Capítulo 20
B örg ni siquiera aparcó el coche, lo detuvo delante del portal y los cuatro se bajaron al unísono de él, corriendo hacia la puerta, arrollando al entrar a un vecino que salía a correr por la mañana de aquel frío domingo.
Según subían los escalones, aguzaban el oído esperando escuchar sonidos de lucha, pero solo había silencio.
Luna temía lo peor: que Ícaro se hubiera vuelto a llevar a Sofía, y esta vez para siempre.
Ninguno estaba preparado para lo que vieron sus ojos al entrar en la casa de Macarena y Julián.
Estaba toda revuelta, con los muebles volcados y los libros esparcidos por el suelo.
Sacaron sus armas, poniéndose en posición de lucha, atentos a un posible ataque por parte de los elfos oscuros.
Un ruido les hizo girar su cabeza. La puerta de la cocina se abrió y quedó una rendija, Lino sacó su cabeza y con un guiño les indició que siguieran caminando hacia el fondo de la casa.
Al pasar por la puerta pudieron escuchar a Vega protestando.
—¿Tito Lino, podemos salir ya?
—No, cariño, antes los titos Agatha y Börg tienen que sacar la basura.
—Puff, qué rollo.
Los mencionados se miraron encogiendo sus hombros sin saber qué decir, tan confundidos como los elfos a los que acompañaban.
Siguieron andando por el pasillo en la dirección que les había indicado Lino.
En la habitación del fondo, en la que era el despacho donde Macarena escribía sus libros, había un elfo maniatado en el suelo, inmovilizado por un pie de Hércules, que sentado en una silla contemplaba risueño a Sofía.
—Eres malo, muy malo —estaba diciendo la niña apuntado con su dedito a Ícaro, muy enfadada, y con la otra mano en la cintura.
Desde su escaso metro de altura, sin percatarse de que su madre había llegado, le leía la cartilla al elfo—.
Tú no eres mi papá, no te quiero. Riv me lee cuentos, juega conmigo y tito Börg me deja su móvil para jugar.
Ellos son buenos conmigo y con mamá. Tú le haces daño.
—¡Cariño! —sollozó Luna arrodillándose junto a su niña y abrazándola con fuerza.
—¡Mami! —exclamó Sofía feliz dejando que su madre la cubriera de besos, sin quitar un ojo al hombre malo que por segunda vez había intentado llevársela.
Pero Hércules no le había dejado. Estaba durmiendo con los gemelos cuando Icar llegó con otros dos hombres muy feos, el ruido de los cristales de la ventana rompiéndose los despertó.
María se puso a gritar cuando los vio entrar por la ventana.
El pequeño Raúl agarró de una mano a su hermana y de otra a Sofía y, sacándolas a rastras de la cama, corrió con ellas hasta la cocina, pasando bajo las piernas de Hércules que llegó rápido al oír sus gritos.
—¿Qué ha pasado aquí? —quiso saber Riv, que había visto a otros dos elfos yaciendo inconscientes en la habitación de los gemelos.
—De algún modo lograron descolgarse desde el tejado con unas cuerdas —explicó Hércules— y entraron por la habitación de los niños.
No contaban con que mis pequeños son listos y saben que tienen que refugiarse en la despensa de la cocina si un extraño irrumpe en casa.
De un puñetazo dejé sin sentido a los dos elfos que venían con este idiota cobarde, que salió corriendo hacia aquí.
En un segundo lo tenía en el suelo, sin despeinarme y sin usar un arma.
¡No se puede ser más tonto! Pretender tomar por sorpresa a un dios y salir ileso de ello.
Luna —continuó, mirando a la elfa que le escuchaba asustada—, he traído a Sofía para que viera que no tenía que tener miedo de Icar.
—¡No tengo miedo! —aseguró la niña desde el abrazo protector de su madre, sonriendo a Riv que le hacía una carantoña.
—Agatha, ¿puedes llevártela a la cocina? —le pidió Luna al hada, que asintió y fue en busca de su bebé que, con Micaela, se refugiaba también en la cocina.
Hércules y Börg salieron detrás, iban a asegurarse de que los dos elfos oscuros no los molestarían más.
—¿Estás segura de que quieres quedarte a solas con este indeseable? —preguntó Riv mirando con rencor a Ícaro, pensando en qué lugar sería el más recóndito para encerrarlo para siempre.
—Tenemos pendiente una conversación —respondió Luna.
Riv salió de la habitación, pero se quedó apoyado en el pasillo. No era su intención cotillear, pero deseaba que Ícaro hiciera un mal movimiento para tener una excusa para acabar con él.
—Voy a quitarte la mordaza, quiero que me contestes a un par de preguntas —dijo la pelirroja elfa, sentándose en el suelo junto a Ícaro, con su daga cerca, por si la necesitaba—. ¿Alguna vez sentiste algo por mí?
—Nunca —contestó con odio el elfo—. Eras un medio para lograr un fin, solo fue sexo y hasta para eso no vales, tuve que drogarte. Eres una frígida a la que no le excita nada, no eres ni...
Ícaro se calló al sentir que se quedaba sin respiración de la patada que Luna le había dado en sus partes íntimas.
—No te quejes, no pueden dolerte tanto. Con lo poco que mide y para lo poco que vale no es una gran pérdida —aseguró Luna con sorna—.
Creo que ahora tengo toda tu atención. Cuando me contaron que soy una elfa no quise saber nada de mis orígenes, sin embargo, tú, con tu deseo de poder y tu escaso cariño hacia la que es tu hija, has hecho que cobre conciencia de lo que soy.
Soy una princesa elfa, mi hija es una preciosa elfita también, juntas iremos a Escocia y conoceremos a la escasa familia que aún nos quede gracias a tus malas artes.
Gracias a Flavour, sé que no todos los elfos oscuros son como tú.
Voy a luchar con todo mi ser, por crear lazos entre las dos razas, porque todos somos elfos, sin distinción.
Pero tú no lo verás, espero que Riv encuentre un sitio donde encerrarte, y que Agatha haga un hechizo que te impida salir de él de por vida.
Luna volvió a colocarle la mordaza a Ícaro, clavándole una punta de su daga en la garganta para quitarle las ganas de hacer alguna tontería.
Se puso de pie y fue hacia la cocina, desde donde se oían voces infantiles pidiendo tortitas para desayunar.
Riv la vio pasar junto a él, sin que ella lo viera a él.
Caminando majestuosa, con la elegancia innata que tenía y su porte de reina.
Sería la princesa de los elfos, pero era la reina de su corazón también.
***
Natalia y Ruth regresaron el domingo por la tarde, con la primera dormitando en el asiento de atrás.
Aún tardaría en recuperarse, pero lo haría con los cuidados de su chica.
Sus poderes permanecerían un tiempo limitados, debido al daño que le habían causado las hadas negras, pero Agatha confiaba en que podría ayudar a Natalia a restablecerlos al final.
Aunque para eso tendría que salir del dormitorio donde permanecía con Börg; desde que habían regresado solo salían para alimentar a la pequeña Rocío y cambiarle el pañal.
—¿Cómo va todo? —quiso saber Ana desde Galicia, donde descansaban mientras Jaime se recuperaba chupando la sangre de excursionistas despistados, ya que los elfos del bosque no habían estado muy dispuestos a dejarlo alimentarse de otro elfo oscuro.
—Aquí, descansando también —respondió una alborozada Agatha.
—Estás resoplando. ¿Qué hacías? Te noto sin aliento.
—Un poco de ejercicio, hay que mantenerse en forma —explicó Agatha conteniendo un jadeo provocado por los besos del vikingo por su espalda.
—Ya, voy a ver si cuando vuelva Jaime hacemos también un poco de ejercicio —replicó divertida Ana que no se había creído la explicación de su amiga, podía oír las risitas de Börg al fondo y conocía a su compañera lo suficiente como para saber cuándo jadeaba por placer y cuándo por el esfuerzo físico provocado por la práctica de algún deporte.
Bien pensado, su chico parecía perfectamente restablecido, ya sabía en qué iban a entretener las horas de sol ese día.
Leo y Tec también se habían quedado unos días en Galicia para que el primero se restableciera de sus heridas.
Flavour, el elfo oscuro de la resistencia, había resultado de gran ayuda.
Conocía remedios naturales hechos con raíces y hojas, de gran poder curativo y regenerador.
Con sus conocimientos y la ayuda de los otros elfos oscuros, las heridas de los elfos del bosque comenzaban a sanar sin aparentes complicaciones.
—Gracias, Flavour —afirmó Gail viendo cómo los elfos de la resistencia oscura preparaban sus cosas para marcharse un par de días después—. Sin vosotros no hubiéramos logrado acabar con los elfos de Ícaro. Espero que volvamos a vernos.
—Algún día, todo es posible. Nosotros seguiremos ocultos en nuestros bosques, viviendo nuestra vida al margen de vosotros, los elfos del bosque. Es nuestra forma de ser, no vamos a cambiar ahora.
—Lo sé. Pero me gusta pensar que son dos formas de entender la vida élfica, sin que una agreda a la otra ni a la naturaleza, provocando un desequilibrio que acabe con todo.
—Así será.
Flavour y los suyos se fueron tan sigilosos como habían llegado.
Los elfos del bosque los observaban con curiosidad, siempre habían denostado a los elfos oscuros, pero ahora comprendían que se habían equivocado, puesto que no todos buscaban el control total de la vida élfica, como había sido el caso de Ícaro.
Tenían sus costumbres y debían respetarlas en paz y armonía.
—Las cuevas ya están limpias de elfos oscuros —explicó Tec a Gail—. Hemos liberado a los elfos y a las hadas prisioneras, enterrado los cadáveres y destruido esa infernal maquinaria.
—La corriente de agua aún tardará en quedar limpia del todo —se lamentó Gail.
—Si lloviera con fuerza, circularía más agua y se sanearía antes —afirmó Leo, sentado en una roca donde descansaba viendo cómo el agua discurría a unos metros de donde conversaban. Una fea cicatriz le surcaba la cara, pero no lo afeaba, más bien aumentaba su atractivo.
Las cuevas permanecerían ocultas con un hechizo durante un tiempo, hasta que la naturaleza hubiera borrado cualquier vestigio del paso de Ícaro y los suyos por ellas.
—¿Seguro que no quieres venir con nosotros a Escocia?
—le preguntó Gail a la diosa. La esbelta amazona y él habían pasado las horas del día inspeccionando las galerías, y las horas de la noche dando rienda suelta a su pasión en los lugares más apartados que habían descubierto durante la tarde.
Habían acordado que sería sexo sin compromiso, sin ataduras ni sentimientos.
Gail lamentaba separarse de la amazona que había resultado tan guerrera bajo las sábanas como manejando su arco en la lucha.
En algún momento había pensado que sentía algo por ella, pero no, solo eran los momentos de euforia tras el orgasmo, relajados, dejando que sus respiraciones se acompasaran, como instantes antes lo habían hecho sus cuerpos.
—Si no vuelvo a casa con los niños, a Lino le va a dar algo —negó Atenea, desechando la idea por mucho que le atrajera seguir un tiempo en compañía del apuesto elfo.
—No entiendo cómo aceptaste hacer de canguro —afirmó Gail confuso. La idea de que la fiera guerrera dedicara sus días a vigilar a un grupo de niños revoltosos no entraba en su cabeza.
—Le debía una a Lino —replicó haciendo un gesto con la mano quitándole importancia a la situación.
La realidad era que lo que había empezado como un favor para saldar una deuda se había convertido en una de las etapas más satisfactorias de su vida.
Adoraba a los hijos de Macarena y Julián que, junto con la pequeña Sofía, eran una fuente constante de sorpresas.
Sin embargo, lo más valioso lo había encontrado en la amistad que había desarrollado con las madres de los niños, con la elfa Ruth, su novia Natalia, y con Agatha.
El don del hada blanca era cada vez mayor, superando incluso al de alguno de los dioses que conocía.
El propio Zeus había pedido a Atenea que guiara y ayudara a Agatha a controlar su poder.
¡Como si eso fuera necesario! Por lo que veía, el hada blanca se las arreglaba sola a la perfección.
Mirando con cariño a Gail, le sugirió pasar un rato juntos a modo de despedida, algo que el elfo aceptó gustoso.
En unas horas los elfos regresarían a sus hogares, y en la zona no quedaría rastro de su presencia. Ícaro y los suyos eran historia.