Canela y miel (Un té con amor 3) Capítulo 16 #2
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Capítulo 16 #2

—Y tienes permiso para beber su sangre y transformarlo en vampiro —añadió Riv haciendo un guiño a una sorprendida Ana que no entendía nada de lo que le decía el elfo del bosque.

Estaba más que harta de tanta testosterona.

Ni hombres ni elfos ni vampiros, todos eran igual de paternalistas.

Se quedaría con Gail porque le daba pena como estaba por haber ayudado a su amiga Natalia, pero en cuanto se recuperara las cosas serían diferentes.

Con aprensión, vio cómo los cuatro guerreros desaparecían por la entrada a las galerías: una trampilla de madera disimulada por unos helechos.

Jaime le lanzó un beso antes de desparecer por esta.

Una escalera de madera, que había conocido mejores épocas los llevó hasta unos dos metros bajo tierra.

El suelo estaba cubierto de barro y charcos, los días anteriores había llovido y la trampilla no debía de ajustar tan bien como debería.

Jaime notó cómo los zapatos se le llenaban de agua y maldijo para sus adentros.

—Quietos —susurró Jaime. Con su agudo olfato, había captado un olor a sudor que debía de provenir de algún elfo que debía de estar vigilando delante de ellos.

Con sigilo se acercaron y vieron cómo un elfo oscuro dormitaba apoyado contra la pared. Antes de darle oportunidad a despertarse, lo maniataron y lo amordazaron, quitándole el arma de las manos, un burdo cuchillo de hoja mellada.

—Lástima, de acero toledano —afirmó Börg mirando con atención el arma—. Estos elfos no saben ni cómo conservar en buen estado sus armas.

—Según nuestro amigo de fuera, dentro de un par de metros el pasillo se bifurcará en dos. Un túnel lleva hasta las mazmorras, donde esperemos que estén nuestros amigos aún con vida, y el otro pasa junto a la cueva donde almacenan los alimentos y la armería —explicó Riv.

—Nos dividiremos. Jaime y tú —ordenó Börg al elfo del bosque— iréis a por Natalia y los otros. Riv, nosotros intentaremos ganar tiempo y encontrar a Ícaro.

Todos asintieron e hicieron lo que el vikingo había dicho, sin decir en voz alta lo que todos pensaban: estaban en minoría, si lograban salir con vida de allí sería un milagro.

Jaime y el elfo siguieron el túnel que descendía varios metros dentro de la tierra.

La sensación de humedad y el olor a rancio iba en aumento.

Pronto vieron una luz amarilla mortecina al fondo y escucharon unos quejidos.

El elfo del bosque, incapaz de quedarse detrás de Jaime, inició una alocada carrera hacia el lugar de donde parecía llegar el sonido.

Cuando el vampiro lo alcanzó, lo vio arrodillado junto a una reja de hierro, cogiendo una mano del elfo del bosque que yacía en el suelo con una fea brecha en la cabeza.

—Leo, cariño, ¿estás bien? —preguntó el elfo que estaba fuera.

—Tec, no deberías haber venido.

—No podía dejarte solo —dijo Tec besando la mano de Leo, que le sonreía con cariño desde la bruma de la inconsciencia que el golpe en la cabeza le había causado.

—Leo tiene razón, no deberías haber venido —afirmó Roc, saliendo de la oscuridad en la que contemplaba el recuentro de los dos amigos, desde una celda situada enfrente de la de Leo—. Son muchos, no hay nada que podamos hacer.

—Abriremos la cerradura —dijo Jaime dando un fuerte golpe a la oxidada pieza metálica, con el que solo logró que soltaran chispas.

—No lo lograrás, un hada negra la ha hechizado. Solo otra hada puede abrirla, por eso estamos aquí solos, sin vigilancia —les explicó Roc.

—Creía que las hadas negras solo hacían hechizos a cambio de algo.

—Y así es, Jaime. Ícaro les ha dado a Natalia. Quieren extraerle su magia para fortalecer la suya.

—¿Dónde la tienen?

—No lo sé, se la llevaron por el otro túnel.

—Börg y Riv han ido por él, me uniré a ellos y buscaré a Natalia.

—¡Voy contigo! —exclamó Tec poniéndose de pie—. Encontraré a un hada y deshará el hechizo.

—Pues aquí nos tienes —dijo una voz femenina a su espalda—. Mira que monos, han venido ellos solitos a las celdas, nos han ahorrado las molestias de traerlos hasta aquí.

Eran dos hadas negras que los miraban son superioridad desde la entrada a la zona de las celdas.

Jaime y Tec se posicionaron dispuestos a luchar, pero una de las hadas fue más rápida y lanzó un dardo al vampiro.

Al recibir el picotazo, Jaime sintió un dolor que le paralizó todo el cuerpo, convirtiéndolo en una estatua de carne y hueso, incapaz de moverse.

Antes de que le hiciera efecto en su totalidad, pudo ver cómo Tec caía al suelo por efecto de otro dardo.

—Es una droga paralizante hecha con una gota de mi sangre diluida —explicó sonriendo el hada negra que había lanzado el dardo—.

No te matará como si hubiera sido pura, pero te mantendrá en este estado para siempre.

Podrás ver y oír lo que pasa a tu alrededor, sin poder intervenir.

Tu cerebro seguirá funcionando atrapado en la jaula de tu cuerpo.

Verás cómo traemos aquí a tus amigos hasta que Ícaro decida qué quiere hacer con ellos.

Pero a tu mujer, sí, no me mires así, sé que amas a esa maldita vampira que está ahí fuera, la traeré delante de ti y le daré a beber de mi sangre, la verás morir sin poder hacer nada.

—Igual que nosotras vimos morir a nuestra reina Ópalo a vuestras manos.

Entre las dos hadas negras metieron a Tec en otra celda, repitiendo en la cerradura en mismo hechizo con el que habían sellado las celdas de Roc y Leo.

Salieron rápidas de allí, para regresar al lugar donde sus cuatro compañeras trataban de extraer la magia al hada blanca, que se resistía de forma digna de admirar, si no fuera su enemiga.

Antes de entrar en la cueva donde la tenían, cuya entrada estaba disimulada con una estantería en la armería, escucharon cómo se desarrollaba una nueva pelea no lejos de allí.

Aquello no era asunto suyo. Se habían encargado de dos de ellos a cambio de desentenderse de lo que ocurriera después, ya tenían lo que querían: Natalia.

Börg se había desprendido de la cazadora y luchaba con los brazos descubiertos.

En una mano blandía con precisión la espada que le había acompañado desde sus lejanos años de guerrero vikingo, y en la otra, el hacha de manga corta que ya le había salvado una vez la vida gracias a Agatha.

¡Su hada! Si tenía que morir allí, sus últimos pensamientos serían para ella y su pequeña.

No se lo pondría fácil a aquellos elfos oscuros, pelearía hasta su último aliento.

Riv también había dejado su cazadora en el suelo, junto con la medalla que mantenía ocultas sus orejas de elfo.

Pero no era solo eso lo que había quedado revelado al quitarse la medalla y desaparecer su hechizo ocultador: unos intricados tatuajes en unos increíbles tonos verdes y marrones habían aparecido en sus brazos, haciendo comprender a los elfos contra los que luchaba su linaje y su grado de general.

Solo había una cosa que le parecía rara: a Ícaro no lo veía por ninguna parte.

Era extraño que no estuviera contemplando cómo acababan sus elfos con ellos.

Porque eso estaba claro, aunque estaba luchando junto con el guerrero más fiero de todos los tiempos, ellos dos cada vez estaban más agotados, mientras que los elfos oscuros se sucedían uno tras otro bajo su espada.

Eran cuarenta contra uno, imposible pensar en ganar.

Solo esperaba que estuvieran logrando ganar tiempo para que Jaime liberara al resto.