Capítulo 23
E ra la tarde de la ceremonia que iba a unir a Ruth y a Natalia como pareja.
Un grupo numeroso de hadas blancas había llegado esa misma mañana a Escocia procedentes de diversos países.
Era un acontecimiento que un clan élfico y uno de hadas blancas se unieran por nexos familiares.
Nadie quería perdérselo, hasta los más reacios a la unión habían asistido, ya que su curiosidad era mayor que su recelo.
Donde quisiera que se mirara había un grupo de elfos o de hadas hablando.
Incluso Ana y Jaime tenían un corrillo alrededor.
A pesar de que su condición de vampiros era del desagrado de la mayoría, al ver cómo Luna, su princesa elfa, y Agatha, la más poderosa de las hadas blancas, les trataban con cariño y confianza, poco a poco iban ganándose el respeto del resto.
¡Si dejaban a su cuidado a sus propias hijas, no podían ser tan malos!
Sofía había aceptado su condición de elfa con naturalidad, incluso Luna pensaba que se hubiera sentido inferior al resto si solo hubiera sido «una niña normal».
Se había adaptado tan bien a la comunidad que llevaba la misma ropa cómoda y sencilla de los otros niños, se sentaba con ellos a escuchar historias de sus antepasados y participaba en todas las actividades que los otros pequeños elfos realizaban.
—A Sofía no la vuelves a meter en un piso ni sobornándola con chocolate —le comentaba Micaela a su nieta mientras tomaban un zumo de moras natural, junto con los padres de Riv y algunas hadas de la familia de Natalia, en apacible tertulia vespertina.
—Lo sé. Se tendrá que conformar con salir al jardín de enfrente o al de la casa de Agatha. No queda más remedio. Esto es pasajero —dijo Luna suspirando con pesar, relajada como hacía tiempo que no lo estaba, después de tantas preocupaciones y tensiones.
—¿Estás segura, cariño?
—No te entiendo, yaya.
—Aunque soy la abuela más feliz del mundo teniéndoos conmigo, el lugar de Sofía y el tuyo está aquí, entre los elfos, entre estas amables gentes y estos preciosos parajes.
—¿Porque somos elfas? Te recuerdo que Ruth también lo es y vive en la ciudad. Y Roc, y Natalia...
—No, mi vida, no es por eso. Es porque tu corazón está aquí —respondió Micaela, apartando un rizo rebelde de la pecosa cara de Luna, a la vez que dirigía una mirada significativa hacia Riv, que venía hacia ellas.
—Luna, ¿podrías venir conmigo un momento? Hay una cosa para la ceremonia que como padrino y dama de honor tenemos que organizar —pidió Riv a Luna sin mirar a sus padres que lo observaban arqueando las cejas.
—Claro —respondió la elfa poniéndose de pie, haciendo que se derramara un poco del zumo que estaba bebiendo sobre la camisa de flores que llevaba—. ¿Aviso a Agatha?
—No, no hace falta —negó Riv con energía, ante el cruce de guiños complacidos entre Micaela y su madre.
—Pues vamos, entonces —concedió Luna, despidiéndose con una sonrisa del resto.
Luna siguió a Riv a través del claro donde se asentaba la comunidad, hacia una zona limítrofe más tranquila donde un pequeño riachuelo fluía en aquella apacible tarde de primavera a unos cientos de metros del asentamiento élfico.
Atrás habían dejado todo resto de conversaciones y preparativos.
Desde donde estaban, no se veía a ningún elfo ni a ninguna hada.
Solo los trinos de los pájaros rompían el silencio.
—No veo nada de la ceremonia por aquí. ¿Es alguna sorpresa que tenemos que organizar para las novias? —preguntó Luna dubitativa.
—No, Luna, siento haberte mentido, pero era la única forma de alejarte de mi familia y de nuestros amigos.
—No entiendo. ¿Qué tienes que decirme que no puedas contarme delante de todos? —inquirió Luna nerviosa sin dejar de retorcer entre sus dedos el lazo que adornaba el cuello de su camisa.
Riv se llevó la mano a su cabello, atusándoselo en un gesto nervioso. Él, al que nunca le faltaba la resolución y la determinación, se sentía inseguro y asustado. No sabía por dónde empezar, no encontraba las palabras necesarias para expresarle a Luna su amor: imperecedero e incondicional.
—Yo quería... me gustaría... si tú...
Luna no lo dejó hablar, dejándose llevar por un impulso se puso de puntillas, agarró con sus manos la camiseta de Riv, que le marcaba cada uno de sus músculos como para estudiar anatomía masculina y resaltaba su piel canela, y atrayéndole hacia ella, lo besó, con pasión y fuego.
La pelirroja elfa dejó salir todo lo que sentía en su beso, sin reservarse nada dentro.
Estaba enamorada del atractivo elfo desde siempre.
Nunca había dejado de sentir algo por él, a pesar de sus intentos por olvidarlo.
Incluso cuando solo sentía odio hacia Riv, por habérsela pegado con cuanta mujer había pasado por su lado, lo había seguido queriendo.
Ahora comprendía que Ícaro solo había sido un vano intento por olvidarlo, fijándose nada más que en el bello exterior del elfo oscuro, sin pararse a analizar cómo era en realidad.
—Te quiero —afirmó Luna cuando sus bocas se separaron, pero manteniendo aún el contacto de sus cuerpos—. He sido una tonta todo este tiempo, no viendo lo que para todos era evidente. Hasta para mi abuela Micaela.
—Adoro a Micaela —aseguró feliz Riv hinchado de gozo.
—Amo la forma en que me miras, la manera silenciosa en que tu presencia se instala en mi vida. Cuando estás con Sofía, y veo cómo escuchas cada una de sus palabras, haciéndola sentir querida y especial, mi corazón brinca de emoción.
—Sé que no es mi hija, pero la quiero como si lo fuera —clamó con firmeza Riv, mirándola a los ojos, sin gesto de duda en rostro.
—Aunque he tardado en comprenderlo, ahora lo sé.
Incluso tiene pequeños gestos como los tuyos, inclina la cabeza ligeramente hacia la derecha cuando escucha algo que le llama la atención, igual que lo haces tú.
¡Pero si hasta coméis igual las madalenas!
Empezáis por la parte de arriba, y os guardáis la base para el final.
—Es la mejor forma de comerlas.
—Me he acostumbrado a ti. A verte cada día, hasta el punto que un día sin hablar contigo es un día vacío.
Desde que dejaste nuestra casa, cuando Ícaro dejo de ser un peligro, me parece más vacía y silenciosa.
Cada vez que entro en la cocina extraño verte preparando nuestro desayuno; y por la noche, la cena es insulsa sin tus bromas y tus ocurrencias.
No ha vuelto a ser lo mismo ver una película en la televisión sin que estés a mi lado para descubrir juntos al asesino, o apostar cuánto tardarán en besarse los protagonistas.
—No sabía qué decir ni qué hacer para que supieras que te quiero, que nunca dejé de quererte y que me arrepiento de haberte tratado como te traté.
Tuviste razón en alejarte de mí entonces —la interrumpió Riv impetuoso quitándole la palabra—.
Sin embargo, eso es historia. Tú y Sofía sois mi presente y mi futuro.
Mi único anhelo en la vida es haceros felices, compartir cada minuto de mi tiempo con vosotras.
Riv rubricó sus palabras con un nuevo beso profundo y abrasador, al que le siguieron varios más. La temperatura de sus cuerpos aumentó, y la ropa comenzó a ser un estorbo.
—¿Tenemos tiempo? —preguntó picarona Luna.
—Nada me gustaría más, pero dos novias nerviosas nos esperan y seremos elfo y elfa muertos si no regresamos con ellas.
—No quiero ir —protestó Luna haciendo un mimoso puchero.
—Yo tampoco, pero tendremos tiempo más tarde. Toda la noche si quieres, estoy seguro de que encontraremos a alguien que cuide a Sofía mientras nosotros recuperamos el tiempo perdido. La ventaja de vivir en una comunidad élfica es que siempre hay algún niñero disponible.
—Podría acostumbrarme a esto.
—¿A mis besos? —preguntó Riv dejando un reguero húmedo de besos por el cuello de Luna.
—Ja, ja, a tus besos no quiero acostumbrarme nunca, espero que cada vez que me beses, despiertes mi pasión.
—Prometo hacerlo.
—Me refería a vivir aquí.
—¿Lo dices de verdad? —quiso saber Riv dejando de besar a la elfa para mirarla a los ojos, tan feliz como un niño el día de Navidad.
—He vivido toda mi vida entre los humanos, creo que es el momento de cambiar y vivir con los elfos. Son mi esencia y la de mi pequeña, parte de lo que somos, es hora de cambiar. Si tú quieres.
Riv no respondió con palabras, pero sus acciones fueron lo suficientemente clarificadoras, aunque dos novias se enfadaron bastante al ver que su padrino y una de sus damas de honor llegaban tarde a su boda.