Canela y miel (Un té con amor 3) Capítulo 18
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Capítulo 18

B örg se apoyó un segundo en la pared que tenía detrás, buscando dar un descanso a su castigado cuerpo.

Atenea había logrado acercarse a ellos, y junto con Agatha peleaban en perfecta sincronía.

Algo le decía que la diosa era la responsable de que Luna y Agatha estuvieran luchando sin pestañear como dos auténticas guerreras.

Estaba orgulloso de Agatha, ya no tenía nada que ver con aquella rubia de ojos tristes que se derrumbó al morir su abuela.

Era una mujer fuerte y capaz de enfrentarse a todo.

Su don de hada no había hecho otra cosa sino dejar salir todo lo que hasta entonces había permanecido oculto en su interior.

—¡Börg, mira! —gritó Agatha para hacerse oír por encima del fragor de la lucha.

El vikingo dirigió sus ojos en la dirección que le indicaba su hada, un grupo de elfos oscuros parecía rebelarse contra sus mismos congéneres.

Al fijarse con detenimiento vio unas ligeras diferencias entre ellos, su piel no era tan pálida y sus rasgos se asemejaban algo más a los elfos del bosque.

Riv, al notar una disminución en el número de atacantes, buscó con la mirada que lo había motivado.

—¿Quiénes son? —preguntó Luna.

—¡La resistencia oscura! Muchos piensan que son un mito —respondió Riv sin creer lo que veía.

Había oído hablar de un grupo de elfos oscuros que se oponían a las ideas de destrucción y primacía de Ícaro y los suyos.

Se suponía que se ocultaban en algún lugar de los bosques de Rumania, manteniéndose a distancia de ambos bandos.

No obstante, nadie que él conociera los había visto, así que Riv no terminaba de creerse que existían. ¡Y allí estaban! ¡Eran más de veinte!

—Gail, ¿los has visto? —le preguntó al elfo del bosque que con la llegada de los nuevos guerreros había logrado acercarse hasta Riv y Luna.

—No quise decirte nada antes. Al saberse los movimientos de Ícaro, intentamos contactar con ellos. Les dejamos mensajes en los lugares donde suponíamos que solían estar, pero no sabíamos si contestarían.

—Pues han venido —comentó Luna observando con curiosidad a los recién llegados.

—Y no solos —anunció Ruth que también había conseguido acercarse a ellos.

Unos diez elfos del bosque parecían haber llegado junto con los elfos de la resistencia oscura. ¡Ahora sí que tenían una oportunidad!

—Rodead a Agatha —ordenó Börg, sangrando con profusión de un corte en el costado que le dificultaba respirar—. Tenemos que conseguir que no se acerquen a ella durante unos minutos para que pueda hacer su magia.

—Cariño, no necesito más que un minuto —pestañeó coqueta Agatha, besando a su vikingo.

Atenea puso los ojos en blanco al verlos, la rubia había peleado como una auténtica amazona, pero seguía sin tomárselo con seriedad. Quizás por eso le caía tan bien.

Agatha dejó las armas en el suelo, cerró los ojos y trató de aislarse del entrechocar de espadas y los gritos de dolor.

Sus sentidos se fueron afinando, captando los diferentes sonidos y olores.

Para el hada blanca, cada especie sobre la tierra tenía su propio olor, sus propios sonidos, su propia esencia.

Si se concentraba, era capaz de distinguir una de otra.

Como en ese caso, en que buscaba las características que distinguían a los elfos oscuros de los elfos del bosque, e incluso de esos elfos oscuros que acaban de llegar que olían a mimosas.

Los que buscaba olían a tierra, a moho y a suciedad, captó la sutil vibración de sus corazones y se unió a su compás, ajena a lo que la rodeaba.

Luna echaba fugaces miradas a su amiga, sin dejar de pelear.

Desde que sabía la verdad de cuanto la rodeaba, había visto al hada blanca realizar pequeñas cosas, como curar heridas a Sofía y a los hijos de Macarena, hacer reverdecer una planta que se le había olvidado regar, cosas así.

Nada como lo que estaba presenciando. En torno a su figura, un suave resplandor había aparecido, en un suave tono azulado.

—Tranquila, no le pasará nada —le aseguró Riv.

Luna veía la mirada preocupada de Börg y no estaba tan segura de ello.

Entonces ocurrió algo extraño: los elfos con los que peleaban, bajaron sus armas y, llevándose una mano al corazón, cayeron al suelo, sobre los cuerpos de sus compañeros y los charcos de sangre mezclada con barro.

Solo ellos quedaron en pie junto con los elfos oscuros que los habían ayudado.

Los guerreros se quedaron con sus armas en posición de ataque, observando sorprendidos cómo el elfo oscuro que los estaba atacando dejaba de hacerlo.

—¿Los has matado? —preguntó asustada.

—No. Aún en el mal puede haber algo bueno por pequeño que sea. Están inconscientes, nada más.

—¿Eres el hada blanca de la que tanto hablan? —preguntó uno de los elfos oscuros recién llegados. Ruth y Börg, al verlo acercarse, instintivamente se colocaron delante de Agatha. No se fiaban, en un elfo oscuro no se podía confiar.

—Tranquilo, cariño, no me hará nada —afirmó poniendo su mano sobre el brazo de su amado. Sonriendo, miró al elfo que le había hablado y respondió a su pregunta—. Supongo que sí. Me llamo Agatha, ¿y tú?

Para espanto de sus amigos, Agatha tendió su mano hacia el elfo, que sin quitar la vista del gigante rubio con malas pulgas que protegía al hada, dejó la espada en el cinto para devolverle el saludo.

—Soy Flavour —respondió el elfo. Era alto, musculoso, con penetrantes ojos marrones y el pelo castaño.

A Agatha le recordó a Rollo, uno de los protagonistas de la serie Vikingos que le gustaba ver, a pesar de las protestas de Börg por la poca exactitud de algunos hechos que narraban, a lo que Agatha le respondía: «Si quiero verosimilitud, leo un libro de historia. Quiero entretenerme un rato sin más.»

—Este gruñón que tengo a mi lado es Börg, y el elfo que está a mi derecha es Riv. Ellas son Luna y Ruth, que como ves son elfas.

Luna no se había dado cuenta, pero había perdido la medalla en la contienda, y sus orejas lucían puntiagudas, mostrando su verdadera personalidad élfica. Al escuchar el comentario de su amiga, palpó su cuello y ahogó un grito de disgusto al descubrir su perdida.

—Creo que has perdido algo —le dijo Riv, sonriéndole, a la vez que le tendía su medalla con una mano llena de arañazos.

—¡Oh! —Luna no era capaz de hablar. El talismán le recordaba a sus padres, era lo que la unía a ellos.

Significaba mucho para ella, y perderlo habría sido como perder lo que le quedaba de ellos.

Sin embargo, no se lo puso. En esas cuevas, tras la pelea, había algo que la hacía sentir una elfa, y esa sensación la instaba a no ponerse aún la medalla.

Así que, devolviendo la sonrisa a Riv, se la guardó en un bolsillo y lució sus orejas con orgullo, admirando por primera vez los intricados tatuajes de los brazos de Riv.

«Tengo que verlos más de cerca», pensó Luna imaginándose dentro de una ducha con Riv, enjabonando los tatuajes para quitarles el barro y la sangre. Esos pensamientos hicieron que se ruborizara al mirar a Riv a los ojos.

Gail y Atenea se mantenían a prudencial distancia, vigilando con los elfos del bosque que habían llegado desde Portugal a ayudarles.

—¿Quién ostenta el mando? —preguntó Flavour dudoso al mirar la mezcla eclética de guerreros reunidos.

Riv titubeó mirando a Börg, ya que el vikingo era, tanto por su edad como por su experiencia en mil batallas, el líder del grupo por naturaleza propia.

Este le hizo una pequeña indicación con la cabeza instándole a responder al elfo oscuro.

Estaban en tierra élfica, rodeados de decenas de elfos, el líder tenía que ser uno de ellos si querían tener la posibilidad de aglutinar tan diversas voluntades.

Riv se decidió y dando un paso adelante comenzó a hablar.

—Soy Riverland, general de los elfos de los bosques. Ella es la princesa Luna, de la dinastía de los primeros elfos que poblaron la tierra.

Para sorpresa de la propia Luna y sus amigos, todos los elfos allí presenten se arrodillaron ante ella, demostrándole pleitesía y respeto. Agatha miró con atención a su amiga, y en su brazo, por encima del codo, distinguió un tatuaje que no había visto antes.

—¡Luna! ¡Tu brazo!

—Son los tatuajes que la distinguen como soberana de todos los elfos, tanto del bosque como los oscuros —explicó Ruth.

—No estaban antes —negó Luna asustada, pasando la mano por ellos, con miedo.

—Siempre han estado ahí —le dijo Riv—. La medalla los ocultaba, al igual que tus orejas.

—Eso no es posible, cuando me quité la medalla aquel día con Ruth no tenía nada, estoy segura. Llevaba una camiseta sin mangas para el entrenamiento; bueno, para el gimnasio, quiero decir —rectificó Luna ante el poco discreto pisotón que Agatha le había dado, que nerviosa sonreía a Börg.

—Estás en territorio élfico, y algo me dice que durante la lucha has tomado conciencia de lo que eres en realidad.

Una elfa, y no una elfa cualquiera. ¿Me equivoco?

—le preguntó Riv orgulloso por la bella elfa que tenía delante.

Se había convertido en una excelente guerrera para poder defender a su hija, y durante el entrenamiento y la lucha que acaban de disputar, su verdadero ser había tomado el control.

Estaba más bella que nunca, con la coleta deshecha, dejando que sus rizos pelirrojos se escaparan sin control.

Las botas llenas de barro, el vestido con numerosos jirones, sudorosa y cansada, pero a pesar de ello, destacaba entre todos ellos por su porte y su gracia.

La amaba, hasta la última gota de sangre que corría por su venas, hasta la más pequeña célula de su cuerpo lo sabía, era ELLA, siempre lo había sido.

—Tendrás que explicarme lo del gimnasio, Agatha —afirmó Börg mirando a su hada. Antes, esa mirada de hielo la hubiera asustado, pero en ese momento le parecía de lo más tierna, aunque ninguna de sus amigas compartiera su opinión.

—Sí, cariño, y tú me explicarás cómo fuisteis tan tontos de meteros solos en la boca del lobo.

Flavour asistía en silencio al intercambio de palabras entre aquellas dos singulares parejas.

Él no había tenido nunca lo que veía en ellas: amor, puro y sincero amor.

Los dos elfos no parecían estar emparejados, no veía en sus cuerpos los tatuajes que durante la ceremonia de unión eran grabados en sus brazos.

Algo le decía que aquellos dos aún no sabían lo que querían.

—Veamos —comenzó a decir Riv, aclarándose la garganta y evitando mirar a Luna para no distraerse—, está claro que vosotros sois miembros de la resistencia oscura.

—Así es.

—Creía que vuestra norma era no implicaros en las disputas entre nosotros y vosotros —intervino Ruth ganándose una mirada de reproche de Gail.

—Algunos de nosotros no hemos sido capaces de mantenernos al margen.

Ícaro y los suyos no solo quieren acabar con el hombre, sino con la naturaleza.

Si siguen con su uso indiscriminado de las fuentes naturales, sin importarles el daño que puedan hacer a nuestro ecosistema, no quedará nada.

Esas máquinas que he visto al entrar me hacen pensar que están usando alguna corriente de agua subterránea para tener la luz artificial que alumbra estas galerías.

Lo que implica que están poniendo en peligro la vida que pueda haber en esa corriente, y la de todas las especies que beben de ella.

—Por no hablar de lo que deben estar contaminando —añadió Luna—. Están oxidadas, seguro que están vertiendo un montón de sustancias nocivas en ella.

—Algunos elfos oscuros hacen eso —dijo Flavour pesaroso—.

Llegan a un lugar, lo colonizan y extraen todos los recursos que pueda haber en él.

Cuando ya no queda nada, van a otro lugar y vuelven a empezar el ciclo.

Muchos elfos oscuros no estamos de acuerdo con esa forma de vida.

Queremos vivir lejos de los hombres y de los elfos del bosque, a nuestro aire y sin interactuar con ellos, pero no compartimos su idea de destrucción.

—Flavour hizo una pausa, buscando el consenso de sus compañeros, el resto de elfos oscuros que habían ido con él, estos asintieron al oír sus palabras.

—Me alegra saberlo y agradezco vuestra ayuda. No pudo llegar en mejor momento. Hay trabajo por hacer —continuó Riv, dirigiéndose al resto—. Agatha, ¿cuánto tiempo permanecerán inconscientes?

—No creo que mucho más.

—De acuerdo, los elfos oscuros de la resistencia y los elfos del bosque que acabáis de llegar ayudareis a Gail a atar e inmovilizar a todos los que podáis. Según el elfo oscuro que atrapamos, hay unas celdas donde puede que tengan a Roc, Leo y Tec. Luna y Flavour, ¿me ayudáis a buscarlos?

—Claro —aseguró Luna.

—Por supuesto —corroboró Flavour. Riv no dudaba de sus palabras, pero prefería tener cerca al elfo oscuro, para poder controlarlo mejor.

—Voy a buscar a Natalia —anunció Ruth.

—Iremos contigo —afirmó Börg, ahogando un grito al sentir la mano de Agatha tocando sus heridas, a medida que las iba cerrando. La del costado era especialmente dolorosa. Estaba seguro de que la lanza con la que lo habían herido estaba impregnada de algún veneno, ya que se sentía algo indispuesto.

Nada más tocar la herida, Agatha supo que había veneno en ella.

Podía sentir su energía negativa. Se concentró y realizó un hechizo que había leído en el cuaderno que su abuela Margarita le había dejado al morir, custodiado por Börg.

Al ver la cara de alivio del vikingo, supo que lo estaba haciendo bien.

—¿Ves? Esto te pasa por venir tú solo a pelear.

El resto de los guerreros disimuló una sonrisa al ver a la pequeña hada rubia reprendiendo al gigante vikingo que giraba los ojos con resignación.

Cogiéndola de la mano, siguieron a Ruth en busca de Natalia.

Nadie sabía nada de ella ni de ninguna de las otras hadas negras. Habían desaparecido sin más.

Atenea, junto con dos elfos del bosque, fue a custodiar las dos entradas que conocían.

Cada uno de los elfos se encargó de una de las entradas secundarias, y Atenea, de la principal.

No querían verse en desventaja de nuevo por la llegada de refuerzos inesperados para el bando de Ícaro.

Gail la vio partir, sin poder disimular su admiración y su deseo a partes iguales.

La diosa era la mejor guerrera que había visto nunca, algo que despertaba su libido como pocas féminas lo habían hecho antes.