Canto del cisne (Hijos del desierto nº 1) Capítulo Trece #2
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Capítulo Trece #2

—Sí. El otoño pasado tuvimos un estudiante, Najiib.

Desde el principio parecía que su único propósito al venir aquí era ir de una borrachera a otra.

Perdí la cuenta de las veces que lo saqué de la cárcel pagando la fianza, y cuando finalmente me negué, pensando que le vendría bien quedarse allí unos días, sus amigos pusieron el dinero.

Nada de lo que yo o cualquier otra persona pudiera decirle sirvió de nada.

—¿Qué le pasó? —preguntó ella, algo horrorizada.

Khalid se encogió de hombros.

—Le revocaron el visado a los pocos meses y lo mandaron a casa.

Es un último recurso, algo que no nos gusta hacer.

Pero era inevitable; la universidad se lo habría revocado de todos modos al final del trimestre, cuando llegaran sus calificaciones.

No se ocupaba de sus estudios ni participaba en clase en absoluto, ni siquiera cuando estaba lo bastante sobrio para presentarse.

Lo observó, desconcertada. Parecía entristecido, casi como si se culpara a sí mismo.

—Khalid, ¿no te sentirás culpable por que lo mandaran a casa?

Pareció sorprendido y la miró con asombro. Le llevó la mano a los labios y, sonriendo, le depositó un beso.

—No, habibti. Por supuesto que no. Es solo que...

Se interrumpió y miró a su alrededor. Había un hueco entre dos puestos, y la condujo por él, alejándose de la multitud, hacia la relativa tranquilidad de la orilla del arroyo.

Al encontrar una roca grande, dejó las bolsas en el suelo, se sentó y la atrajo hacia sí, rodeándole la cintura con el brazo.

—Es difícil verlos venir aquí y desperdiciar la oportunidad que se les da —admitió—.

Es algo parecido a lo que pasa con tus compatriotas que van a cualquiera de los países árabes y lo odian, porque solo ven las reglas y las restricciones.

Se pierden todas las cosas maravillosas que hay que hacer y que ver.

No llegan a conocernos, a saber quiénes somos, ni siquiera les importa.

Con jóvenes como Najiib, funciona un poco a la inversa.

Ven la libertad de aquí, la falta de restricciones que tienen en casa, y pierden todo el sentido común.

Luego se sorprenden y se enfadan al descubrir que aquí también hay leyes y restricciones, y castigos.

Y para entonces a menudo es demasiado tarde; el patrón ya está marcado.

Sarah asimiló aquello en silencio durante un momento. Sin embargo, el rostro joven y avergonzado de Mousad no dejaba de aparecérsele. Frunció el ceño mientras miraba a Khalid y lo encontró observándola con atención.

—¿Qué pasa? —preguntó él.

—Bueno —vaciló y lo miró—. Sobre Mousad. ¿Estás diciendo que él...?

Khalid se rio y se acercó para rozarle el pelo con la nariz.

—No, mi Sarah. Mousad no se parece en nada a Najiib. Solo se dejó llevar un poco, eso es todo.

Sintió un enorme alivio. Parecía tan joven, tan serio.

—Najiib nunca tuvo intención de hacer otra cosa que comportarse como un salvaje y excederse en todo lo posible —le dijo Khalid—.

Mousad es muy estudioso y tranquilo, con un expediente académico excelente.

No le hizo ninguna gracia que lo arrestaran y tener que pasarse media noche en una celda abarrotada esperando a que lo sacaran bajo fianza.

—Ni la resaca —adivinó Sarah con perspicacia.

—No —sonrió Khalid—. Ni haber molestado a la muy, muy guapa estadounidense a la que arruinó la velada.

Sarah se volvió hacia Khalid y ahogó una risa contra su hombro.

—Esperemos que no sepa exactamente cómo logró, eh... molestarnos —consiguió decir entre risitas.

—Sarah, Sarah —Khalid la estrechó con más fuerza—. Eres un encanto.

Se apartó un poco para mirarla. Un brillo travieso le bailaba en los ojos.

—Incluso cuando tienes la cara sucia.

Molesta, lo fulminó con la mirada, pero él se limitó a sonreír.

—¡Khalid! ¡Sarah!

Sarah miró a su alrededor y vio a Omar de pie en el puente de madera, a cierta distancia. Al otro lado del arroyo, los demás esperaban expectantes y les hacían señas. Khalid se levantó y le tendió la mano.

—¿Has comido?

Ella negó con la cabeza, y él suspiró y chasqueó la lengua.

—Ya me lo imaginaba. Ven a comer con nosotros, y luego tengo que irme. Esta tarde tengo una sesión de orientación en la universidad para el último grupo de estudiantes que ha llegado.

Era poco después del mediodía y los músicos se habían tomado un descanso, así que la cola del puesto de comida de la iglesia era larga y avanzaba despacio.

Al final consiguieron pasar y buscaban un sitio libre en las largas mesas dispuestas sobre el césped cuando Sarah oyó que alguien la llamaba.

Era Andy, el dueño de El Café, y justo entonces un grupo de personas se levantaba de la mesa donde él estaba sentado.

Ella miró a Khalid, que asintió, y se abrieron paso hasta donde Andy los esperaba.

—¿Un turco en una fiesta griega? —bromeó mientras dejaba la bandeja frente a él—. ¿Te han puesto en la caseta de los remojones?

Andy se limitó a reír. Se levantó y le tendió la mano a Khalid por encima de la mesa; este le presentó a Omar y Mousad.

A Fatima y Noura, por supuesto, ya las conocía de sus muchas visitas a El Café desde el viaje a Solvang.

Al sentarse, la mirada de Sarah recayó casualmente en Fatima.

La joven tenía la cabeza inclinada sobre la bandeja, los ojos bajos, y un leve rubor en las mejillas.

¿Qué...? Un pensamiento desagradable cruzó su mente, y miró a Andy.

Estaba hablando con Khalid, pero sus ojos se desviaban hacia Fatima más de lo normal.

Era imposible no reconocer la ternura en su mirada cuando se posaba en el rostro de ella.

Vaya. Sentía pena por Fatima, que iba claramente camino de la desilusión, igual que ella misma.

No es que Andy tuviera nada de malo; por supuesto que no.

Era un buen hombre y un amigo maravilloso.

Pero recordaba cómo Fatima le había confiado una vez su condición de soltera, la melancolía en su voz cuando le contó que nunca había logrado encontrar un hombre que contara con la aprobación de toda su familia.

Su padre y su hermano mayor eran musulmanes muy estrictos; la palabra que había usado era una que Sarah desconocía.

Los hombres que le habían presentado para su aprobación habían sido igual de rígidos, y le confesó a Sarah que le aterraba la perspectiva de casarse con un hombre así.

Sus otros tres hermanos, menos conservadores, también se habían opuesto con firmeza.

Los amigos de estos, sin embargo, que se habían acercado a la familia para pedir la mano de Fatima, habían sido buenos hombres, pero el padre y el hermano mayor los habían rechazado tajantemente por no estar a la altura de sus estrictos ideales religiosos.

Cuando Sarah le preguntó, Fatima admitió que bien podría haber aceptado a uno de aquellos hombres.

Sin embargo, odiaba decepcionar a cualquier miembro de su familia.

Era claramente una situación imposible; ningún hombre lograría la aprobación de ambos bandos, y Fatima había acabado comprendiendo que estaba condenada a quedarse soltera.

Y ahora, al parecer, se había enamorado de un hombre al que todos y cada uno de los miembros de su familia rechazarían a gritos.

Andy podía ser musulmán, pero ahí acababa toda posible aceptación.

Era dueño de un restaurante que era más bien un club nocturno, con baile.

.. por no hablar de las bailarinas del vientre.

.. y que servía alcohol. Si la familia de Fatima llegara a sospechar siquiera hacia dónde se inclinaba su corazón, se la llevarían de vuelta a Taqara en un abrir y cerrar de ojos.

Al otro lado de la mesa, Noura estaba sentada entre Omar y Mousad. Sus ojos se cruzaron con los de Sarah, y esta pensó que parecía tan preocupada como ella misma.

—Por el amor de Dios —le susurró a Noura, llevándosela aparte cuando todos abandonaban la zona de las mesas un rato después—. Magda no lo sabe, ¿verdad?

La malévola prima de Noura parecía de las que disfrutarían con perverso placer destruyendo las vidas ajenas. Noura se estremeció, al parecer de acuerdo con su opinión sobre la ausente Magda.

—¡No, claro que no! ¡Ninguno de nosotros se lo diría jamás! Tampoco invitamos a Magda a El Café, Sarah, así que no te preocupes. Pero esto no pinta bien.

—Lo sé —suspiró Sarah—. Y sin embargo... la verdad es que me la imagino casada con Andy y muy feliz. Parece extraño, pero en cierto modo se complementan, encajan como piezas de un puzle, y cada uno llena una necesidad del otro.

Noura asintió.

—Yo también lo siento así. Pero nunca lo permitirían, Sarah.

Sí, lo sabía. Igual que sabía lo imposible que era que existiera algo permanente entre ella y Khalid.

Antes de que estos pensamientos deprimentes pudieran echar raíces, los demás las llamaron para que se unieran a ellos.

—Sarah, tengo que irme —dijo Khalid cuando se acercaron a él.

Le entregó las bolsas con sus compras y le acarició el rostro con suavidad.

—Baila bien.

Se dio la vuelta y se adentró en la multitud, con Mousad y Omar pisándole los talones. Sarah se quedó mirándolo, deseando que las cosas pudieran ser diferentes.

Oyó un suspiro exagerado a su espalda y se giró para encontrarse con Fatima, que la miraba con ojos chispeantes. Por las expresiones de ella y de Noura, dedujo que estaban decepcionadas porque Khalid no la había besado al despedirse. Les sonrió.

—Noura y yo nos quedamos contigo —anunció Fatima—. Vinimos en coches separados de los hombres porque sabíamos que Khalid solo podía quedarse un rato.

Mientras se cogían del brazo y se dirigían hacia una hilera de puestos cercanos, vio a Andy de pie a cierta distancia. Observaba a Fatima, y la tristeza en sus ojos le decía con más certeza que las palabras que él conocía la imposibilidad de la situación.