Capítulo Cuatro #4
—No más de lo habitual. El negocio va bien, así que no me quejo.
La examinó, con la cabeza inclinada hacia un lado.
—Vas muy elegante, pero parece que vienes de un funeral. ¿Día difícil para ti también?
—No tanto —no pensaba desahogarse con él—. Simplemente no quería irme a casa todavía.
—Pasas demasiado tiempo sola —fue su sorprendente respuesta—. Deberías salir más.
—¡Sí que salgo! —soltó, indignada—. ¡Vengo aquí constantemente!
Andy negó con la cabeza. —No me refería a aquí. Este sitio es donde vienes a huir de ti misma. Deberías salir más, conocer sitios, hacer cosas con tus amigos.
Sarah lo miró fijamente, asombrada de lo perspicaz que era.
Tenía razón: El Café era el lugar al que venía a menudo sin más motivo, aparte del baile, que escapar de su pequeño apartamento; pero hasta que él lo dijo, no había sido del todo consciente de que eso era exactamente lo que había estado haciendo.
Aun así, sus palabras le dolieron, aunque sin duda no era su intención.
Pero había algo más que simplemente salir de casa, y Sarah no sabía qué hacer al respecto.
—No tengo amigos.
Las palabras se le escaparon casi sin querer.
Andy la miró como si hubiera perdido la cabeza. —¿Qué?
Sarah dio una patada a la pata de la mesa, molesta por tener que repetir las palabras.
—¡He dicho que no tengo amigos!
Casi esperaba que le preguntara si hablaba en serio, pero él se limitó a fruncir el ceño, pensativo.
La verdad era que, a pesar de todo su cacareado machismo, Sarah había notado en los últimos dos años que los hombres griegos y de Oriente Medio que frecuentaban El Café tenían muchas menos dificultades para hablar de sentimientos y pensamientos que sus homólogos estadounidenses.
Desde luego, Khalid no tenía ningún problema con ello.
—A bastante gente de aquí le gusta tu compañía —dijo Andy—, pero tú los mantienes a distancia. Daba por hecho que fuera de aquí tenías tu propio círculo de amigos. ¿Por qué no?
¡Oh, no, de eso nada! No había forma de explicarle que la gente cambiaba en cuanto descubría quién era ella; nunca había encontrado la manera de contarlo sin parecer insoportablemente engreída.
Y además, El Café era uno de los pocos refugios que le quedaban.
Sarah valoraba mucho su anonimato allí y no quería que eso también se echara a perder.
Así que se encogió de hombros ante la pregunta y apartó la mirada.
—Sarah.
Andy alargó el brazo por encima de la mesa para darle un toquecito en la mano, y ella se dio cuenta de que había estado dándole vueltas a una cuchara entre los dedos sin parar.
Detuvo aquel gesto delator, pero él le cubrió la mano con la suya y se la sacudió suavemente hasta que levantó la vista y sus miradas se encontraron.
—¿No crees que ya va siendo hora de que dejes de esconderte?
Sarah se limitó a mirarlo.
Él suspiró. —Leo los periódicos, Sarah.
Lo que veía en sus ojos era insoportable, igual que aquella compasión tan inmensamente bondadosa. Así que lo sabía. Lo había sabido desde el principio. ¿Le había ofrecido el trabajo de bailarina por eso?
No se dio cuenta de que había pensado en voz alta hasta que Andy frunció el ceño.
—Soy un hombre de negocios, Sarah. Ante todo. Si no hubieras sido buena, no te habría ofrecido el trabajo, me diera igual quién fueras.
—Lo siento, Andy.
Notó que se ruborizaba. Andy no había sido más que amable con ella en los tres años que llevaba viniendo, y ella había dudado de él de inmediato, había buscado segundas intenciones donde no las había. Se sintió avergonzada de haber sospechado tan rápido.
—Lo entiendo. Pero llega un momento —dijo Andy, y le apretó los dedos para dar énfasis a sus palabras— en que hay que dejar el pasado atrás y seguir adelante.
Te has construido una nueva vida, que creo que era lo que buscabas cuando dejaste Nueva York.
Lo has hecho muy bien, Sarah, has encontrado tu sitio.
Ahora toca disfrutar de esa nueva vida. Arriésgate, despliega un poco las alas y echa a volar.
Le dio una última palmadita en la mano, a modo de advertencia, y se puso de pie.
—Piénsatelo —le aconsejó.
Sarah lo observó alejarse hasta que desapareció en la cocina.
La perspicacia de Andy la había sorprendido; había dado en el clavo con su análisis de la situación.
Y, pensó con un suspiro, tenía razón. Había estado tan empeñada en escapar, en labrarse un hueco aquí, que más o menos se había escondido de la gente, atrincherada en aquel pequeño nicho donde se sentía segura.
También tenía razón en que ya era hora de que dejara de esconderse y empezara a vivir un poco.
El único problema era que... solo la idea la asustaba de muerte.
Y, en cierto modo, la incipiente relación con Khalid no era precisamente lo que habría elegido para su primer intento de salir de los límites seguros que se había creado.
En lugar de tantear el terreno, pensó Sarah con ironía, lo más probable era que acabara metiéndose donde no hacía pie.