Canela y miel (Un té con amor 3) Capítulo 21
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Capítulo 21

H abía pasado una semana desde que habían vuelto de Galicia, pero parecía que había sido toda una vida. Riv había regresado a su casa, pese a las protestas de Sofía que quería que el elfo siguiera viviendo con ellas.

—Quiero que vuelva —afirmó la niña entre pucheros mientras desayunaba la mañana de Lunes Santo, a dos días de las vacaciones escolares.

—Cariño, Riv ya arregló la avería de su piso y ha vuelto a él.

Pero hoy lo vas a ver en la función de primavera del colegio.

Irá a hacerte fotos a ti, y a tus compañeros —aseguró Luna, recolocando la diadema que rodeaba la cabecita de Sofía a modo de pétalos de girasol.

La función de la pequeña le había dado una idea para su web: hacer una colección primaveral de muñecas flor.

Ya tenía varios bocetos que creía que gustarían a sus clientas y captarían la atención de algunas nuevas.

—Bueno, a lo mejor por la noche puede cenar con nosotras —sugirió la pequeña a lo que su madre no supo qué responder.

Por un día que cenaran juntos tampoco pasaba nada, eran amigos, los amigos comían juntos.

Entre ellos no había nada más. Las cosquillas que sentía en su estómago cada vez que lo veía eran nervios tontos propios de adolescente y ella ya no lo era.

Como mujer hecha y derecha, sabía que el amor estaba sobrevalorado y no merecía la pena hacerse ilusiones.

No obstante, cada vez que veía juntos a Agatha y Börg, o a Macarena y Julián, no podía evitar sentir una chispa de envidia en su interior.

Su mente volvía a los días en que habían vivido juntos: había sido sencillo y natural adaptarse a la convivencia.

Casi podía haberse acostumbrado a tener a alguien con quien compartir las penas y alegrías del día, los juegos y ocurrencias de Sofía, las risas del fin de semana.

Pero solo casi. Esa vida no estaba hecha para ella.

Como era habitual al ir a trabajar, se cruzó con Riv en la puerta de su tienda de fotografía.

—Buenos días —le sonrió el elfo con una resplandeciente sonrisa, no debía de estar permitido ser tan guapo y menos a primera hora de la mañana.

—Buenos días —le respondió Luna devolviéndole la sonrisa a su pesar.

—Dentro de unas horas iré al colegio para la función de primavera.

—A mí me recoge Agatha en la biblioteca, y luego nos reuniremos con Macarena y mi abuela. Micaela está tan nerviosa como Sofía, anoche todavía le dio las últimas puntadas al disfraz.

—Seguro que sale todo genial.

—Con las ganas de pasárselo bien que tienen los niños, al menos se divertirán.

—A propósito de pasárselo bien, el miércoles le dan las vacaciones a Sofía, ¿verdad? —preguntó Riv.

Luna estaba segura de que se traía algo entre manos, solo hacía falta mirarlo a los ojos para ver que escondía algo.

—Sí, once días de vacaciones, está deseándolas; y mi abuela Micaela, pensando en que la tendrá la semana que viene todas las mañanas con ella, está feliz.

—Entiendo. ¿Pero tú no trabajas estos cuatro días de fiesta?

—No, la biblioteca cierra. ¿Tú abres la tienda? —quiso saber Luna cada vez más intrigada por las preguntas del elfo.

—Descanso estos cuatro días. Los turistas, el sábado, no están pensando en revelar fotos o comprar una cámara —respondió Riv—. Te propongo un plan, antes de decirme que no piénsalo bien. ¡Vámonos a Escocia!

—¿¿¿Qué???

—Ruth me comentó que va a ir de vacaciones de Semana Santa a Escocia para enseñarle a Natalia el lugar donde nacimos y nos criamos.

Quiere presentarle a su familia y hacer una ceremonia de unión formal ante ellos.

Me ha pedido que sea su padrino, así que no puedo faltar.

He pensado que te gustaría venir con nosotros y ver como es la vida élfica. Sofía se lo pasará en grande.

—No creo que sea buena idea —negó Luna a la que todo aquello le parecía una idea de locos.

Quería conocer a sus antepasados, o al menos a los que habían conocido a su familia y que Ícaro y los suyos habían asesinado a la mayor parte, pero de ahí a hacerlo justo esa semana, había un trecho—.

Después del jaleo estos días quiero descansar y tener una Semana Santa de procesiones y torrijas.

—Está bien, como quieras —dijo Riv apenado. Le hubiera gustado llevar a la pelirroja elfa a los lugares donde había sido más feliz en su infancia y en su juventud. Los elfos del bosque estaban deseando conocer a la princesa elfa y a su hija. Tendría que ser en otra ocasión —¡Que tengas un buen día!

Luna sabía que había hecho lo correcto, necesitaban estabilidad y normalidad en sus vidas.

A pesar de lo que le había dicho a Ícaro, seguía estando recelosa de todo lo que tuviera que ver con elfos.

Quería que su hija creciera como una niña normal, sin cuentos de elfos ni hadas que la hicieran soñar con mundos que no existían.

Cuando fuera algo mayor a los 10, o mejor a los 15 o tal vez ya a los 20, le explicaría todo.

Sí, definitivamente, cuando terminara la universidad.

Si habían estado sin princesa elfa más de treinta años, no les importaría esperar un poco más.

La mañana transcurrió con tranquilidad en la biblioteca, los habituales hacían acopio de lecturas para los días de fiesta, pero muchos otros estaban en modo vacaciones y en sus planes no estaba la lectura.

¡Ellos se lo perdían! Con los libros se podían vivir las más emocionantes aventuras, las historias de amor más tiernas y viajar a lugares de ensueño, sin moverse del cómodo sillón de su casa.

A la hora del café apareció Agatha con el cochecito de Rocío, acompañada por Ruth, que había decidido darle una sorpresa.

Se alegraba de ver a la primera, ella y Börg habían estado recluidos en su casa durante días.

Reponiéndose de las heridas, decían, aunque la cara de felicidad del hada hacía suponer que habían estado entretenidos en artes amatorias.

Lo raro era que viniera acompañada por Ruth, que a esas horas solía estar trabajando en las tiendas Abuela Margarita .

—Hola, chicas. ¡Qué sorpresa!

—¿Llegamos a tiempo para el café? —preguntó Agatha sacando del cochecito a la regordeta Rocío que miraba a su alrededor con curiosidad.

—Llegáis —dijo una voz cerca de ellas perteneciente a la compañera de trabajo de Luna que llegaba en esos momentos a la sala.

—¡Teresa! ¿Qué tal estás?

—Muy bien, cara guapa —respondió la aludida, a la vez que intentaba esquivar la manita de Rocío que había encontrado la mar de interesantes las gafas de lunares de Teresa.

—Será mejor que nos vayamos ya, o te quedas sin gafas —aseguró Luna despidiéndose de su compañera.

Las tres amigas encaminaron sus pasos a una cafetería portuguesa cercana, donde preparaban unos deliciosos cruasanes de masa a la plancha para acompañar al café. Las tres los pidieron junto con una taza de té verde con jazmín, aún faltaba una hora para la función y podían permitirse un capricho.

—No está mal, pero el mío de arándanos y mandarina es mucho mejor —se jactó Agatha, algo en lo que sus amigas estuvieron de acuerdo. El té de su amiga, cuya receta era un secreto pasado de abuela a nieta, era riquísimo—. Ahora estoy trabajando en una nueva receta de té negro con canela y miel.

Luna no pudo menos de acordarse de los ojos miel de Ícaro que en tantos líos la habían metido. Justo las mismas complicaciones que quería evitar no dejándose engatusar por la piel color canela de Riv.

—Bueno, Ruth, ¿cómo es que no estás trabajando? —preguntó Luna a su amiga queriendo olvidarse del elfo por un momento.

—Marta me ha dado los tres días libres para preparar las maletas y los detalles de la boda. ¿No te ha dicho nada Riv?

—Algo —afirmó Luna recordando la conversación que había mantenido con el fotógrafo esa mañana.

—Riv es mi padrino, no puede faltar, ni vosotras tampoco. Sofía y tú tenéis que venir.

—Oh, no, es muy precipitado, no tengo nada preparado...

—Para eso estamos aquí —aseguró Agatha—. Mientras trabajabas, he ayudado a Ruth a comprarse un vestido y esta tarde acompañaremos las dos a Natalia a hacer lo mismo. ¡Y otro para nosotras por supuesto!

—Pero, Agatha, los billetes...

—De eso se están encargando Ana y Jaime, con mi chico. Tu abuela Micaela también viene, ¿no te lo ha dicho?

—No, ¡qué va! —así que eso era lo que se traía entre manos su abuela que llevaba dos días colgada del teléfono hablando de sedas y organzas. ¡Y ella que había pensado que hablaba con alguna madre de los disfraces de la función! ¡Eso era una conspiración a sus espaldas!

—Después de todo lo que hemos pasado nos merecemos unas vacaciones y qué mejor lugar para ir que Escocia —afirmó rotunda Agatha—. ¿No tienes curiosidad por ver una comunidad élfica?

—Sí, pero es pronto para Sofía, quizás en unos años...

—Luna, ¿vas a hacer con ella lo que hicieron contigo? ¿Esconderle su pasado y sus orígenes? —preguntó Agatha muy seria, dejando las risas aparcadas. Ruth asentía en silencio, animando con la mirada a su amiga a decir que sí.

—Está bien, iremos Sofía y yo. Espero no lamentarlo más tarde —dijo Luna para alegría de sus amigas.

—Ya le puedes comprar a Sofía un vestido de princesita, porque será ella la que lleve nuestros anillos —le anunció Ruth sonriendo divertida.

—¡Le va a encantar! Mejor no se lo digo hasta el miércoles, que sino estos dos días de colegio que quedan no va a haber quién la aguante.

Las tres amigas rieron con ganas pensando en la pizpireta e hiperactiva pequeña, conociéndola, cuando le contaran la noticia se pondría a brincar y saltar.

Apresurándose, terminaron sus consumiciones y se marcharon al colegio de Sofía.

Riv ya estaba allí, acorralado por madres de pequeños que, poniendo como pretexto a sus retoños, buscaban acercarse al atractivo hombre.

—¿Lo rescatamos? —preguntó divertida Ruth.

—¡Qué sufra un poco más! —exclamó Agatha viendo por el rabillo del ojo cómo Luna se consumía por los celos. La actitud distante de aquellos dos era desesperante.