que pudiera hacer por él.

—Hiciste lo que pudiste. Una vez que él se divorció de ella...

—Si no fuera por eso, se lo habría dicho, la habría llevado con él sin importar nada —dijo Khalid con vehemencia—. Pero el divorcio... Quedaría destrozada, Sarah, y ya ha pasado por tanto.

—No puedes culparte, Khalid. Solo eres humano. A veces las cosas no salen como queremos, por mucho que lo deseemos.

Había revelado demasiado de sí misma, de su propio anhelo por lo que nunca podría ser. Él debió de captarlo también, porque su mirada se volvió intensa, escrutadora.

—Sarah...

Sonó el timbre. Él suspiró, apoyando la frente contra la de ella.

—Sarah, hay tanto que quiero decirte. Pero no va a ser hoy.

Se puso de pie, dejándola en el suelo, y la besó rápidamente.

—Gracias por escucharme, habibti.

El timbre volvió a sonar, insistente. Mirando el reloj, le lanzó una mirada irónica.

—Puede que no quieras quedarte para esto.

Sin embargo, no le soltó la mano, y ella lo siguió con curiosidad hasta la puerta principal.

Un hombre árabe mayor esperaba en el umbral, y Sarah se quedó atrás, consciente del pelo revuelto y los pies descalzos.

Khalid, sin embargo, abrió la puerta para que su amigo entrara y lo presentó como Ahmed, un profesor de física de Egipto.

A Sarah le pareció recordar haberlo visto con Khalid varias veces en El Café, cuando empezó a bailar danza del vientre.

Ahmed aceptó su presencia con total naturalidad, sin pestañear siquiera cuando Khalid le pasó el brazo por la cintura mientras volvían hacia la cocina.

El visitante llevaba una bolsa grande de supermercado bajo el brazo, que resultó contener cerveza (¿cerveza?), Pepsi y dos bolsas grandes de patatas fritas. Sarah lo entendió enseguida.

—Fútbol.

—Sí. Aunque vosotros los estadounidenses lo llamáis soccer —respondió Khalid distraído, ocupado haciendo hueco en la nevera para las bebidas cuando el timbre volvió a sonar.

—Cariño, ¿puedes abrir tú?

Divertida, fue hasta la puerta principal.

Desde luego, no se estaba esforzando nada por ocultar su relación.

De hecho, se comportaba con tanta naturalidad como si.

.. bueno, como si ella perteneciera allí, con él.

.. en su casa, en su vida. Lo peor era que ella también lo sentía así.

Cada vez le costaba más recordar que no podía ser más que un capricho pasajero para él.

Para cuando empezó el partido, había una docena de árabes de diferentes nacionalidades reunidos en la «sala de televisión», como ella la había bautizado para sus adentros. Todos eran profesores de la universidad, salvo dos de los estudiantes taqaríes de Khalid.

Justo antes de que empezara el partido, el timbre volvió a sonar y Sarah fue a abrir.

Ante ella había un joven alto y de hombros anchos, y se quedó mirándolo.

Era absolutamente hermoso. Sus rasgos eran los de una escultura griega clásica, impresión que su tez dorada no hacía sino reforzar.

Llevaba gafas oscuras y los dedos esbeltos de una mano rodeaban el mango de un bastón blanco.

Sonrió instintivamente; era el tipo de persona que arrancaba sonrisas con su sola presencia.

—Debes de ser Jesse —dijo. ¡Ups! Pero él se lo tomó con naturalidad; seguramente pensaría que Khalid le había hablado de él. Ladeó la cabeza con una sonrisa pícara.

—Y tú eres Sarah.

Su tono no dejaba lugar a dudas. Ella se rio, admitiéndolo, y él entró en la casa. Detrás, un hombre mayor lo seguía de cerca.

—Este es Nick —los presentó Jesse—. Nick, esta es la Sarah de Khalid.

La Sarah de Khalid. Así que no eran solo sus estudiantes árabes quienes sabían del cortejo de Khalid.

Reflexionó sobre ello mientras seguía a los dos hombres hacia el fondo de la casa; Nick parecía conocer el camino.

Jesse y Nick fueron los últimos en llegar, y su ofrenda era un enorme cubo de alitas picantes, caseras, anunció Nick, preparadas por su hermana especialmente para la ocasión.

Sarah lo pasó de maravilla. Se sentó en uno de los sofás con Khalid, que la rodeaba firmemente con el brazo, mientras veían el partido.

Los hombres no se cortaban un pelo a la hora de gritarle al televisor, a los jugadores, a los árbitros, a los entrenadores.

Ni entre ellos, ya puestos. Discutían, intercambiaban insultos amistosos, se pasaban patatas fritas y bebidas, iban y venían de la cocina, hacían apuestas entre ellos y comentaban las jugadas en los descansos publicitarios.

Ni una sola vez le pidieron a Sarah que trajera o llevara nada.

Khalid le explicó lo de la cerveza, soto voce, durante el descanso.

Al parecer, muchos egipcios —y varios de los presentes lo eran— no consideran que la cerveza sea «alcohol» en el sentido que prohíbe el Corán a los musulmanes.

Vaaale. Le parecía extraño, pero Khalid le aseguró que un número sorprendente de musulmanes por lo demás estrictos, que jamás tocarían el vino ni los licores, se tomaban una cerveza de vez en cuando.

En cuanto terminó el partido, alguien —el mando a distancia había pasado de mano en mano hasta que Sarah ya no sabía quién lo tenía— cambió a un programa de análisis del partido. Ella gimió y Khalid se rio. Sarah miró el reloj y luego a él, con gesto de disculpa.

—Tengo que irme a casa. Necesito preparar cosas para el trabajo de mañana.

Él se levantó y le tendió la mano.

—Te acompaño al coche.

Los demás hombres se despidieron a coro, sin apartar la vista del televisor. Sarah no pudo evitar reírse por lo bajo mientras atravesaban la casa. Khalid le lanzó una mirada severa.

—Son cosas de hombres.

—¡Ya lo veo! —replicó ella.

Él soltó una risa indulgente. Salieron por la puerta principal y se detuvieron junto al coche de ella. Sin embargo, la sonrisa de Khalid se desvaneció cuando le tomó el rostro entre las manos y la besó; sus labios se posaron sobre los de ella con fuerza, exigentes.

—Habibti —la miró con los ojos oscurecidos por una emoción intensa. Le recorrió los labios con el pulgar—. ¿Vendrás a quedarte conmigo el próximo fin de semana? No solo unas horas robadas aquí y allá entre nuestros horarios, sino todo el fin de semana, tú y yo solos.

No había nada que le apeteciera más. No cabía el disimulo, ni fingir que no era lo que quería.

—Sí.

Los ojos de él resplandecieron.

—Te recojo el viernes después del trabajo.

Sarah asintió, sin palabras. Tras un momento, él se acercó, le abrió la puerta del coche y la sostuvo mientras ella entraba. Le acarició la mejilla fugazmente.

—Gracias, Sarah. Por todo.

Cerró la puerta y retrocedió un paso. Cuando ella dobló la esquina para salir a la calle, en el espejo retrovisor pudo ver a Khalid de pie en el jardín, con el sol reluciendo en su espeso cabello negro mientras la observaba alejarse.