Capítulo 19
Riv, Luna y Flavour, junto con dos elfos oscuros, fueron hacía las celdas, encontrando a elfos inconscientes en el suelo.
Flavour dio orden a los suyos de que los maniataran y así asegurarse de que, si despertaban, fueran inofensivos.
Al llegar a la zona de las celdas, el olor a orín y excrementos les azotó como un manotazo.
Tras las primeras rejas no vieron a nadie, pero en las siguientes encontraron a sus amigos.
Roc, estaba despierto, con Jaime tendido a su lado, inconsciente.
Leo y Tec estaban en otra celda, el primero con sangre seca por su cara y en su ropa.
Ana estaba arrodillada en el suelo, tocando con su mano la cara de Jaime, llorando desesperada.
—No reacciona —sollozó al ver a sus amigos—. Está rígido y no parece reconocerme.
—Sí te oye, Ana, pero la droga que le han dado está hecha con sangre de hada negra y tiene un efecto paralizante.
—¿Cómo lo curamos? —preguntó Flavour.
Roc y Tec miraron al elfo oscuro con suspicacia. No entendían qué hacían sus amigos con él.
—¿Y este quién es? —quiso saber el primero, al que el aspecto del elfo oscuro no le gustaba nada.
—Es un amigo, Roc —explicó Riv—. Él y sus compañeros de la resistencia oscura han venido a ayudarnos. Sin ellos no hubiéramos podido acabar con los elfos oscuros de Ícaro.
—¡Ja! Más bien gracias a Agatha —intervino Luna dejando claro su opinión al respecto. No le gustaban los elfos negros, fueran de la resistencia o no.
—Sí, eso es cierto —dijo Riv dando la razón a la elfa que tenía a su lado, que había dejado atrás a la dulce joven para convertirse en una fiera guerrera.
—Necesitamos a Agatha y su magia blanca para ayudar a Jaime y a Leo. Sin ella, no podremos salir de las celdas, están cerradas con un hechizo negro.
—Bien, ¿dónde está Agatha? —preguntó Ana desesperada.
En esos momentos, el hada blanca, junto con Börg y Ruth buscaban infructuosamente a las hadas negras. Habían pasado por las mismas galerías una y otra vez sin verlas por ningún sitio.
—¿Se la habrán llevado a otra parte?
—No, Ruth, puedo sentirlas, están cerca —aseguró Agatha intentando tranquilizar a una cada vez más alterada elfa—. Esperad, chicos, no logramos nada dando vueltas como una peonza. Quizás mi don logre percibir lo que con la vista no logramos ver.
Agatha se concentró, podía sentir la magia oscura a pocos metros de distancia.
Dirigió sus pasos hacia la armería, que en esos momentos lucía desangelada, con sus estanterías prácticamente vacías.
Börg examinó las paredes con atención, detectando una ligera diferencia de color entre la pared situada más a su izquierda y la que tenía a su derecha.
En el suelo, cerca de ella, se observaban unos ligeros rayones.
—Esta estantería —indicó el vikingo—. Estoy seguro de que la podemos mover de algún modo.
Fue Ruth la que descubrió un resorte disimulado en una piedra, que al pulsarlo desencadenó algún tipo de mecanismo, por el que la estantería giró sobre sí misma un ángulo de noventa grados.
Unos escalones subían hacia un nivel superior.
Guardando silencio, los escalaron con precaución.
Hasta ellos llegó un rumor, un coro de voces femeninas que repetía una letanía una y otra vez.
Frente a ellos, seis hadas negras en círculo cogidas de las manos dirigían sus hechizos hacia Natalia, que estaba tirada en el suelo, hecha un ovillo.
Tenía la piel brillante por el sudor, el pelo pegado a la cara.
Con todo su cuerpo en tensión, temblaba sin parar, cerrando fuertemente los ojos.
Agatha dejó que su mente llegara hasta ella.
La notó muy débil, al límite de sus fuerzas.
Luchaba contra el poder de las hadas negras, que trataban de extraer de ella toda su magia blanca.
—Llamemos su atención —susurró Agatha, levantando su espada y lanzándose contra ellas, sin dar tiempo a Börg a reaccionar.
Ruth la siguió al instante, logrando que las hadas dejaran de centrar su mente en Natalia, debilitando el hechizo que intentaban hacer.
Las obligaron a ponerse en guardia y luchar, dando al hada blanca que temblaba en el suelo una decisiva ventaja.
Al principio las hadas negras lucharon con sus armas físicas, pero al ver que sus oponentes eran superiores a ellas en el cuerpo a cuerpo, intentaron derrotarlos con su magia negra.
Fue en vano. Agatha era mucho más poderosa que ellas juntas y estaba muy enfadada al ver la tortura a la que habían sometido a su amiga.
Situándose entre las hadas negras, Agatha dejó salir su poder, que como una onda expansiva las golpeó derribándolas física y mentalmente.
Börg y Ruth actuaron con rapidez, desarmándolas e inmovilizándolas.
—Natalia, amor mío, abre los ojos —imploró Ruth arrodillándose junto al hada blanca una vez que se habían asegurado de que las hadas negras ya no eran un peligro.
—Déjame ayudarla —pidió Agatha, acariciando con suavidad el brazo de la elfa. Colocó su mano en el corazón de Natalia, transmitiéndole su fuerza vital y su cariño. El color iba regresando a sus mejillas, y cuando sus pestañas comenzaron a agitarse, la elfa suspiró con alivio.
—Hola, mi vida —dijo Ruth a la vez que cubría de besos el rostro de su amada.
Börg ayudó a Agatha a levantarse, la cual mostraba en su rostro signos de cansancio. El vikingo, abrazándola, la cogió en brazos, el hada recostó su cabeza en el hombro de este, permitiéndose unos segundos de descanso. La lucha había terminado, era hora de curar las heridas.
Llevada en brazos por Börg hasta las celdas, Agatha logró destruir el hechizo negro que cerraba las rejas donde sus amigos estaban retenidos. Las heridas de Leo, aunque dolorosas, fueron fáciles de sanar por el hada blanca.
—¡Cúrale! —le pidió Ana a su amiga.
Agatha se concentró, hasta conseguir que Jaime pudiera moverse un poco.
—No me gusta tener que reconocerlo, pero hay un remedio con el que recobraría más rápido las fuerzas —afirmó el hada arrugando la nariz con desagrado.
—Creo saber cuál es, ahora vengo.
Börg desapareció, dejando intrigados al resto.
No tardó en regresar con un elfo oscuro pataleando colgado del hombro.
El hechizo con el que Agatha les había detenido momentáneamente el corazón comenzaba a desvanecerse, y ya muchos de ellos estaban despertando, encontrándose con los pies y las manos atados con fuerza, por Gail y los suyos.
—Quizás sea mejor que los dejemos solos —sugirió el vikingo, dejando al elfo oscuro junto a Jaime y Ana.
El primero, al oler la sangre que manaba de un corte del cuello que Börg le había hecho antes de depositarlo en el suelo, sentía cómo sus colmillos comenzaban a sobresalir sedientos de sangre.
Sin duda, la sangre del elfo le permitiría restablecerse por entero.
—Sí, mucho mejor, vámonos —asintió enérgica Agatha, poniéndose de pie, para después agarrar la mano de Börg dispuesta a marcharse, seguidos por los demás.
Flavour no pudo evitar mostrar sorpresa en su rostro, al ver cómo Riv y los elfos del bosque aceptaban la naturaleza vampírica de aquella pareja.
—Es largo de explicar —le susurró Tec al pasar junto a él, ayudando a Leo a caminar.
¡Y tanto! Cuando regrese a su hogar, tendrá muchas historias que contar a los suyos.
***
—¡No está! ¡Se ha ido! —exclamó Riv para desesperación de Luna. Habían buscado a Ícaro por todas partes, pero habían sido incapaces de encontrarlo. De algún modo, había logrado escabullirse de las galerías durante la lucha, sin ser visto.
—¿Dónde creéis que puede estar? —preguntó Gail mirando a Börg que permanecía sentado con Agatha dormitando en sus brazos.
—¡Sofía! —exclamó Luna haciendo que el hada blanca se espabilara al instante.
Leo y Natalia necesitaban recuperarse, de modo que Tec y Ruth se quedaron con ellos, junto con Jaime y Ana.
Gail, con ayuda de Atenea y los elfos oscuros, estaba llevando un registro minucioso de las cuevas.
Habían encontrado en otras celdas situadas en un nivel inferior a varios elfos de ambas especies cautivos, así como los cadáveres de dos hadas blancas que las hadas negras habían estado torturando para extraer todo su poder.
Los elfos del bosque que habían acudido en su ayuda se llevaron a las hadas negras donde ya no pudieran hacer daño, Roc los acompañó, ya que era el único en quien Riv confiaba.
Las dos parejas iban juntas en el coche que había llevado a las chicas hasta allí.
Börg conducía saltándose todos los límites de velocidad, esquivando los escasos coches que encontraban a su paso.
Habían llamado con insistencia a los teléfonos de Macarena y Julián sin obtener respuesta: saltaba el contestador cada vez que lo hacían.
—Llama a Hércules —sugirió Riv a una Luna cada vez más nerviosa y preocupada.
—No tengo su teléfono —negó la elfa pensando en su pequeña, en su dulce carita y su sonrisa, capaz de derretir el más duro de los corazones.
Le arrancaría la piel a tiras a Ícaro y se haría un bolso con ella, le clavaría astillas bajo las uñas, y le...
¿A quién quería engañar? Haría lo que le pidiera con tal de que no le hiciera daño a su hijita.
Si quería que se fueran con él al mismo infierno, lo seguirían sin hacer preguntas.
—No tiene, ni Lino tampoco. Los dioses no son muy partidarios de las nuevas tecnologías que digamos —explicó Agatha—.
He intentado contactar con Sofía, pero no lo logro.
Tranquila —continuó al ver la expresión asustada de Luna—, no tiene por qué ser malo.
Puede estar protegida por algún escudo protector del muso de Macarena, y por eso no la captó.
—¿El muso de Macarena? —preguntó Börg extrañado. Que él supiera, los musos solo inspiraban a los artistas a crear sus obras, no eran de carne y hueso. ¿De qué estaban hablando aquellos tres?
—Es una larga historia, cariño, ya te la contaré más tarde —afirmó Agatha conciliadora. Macarena le había contado cómo había conocido a Lino, cuando este era un muso llegado a la tierra para ayudar a la escritora en su bloqueo literario. Sin embargo, al final había resultado ser mucho más que eso.
Riv alargó la mano y cogió entre las suyas las de Luna: estaban frías y agarrotadas.
Con ternura la acarició con sus dedos en un vano intento de tranquilizarla.
Mataría con sus propias manos al elfo oscuro como hubiera hecho daño a Sofía, esta vez no se escaparía.
Ya lo había logrado dos veces, no habría una tercera.