Canela y miel (Un té con amor 3) Capítulo 21 #2
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Capítulo 21 #2

El fotógrafo, al verlas, se deshizo con dificultad de su corte de admiradoras y se acercó a sus amigas. La profesora de Sofía saludó a Ruth con cordialidad. Habían sido amigas de niñas, en la comunidad élfica donde ambas habían nacido, aunque en la actualidad ya no se veían tanto como antes.

—Os he guardado unos asientos en la primera fila, venid.

Las tres amigas siguieron a la profesora, con Rocío despierta, curioseando todo lo que veía a su alrededor, hasta el lugar donde ya les aguardaban Micaela y Macarena.

Agatha había temido que la niña se asustara por las voces y el ruido y se pusiera a llorar durante la función, pero había ocurrido justo lo contrario.

Divertida y feliz, daba palmas al son de la música y gorjeaba contenta desde su cochecito.

Cuando Sofía y los gemelos salieron al escenario, daba la impresión de que cantaba y bailaba con ellos.

Luna dividía su atención entre su hija y el elfo de piel canela que se había colocado a su lado en el pasillo, de cuclillas, para hacer fotos a los pequeños.

Al final de la actuación, el grupo de amigas se puso en pie para aplaudir entusiasmadas, ante las miradas de reproche de los padres de alumnos de los otros cursos.

Había sido un éxito, tocaba esperar a la función del verano para volver a reunirse en el teatro del colegio y disfrutar de una nueva actuación de los niños.

***

Esa tarde dejaron a Sofía al cuidado de su abuela y fueron a acompañar a Natalia a comprar su vestido de novia.

No quería el típico vestido blanco, quería algo de corte medieval en tonos beige, luego pensaba añadirle algún detalle en verde con flores y hojas, en homenaje al hogar de su novia Ruth.

Tras visitar tres tiendas de conocidas franquicias, en una pequeña tienda de una céntrica calle, encontró lo que buscaba.

—Estás preciosa —aseguró Luna—. No sé cómo será el de tu chica, pero el tuyo es precioso.

—¿Estáis seguras? Ahora dudo de si seré capaz de añadirle los adornos que quiero.

—Por eso no te preocupes —dijo Agatha—. Hablé con Marta antes y me ha dicho que no lo dejemos arreglando en la tienda, que se lo llevemos, que ella hace las modificaciones que tú quieras.

—¿De verdad? No sé cómo agradecértelo —dijo Natalia emocionada.

—Somos hadas blancas, nuestras familias siempre se han ayudado entre sí, no tienes nada que agradecerme.

—Chicas, quiero que seáis mis damas de honor. ¿Qué decís?

—¡Por supuesto! —exclamó encantada Luna.

—El rosa no me va, ni los volantes, ni las cursiladas americanas —afirmó muy seria Agatha temiéndose lo peor.

—Algo encontraremos, ja,ja,ja.

Era la hora de cerrar cuando llegaron a la tienda de ropa Abuela Margarita , con sus vestidos en aparatosas bolsas, para que Marta les diera su toque personal.

Entre los diseños de la línea infantil, Luna encontró el vestido perfecto para una damita de honor que debía portar las alianzas.

Más valía que pusieran a alguien que vigilara a la pequeña durante la ceremonia, o se pondría a jugar y terminaría perdiendo los anillos.

—No os preocupéis, chicas, el miércoles por la tarde los tendréis listos para llevároslos en la maleta —aseguró Marta que ya imaginaba el resultado final y no veía la hora de empezar a personalizar los atuendos con sus ideas.

Cuando Luna regresó a casa, se encontró con Riv camino de la suya. No pudo evitar sonreírle al verlo.

—Me ha dicho un pajarito que al final venís a Escocia.

—Seguro que Ruth te ha mandado un mensaje, o Agatha tal vez.

—Pues no, ha sido una pequeñaja de cinco años que iba con su yaya Micaela al supermercado esta tarde a comprar pan para hacer torrijas. Creo que las tienes para cenar —comentó Riv divertido al ver la cara de resignación de Luna.

Cuando Sofía entró como una exhalación a contarle que iba a volar en avión, toda emocionada, había tenido que contenerse para no ponerse a dar saltos con ella por toda la tienda.

Estaba deseando que Luna viera los maravillosos parajes de su infancia, donde ella debería haberse criado si el padre de Ícaro no hubiera matado a sus padres.

Conocía lo suficiente a Luna como para saber que, aunque pusiera cara de fastidio, en realidad estaba contenta por visitar Escocia.

No era como ella había planeado, con Sofía ya adulta y sabiendo que era una elfa, pero en la vida las cosas solían salir al contrario de lo que uno planteaba.

—Me hubiera gustado no contarle nada hasta el miércoles, pero es imposible con estos amigos tan comunicativos.

—A tu abuela le hace ilusión conocer algo más de la mujer que enamoró a su hijo, y en cuanto a Sofía, todo para ella es una aventura.

—Ya lo sé, pero...

—No puedes mantenerla en una burbuja. Ícaro ya no está, los elfos oscuros no son una amenaza para ninguna de las dos —añadió Riv, bajando la voz, y cogiéndola del brazo.

Ese era el verdadero miedo de Luna, que si su pequeña conocía el mundo élfico, ellos también la conocerían a ella, y estaría en el punto de mira, igual que ella lo había estado sin saberlo desde que nació—.

Además, piensa en tu caso, mientras permaneciste en la ignorancia estabas en peligro, al conocer quién eras en realidad, aprendiste a luchar con Atenea y Ruth, y pudiste defenderte.

¡Y de qué manera! ¿No quieres que Sofía pueda hacerlo igual que tú?

La ignorancia no nos protege, al contrario, nos hace más vulnerables.

—Tienes toda la razón —afirmó Luna, mirando a Riv, que le había abierto los ojos y le había hecho comprender que con miedo a lo que podía suceder no se podía vivir con plenitud—. ¿Querrás enseñarnos a Sofía y a mí el lugar de dónde venimos?

—Será un honor.

—¿Y querrás cenar con nosotras esta noche? —le preguntó Luna recordando la petición de Sofía.

—Me encantaría.