Canela y miel (Un té con amor 3) Capítulo 17
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Capítulo 17

A na daba vueltas inquieta, Gail se mareaba solo de verla.

Sus miembros comenzaban a responderle, pero no podía pensar con claridad.

Junto a él, un elfo oscuro permanecía tendido, con los brazos y las piernas atadas con firmeza y un calcetín rosa en la boca, que estaba seguro de que pertenecía a la vampira.

—Ya tenían que haber vuelto —repetía la joven nerviosa, mirando con odio al elfo que cerraba los ojos asustado cada vez que ella se le acercaba.

—Tendremos que esperar a que lleguen los refuerzos —dijo Gail poniéndose de pie con inseguridad—. En menos de una hora estarán aquí.

—Puede ser tarde, para entonces estarán todos muertos.

—Ana, tenemos que esperar —replicó el elfo, sujetándola por los hombros—. Todavía estoy algo mareado, y no te sería de gran ayuda ahí abajo. ¡Tú sola no puedes bajar a las galerías! —exclamó Gail al ver que Ana no asentía a sus palabras.

—¿Quién te ha dicho que voy a bajar sola? —le preguntó Ana, sonriendo al escuchar las ruedas de un coche que se aproximaba hasta donde ellos estaban.

—Espera, no sabemos quiénes son. Pueden ser más elfos oscuros o algún hada negra.

Con desesperación, Gail vio cómo aquella insensata salía de su escondrijo para hacer señas agitando los brazos al conductor del coche rojo que se acercaba.

Extrañado, pensó que no era el más adecuado para adentrarse en un camino lleno de barro y charcos, ni para pasar desapercibido entre los habitantes de la zona.

El coche se detuvo y, al abrirse las puertas, bajaron de él cuatro mujeres vestidas con unos tacones imposibles y unos conjuntos más propios para salir de fiesta que para ir de excursión al bosque.

Entre ellas destacaba una pelirroja de ojos verdes, a la que reconoció enseguida: era Luna, la princesa elfa.

A su lado estaba Ruth, una elfa con la que había compartido días de entrenamiento en Escocia.

Una tercera mujer rubia, más bajita, miraba a su alrededor con sus enormes ojos azules.

Desprendía un aura vibrante y magnética que podía sentir desde donde estaba.

A la que no conocía era a la cuarta mujer, que parecía salida de una leyenda de amazonas.

Podía ver en ella a una astuta guerrera, que observaba y analizaba su entorno de un rápido vistazo, deteniendo su mirada en él.

—¡Cuánto habéis tardado! —se quejaba Ana a la rubia, que no podía ser otra que Agatha, el hada blanca cuya pareja era el general vikingo.

—¿Tardado? En cuanto nos ha llegado tu mensaje nos hemos subido al coche. Ni siquiera nos hemos cambiado.

—Por cierto, Agatha, ¿qué hacéis tan arregladas?

—Después de pasar ayer todo el día penando por las esquinas, preocupadas por vosotros, sin poder hacer nada a kilómetros de distancia, a Ruth se le ocurrió que podíamos salir a tomar una copa para despejarnos. Y no llevábamos ni cinco minutos juntas cuando nos llamaste.

—¿Y las niñas?

—Están seguras con Hércules y Lino —respondió Atenea por ella, acercándose hasta Gail.

—En realidad mi abuela Micaela también se ha quedado con ellas. Están en el piso de Macarena y Julián, con los «niñeros» cuidándolas.

—¡Niñeros! Si ellos son canguros, yo soy la Cleopatra. Esos cuerpos y esos músculos no salen de acunar bebés llorones —afirmó Ana mirando a Atenea con detenimiento. Ella era otra de las supuestas niñeras, y más bien tenía aspecto de heroína de videojuego.

—Dejaros de cháchara —las riñó Ruth—. ¿Dónde están los otros? ¿Y qué le ha pasado a Gail?

Ruth se acercó preocupada a su amigo que estaba pálido y con los ojos vidriosos, tenía aspecto de estar recuperándose de una gripe.

Ana les contó lo que había ocurrido desde que habían salido de Salamanca el día anterior.

Ruth sintió que le arrancaban parte de su ser al saber que Natalia había sido hecho prisionera.

No era la única, Agatha no pudo contener las lágrimas cuando supo que desde hacía tres horas no sabían nada de Börg y el resto de sus amigos.

—Deja que te vea, Gail —pidió Agatha con una sonrisa, secándose las lágrimas, al elfo del bosque que algo dubitativo se acercó al hada blanca.

Al extender sus manos hacia él, comenzó a notar un ligero cosquilleo bajo su piel, como si un millar de hormigas la recorrieran.

No era incómodo, en realidad, era más bien agradable.

A medida que el cosquilleo aumentaba, su vitalidad se recobraba.

Sus piernas ya no temblaban bajo su peso, y la cabeza ya no la tenía tan embotada—. ¿Mejor? —preguntó cariñosa Agatha.

—Sí, muchas gracias.

—¡Cojamos las armas! —ordenó Atenea dirigiéndose al coche.

—¿¿Armas?? —preguntaron Ana y Gail al unísono.

—Cuatro cosillas —respondió Agatha quitándole importancia con un gesto de la mano—. Lo que teníamos en el coche y un par de arcos más que Ruth tenía en casa.

Del maletero comenzaron a sacar arcos, flechas, cuchillos, lanzas, espadas cortas y hachas que fueron sujetando a su cuerpo con tiras de cuero. Ana y Gail las contemplaban atónitos, vestidas de fiesta, pero armándose hasta los dientes.

—¿Vosotras a qué clase de gimnasio vais? —preguntó Ana al ver cómo su amiga Agatha daba vueltas en su mano a una daga, con soltura.

—A uno donde nos enseñan a defender lo nuestro —contestó Luna colocándose un carcaj a la espalda lleno de flechas negras—. ¿Me pasas la espada corta, Atenea? Gracias.

—Agatha, estoy muy enfadada.

—Lo siento, Ana, pero si os decíamos lo que estábamos haciendo, hubierais intentado disuadirnos.

—¿Disuadiros? Estoy enfadada porque no me lo dijisteis para unirme a vosotras —afirmó Ana molesta.

—Tú eres una vampira —afirmó Ruth, intentando calmar a su amiga—. Las armas de los elfos no pueden matarte, solo lo haría una gota de sangre de un hada, y contra eso no hay entrenamiento posible —concluyó la elfa encogiéndose de hombros.

—¿Y para mí hay algo? —preguntó Gail asomándose al maletero como un niño a un tarro de caramelos.

—¿Qué tal esto? —contestó Atenea tendiéndole una lanza y un hacha.

Gail sonrió, la preciosa amazona que tenía delante le estaba dando justo algo con lo que tenía pocos adversarios que le igualaran su destreza: una lanza.

Armado con ella, era capaz de ejecutar una danza mortal y bella por igual.

Siguiendo a las dos elfas, con la vampira detrás de él y el hada a la cabeza junto con la mujer a la que llamaban Atenea, se dispuso a rescatar a sus amigos.

«Se llama igual que la diosa griega de la guerra. Mejor no pregunto, pero aquí hay algo raro», pensó Gail observando al grupo variopinto de guerreras con las que iba a luchar. Esperaba que sus amigos siguieran vivos, aunque solo fuera por ver la cara de ellos cuando las vieran a ellas.

—La entrada secreta está por ahí, junto donde veis a ese elfo oscuro envuelto como una longaniza —explicó Ana—. Si entramos todas, tendremos que dejarlo sin vigilancia.

—No te preocupes, no se moverá —aseguró Agatha lanzando un hechizo inmovilizador al elfo, que aún sin el hechizo no tenía intención de moverse de donde estaba. Viendo a aquellas mujeres, estaba más seguro allí tendido.

—¿Entrada secreta? —protestó Atenea—. Paso de arrastrarme por un túnel, iremos por la puerta y quien trate de impedírnoslo, ya cambiará de idea.

Nada más entrar en la cueva, dos elfos oscuros salieron a su encuentro.

Al verlas sonrieron libidinosos, pero antes de que pudieran hacer ningún ruido, Ruth y Luna les golpearon con sus hachas, que habían lanzado en perfecta sincronía.

Pasaron junto a las extrañas máquinas y siguieron caminando por las galerías.

Hasta ellas llegaba un ruido de entrechocar de espadas, gritos de lucha.

Al volver un recodo, vieron cómo Börg luchaba contra tres elfos, sangrando con profusión por varios cortes.

A la vez, Riv estaba siendo arrinconado contra una pared por dos elfos oscuros, sin darle posibilidad de escapatoria.

—Vamos, chicas, es hora de demostrar lo que habéis aprendido —las animó Ruth corriendo a ayudar a Riv, seguida de Luna.

Agatha y Ana fueron en ayuda de Börg, mientras Gail y Atenea se centraban en dispersar al resto de elfos, que como una manada alentaban a sus compañeros a herir mortalmente a Börg y a Riv.

—¡Agatha! —exclamó el vikingo sorprendido al ver aparecer entre los elfos que lo atacaban, el rostro de la mujer que tanto amaba.

Sin poder creer lo que veía, armada con una daga corta y una espada tan larga como su brazo, su hada blanca logró desarmar y derrotar a uno de los elfos oscuros, en un instante.

—La próxima vez que por un subidón de testosterona me digas que me quede en casa cuidando a nuestra hija, mientras tú vienes a luchar, te recordaré lo bien que se os ha dado esta vez.

—Pero, cariño... —trató de explicarse Börg, sin dejar de defenderse con la espada de otro elfo que había ocupado el lugar que había dejado el elfo al que Agatha había vencido.

—¡No hay peros! —exclamó Agatha, cortando con su daga el brazo de uno de sus atacantes—. Si tú luchas, yo lucho. Si tú peleas, yo peleo. Si tú amas, yo amo.

Börg miró con infinito amor a la mujer rubia que sin dudarlo un segundo se situaba a su lado, para luchar junto a él. Con fuerzas renovadas, Börg se irguió y gritando con fiereza retomó la posición perdida, antes de que lo arrinconaran aquellos tres elfos.

Riv contemplaba maravillado a la princesa elfa que luchaba a su lado sin amilanarse.

Lanzaba flechas a la vez que se defendía con un hacha, algo que no había aprendido mirando un tutorial de Youtube.

Llevaba un vestido negro que se le ajustaba como una segunda piel, y unas botas de tacón con las que su mente jugaba con él, haciéndole imaginar lo que sería verla vestida solo con ellas.

¿En qué estaba pensando? Tenía que centrarse en salir vivo de allí y buscar a Roc y los otros, donde quiera que estuvieran.

Luna sentía que era capaz de luchar como si toda la vida lo hubiera hecho.

No tenían que pensar, su brazo actuaba. El duro entrenamiento al que Ruth y Atenea las habían sometido todos aquellos días parecía surtir efecto.

No lo iba a confesar, pero estaba aterrada.

Aquellos elfos oscuros eran malignos, buscaban matarla.

Ella, por el contrario, solo buscaba defenderse, pero no podía seguir haciendo eso solo si querían tener una oportunidad.

No veía a Ícaro, no estaría lejos, él era cosa suya.

Se había burlado de ella dos veces y había secuestrado a su hija. Nunca se lo perdonaría.

Börg observaba consternado cómo el flujo de elfos oscuros que llegaban desde las galerías más subterráneas iba en aumento.

Agatha, con su poder, podría paralizar a unos cuantos, pero para ello tendría que dejar de pelear y no se lo podía permitir.

Si lo hacía, él solo no sería capaz de defenderlos a ellos dos.

Buscó a Ana con la mirada, la había visto llegar con las otras guerreras, si bien ya no la veía.

Suponía que habría ido en busca de Jaime, al que tampoco había vuelto a ver desde que se marchó con Roc hacia las celdas.

Esperaba de todo corazón que estuvieran bien.

Aunque dos veces habían logrado frenar a sus atacantes e intentado ir en su busca, no habían podido alcanzar su objetivo.

Se habían visto obligados a ocultarse, para reponer fuerzas e intentar taponar las heridas que llenaban sus cuerpos.

Riv llevaba una bolsa con un emplasto hecho de plantas y barro que al menos, durante unos minutos, cortaba las hemorragias y taponaba las heridas.

Si no se movían demasiado las cerraba por completo, algo que no podían permitirse porque la lucha continuaba y debían seguir peleando.

Al otro lado de la gruta, veía a Ruth y a Atenea luchar.

Si tan solo pudiera hacerles entender que su única opción de ganar era rodear a Agatha, a modo de escudo defensivo, para que pudiera lanzar alguno de sus hechizos, tendrían alguna posibilidad.

—¡Riv! —gritó Börg intentado que Riv o Luna lo vieran y se acercaran a ellos. Los elfos oscuros luchaban con inteligencia y procuraban separar a sus oponentes, para que no pudieran ayudarse entre sí.

Luna se percató de que el vikingo los llamaba y le hizo una señal a Riv, que impotente, se encogió de hombros.

Gail estaba cerca de ellos, pero cada vez que lograba aproximarse a sus amigos, algún elfo oscuro se ponía en su camino.

Nervioso, vio cómo Riv perdía su hacha, estaba debilitado y cansado por las horas de lucha.

Luna, al verlo, no lo dudo, se colocó delante de él a modo de escudo.

No lo tendrían fácil, pero al menos si no lo lograban, se llevarían por delante a unos cuantos de aquellos indeseables elfos.