Canto del cisne (Hijos del desierto nº 1) Capítulo Diecisiete #2
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Capítulo Diecisiete #2

Salió con un plato que contenía un trozo de filete bastante pequeño.

Apenas parecía suficiente para una persona, y ella lo observó con curiosidad, intrigada por ver qué haría con él.

Lo cortó también en dados, junto con una manzana que cogió de una cesta en el alféizar.

Derritió mantequilla en una sartén, volcó el cuenco con los cubos de patata, manzana y filete, y al instante la cocina se llenó de un aroma que hacía la boca agua.

Los dejó cocinar a fuego lento mientras batía huevos en un cuenco, les añadía un chorrito de leche y pimienta, y los echaba a la sartén. En muy poco tiempo sirvió el desayuno en dos platos. Se los acercó, les sirvió té a ambos y se sentó con ella en la barra.

Los sabores se fundieron en su lengua y cerró los ojos, extasiada.

—¿Dónde aprendiste a cocinar así? —quiso saber—. ¿Te enseñó tu madre?

La carcajada profunda de Khalid llenó la habitación.

—¿Mi madre? Habibti, Elyse no sabría hervir un huevo aunque le fuera la vida en ello.

—Entonces debe de ser ella quien te enseñó a preparar el té —murmuró Sarah.

Él se echó a reír, pero no respondió. Estaban terminando de desayunar cuando sonó su teléfono y se levantó a cogerlo de la encimera.

—¿Sí?

Sonrió, volvió a sentarse en el taburete y le cogió la mano.

—¡Elyse! ¡Justo estaba hablando de ti!

—¡Khalid! —susurró ella, horrorizada. Él le guiñó un ojo y le apretó los dedos con suavidad.

—Sí, de acuerdo.

Se sujetó el teléfono contra la mejilla con el hombro, cogió un trozo de papel y anotó el número que ella le dictaba.

—¿Se va esta noche? Bien, lo llamaré a primera hora de la mañana.

—¿Qué?

Khalid se puso rígido y soltó la mano de Sarah, concentrado por completo en las palabras de su madre. Mientras ella lo observaba, toda expresión de humor desapareció de su rostro, frunció sus espesas cejas y sus ojos se oscurecieron peligrosamente.

—¿Por qué?

Suspiró y se frotó la frente, como si le doliera.

—Lo sé. Sí, ya sé que es seguro. Solo... dile que tenga cuidado, Elyse.

Colgó el teléfono, se levantó y cruzó la cocina para servirse otra taza de té. No volvió enseguida, sino que se quedó mirando por la ventana con el ceño fruncido, su postura rígida irradiando una tensión casi palpable.

—¿Khalid?

Ella se acercó, preocupada, y él la estrechó entre sus brazos.

—Estoy bien, Sarah. No es nada.

Era evidente que sí lo era. Además del extraño tono de tensión en su voz y los músculos tensos que notaba en los brazos que la rodeaban, había perdido la fluidez en inglés y sus palabras de pronto sonaban con un marcado acento.

Podía sentir cómo se replegaba, cómo recuperaba ese control suyo.

Le molestaba. ¿Era así como él se sentía cuando ella lo excluía, sin dejarle saber lo que pensaba, lo que sentía?

Se echó un poco hacia atrás y pudo verle el rostro, la luz apagada en aquellos ojos oscuros, ahora de un negro opaco.

Había pequeñas arrugas a cada lado de su boca y, de algún modo, parecía infinitamente mayor.

Le puso la mano en la mejilla y le acarició las arrugas con el pulgar, como si quisiera borrarlas.

Su expresión se suavizó y giró la cabeza para besarle los dedos.

—Cuéntamelo —lo animó con suavidad.

Él la miró fijamente, con un músculo palpitándole en la mejilla, y por un instante el halcón brilló en sus ojos. Luego desapareció, desterrado por sus sombríos pensamientos.

—De verdad que no es nada de lo que preocuparse, Sarah. El problema está en mí.

Su mueca era de autodesprecio, pero en su voz había mucha frustración y una profunda tristeza.

—Bennett, mi hermano pequeño, vive en Al Qalat, nuestra capital. Va a viajar a Khobeira, el reino vecino, por negocios y para visitar a la familia. Muchas familias —explicó— están estrechamente unidas por lazos de parentesco. No hay ningún problema en eso, volamos de un lado a otro constantemente.

Se detuvo, respiró hondo y se pasó una mano por el pelo.

—¿Pero? —lo instó ella.

—Ven.

La condujo hacia otra puerta que se abría más allá de la cocina, lejos de la parte principal de la casa.

Ella no había visto aquella habitación antes: una sala alargada de techo bajo, con sofás cómodos y un televisor de pantalla grande en el extremo más alejado.

Khalid se acomodó en un sofá y la atrajo sobre su regazo.

Parecía reacio a hablar, o quizás solo estaba ordenando sus pensamientos.

Ella esperó con paciencia, con un brazo apoyado en el respaldo del sofá, mientras le pasaba los dedos suavemente por el espeso cabello.

Por fin Khalid suspiró y volvió junto a ella.

—Elyse dice que va a ir en coche, no en avión.

El problema soy yo, Sarah, no Bennett. Esa carretera.

.. Sabes que hace unos años tuvimos una disputa fronteriza con Khobeira.

Khobeira no es solo nuestro vecino, no solo un país amigo.

Khobeira es nuestro hermano, nuestro primo, nuestra familia.

Los lazos son muy estrechos, y nuestras familias se casan entre sí con frecuencia, como hacen las tribus beduinas del desierto.

Sarah asintió; nada de aquello le sorprendía después de leer el libro de Robert Lacey. Sabía poco de la breve guerra entre Khobeira y Taqara, solo que había existido; apenas era una niña cuando estalló aquel conflicto.

Khalid continuó:

—Íbamos a Khobeira en pequeñas caravanas de camiones y jeeps que se escabullían por el desierto al amparo de la oscuridad.

Llevábamos comida, mantas, material de primeros auxilios, y sacábamos a todos los que podíamos.

Logré sacar a mi hermana Jauhara y a sus hijos.

Pero Saiid, su marido... era khobeiraní y no quiso venir.

—¿Lo mataron?

—Eso suponemos —un músculo le tembló en la comisura de la boca—. Habibti. Minaron la carretera. Y el desierto a ambos lados de la frontera.

—Eso fue hace más de diez años —protestó Sarah—. Seguro que ya la han despejado.

—Sí, claro que sí. Ya te lo dije, el problema es mío.

Hice tantos viajes durante aquella guerra, y cuando miro atrás, cuando recuerdo esa carretera, solo puedo pensar en la muerte.

Hubo tantos que fueron únicamente a llevar comida y lo más básico, a traer de vuelta a las mujeres, los niños y los heridos, y que nunca regresaron.

Vi morir a un primo mío... iba en el jeep que me precedía.

Se desvió por alguna razón, apenas unos centímetros fuera de la carretera, y pisó una mina.

Otro amigo cercano, un khobeiraní que se había refugiado con nosotros, salió una noche, solo, a intentar sacar a parte de su familia.

Nunca volvimos a verlo, ni supimos jamás qué fue de él.

No quiero que mi hermano transite por esa carretera.

Pero es un hombre hecho y derecho. No puedo darle órdenes.

Había tanto dolor en su voz, en su rostro, que a ella se le encogió el corazón.

De repente él la estrechó contra sí y hundió el rostro en la curva de su cuello.

Ella solo pudo sostenerle la cabeza oscura contra su hombro mientras las palabras brotaban a borbotones, como arrancadas de él, como si se hubieran abierto las compuertas.

—Dios, Sarah. Si pudieras ver las cosas que hicieron.

.. los soldados. Aquí en Estados Unidos dicen que los soldados solo cumplían órdenes.

Pero nadie... nadie mínimamente humano podría hacer esas cosas, Sarah.

Por ningún motivo. Nadie podría dar semejantes órdenes.

.. ni obedecerlas. ¡Ni siquiera las bestias hacen algo así!

—¿Eso es lo que le pasó a Saiid? ¿Al marido de tu hermana? —preguntó ella con temor—. ¿O murió por las minas al intentar escapar?

Hubo un largo silencio. Ella pudo sentir el cambio en él, pero no supo interpretarlo. La había estado abrazando con fuerza, pero ahora su mano se deslizó por el cabello de ella, apartándoselo del rostro; los largos mechones crepitaban de electricidad estática y se le adherían a los dedos.

—Saiid no está muerto.

Le llevó los dedos a los labios para silenciar su exclamación.

—No debes decírselo a nadie, habibti. Es una carga terrible para mí. Me hicieron jurar que guardaría el secreto, pero a ti más que a nadie debo contarte la verdad. Cuando terminó la guerra, fui a buscar a Saiid.

Cerró los ojos un momento, con los labios apretados.

—¿Lo encontraste? —preguntó ella con toda la delicadeza que pudo.

—Sí. En un hospital de El Cairo, en una unidad de quemados.

Dios, Sarah, lo que le habían hecho. No lo reconocí al principio.

Solo por el anillo que Jauhara le había mandado hacer cuando se casaron; solo por eso lo identifiqué.

No sé por qué los soldados no se lo quitaron, quizá lo escondió.

Incluso entonces... incluso sabiendo que era Saiid, apenas podía reconocer al hombre que había conocido, a mi cuñado.

.. Sarah, ¡a mi propio primo! Me suplicó que no revelara su identidad a nadie, que no le dijera a Jauhara que lo había encontrado.

La miró con expresión interrogante.

—¿Oíste hablar de las torturas... de las quemaduras de cigarrillo, las descargas eléctricas?

Sarah solo pudo asentir, muda.

—Le habían destrozado el rostro. Estaba marcado con cientos de quemaduras de cigarrillos apagados contra su piel. Tenía la mano derecha destrozada, los huesos aplastados. Lo habían inmovilizado y le habían machacado la mano con las culatas de los rifles.

Sarah se estremeció y él se interrumpió. Le apretó el rostro contra su hombro y sus labios le rozaron la sien un instante.

—Lo siento, habibti. No quería alterarte, solo quería explicártelo.

Estaba tan angustiado, Sarah, sufría tanto, y poco podían hacer por él en el hospital, por las quemaduras.

Cuando intenté hacerle entrar en razón se agitó tanto que me pareció mejor dejarlo estar, acceder a sus deseos.

Pensé que ya habría tiempo después, cuando estuviera mejor, para convencerlo. Pero cuando volví, se había ido.

—¿Ido? ¿Así, sin más?