Canela y miel (Un té con amor 3) Epílogo
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Epílogo

L una entró en la cocina agradeciendo poder sentarse en una silla.

Tenía los tobillos hinchados por el embarazo, y ya su barriga era tan grande que no podía verse las puntas de los pies.

Se había despertado de la cabezada que estaba echando en un sillón del salón, sorprendida del silencio que reinaba en la casa.

Habían regresado a la ciudad hacía una semana.

Por mucho que disfrutara viviendo con los elfos, quería dar a luz en un hospital, con un buen chute de anestesia.

Agudizando el oído, escuchó unas voces provenientes de la cocina.

Estaba segura de que eran Riv y Sofía. De puntillas, y todo lo sigilosa que su actual complexión le permitía, se había acercado hasta allí.

La puerta estaba abierta, así que podía escuchar lo que conversaban sin ser vista.

—¿Recuerdas lo que tienes que decir cuando mamá te pregunte?

—Sí, papi. —Luna contuvo la respiración, como siempre que escuchaba a su pequeña llamar papá al hombre de piel canela que le había robado el corazón.

Lo había sabido desde el primer momento en que Riv convivió con ellas, cuando Ícaro era una amenaza para ambas: aquellos dos se adoraban.

De forma incondicional y natural, sin que ella pudiera oponerse a ello.

Para Sofía, el fotógrafo era su papi, y nada podía cambiarlo—.

Si mami me pregunta, NO me has comprado chocolate.

—Luna ahogó una risa. El chocolate era una pasión que los dos amores de su vida compartían.

Tenía que controlar lo que compraban cuando iban al supermercado, pero de algún modo siempre encontraban la forma de hacerse con una tableta.

Si no era Micaela la que la compraba, era alguno de los titos de la pequeña, que solo necesitaba poner carita de ángel para conseguir lo que deseaba.

—Bien, tendrás que limpiarte los berretes —le advirtió Riv acariciando la mejilla de la pequeña.

—Valglele —aseguró Sofía comiendo a dos carrillos una onza de chocolate con avellanas.

Luna sonrió y volvió al sillón donde había estado sentada.

Esperaría cinco minutos y les avisaría que ya estaba despierta.

Había veces que era mejor fingir desconocimiento con tal de que los seres queridos vivieran esos pequeños secretos que tan felices les hacían.

Acariciando su barriga con una mano, alargó la otra hacia la taza de té de arándanos con mandarina que reposaba junto a ella, estaba frío, pero igual de delicioso.

La felicidad era eso, un trocito de paz en un mundo de amor.

FIN