Capítulo 15
J aime se quedó apoyado en la entrada, vigilando el interior de la cueva por donde Börg, Riv, Roc y los tres elfos del bosque del equipo de Gail, junto con Natalia, habían comenzado a caminar, a la vez que se aseguraba de que nadie molestara a Ana y al inconsciente Gail.
El vikingo abría la marcha, caminando con asombroso silencio para su envergadura, seguido del hada blanca y los elfos.
Las paredes de piedra gris estaban cubiertas de musgo y líquenes, rezumando humedad en numerosos lugares.
El aire era denso y espeso al principio del camino, para irse aligerando a medida que se adentraban y la angosta galería se abría, ensanchándose hasta permitir a dos personas caminar a la par.
La oscuridad no era total, puesto que la luz se filtraba por grietas ocultas en sus paredes y en el techo.
Durante los primeros metros, Börg iba agachado, pero poco a poco logró ir recuperando la verticalidad.
En un recodo del camino, el vikingo levantó su mano derecha e indicó al resto del grupo que se detuvieran.
—¿Lo oyes? —le preguntó a Natalia en un quedo susurro.
—Sí.
Una especie de runrún llegaba hasta ellos. Provenía de unos metros más adelante, quizás a mayor distancia aún, si el sonido era amplificado por la acústica de las paredes rocosas. De pronto oyeron unas voces acercándose. El grupo se pegó contra la pared, aguardando en silencio.
—Te digo que he oído algo —escucharon que decía una voz aguda.
—Echemos un vistazo, pero son ganas de perder el tiempo, los vigilantes del exterior no nos han avisado de nada inusual —añadió otra voz más grave.
—Me ha parecido escuchar un chasquido, como de ramas desplazándose.
—Más te vale tener razón. Ícaro va a designar a los elfos que deben ir a por la niña, y quiero ser uno de ellos.
—¿Y la madre? —preguntó con curiosidad la voz aguda.
—Ícaro ha dicho que no es necesario que la traigamos, cualquier elfa oscura podrá encargarse de la chiquilla.
Tenemos carta abierta para hacer lo que queramos con ella —respondió el de la voz grave con tono de lujuria y deseo.
Durante la vigilancia a la que la habían sometido los elfos oscuros, sin que ella lo supiera desde hacía tres años, le habían tomado numerosas fotos.
La pelirroja era un bombón. Era preciosa, toda una princesa elfa del bosque a la que más de un elfo oscuro estaría encantado de doblegar y hacer suya.
—Oh, ¡tengo que estar en esa comisión!
—Algo me dice que no lo estaréis —dijo Riv muy enfadado, pasando a la velocidad del rayo junto a Börg y Natalia, seguido de Roc y del resto de los elfos del bosque, a los que las palabras de los elfos oscuros les habían gustado tan poco como a su general.
Riv fue rápido y letal, de un certero golpe dejó inconsciente al de la voz aguda, sin que su amigo pudiera hacer nada por ayudarle, ya que Roc y otro elfo del bosque le clavaron sendos puñales en el tórax, matándolo al instante.
—¡Quieto! —exclamó Börg agarrando el brazo de Riv en el que sujetaba su propio puñal, que iba directo al corazón del elfo oscuro—. Puede sernos útil.
—¿No has oído lo que ha dicho de Luna? —preguntó Riv furioso.
—Sí que lo he oído, y si dijeran lo mismo de Agatha tendría las mismas ganas que tú de hacerlo picadillo, pero no sabemos que hay delante de nosotros y quizás lo necesitemos.
Amordazadle y llevadlo junto a Jaime. Intentad ser silenciosos, ya hemos hecho demasiado ruido —advirtió Börg dirigiéndole a Riv una mirada de reproche.
Para los oídos humanos habían sido silenciosos, pero los elfos y las hadas tenían el sentido de la audición más desarrollado, y temía que la escaramuza no hubiera sido tan silenciosa como ellos creían.
Un elfo del bosque se echó al hombro el cuerpo inerte del elfo oscuro y lo llevó hasta el vampiro, mientras los otros seguían avanzando.
El murmullo que habían escuchado al principio seguía aumentando de intensidad, a la vez que una luminosa claridad se dibujaba al fondo de la galería por la que discurrían.
—Me acercaré yo solo, esperad aquí mi señal —ordenó Riv ante el beneplácito de Börg.
Con cautela, el elfo se aproximó al recodo del que parecían provenir el murmullo y la luz.
Resguardándose tras una saliente, observando a la vez que intentaba no ser visto, Riv asomó la cabeza con cautela.
Unas máquinas oxidadas, custodiadas por dos elfos, ocupaban toda una pared.
Estaban cubiertas de interruptores e indicadores, el murmullo parecía provenir de allí.
Por el aspecto, Riv supuso que era desde donde controlaban las luces que veían en el techo.
Encima de la cabeza de los dos elfos oscuros había una luz mortecina, de la que partía un cable hacia el otro lado del pasillo, allí se bifurcaba en otros dos.
Cada cinco o seis metros, en el techo se podía ver una de las amarillentas luces.
Riv estaba seguro de que, si agudizaba el oído, entre el zumbido eléctrico y las voces, podía distinguir un suave rumor de agua corriendo.
Debía de haber alguna corriente de agua subterránea de la que los elfos oscuros se habían apropiado para abastecerse e iluminar las galerías, a costa del bosque y sus habitantes.
Eso era algo muy propio de los elfos oscuros, odiaban a los humanos por destruir la naturaleza; pero al contrario que los elfos del bosque que buscaban vivir en comunidad, hombres, elfos y cuanto ser poblaba la naturaleza, ellos solo miraban por ellos mismos, a costa del resto sin importarles destruir su entorno.
Si en un bosque se agotaban sus recursos, se iban a otro hasta que esquilmaban sus reservas, y así sucesivamente.
Eran dañinos y peligrosos, si las hadas blancas y los elfos del bosque no los frenaran y los controlaran, habrían acabado con el mundo años atrás sin pararse a pensar que eso suponía el fin de su propia existencia.
Por el óxido que veía en las planchas de metal, esas máquinas llevaban allí más de cien años.
Era una tecnología obsoleta, parcheada para que continuara funcionando un tiempo más.
Con una señal, le indicó al resto que había dos vigilantes, Roc asintió, pero Natalia les hizo una seña para que la dejaran a ella.
Sacó una cerbatana del bolsillo de su chaqueta, y apuntó al cuello de los elfos oscuros.
—¡Me ha picado un mosquito! —exclamó uno de ellos, dándose un manotazo donde había notado el picotazo.
—¡Y a mí, otro!
No tuvieron oportunidad de decir nada más antes de caer inconscientes al suelo.
—No os molestéis en atarlos, para cuando despierten nos habremos ido —le indicó Natalia a Roc que ya sacaba unas bridas de un bolsillo para atar las muñecas de los elfos.
—¿Qué está ocurriendo aquí? —preguntó una voz desde la entrada de una de las galerías donde se bifurcaba el pasillo.
Por su aspecto era una de las hadas negras que trabajaba con los elfos oscuros.
Al percatarse Natalia del movimiento de las manos de la inesperada visitante, supo que se preparaba a lanzar un hechizo, que con rapidez contrarrestó, desvelando su presencia al hada oscura que, mirándola un instante con sorpresa, se giró y corrió para alertar al resto.
—¡Al cuerno con la cautela! ¡Vamos! —exclamó Riv ordenando a los otros que corrieran tras el hada negra. Si lograba alertar a un número alto de elfos y hadas, tendrían poco que hacer.
El hada negra corría como una gacela, les sacaba varios metros de distancia.
Börg y los otros la seguían, descuidando observar por donde iban, si lo hubieran hecho habrían visto cómo elfos oscuros ocultos en pequeñas oquedades de las paredes, disimuladas por salientes, los veían correr sin hacer nada por detenerlos.
Su alocada persecución los llevó a un recinto en forma circular en el que parecían desembocar varias galerías.
El hada negra se detuvo con brusquedad y se giró para mirarlos con una sonrisa traviesa.
En ese momento, se dieron cuenta de que habían caído en una trampa: había resultado demasiado fácil entrar en las cuevas.
Para confirmar sus sospechas, unos ojos de miel, llenos de malignidad, aparecieron tras el hada negra.
Era Ícaro, que con una malsana mezcla de rabia y diversión los observaba.
—¿De verdad creíais que no nos daríamos cuenta de que habíais roto el hechizo? ¿Tan tontos nos creéis? —les preguntó Ícaro, a la vez que un número creciente de elfos oscuros y hadas negras los rodeaban.
—Pues ya que lo dices...—comenzó a decir Roc, a quien Riv silenció de un codazo en las costillas.
—Por lo que veo sigues igual. No te importa sacrificar a tus guerreros para lograr tu propósito —dijo Riv recordando a los dos elfos que les habían salido al paso al entrar en las cuevas, y a los otros dos que Natalia había drogado.
—Saben que son un medio para un fin.
—Tu propio beneficio.
—Es mi legítimo derecho reinar sobre los elfos oscuros, y puesto que mi hija desciende de la realeza de los elfos del bosque, y es muy pequeña para gobernar, en mis manos está el control de ambos grupos.
—Te olvidas de su madre. Luna es la destinada a ocupar el trono, y en su ausencia un regente y sus consejeros lo hacen por ella.
—No me olvido de esa elfa que ha decepcionado a su especie. Es un estorbo para mis propósitos —afirmó Ícaro para espanto de Riv—. Ha decidido no estar conmigo, así que está contra mí.
—Entonces solo me dejas una opción —declaró Riv, haciendo una seña a Börg que se encogió de hombros.
Los dos generales sabían que el momento de hablar había terminado.
Con Ícaro no valían las palabras, había sido capaz de asesinar a su propio padre para hacerse con el poder, no se iba a detener ante nada ni ante nadie.
Era la hora de pelear y terminar con toda aquella larga disputa.
Sabían que estaban en minoría y que no saldrían de allí sin bajas, pero si no se enfrentaban a Ícaro en esas cuevas, él no los dejaría pasar.
Cuando estuvieran más confiados, relajados con sus familias y amigos, los elfos oscuros y las hadas negras les atacarían, destruyendo no solo sus vidas, sino las de todos los seres que poblaban la tierra. No podían permitir que eso ocurriera.
De un rápido movimiento, Riv sacó el cuchillo que llevaba oculto en la manga y se lanzó sobre Ícaro, aunque este no se dio cuenta de lo que sucedía, uno de los elfos de su guardia sí lo hizo y se interpuso entre el cuchillo e Ícaro, deteniendo la puñalada mortal.
Börg desenvainó su espada e hizo frente a cuatro elfos oscuros que lo rodeaban, a la vez que Natalia le devolvía el golpe a un elfo oscuro que la había atacado por la espalda.
Roc vio venir hacia él a dos hadas negras, con las manos extendidas murmurando algún hechizo.
Eran más temibles que los elfos oscuros, porque no peleaban con su cuerpo, sino con su poder, siendo este mucho más letal y difícil de vencer.
Roc se temió lo peor, sin embargo, uno de los elfos del bosque que les acompañaban fue más rápido que ellas y con su espada las hirió mortalmente, impidiéndoles terminar de lanzar el hechizo.
Era una lucha desigual: por cada elfo oscuro o hada negra que derrotaban llegaban dos más.
Creían que aquellas cuevas eran un refugio temporal para Ícaro y sus compinches, pero nada más lejos de la realidad.
Era su cuartel general, donde se estaban agrupando para, desde allí, hacerse con el control del orbe.
Natalia comenzaba a sentir los primeros síntomas de cansancio, debía luchar con su cuerpo usando sus puñales y sus artes de defensa, sin dejar de contrarrestar los hechizos que las hadas negras usaban contra sus amigos.
Ella era la única capaz de hacerles frente, pero a medida que lo hacía su cuerpo se desgastaba y se debilitaba.
Roc, desde el otro lado del recinto, se percató de lo que le ocurría al hada blanca.
Para empeorar la situación, Natalia había dejado de vigilar su retaguardia, y un par de elfos oscuros se acercaban a ella sin que se diera cuenta.
Roc intentó impedirlo acercándose hasta el lugar donde el hada se defendía lo mejor que podía, esquivando elfos oscuros que peleaban con elfos del bosque.
En su afán por ayudarla, no vio al hada negra y al elfo oscuro que se acercaban por sus laterales.
Un elfo del bosque quiso avisarle, pero el elfo oscuro le clavó una flecha en la garganta, que le atravesó el cuello de lado a lado.
Fue lo último que Roc vio antes de la que la oscuridad cubriera su mente.
Natalia escuchó el grito de angustia que Riv emitió al ver cómo atrapaban a su amigo, dio un paso en esa dirección, pero un golpe en la nuca la dejó sin sentido, haciendo que cayera al suelo de la cueva.
—¡Vámonos! —grito Börg agarrando el brazo de Riv para sacarlo de aquella pelea a todas luces perdida.
—No voy a abandonar a mi amigo.
—No hay otra opción. ¡Tenemos que salir de aquí ya!
Riv seguía indeciso, si bien al ver cómo otro de sus amigos, un elfo del bosque, era apresado por varios elfos oscuros, cedió ante el agarre del vikingo y emprendió la huida con él.
No sería fácil, los rodeaban en gran número y no parecían muy dispuestos a dejarlos escapar.
Desde un saliente rocoso, más elevado que el resto, Ícaro observaba con agrado la situación.
Esos miserables habían ido hasta su hogar para matarlo, pues bien, lo habían subestimado y lo iban a pagar con sus vidas.