Capítulo 22
V olar con una niña hiperactiva, en un grupo de catorce personas con un bebé de meses, no fue una experiencia de la que el resto del pasaje disfrutara demasiado.
Los diez primeros minutos estuvo sentada entre Luna y su yaya, pero cuando ya el avión volaba con tranquilidad después del despegue, se escurrió del asiento para jugar con Riv al veo veo, hacerle carantoñas a Rocío cuando se despertó de su siesta, reírse a carcajadas por las cosquillas que Jaime le hizo y, al final, contemplar extasiada por la ventana las nubes y los bellos paisajes que desde el cielo veían.
Antes de llegar a su destino final, Jaime había insistido en que hicieran noche en su castillo.
Agatha, emocionada, recordaba el viaje que había hecho sola tiempo atrás después de morir su abuela Margarita.
¡Qué diferente era ahora! Entonces había viajado sola, sin más compañía que su mochila.
Había conocido a Jaime, que había resultado ser un antiguo amigo de su abuela y un archienemigo de Börg, al que en aquella época la propia Agatha temía.
Había descubierto que Jaime era un vampiro, y ella, un hada blanca novata a la que su abuela no le había contado que ella misma lo era.
Sin embargo, en esos momentos viajaba rumbo a Inverness con su bebé en brazos, apoyada en el confortable pecho de su amado vikingo, rodeada de algunas de las personas que más quería en el mundo.
Luna iba en silencio, contestando con monosílabos a su parlanchina hija a la que todo le asombraba.
Temía el momento de conocer a los elfos del bosque.
Riv le había asegurado que estaban deseando conocerlas y darles todo el afecto que se merecían, pero Luna estaba aterrada.
Su abuela Micaela le había contado cosas de sus padres, pero más de su padre, que era su propio hijo, que de su madre, de la que en realidad no sabía demasiado.
¿Y si no les gustaban? ¿Y si las rechazaban como habían rechazado a su madre por casarse con un humano y dejar el mundo élfico atrás?
Por otra parte, estaban las sensaciones y sentimientos que despertaban en ella el elfo de piel canela que en esos momentos le contaba a su hija una leyenda local.
Se engañaba a sí misma pensando que solo era aprecio lo que sentía hacia él, que era un amigo igual que Börg o Roc, pero no lo era.
Cuando él la miraba, sentía que sus piernas se volvían gelatina, su respiración se aceleraba y un incómodo rubor cubría sus mejillas.
Al hablar con sus otros amigos, eso no le pasaba, y no porque no fueran atractivos, ya que todos ellos parecían salidos de un catálogo de moda masculina.
Por separado atraían la atención, pero juntos, no había fémina que no volviera la cabeza a su paso.
Con Riv todo era diferente, inquietante y emocionante a la vez.
—Luna, ¿estás bien? —le preguntó el objeto de sus temores sonriéndole.
—Sí, algo nerviosa.
—Todo irá bien. Mañana, cuando conozcas a mi familia, nuestra familia en realidad, se te pasarán enseguida los nervios. Ya lo verás.
—Ya estamos llegando —anunció Jaime desde su puesto de conductor.
Habían decidido que, para no tener que alquilar varios coches, era mejor alquilar un minibús, así podrían desplazarse todos juntos con su equipaje de un lado a otro.
Orgulloso, el highlander señaló el inmenso y precioso castillo del que era propietario.
Detuvo el minibús cerca de la puerta, donde un matrimonio mayor aguardaba impaciente.
—¡Señora Darius! —exclamó Agatha emocionada, saliendo del minibús para abrazar a la tímida mujer que sonreía con afecto a su alocada amiga.
—Joven Agatha, ¡cuánto tiempo ha pasado! Me alegro mucho de verla.
—Y yo a ustedes. Les presento al hombre de mi vida, Börg, y a mi preciosa hija Rocío.
Uno a uno, Jaime fue presentando sus invitados a los guardeses que se ocupaban del cuidado del castillo y de atender sus necesidades cuando estaba allí. Para la ocasión, habían contratado a una pareja joven del pueblo, para que les ayudaran a atender al alegre grupo.
—Somos demasiados —le dijo Ana arrepentida por causar tantas molestias a los ancianos.
—Al contrario, querida Ana, es una alegría ver las habitaciones llenas de vida —aseguró feliz la buena mujer.
—Mejor que una horda de turistas, ¿verdad?
—¡Y que lo diga! —asintió con energía el señor Darius, al que le fastidiaba tener que vigilar los fines de semana a los turistas que hacían las visitas guiadas al castillo.
—Tengo hambre —afirmó Sofía sin vergüenza, tirando del pantalón de su madre. La pequeña tenía razón, habían comido en el aeropuerto un bocadillo antes de embarcar y ya hacía casi cinco horas que no habían ingerido nada más que patatas fritas y frutos secos.
—¿Te gustan los panecillos de mantequilla? —le preguntó la señora Darius a la pequeña que asintió a modo de respuesta—. Ven conmigo, y usted también señorita Agatha, no hace falta que se los meta en el bolso, he preparado suficientes para todos.
Menos la aludida, todos rieron divertidos al recordar cómo el hada blanca les había contado que se llenaba de panecillos la mochila en la Villa donde se había alojado primero y en el propio castillo, donde se trasladó después, antes de salir de excursión por los lugares cercanos.
La dueña de la Villa se enfadaba cuando lo hacía, pero la señora Darius, después de descubrirla un día, procuraba poner una bandeja a su alcance y dejarla sola con ella, para que pudiera hacer acopio de estos antes de salir a caminar.
—No me miréis así, cuando los probéis sabréis lo que es bueno. De todos modos, cualquier cosa que cocine la señora Darius está riquísima.
Esta última sonrió orgullosa al escuchar las palabras de Agatha.
Ese par de días estaba feliz de tener gente a la que cuidar y alimentar.
Echaba de menos a Jaime que pasaba largas temporadas en España con Ana.
Aunque en realidad vivían entre los dos países, para el matrimonio Darius no era bastante.
Querían a la pareja como si fueran sus hijos y el tiempo que pasaban con ellos nunca era suficiente.
Luna estaba cada vez más nerviosa, temía y deseaba el momento de conocer a los elfos del bosque.
Intentaba en vano distraerse visitando los alrededores con sus amigos, pero la presencia de Riv cada vez la inquietaba más.
Donde quiera que fuera, sentía su mirada sobre ella.
El maldito estaba cada vez más atractivo: a medida que se acercaba a su hogar, era como si abandonara su apariencia de apacible fotógrafo para dejar aflorar su masculinidad y su magnetismo.
—Chicas, ¿es mi imaginación o Riv cada día está más bueno?
—les preguntó a Agatha y a Ana mientras daban un paseo por las calles de Inverness.
Delante de ellas iban sus chicos hablando en gaélico con fluidez.
Ruth y Natalia, junto con Tec y Leo, habían partido ya hacia su comunidad.
Gail y Roc permanecían con ellos disfrutando de la hospitalidad de Jaime.
Esa mañana su abuela Micaela se había quedado en el castillo intercambiando recetas con la señora Darius, quien consentía a Sofía dándole pudding a escondidas.
No era raro que la niña hubiera preferido quedarse con ellas.
—¿Solo Riv? —respondió Ana—. Ha sido llegar a Escocia y dejar atrás su pátina de urbanitas. Anoche le pedí a Jaime que se pusiera el kilt para mí, solo el kilt . Ya sabéis, chicas —explicó Ana guiñándoles un ojo a sus amigas.
—Así que esos eran los ruidos que oíamos.
—¡Ja! ¡Mira quién fue a hablar! Agatha, como que tú y Börg os quedasteis cortos. Hasta la luz parpadeaba.
—No me digas eso, Ana —dijo el hada blanca ruborizada—. No lo puedo evitar, cuando llego al orgasmo mi poder se descontrola un poquito.
—¿Un poquito? Esta mañana el señor Darius ha tenido que cambiar tres bombillas que se fundieron a la vez anoche.
—Bueno, bueno, déjalo ya. Aquí lo importante es saber si Luna y Riv ya se han acostado.
—Por supuesto que no.
—¿Por qué? —preguntaron a la vez sus amigas.
—Somos amigos nada más, no quiero estropear nuestra amistad por...
—¿Un buen polvo? —continuó Ana que no entendía por qué aquellos dos tontos no se daban cuenta de lo que era evidente para todos: estaban enamorados sin remedio uno del otro.
—Luna, estás dejando pasar el tiempo sin disfrutar del hombre al que quieres y que te quiere.
—Agatha, no creo que él sienta amor. Queda el recuerdo del tonteo de juventud, sin más.
—Cielo, no te engañes pensando eso. Riv está enamorado de ti desde hace tiempo, la forma en que te mira, como se iluminan sus ojos cuando te ve, hasta la postura de su cuerpo cambia.
Y tú haces lo mismo, pareces una adolescente insegura cuando está cerca de ti.
Sofía lo nota también. ¿O crees que es fruto de la casualidad que sienta esa afinidad por Riv?
La niña percibe vuestros sentimientos, y por eso se pega a Riv como a una lapa.
—Chicas, yo no sé qué hacer. No quiero equivocarme como con Ícaro.
—¡Ni me lo nombres! —exclamó Ana bufando.
—Sí sabes qué hacer, pero te da miedo. Deja que te guíe tu corazón —añadió Agatha antes de adelantarse hasta donde estaba Börg para cogerlo de la mano y llevarlo a visitar una de sus tiendas favoritas durante su anterior viaje a Escocia.
Luna era un mar de dudas. ¿Debía escuchar a su corazón como decía Agatha y permitirse amar a Riv? ¿O debía continuar haciendo caso a su mente racional y no dejar que ningún elfo, por muy atractivo que fuera, volviera a entrar en su vida?
***
La luz del sol se filtraba tras las hojas de los árboles, iluminando el claro como si fuera un decorado de una película de Tolkien, solo que no era ficción, era real.
Un grupo de sonrientes elfos, vestidos de ropas cómodas confeccionadas con tejidos naturales en todos verdes y marrones, los aguardaban.
Luna podía distinguir a su amiga Ruth y su novia entre ellos, y a Leo y Tec en frente de ellas.
En medio había una pareja de ancianos de serena apariencia, con los que Riv tenía un notable parecido.
—Mira, mami —dijo Sofía señalando a un grupo de niños elfos que corrían persiguiéndose entre ellos—. Tienen las orejas como los personajes de los cuentos de Riv.
Luna miró al elfo que se encogió de hombros con gesto de disculpa; a su modo, había ido contando a Sofía las leyendas de su pueblo. Las historias que había oído de pequeño de labios de sus mayores, y estos a su vez de los suyos. Luna sentía sobre ella la mirada de reproche de su abuela Micaela.
—Cariño, tienes que contarle a Sofía quién es, y quién es su madre en realidad —le había dicho la noche anterior antes de acostarse.
—Lo sé, yaya.
—¿A qué esperas para decirle que es una elfa, que sus padres los son y que muchos de sus titos lo son?
—Me da miedo que me rechace —confesó Luna con pena—. No quiero que se sienta diferente de sus amiguitos o que piense que su madre es rara.
—Mi vida, esa pequeña te adora. Estoy segura de que reaccionará mejor de lo que esperas.
Luna se acababa de dar cuenta de que había llegado el momento de hablar con Sofía. Tarde, como siempre, pero no podía dejar que bajara del minibús sin saber quién era.
—¿Vamos? —le preguntó Riv, animándola a bajar del vehículo y unirse a sus amigos que ya saludaban y eran presentados a la comunidad. Sofía tiraba de ella intranquila, le atraía lo que veía, pero también sentía timidez, y más al notar los recelos de su madre.
—Tengo que hablar con Sofía antes —respondió Luna acariciándose el medallón que colgaba de su cuello.
Riv le sonrió y asintió saliendo del minibús. Esperaba con impaciencia la reacción de la pequeña.
—Sofi —comenzó a decir Luna cuando estuvieron solas—, ¿recuerdas las historias que Riv te ha contado sobre seres que viven en el bosque y lo cuidan?
—¡Sí! Sobre elfos, duendes y hadas —añadió expectante la niña.
—Bueno, pues no son solo cuentos. Esas personas que ves son elfos; en realidad, Ruth, Roc y algunos de nuestros amigos lo son.
—¿Y Riv? —preguntó la chiquilla, viendo de reojo cómo el elfo se quitaba su medalla y se fundía en un abrazo con la pareja mayor.
—Él también es un elfo.
—¿Y la tita Agatha? —desde luego la niña era perspicaz, no habría dicho nada, pero estaba claro que había notado que su tita preferida no era lo que parecía.
—Ella es un hada.
—¿Tiene varita mágica?
—No lo sé, tendremos que preguntárselo —respondió Luna riendo.
—¿Y nosotras? ¿Qué somos? —preguntó Sofía dejando de reír y mirando a su madre preocupada.
—Somos elfas, cariño. ¿Ves esta medallita que llevo? Voy a quitármela y verás cómo mis orejas se vuelven puntiagudas.
La niña la miraba con la boca abierta, viendo cómo las orejas de su madre se afilaban y aumentaban de tamaño. Sus ojos se volvían más verdes y su piel más brillante. Sin hablar, le quitó a su hija su pulserita, llevando la mano de esta a sus orejas, para después llevarla a las suyas.
—¡Soy un personaje de cuento! —exclamó emocionada.
—Ja, ja, bueno algo así.
Ya no pudo contener más a la pequeña que brincaba hacia la puerta. En cuanto la abrió, salió corriendo hacia Riv, gritando.
—¡Soy una elfaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa!
Todos los presentes rieron divertidos por la alegría de Sofía, que sin ninguna vergüenza tiraba de las orejas a Riv y se dejaba hacer carantoñas por la pareja mayor, que eran los padres de este.
—Princesa, nos alegramos de que estés con nosotros —le dijo un alto elfo a Luna, haciéndole una reverencia.
Luna nunca había visto a nadie tan alto y con tanta majestuosidad como aquel extraño personaje.
Sin duda era el canciller que ostentaba el poder en la comunidad en representación de la familia real, que por lo visto eran ella misma y su hija.
—Y yo estoy feliz de estar aquí —afirmó Luna, sorprendida de sus propias palabras que habían salido de su corazón, sin pensar, solo porque así lo sentía y necesitaba expresarlo en voz alta, para ser consciente de ello.
Uno a uno le fueron presentando a los miembros más relevantes de la comunidad élfica, que estaban ansiosos por conocer a la heredera perdida.
Luna sonreía y respondía con cordialidad a los saludos.
Riv la miraba orgulloso, era su princesa, su amor, ahora necesitaba encontrar el momento adecuado para hacérselo saber.
—Ya está bien de presentaciones —dijo Ruth interrumpiendo el sinfín de besos y abrazos—. ¡Tenemos una boda que preparar!