Canto del cisne (Hijos del desierto nº 1) Capítulo Doce
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Capítulo Doce

Plantada frente a su armario abierto, Sarah hizo una mueca al examinar el contenido.

Un vestido de cóctel. El único que tenía era el sencillo vestido negro que Madre prefería que usara en las distintas funciones a las que iban en Nueva York.

Tampoco es que hubiera habido tantas fiestas de cóctel de St. Mary's como para necesitar otro.

Qué raro, no se había dado cuenta hasta ahora de lo mucho que odiaba ese vestido negro.

Sarah lo fulminó con la mirada. No iba a ponérselo para salir con Khalid. Y punto.

Sonó el teléfono y lo agarró.

—¿Qué? —exigió, irritada.

Hubo un momento de silencio.

—Mmm... ¿Sarah? —La voz era de mujer, vacilante.

—¿Sí?

—Soy Lisa...

—¡Oh! —Sarah soltó una risita y se alejó del armario para sentarse en el borde de la cama—. Perdona. Estaba en plena crisis de vestuario. ¿Qué pasa?

—Ah —había un mundo de comprensión en esa sílaba alargada—. ¿Necesitas un vestido para salir con Khalid?

Sarah apartó el auricular y se lo quedó mirando un momento. Quizás sí había algo de cierto en eso de la solidaridad femenina. Se llevó el teléfono de nuevo a la oreja.

—Khalid me ha invitado a una fiesta de la facultad —confesó—. El único vestido que tengo es viejo y soso, lo tengo desde hace siglos y lo odio.

Unos susurros le indicaron que Lisa no estaba sola al otro lado de la línea.

—Escucha —podía oír la sonrisa en la voz de Lisa—. Fatima está aquí conmigo. Te llamábamos para ver si querías quedar a cenar. Además, resulta que conozco una tiendita estupenda, y apuesto a que tiene justo lo que buscas. Podemos ir de compras primero y luego a cenar. ¿Qué dices?

De pronto animada, Sarah se echó a reír.

—¡Suena genial! ¿Dónde quedamos?

—Paseo Nuevo —dijo Lisa, refiriéndose al nuevo centro comercial del centro, no lejos de donde vivía Sarah—. ¿Te viene bien en media hora? Quedamos frente a... ¡Godiva Chocolates!

Risas al otro lado de la línea. Sarah soltó una risita.

—Godiva. Entendido.

Poco menos de una hora después, las tres cruzaban State Street.

Frente al centro comercial estaba El Paseo, una zona comercial mucho más antigua formada por una serie de edificios de adobe en torno a patios y un laberinto de callejuelas empedradas.

Se adentraron en aquel dédalo, con Lisa a la cabeza mientras sorteaban las multitudes de turistas veraniegos.

Lisa las guio hasta una tienda diminuta.

—Es aquí —anunció, algo sofocada.

Se quedaron fuera contemplando el escaparate.

—Vaya —susurró Sarah. A su lado, Fatima murmuró algo en árabe con reverencia.

Lisa estudió con detenimiento el vestido de seda turquesa con lentejuelas, luego miró a Sarah y negó con la cabeza.

—No es para ti —le cogió la mano—. Vamos a ver qué encontramos.

Durante más de veinte años, comprar ropa nueva había sido para Sarah una forma de tortura particularmente detestable.

Había supuesto horas aparentemente interminables de pie, posando, mientras la medían y le clavaban alfileres.

La giraban de un lado a otro, la empujaban para que se pusiera recta: hombros atrás, no te encorves.

Vendedoras y costureras debatían sobre colores y estilos, siempre deferentes, por supuesto, con su madre.

Sarah no había comprado ni una sola prenda por sí misma hasta los diecinueve años, cuando vino a Santa Barbara para su segundo máster.

Aun así, la aversión a esa tarea estaba tan arraigada que no le producía ningún placer, y seguía eligiendo la ropa y los estilos que durante años y años le habían dicho que eran «apropiados», pero que en el fondo odiaba.

Incluso ahora que empezaba a ver que su madre no necesariamente había tenido razón.

.. o que la había vestido deliberadamente con colores apagados, posibilidad que admitía a regañadientes.

.. aun así, experimentar era un proceso lento y cauteloso que requería mucha reflexión en su lucha por superar años de adoctrinamiento.

La salida de compras de hoy, por tanto, fue toda una revelación.

La tienda era pequeña, apenas más grande que su dormitorio, pero estaba abarrotada de percheros con vestidos.

Había de todo, desde elegantes vestidos de noche hasta modelos cortos y ceñidos que se pegaban al cuerpo como una segunda piel.

Sarah lo pasó en grande recorriendo los percheros y sacando vestidos para enseñárselos a Lisa y Fatima, que hacían lo mismo.

Las atendió con soltura la elegante vendedora hispana, cuyos ojos negros chispeaban de risa ante sus payasadas y los frecuentes sonrojos de Fatima con algunos de los modelos más atrevidos.

En un rincón, cómodamente arrellanada en un sillón bajo, había una mujer mucho mayor: la madre de la vendedora, o quizás incluso la abuela, decidió Sarah.

Vestida con ropas negras y vaporosas, salvo por los pesados zapatos ortopédicos algo incongruentes, con los dedos nudosos aferrados al puño de un bastón, era el estereotipo perfecto de la matriarca familiar.

El cabello espeso y ondulado, blanco como la nieve, lo llevaba recogido hacia atrás y parcialmente oculto bajo un chal de encaje.

Las innumerables arrugas de su rostro no lograban ocultar la delicada estructura ósea ni la belleza atemporal de sus ojos chispeantes.

Debió de ser muy hermosa de joven, pensó Sarah. Una auténtica gran dama.

Pilló a Sarah mirándola y la estudió a su vez, frunciendo los labios. Soltó un torrente de palabras en español. La vendedora se volvió y examinó a Sarah con ojo profesional.

—Es un vestido de cóctel lo que busca, ¿sí? —preguntó la más joven con una sonrisa. Cuando Sarah asintió, se dirigió a un perchero en la esquina más alejada. Curiosa, Sarah la siguió y la observó mientras rebuscaba entre los vestidos.

—Ah —encontró lo que buscaba y lo sostuvo en alto para que Sarah lo viera—. Mi abuela dice que esto le sentaría muy bien.

Sarah lo estudió. Era un vestido corto y entallado de jacquard azul medianoche, de líneas sencillas y sin más adorno que el destello apagado de cuentas bordadas en el mismo tono oscuro que la tela, que realzaban el estampado floral.

Además, era bastante escueto. Lisa y Fatima se acercaron por detrás y Sarah intercambió una mirada con ellas.

No era exactamente lo que había pensado buscar, y sin embargo. ..

—Me lo pruebo.

En el diminuto probador, se quitó los pantalones de algodón suave y la camisa que se había puesto para la salida de compras.

Como sabía que compraría algo elegante, se había puesto medias y su sujetador de encaje sin tirantes favorito, con braguitas a juego en amarillo sol.

Hacía unos años había descubierto en ella una pasión por la lencería.

.. seda, satén, terciopelo, daba igual. Quizás fuera su pequeña rebelión silenciosa contra los tonos pastel apagados que le habían metido en la cabeza que eran los que mejor le sentaban, pero tenía dos cajones de la cómoda en casa abarrotados de preciosas prendas de lencería de Victoria's Secret.

Al ir a coger el vestido de la percha, se vio de reojo en el espejo de cuerpo entero y, dejando caer los brazos, se giró lentamente para contemplar su reflejo.

La vanidad nunca había formado parte de su crianza, y jamás se había mirado el cuerpo con tanta atención.

El sujetador con relleno le hacía maravillas en la figura, concluyó.

No es que lo necesitara, pero una dependienta amable le había explicado una vez que ayudaba a realzar el pecho, hiciera falta o no.

Su piel resplandecía pálida contra el amarillo intenso, el vientre liso y plano.

Las caderas eran lo bastante redondeadas como para no parecer rectas; a decir verdad, pensó que se curvaban muy bien.

Llevaba medias con elástico en el borde, y la parte alta de los muslos quedaba al descubierto, muy blanca.

Mientras se examinaba con ojo crítico, se preguntó de pronto qué pensaría Khalid si estuviera allí.

Cierto, la había visto desnuda hacía unas noches, pero.

.. Cerró los ojos cuando una oleada repentina de deseo la invadió.

Qué no daría porque él estuviera allí en ese momento.

Se pondría detrás de ella, la atraería hacia sí y le rodearía la cintura con las manos.

Sus dedos le acariciarían la piel, dejando una estela de fuego hacia arriba.

Se deslizaría bajo el sujetador para abarcarle los pechos mientras su boca encontraba la de ella y su lengua la exploraba con pericia erótica.

—¿Sarah?

Abrió los ojos sobresaltada. Respondió algo incoherente, consternada al descubrir que se había puesto colorada como un tomate.

Nunca... nunca en su vida había fantaseado así, y desde luego no en un lugar público.

.. ¡en un probador, por Dios! Con más prisa de la necesaria, se puso el vestido de cóctel.

Decidió que forcejear con el cierre de detrás del cuello y la cremallera de la espalda era excusa suficiente para el rubor de sus mejillas, y abrió la puerta.

Salió del probador a un silencio absoluto.

Se habría oído caer un alfiler sobre la moqueta de la pequeña tienda.

Lisa abrió la boca, sacudió la cabeza y volvió a cerrarla sin decir palabra.

Los ojos color chocolate de Fatima se abrieron de par en par, y se cubrió el rostro con las manos dejando escapar un gemido ahogado.

La vendedora lucía una sonrisa maliciosa, mientras su abuela asentía despacio con gesto aprobador.