Canela y miel (Un té con amor 3) Capítulo 16
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Capítulo 16

B örg y Riv luchaban espalda contra espalda en una danza sincronizada, buscando el modo de llegar hasta la salida.

—¿Ya habéis empezado la fiesta y no me avisáis?

—preguntó Jaime a pocos metros de ellos.

El elfo del bosque había llegado junto a la entrada de las galerías con el cuerpo inconsciente del elfo oscuro.

Cuando le dijo que iba a regresar a la gruta interior, el vampiro no lo dudó y decidió seguirle, a pesar de las protestas de Ana.

—¿Otro cuerpo inconsciente? ¿Pero por quién me habéis tomado? No he venido a velar bellas durmientes, he venido a luchar —se quejó Ana arrastrando el cuerpo del elfo junto al de Gail.

—Lo sé, cariño, pero alguien debe quedarse cuidándolos.

Jaime siguió al elfo del bosque por las galerías sabiendo que, si salía bien de la lucha, que se estaba desarrollando más allá de esas extrañas maquinas eléctricas, tendría que enfrentarse a Ana que no estaba muy contenta quedándose al margen.

Jaime quería protegerla, si la vampira estaba a su lado luchando, él estaría más preocupado en lo que le pudiera pasar a ella que en su propia seguridad.

Aunque se enfadara con él, la quería fuera de allí.

—No te quejes, te hemos dejado unos cuantos —afirmó Börg al ver a Jaime y al elfo del bosque. Con ellos tal vez tuvieran una posibilidad de salir de allí.

Con esfuerzo, y llevándose más de un golpe y un corte, fueron logrando acercarse a la sala de máquinas y desde allí consiguieron llegar al exterior.

No sabrían que harían fuera, tenían que huir llevándose los cuerpos de Gail y el elfo oscuro a la vez que seguían luchando.

En el exterior no estarían en tan clara desventaja, pero seguían estando en una preocupante minoría.

—Vamos, vamos —les instaba Ana desde la puerta—. Corred hasta la roca. ¡Rápido!

Los guerreros hicieron lo que Ana les decía, viendo con espanto cómo un grupo cada vez más numeroso de elfos oscuros y algún hada negra los seguía hasta la luz del día.

Sin embargo, al llegar junto a la roca, algo extraño ocurrió.

Una especie de muro invisible parecía erguirse entre ellos y sus perseguidores.

Riv y los otros pudieron atravesarlo y, sorprendidos, veían cómo los elfos oscuros se estrellaban contra él.

Las hadas negras intentaban infructuosamente lanzar hechizos para destruirlo, pero no lo lograban.

—¿Y esto? —preguntó Börg asombrado.

—Ha sido cosa de Natalia. Es una barrera permeable que impide que quien quiera hacernos daño pueda atravesarla —explicó Riv, sintiendo alivio al ver cómo los golpes de los elfos oscuros y los hechizos de las hadas negras, nada podían hacer contra el hechizo protector de Natalia.

—¿Y él? —inquirió curioso Jaime señalando con un gesto al elfo oscuro que yacía maniatado en el suelo.

—Esta inconsciente, así que no muestra ningún signo de querer hacernos daño y por eso hemos podido atravesar la barrera con él. Tendremos que estar atentos cuando despierte —añadió Riv echando una mirada furtiva a su rehén.

—¿Las hadas negras no pueden contrarrestarlo con su magia?

—No, Ana. La magia de Natalia es más poderosa que la suya.

—Pero ahora la tienen ellos —se lamentó Börg.

—Y a Roc y a mi buen amigo, pero les rescataremos —afirmó Riv muy convencido de lo que decía.

—No podemos volver a entrar en las galerías.

Miradlos, no nos dejarán pasar —se lamentó Jaime observando cómo varios elfos oscuros se habían quedado vigilándolos junto con un par de hadas negras, mientras que el resto había regresado al interior.

Los elfos oscuros tenían la piel pálida, eran enjutos y con gesto mal encarado.

Riv le había explicado que solían vivir en cuevas y en las zonas más sombrías de los bosques.

Huían de la luz del sol, no porque les hiciera daño, sino porque gustaban de la noche y la oscuridad.

Los elfos del bosque, por el contrario, eran de piel canela, rostro bello y afable y constitución esbelta.

Las hadas negras eran más similares a las hadas blancas, pero si las mirabas a los ojos podías diferenciarlas.

Las negras tenían ojos oscuros, y sus labios permanecían en un rictus constante de desprecio y frialdad.

Las hadas blancas eran luz. Su buena amiga Agatha era la luminosidad personificada, algo que hacía extensible a cuantas personas, plantas y objetos la rodeara.

Incluso él y Ana, que eran vampiros, no eran inmunes a ella.

—Se está despertando nuestro huésped —anunció el elfo del bosque que había ayudado a sacarlo de las galerías.

—Es cosa mía —dijo Riv al ver que Börg se acercaba a él—. Tiene que haber otra entrada o varias a esas galerías.

—Cierto. Son demasiados allí dentro —conjeturó Börg—. Tienen que llevar comida para todos de alguna manera que pasen desapercibidos. Aunque aquí los intrusos sean alejados por el hechizo de las hadas negras, un camión con comida para tantas bocas llamaría demasiado la atención.

—Ícaro tiene gustos caros, no se conformará con raíces y plantas. Le gusta la carne y las frutas frescas.

—De acuerdo, inténtalo; y si no, me dejas un ratito con él.

—Descansa, General Börg, no será necesario.

Riv había dicho el nombre de su amigo vikingo en voz lo suficientemente alta como para que el elfo oscuro lo oyera.

No podía menos que reconocer a Börg, la sola mención de su nombre asustaba a todos los que conocían su historia y mucho más a los que habían conocido a Tabilov.

Pensaban que si había sido lugarteniente del temible vampiro, no podía irle a la zaga en crueldad y maldad.

Ninguno de ellos sospechaba la ternura y el amor que llenaban su corazón.

Si estaba allí luchando codo con codo con los elfos del bosque era por amor a su hada blanca y a su pequeña.

Pero eso era algo que su prisionero no tenía por qué saber.

Acercándose al elfo oscuro, Riv agarró las cuerdas que lo sujetaban y lo arrastró hasta quedar ocultos de la vista de todos, tanto de sus amigos como de sus enemigos.

—Bien —comenzó a decir Riv, agachándose junto al elfo—.

Te voy a quitar la mordaza que te han puesto mis amigos —continuó, conteniendo la risa al ver el calcetín rosa que Ana debía de haberle metido en la boca—.

Cuando lo haga quiero que respondas a lo que te voy a preguntar ahora.

Como imaginas, no tengo tiempo que perder, si no me respondes lo que quiero dejaré que Börg se encargue de ti, o tal vez se lo diga a alguno de mis amigos vampiros.

¿Tú sabes si los elfos pueden ser vampiros? ¿A lo mejor podemos averiguarlo?

—Nofff —negó el elfo intentando que su voz sonara tras la mordaza, agitando desesperado la cabeza de lado a lado.

—Me parece que nos vamos a entender, me alegro.

Quiero saber por dónde se puede entrar en las galerías de forma discreta, sin que tus amigos nos vean.

Tú te quedarás fuera con mi amiga Ana. Ella es una vampira, y si no salimos de allí sanos y salvos estoy seguro de que le encantará alimentarse de ti.

—El elfo desconocía que Ana sería incapaz de darle siquiera un mordisquito, por el contrario, el miedo que reflejaban los ojos del elfo oscuro era real y tangible.

Riv procedió a quitarle el calcetín de la boca, y haciéndolo a un lado miró al elfo esperando su respuesta.

—Hay dos entradas: una está a un par de metros de aquí y la otra algo más alejada. Las usamos para introducir alimentos y otras cosas que necesitamos. Está oculta en los restos de un refugio abandonado.

—¿Vigilancia?

—Un elfo oscuro en cada una, que suele estar poco atento. Es un puesto de vigilancia muy aburrido, y si te toca, sueles ponerte a jugar con el móvil o te llevas compañía.

—Entiendo —afirmó Riv pensando que los elfos oscuros nunca habían destacado por saber obedecer y seguir las reglas y las normas que protegían y beneficiaban a su comunidad.

Eran por naturaleza egoístas, muy de ir a lo suyo y buscar su propio interés.

No obstante, era precisamente por ello por lo que nunca habían logrado su objetivo de controlar la raza élfica por entero.

Algo que por desgracia había cambiado gracias al ambicioso de Ícaro—. ¿Hechizos?

—No, ninguno. Las hadas negras no están muy dispuestas a hacer un hechizo si no reciben algo a cambio.

—Hicieron el de la entrada.

—Eso fue porque Ícaro amenazó con echarlas de las cuevas si no lo hacían. Hay un grupo de nueve.

Roc había terminado con dos de ellas, y estaba seguro que había visto a una tendida en el suelo antes de huir. Con sus hechizos y su sangre venenosa para los vampiros, eran más peligrosas que una flecha de los elfos oscuros que era algo físico que podían esquivar.

—General —lo llamó el elfo del bosque sin asomar la cabeza.

Volviendo a colocar el calcetín en la boca del elfo oscuro, Riv se puso de pie y camino hacia su amigo.

—He llamado pidiendo refuerzos, pero tardaran un par de horas en llegar.

—No tenemos ese tiempo —negó Börg pensando en sus tres amigos prisioneros en manos de Ícaro.

No quería pensar en que ya podían estar muertos, prefería imaginar que estaban retenidos como moneda de cambio para obtener algo por ellos o sacarles información igual que ellos hacían con sus prisioneros—. ¿Te ha dicho algo?

—Hay otras dos entradas, una cerca de aquí.

—¿A qué esperamos? —preguntó Jaime.

Guiados por el elfo oscuro fueron hacia allí, llevando entre Riv y el otro elfo del bosque a Gail que empezaba a recuperar la consciencia, pero aún estaba perdido en una especie de duermevela.

—Ana, tú...

—Ya, ya —contestó la vampira impaciente al vikingo—. ¿Y por qué no queda otro en mi lugar? Yo también puedo pelear.

—Por supuesto, cariño, pero me quedo mucho más tranquilo si te quedas con Gail y con nuestro prisionero.

—Además te necesitamos —intervino Börg—. Si tardamos en salir tendrás que explicar a los refuerzos que vengan cómo llegar hasta nosotros.