Capítulo Cuatro
Un tímido golpecito en la puerta entreabierta de su despacho precedió a unos dulces ojos castaños, de cervatillo, que se asomaron por el borde.
—¿Khalid?
Se levantó de un salto e hizo un gesto a la joven para que entrara mientras retiraba una pila de papeles y revistas desordenados de un sillón de cuero.
—Salaam aleykum, la paz sea contigo, Fatima. ¿Cómo estás hoy?
—W-aleykum es-salaam —respondió ella automáticamente, mientras lo miraba con el ceño ligeramente fruncido.
En su tercer año en la universidad, Fatima era una de las estudiantes de Taqara bajo su tutela. Las ayudaba con los visados y el papeleo, y en general velaba por ellas. Fatima también era pariente lejana, es decir, familia. La conocía desde niña y sentía un profundo afecto por la joven.
—Entonces, ¿cómo estás? —preguntó.
La perplejidad de su rostro dio paso a una mirada ilusionada.
—¡Oh! ¡Khalid! Pudiste conocerla... a esa mujer, la bailarina Cassandra.
Sarah. No pudo evitar la sonrisa; un resplandor le recorrió las venas al pensar en ella. Fatima aplaudió con sus pequeñas manos gráciles, lo que le hizo volver la atención hacia la joven.
—¿Cómo lo supiste? —preguntó, frunciendo ligeramente el ceño.
Los ojos oscuros le brillaron con picardía.
—Khalid, no has hilado dos palabras seguidas desde el día que la viste por primera vez.
Una vez entré en tu casa mientras trabajabas.
Preparé té y te serví una taza, y dijiste «gracias» sin siquiera darte cuenta de que estaba allí ni preguntar cómo había entrado.
A menudo venimos a verte aquí, mirando por la ventana, y sabemos que estás pensando en ella.
El calor le subió a las mejillas y se aclaró la garganta, algo avergonzado.
—No me di cuenta.
Ella le sonrió radiante.
—Da igual. Cuéntame qué pasó. ¿Cómo lo conseguiste?
Khalid se acercó a la mesita del otro lado de la habitación, donde había una cafetera, una jarra de té y varias tazas.
—¿Café? ¿Té?
—Té, por favor.
Le sirvió una taza y volvió a su asiento tras el escritorio, con la mirada perdida hacia la ventana.
Quizá algún día Sarah vendría a visitarlo aquí, miraría por esta misma ventana y se quedaría sin aliento ante la vista del océano, como le pasaba a él tantas veces.
¿Qué pensaría de esta habitación, de las estanterías que cubrían las paredes, del tenue aroma a especias del té y el café que siempre tenía a mano?
Una risa suave le devolvió la atención a Fatima, y no pudo evitar unirse a ella.
—Perdona. Hoy me cuesta concentrarme.
—Ya lo veo —bromeó ella—. Cuéntame, Khalid. Me muero de curiosidad.
—Estaba hablando con el dueño de El Café... se llama Andy, pero es turco.
Ella frunció ligeramente el ceño.
—¿Un turco que se llama Andy? Khalid, eso no tiene sentido.
—¿Quién sabe qué nombres les pondrán los padres a sus hijos? —se rio de pronto—. Recuerda que tengo un hermano que se llama Bennett.
A Fatima se le marcaron los hoyuelos con una sonrisa encantadora.
—Es verdad. Continúa.
—Algo que ella dijo lo hizo reír a carcajadas —hizo una pausa, recordando el disgusto que había sentido, casi celos, ante la evidente amistad entre los dos, cuando ella ni siquiera le dirigía la palabra a él—.
Entonces, de repente, se marchó sin previo aviso, y la seguí.
Serían las ocho, pero fue a una tienda de manualidades a comprar tela.
Esperé hasta que se sentó a mirar patrones y entonces me acerqué a ella.
Fatima negó con la cabeza, frunciendo el ceño. Su mirada dulce se tornó severa, y cuando habló, su voz sonó a reproche.
—Khalid, eso es acoso. ¡No me lo puedo creer, viniendo de ti! Tienes suerte de que no llamara a la policía.
Acoso. Una palabra fea. ¿Sarah lo había considerado un acosador?
—Wa-llahi —murmuró—. No me extraña que me evitara durante tanto tiempo. Pero no pretendía hacerle ningún daño, te lo juro. Solo quería hablar con ella, conocerla mejor.
Fatima lo miró con simpatía en sus grandes ojos.
—Lo sé, Khalid. Tú nunca harías daño a nadie, pero ella no tenía forma de saberlo.
Reflexionó, repasando las últimas semanas.
—Era como un juego... como el ajedrez, cuestión de maniobrar y ser más listo. Estrategia. No pensé en cómo lo vería ella.
—¿Pero hablaste con ella? —preguntó Fatima con ansiedad—. ¿Te dejó? ¿La volverás a ver?
Khalid suspiró aliviado, recordando, y sonrió.
—Sí. La ayudé a elegir telas y le hablé de los souqs que tenemos en casa.
Se llama Sarah. Cassandra es su nombre artístico, por así decirlo.
Ya sabe mucho sobre Oriente Medio, más que el estadounidense medio, y parecía muy interesada.
Así que cuando terminó sus compras, la invité a tomar un café en el restaurante de enfrente de la tienda de telas, y aceptó.
Aunque es cautelosa. Creo que tiene muchos secretos.
Se oculta, no solo de mí, sino de todos.
La expresión de Fatima se volvió pensativa.
Era una chica guapa, vestida de forma tradicional con falda larga y blusa, y un pañuelo color crema que le cubría el cabello a la manera musulmana.
Era brillante y ambiciosa, y había rechazado varias ofertas de matrimonio para alcanzar su meta de cursar estudios superiores.
La mejor de su clase, aprobaba los exámenes con facilidad y parecía absorber todo el conocimiento que anhelaba.
También era la persona más dulce y compasiva que él había conocido.
De todos los estudiantes a su cargo y de todos sus parientes fuera de su familia más cercana, Fatima era su favorita.
Valoraba su perspicacia y su criterio, y estaba deseando que llegara el día en que pudiera llevar a su Sarah a conocerla.
—Ojalá pudiera conocerla —dijo Fatima con nostalgia, como si le leyera el pensamiento—. ¿Me caería bien, Khalid? ¿Yo le caería bien a ella?
—Sí. —Su respuesta fue firme—. Lo sé.
Sarah se mecía de los talones a las puntas de los pies mientras esperaba a Khalid fuera de El Café.
Había llegado temprano para evitar que él la viera salir del condominio de enfrente, así que tenía tiempo de sobra para recordar exactamente por qué no tenía citas.
Odiaba todo el proceso: angustiarse por qué ponerse, si arreglarse o ir informal, preocuparse por los temas de conversación o tropezar con sus propios pies en un momento crucial.
Regodeándose en su pesimismo, se aseguró de llevar suficiente efectivo para tomar un taxi a casa.
.. desde donde fuera... por si Khalid la dejaba plantada cuando se negara a ir con él a ver sus monturas de camello, o lo que fuera el equivalente árabe de los grabados.
Después se reprendió por ser injusta y se sintió un poco infantil.
¡Pero maldita sea! Ni siquiera le había dado un número de teléfono para cancelar.
Tratándose de alguien con modales tan exquisitos como los que Khalid había mostrado hasta entonces, sospechaba que el descuido había sido intencionado.
Le estaría bien empleado si ella se marchara a casa y él se quedara esperando y esperando.
¿Y si hubiera tenido una emergencia? Un flemón o algo así.
Pasando de mecerse a caminar de un lado a otro, Sarah decidió que prefería una endodoncia a esta cita. O a cualquier otra. Estaba que trinaba cuando él se detuvo junto a la acera... puntual al minuto, advirtió con fastidio.
Khalid salió del coche y caminó hacia ella.
Se le secó la boca. Todos los pensamientos, malhumorados o no, huyeron de su mente.
Vestido con pantalones negros de algún tejido suave y un jersey de cachemira marrón chocolate sobre una camisa blanca abierta en el cuello, estaba absolutamente deslumbrante.
Al alzar la vista hacia él... aunque no tanto, advirtió; debía de medir alrededor de metro setenta y ocho... Sarah vio que sus ojos tenían un brillo intenso mientras la recorrían con la mirada, francamente admirativos.
—Preciosa. —El timbre aterciopelado de su voz era como un vino fino y generoso que le acariciaba las terminaciones nerviosas.
El calor la recorrió, una cascada cálida que nacía en sus pechos y le hormigueaba hasta la punta de los pies, y Sarah bajó la mirada.
Él tenía que saber que se sentía atraída, pero estaba aterrada de que descubriera hasta qué punto lo deseaba.
Sí, él la deseaba ahora. Pero ¡ay! Ella lo deseaba para siempre.
El peso en lo más hondo de su pecho le recordó lo absurdo que era siquiera soñar con que un hombre como Khalid, obviamente rico y con ese aura de seguridad y poder, pudiera interesarse en serio por ella.
Él le abrió la puerta y ella se deslizó en el asiento; la tela de su falda susurró contra el cuero fresco y suave.
Llevaba una falda color crema que caía en suaves pliegues hasta media pantorrilla, con una túnica holgada a juego ceñida a la cintura.
No pudo evitar fijarse en que su conjunto crema complementaba a la perfección los negros y marrones de él, y en que Khalid también llevaba oro: unos gemelos con monograma que destellaban discretamente bajo el jersey chocolate.
El motor ronroneó bajo su contacto y el coche se incorporó a la calle, suave como la seda. Él le lanzó una mirada de reojo y Sarah aquietó los dedos que se retorcían nerviosos en su regazo mientras buscaba algo que decir. Él se le adelantó.
—Dime que te gusta la comida italiana. —Su voz era cálida, persuasiva, y ella no pudo evitar responder al tono juguetón. Le devolvió la sonrisa, invadida de pronto por una euforia desbocada de estar con él otra vez.
—Me gusta la comida italiana.
—Bien.
Hicieron el corto trayecto al centro en silencio.
Cuando Khalid puso el intermitente para girar a la izquierda desde State Street, Sarah alzó la vista con grata expectación: Petrini's era su restaurante favorito.
Sin embargo, no dijo nada mientras él le abría la puerta del coche.
De verdad que tenía unos modales exquisitos.
No era la primera vez que Sarah se preguntaba cómo alguien de una cultura tan diferente podía sentirse tan cómodo con las costumbres estadounidenses.
—¡Sarah!