Capítulo Cuatro #2
La abordaron nada más entrar en el restaurante.
Conocía a Rebecca, la encantadora camarera morena, desde hacía un par de años; su hija estaba matriculada en St. Mary's, y ella y Rebecca se habían hecho amigas.
Becca lanzó una mirada curiosa a Khalid, y Sarah los presentó, no sin una sonrisa pícara ante la franca curiosidad de su amiga.
Becca los condujo a una mesa cerca del fondo, en un rincón tranquilo.
«Genial», pensó Sarah con un suspiro. «Muchas gracias, Bec».
Khalid miraba alrededor con interés, y ella también lo hizo, como si lo viera con ojos nuevos.
El restaurante era hogareño y acogedor más que elegante, con manteles a cuadros rojos y velas titilantes en tarros rojos.
Los asientos y manteles eran de vinilo y los individuales de papel, pero servían la mejor comida italiana que pudiera encontrarse.
Un claro ejemplo de que las apariencias engañan.
Sarah había estado en restaurantes italianos más elegantes, mucho más caros y exclusivos, que no le llegaban ni a la suela del zapato a este.
En cuanto a la comida, Petrini's superaba a todos los demás con creces, y ella prefería con mucho la calidad sin pretensiones de aquel pequeño y acogedor local.
Sus dueños, tres hermanos, trataban de tú a sus comensales, la mayoría clientes habituales desde hacía décadas.
Becca volvió con las cartas y un vaso de té helado para Sarah. Sarah suspiró para sus adentros, pero Khalid parecía divertido.
—Deduzco que has estado aquí antes —comentó.
—Unas cuantas veces —admitió ella. Los ojos de él brillaron, y Sarah no pudo reprimir una sonrisa a regañadientes.
—Una vez a la semana —añadió.
Khalid se rio abiertamente.
—Yo nunca he estado. Alguien me habló de este sitio hace un par de meses, pero no había tenido ocasión de probarlo hasta ahora.
Rebecca se acercó a encender la vela de su mesa y examinó el servicio con el ceño fruncido.
Se marchó y volvió con una carta de vinos, que le entregó a Khalid.
Sarah se había preguntado si bebía alcohol; en el Café nunca lo hacía.
Sin embargo, parecía que sí, pues examinó la carta con la seguridad de quien sabe distinguir el vino del mosto.
—Puedo recomendarte el merlot —le dijo Sarah.
Becca puso los ojos en blanco.
—¡Ya lo creo que puede!
—¡Becca!
Su amiga se limitó a sonreír y cambió el peso de pierna.
—Al final le di la patada a Randy —le contó a Sarah.
Eso sí que era interesante. Sarah la miró de reojo.
—¿Ah, sí?
Becca asintió mientras se apartaba el largo flequillo castaño con impaciencia.
—Es que no iba a funcionar. Vive y respira banca. Amy quería montar en el carrusel de Palm Park, y él le preguntó que para qué. En serio, Sarah. Te juro que ese hombre es un dementor.
Sarah estalló en carcajadas, encantada. Era la descripción más acertada que había oído en su vida. Y perfectamente adecuada para el exnovio de Becca, aunque Sarah se había cuidado mucho de criticarlo delante de su amiga.
—Perfecto. ¡Eso es perfecto!
Khalid se limitó a parecer desconcertado.
—¿No me digas que no has leído los libros de Harry Potter de J.K. Rowling? —Sarah negó con la cabeza mirándolo—. Han descuidado tu educación.
—Un dementor es un guardián de la prisión de Azkaban —explicó Becca, solícita.
—No tienen alma —añadió Sarah con regocijo—. Te absorben toda la felicidad y la alegría.
Becca hizo una mueca.
—Ese es Randy, desde luego.
—A Amy nunca le cayó bien, ¿sabes? —le dijo Sarah con toda la delicadeza que pudo.
—¿Habló contigo de él?
Sarah asintió, y Becca suspiró.
—Bueno, vale, gracias por contármelo. Al menos eso me hace sentir mejor.
—¿Amy es su hija? —dedujo Khalid después de que pidieran la cena. Él pidió una copa de merlot. Becca se había perdido en las entrañas del restaurante, presumiblemente para llevar los pedidos al cocinero.
—Sí, tiene ocho años y es muy lista. Randy no tiene ni idea de cómo tratarla. Parece incapaz de entender lo que significa ser niño, y la aplasta sin contemplaciones.
Los ojos castaño oscuro de Khalid centellearon divertidos.
—Como un dementor.
—Exacto.
Becca regresó con el vino de Khalid y una cesta de palitos de pan.
Sarah se esforzó por mantener la compostura; Becca llevaba dos años intentando emparejarla en citas a ciegas sin ningún éxito.
Ahora, con una mirada elocuente hacia Khalid por encima del hombro mientras se alejaba contoneándose, Becca le dejó claro a Sarah que tendría que dar explicaciones.
Por el rabillo del ojo, Sarah la vio sacarle la lengua al entrar en la cocina.
Volvería a almorzar mañana, decidió Sarah, y le contaría a Becca todos los detalles jugosos que claramente se moría por escuchar.
De todos modos, necesitaba otra botella de su aliño casero, que habían empezado a vender comercialmente hacía algunos años.
Además de ser un excelente aliño para ensaladas, también servía de marinada estupenda para el bistec.
Tras los largos y fríos inviernos de Nueva York, Sarah había descubierto el placer de las barbacoas, algo que podía hacer en el balcón de su piso durante todo el año, así que consumía botellas del aliño de Petrini con bastante rapidez.
Sarah centró de nuevo su atención en Khalid.
—¿Cuánto tiempo llevas viviendo en Santa Bárbara?
Se tomó su tiempo para responder, paladeando el vino tinto con deleite, observando cómo el líquido rubí atrapaba la luz parpadeante de la vela.
—Un año y medio. Doy clases de literatura e historia árabe en la universidad.
—¿En serio?
Interesada, Sarah se inclinó hacia delante.
Jamás lo habría tomado por profesor, y desde luego no de literatura; aunque, pensándolo bien, quizás no resultaba tan sorprendente.
A pesar de la intensidad de su personalidad y esa arrogancia despreocupada de quien parece haber nacido para mandar, había en él una calma serena.
—¿Y cómo acabaste en Santa Bárbara? —Tenía curiosidad por saber más.
—Me ofrecieron un puesto como profesor visitante. Querían ampliar su departamento de estudios de Oriente Medio, y un amigo mío que se había graduado aquí les dio mi nombre. Estaba dando clases en Riad, en Arabia Saudita, y pensé que era hora de cambiar de aires.
—¿Y cuánto tiempo crees que te quedarás?
Khalid se recostó en el asiento de vinilo del reservado y frunció el ceño, pensativo, mientras sus dedos largos y morenos jugueteaban con el tallo de la copa.
—El que quiera, básicamente. Aunque mi padre es de Taqara, mi madre es estadounidense, así que tengo doble nacionalidad. Todavía no he decidido dónde fijar mi residencia definitiva.
Había cierta reticencia en su voz, y parecía estar eligiendo las palabras con cuidado. Era evidente que había más de lo que le contaba, pero un detalle destacaba.
—¿Tu madre es estadounidense?
Khalid sonrió y su rostro se iluminó con afecto.
—Sí. Mi padre estaba en Francia en una misión diplomática, y ella estaba allí estudiando, la típica estudiante de arte bohemia y sin un duro en una buhardilla de París. Fue un noviazgo relámpago, y cuando él pasó a su siguiente destino en Viena, ella lo acompañó como su esposa.
Bueno, al menos ahora sabía de dónde le venía esa determinación para el cortejo.
—¿Y dónde viven ahora? —preguntó Sarah, intrigada—. ¿En Taqara?
—No, no. Están en Alemania por el momento. Mi padre es embajador ahora. Por supuesto, tenemos la casa familiar en Taqara. Y también en Estados Unidos; tienen una casa en Los Ángeles y un ático en Nueva York. Mi madre viaja a Estados Unidos con frecuencia para sus exposiciones.
Becca llegó con la comida justo entonces. Sarah atacó con deleite el enorme bol de ensalada, rebosante de lechuga, salami, aceitunas y provolone, todo ello bañado en su aliño italiano casero especial.
—Entonces —retomó la conversación después de unos minutos—, sí llegó a ser artista, aunque dejara de vivir en una buhardilla, ¿no?
Khalid asintió mientras daba un bocado a la lasaña de carne que había pedido, humeante y recién salida del horno. Alzó las cejas, apreciando el rico sabor.
—Ajá —le pasó la cesta de pan—. Puede que hayas oído hablar de ella. Elyse Brandt.
—¿Elyse Brandt?
Sarah apenas podía creerlo. ¿Khalid era hijo de Elyse?
—¡Claro que he oído hablar de ella! La conocí en persona, y de hecho tengo uno de sus cuadros.
¡Uy! ¿De dónde había salido eso? Ella nunca... ¡nunca!... soltaba ese tipo de información así como así.
Khalid se quedó sorprendido, con las cejas pobladas arqueadas de asombro.
—¿De verdad?
Dado que los cuadros de Elyse Brandt solían alcanzar las cinco y seis cifras, su expresión de absoluto asombro resultaba comprensible.
—Me lo regalé a mí misma cuando terminé la universidad.
Eso era todo lo que pensaba ofrecer como explicación.
Había estado en Nueva York, obligada a asistir a uno de los recitales de piano de su padre.
Durante la semana que pasó allí, su madre se las había arreglado para arrastrarla a todos los eventos de gala en un radio de ciento sesenta kilómetros, parte de una campaña interminable para devolver a su hija descarriada al redil.
.. o, mejor dicho, a los focos. Uno de esos eventos de alto copete había sido una exposición exclusiva de las obras de Elyse Brandt.
A Sarah le había bastado con echar un vistazo para enamorarse de aquellos hermosos cuadros, delicadas fantasías impresionistas al óleo.