Capítulo 14
R iv conducía con la vista fija en la carretera, pero la mente a kilómetros de allí, en un pequeño piso que había dejado horas antes, donde una pelirroja de ojos verdes le había robado la última pizca de amor propio que tenía.
En cuanto Ícaro fuera historia, no iba a permitir que el elfo continuara caminando sobre la tierra ni un día más de lo necesario, volvería a por ella.
Esta vez lo haría, la conquistaría poco a poco, no de forma alocada y sin valorarla como había hecho en su juventud en la universidad.
La forzada convivencia de esos días le había valido para conocer sus gustos, cuáles eran sus caprichos, y cuáles los detalles que podían ablandar su corazón.
Porque no se engañaba, sabía que habían recuperado la amistad que tuvieron de jóvenes, pero ni por asomo estaba cerca de conquistar su corazón.
Por el contrario, él se lo daría sin titubear, junto a cada célula de su ser; Luna lo era para todo él y Sofía era su pequeña.
Cuando la recuperó de las garras de Ícaro y la tuvo contra su pecho, agarrada a su camiseta con firmeza, temiendo que la alejaran de él, lo supo.
Aquella pequeña elfa era parte indisoluble de su vida.
—Riv —le susurró una voz por el intercomunicador. Era uno de los elfos del bosque bajo su mando que vigilaban el lugar donde los elfos oscuros se ocultaban junto con las hadas negras.
—¿Qué habéis encontrado? —preguntó Riv con nerviosismo.
—Estamos bastante seguros de haber descubierto la entrada a las cuevas.
Está al final de un sendero, detrás de una presa, junto al molino.
Parece que hay unos matorrales espesos que no se pueden cruzar, pero creemos que es un hechizo de las hadas negras.
Los senderistas no se aproximan allí, hay algo invisible que les hace desviarse del camino unos cinco metros antes.
Con los animales pasa lo mismo, hay una especie de barrera intangible, hemos observado cómo los pájaros detienen su vuelo y se dan la vuelta.
Un grupo de excursionistas llevaba un perro, un pastor alemán, estaba olfateando el suelo y, al llegar a determinado punto, regresó corriendo junto su dueño con el rabo entre las piernas.
—¿Os habéis acercado a la entrada?
—No, General, no queremos revelar nuestra posición, observamos lo que ocurre a cierta distancia.
—¿Habéis visto elfos oscuros o hadas negras?
—A simple vista no podemos reconocerlos. Si son elfos, ocultan sus orejas con hechizos como nosotros, y a las hadas no las distinguimos de mujeres normales. Creemos que en un arce están escondidos tres de ellos tal y como le dijeron al General Börg, a las hadas no las hemos visto.
—En un par de horas estaremos allí, un hada blanca viaja con nosotros, ella sí puede distinguir a las hadas negras del resto.
—Os esperamos.
Riv les contó al resto, que esperaban impacientes las noticias, lo que sus elfos habían averiguado.
—Me alegro de que no mintiera el elfo oscuro.
Sería una pena tener que cavar una tumba en el jardín de Roc para ocultar su cadáver —afirmó Börg sin chispa de humor en su comentario.
Ana abrió la boca para decir algo, pero Jaime le sugirió con un gesto que no dijera nada.
Mientras fueran de utilidad, los dos elfos oscuros que habían atrapado permanecerían en el sótano del chalet de Roc, vigilados por dos elfos del bosque.
Si no les habían mentido, y su información les ayudaba a atrapar a Ícaro, Börg y Riv les habían prometido dejarles con vida, recluidos con un clan de elfos del bosque en la estepa rusa.
Los dos elfos oscuros habían dejado clara su intención de colaborar.
Si Ícaro los encontraba, su muerte sería rápida; por el contrario, si Börg decidía acabar con ellos sería un proceso largo y doloroso por el que no tenían ninguna intención de pasar.
Riv les había prometido que nadie les encontraría en Siberia y ellos habían creído al general de los elfos del bosque sin dudarlo.
Para no despertar sospechas se alojarían en una casa rural, cercana a la zona que querían investigar, haciéndose pasar por un afable grupo de amigos que habían ido al lugar en busca de tranquilidad y paz para alejarse de la rutina diaria.
Emplearon el resto del viernes en acomodarse y dar una vuelta por los alrededores para reconocer la zona donde estaban.
Podía ocurrir que debieran huir de la casa de forma precipitada, por un camino menos transitado que la carretera principal, y sería de utilidad tener una ruta alternativa.
Además, Börg quería tener un escondite para las armas en caso de necesidad.
—Si nos encuentran, puede venirnos bien —afirmó el vikingo con el beneplácito del resto.
—¿Iremos esta noche al Bosque da Fervenza para ver la entrada de las cuevas? –preguntó Ana impaciente.
—No —respondió Riv—. De noche estaríamos en desventaja, iremos mañana a primera hora, como unos senderistas más.
—Jaime y yo podemos ser muy silenciosos y movernos muy rápido —insistió Ana.
—Y las hadas negras también. En un segundo pueden lanzarte un dardo con una gota de su sangre y estarías muerta en menos de dos minutos —añadió Natalia—. Es mejor esperar a mañana.
Ana hizo lo que le decían, pero nada conforme con la idea; al propio Jaime le costó apaciguar la excitación de su vampira.
—De día nos verán —le cuchicheó Ana a Jaime tendidos en la cama que compartían en una de las habitaciones—. Y si hace mucho sol, ni tú ni yo podremos acercarnos.
—Créeme, nos verían igual esta noche y levantaríamos más sospechas. Mañana, con nuestras mochilas y nuestras gorras, nos uniremos al resto de excursionistas de la zona.
—Pero el sol...
—Las predicciones son de lluvia, no te preocupes.
Ana no era la única a la que le costaba dormir; lejos de allí, en Salamanca, Luna permanecía sentada en un sillón terminando un encargo: una muñeca para una niña cuya madre compraba en la tienda de Marta.
Había tenido que recoser dos veces el vestido porque su mente se empeñaba en pensar en un elfo de piel canela y ojos turquesa.
Lamentaba haber sido tan fría al despedirse de él, no le gustaba lo débil e insegura que se mostraba cuando Riv estaba a su lado.
Su resolución de no enamorase se resquebrajaba al oler su colonia, al sentir sus ojos mirándola, al escuchar su voz.
Sin embargo, al recordar a esos mismos ojos mirándola desde el espejo del mugriento servicio donde, con los pantalones en los pies, empotraba sin descanso a otra, volvía a sentir la rabia y la impotencia que sintió aquella noche.
No, nunca más se enamoraría de Riv. Si la había engañado una vez, podía hacerlo de nuevo.
***
Eran poco más de las ocho cuando Roc, Riv, Natalia y Börg desayunaban en la cocina de la casa rural.
Ana y Jaime habían salido a dar una vuelta, que era el eufemismo utilizado para no decir que habían salido a buscar sangre de algún animal con el que Ana pudiera alimentarse, y de algún excursionista madrugador, del que pudiera hacerlo Jaime.
—No tengo que recordarte que seas discreto, no necesitamos alarmar a los aldeanos con ataques de «animales».
—Tranquilo, Börg, les borraré la mente después, y no beberé más de lo necesario —aseguró Jaime antes de salir con Ana—. Al fin y al cabo, algo me dice que podre beber de algún elfo oscuro más tarde.
Riv había escuchado la conversación, y aunque la idea de que un vampiro bebiera de un elfo no le hacía muy feliz, estaba más que dispuesto a mirar para otro lado ese día.
Para los vampiros, la sangre de las hadas era venenosa, pero con la de los elfos ocurría lo contrario: era como un elixir delicado a su paladar, y además aumentaba su poder y su vigor de forma exponencial.
Dado que no sabían lo que se iba a encontrar, tener a un vampiro con sus sentidos agudizados era una inestimable ventaja.
Ana era un caso diferente, el sabor de la sangre élfica era parecido al de la humana, pero mucho más adictiva.
Puesto que ella quería seguir sin alimentarse de personas, seguiría su dieta animal durante aquellos días también.
Cuando Ana y Jaime regresaron a la casa rural, el resto ya les aguardaba con sus mochilas al hombro.
Poniéndose una gorra con una gran visera como complemento a su atuendo, los dos vampiros cogieron sus cosas dispuestos a seguir a sus amigos.
Durante los primeros kilómetros no vieron nada sospechoso, una pareja de senderistas alemanes, un grupo de cuatro franceses y algún lugareño paseando por el bosque.
Sin embargo, al llegar a la zona en la que sospechaban que se ocultaba la entrada a las cuevas, todo cambió.
—¿Lo oís? —preguntó Natalia.
—No oigo nada —negó Jaime.
—Eso mismo —dijo Riv—. Este es el lugar.
Un elfo del bosque salió a su encuentro en respuesta al mensaje que Riv le había enviado minutos antes.
—General —Riv respondió al saludo del elfo con un abrazo.
Era uno de sus hombres de confianza más queridos.
Juntos habían sido entrenados en el arte de la lucha y el espionaje, tiempo atrás en Escocia.
Su compañero había resultado ser muy hábil a la hora de camuflarse con el entorno, sin que el enemigo lo detectara.
Al saber que Ícaro había buscado refugio con los elfos oscuros, no había dudado en avisar a su antiguo camarada, que había acudido a la llamada acompañado por su equipo, con el que siempre realizaban todas las misiones—.
Mis elfos están escondidos vigilando la entrada.
—¿Dónde podemos dejar las mochilas? —preguntó Börg. No quería cargar más que con lo imprescindible. Llevaba la espada en una funda sujeta a la espalda, oculta por una cazadora, y el hacha en un bolsillo interior de esta, no necesitaba más.
—Por aquí.
El elfo del bosque les condujo hasta una trampilla que ocultaba una oquedad excavada en el suelo, donde guardaron las mochilas y todo lo que les pudiera molestar.
—Vale, ¿y ahora cómo entramos? —quiso saber Ana que empezaba a perder la paciencia.