Canela y miel (Un té con amor 3) Capítulo 13 #2
56%

Capítulo 13 #2

—Pues cuando compartía piso con Natalia no me preocupaba el aspecto de mi cara al levantarme —afirmó Agatha recordando los años en que había vivido en un pequeño apartamento con la novia de Ruth, antes de que estas se conocieran y se enamoraran.

A los pocos meses de irse a vivir ella misma con Börg, a la que había sido la casa de su abuela Margarita, Ruth había trasladado sus cosas al piso, para alegría de Natalia.

—No, si a mí tampoco —Luna nunca confesaría que se había llevado en secreto a su dormitorio un cepillo de pelo, unas toallitas desmaquilladoras para limpiarse la cara de legañas y babas, y un pequeño set de maquillaje, para darse un retoque rápido antes de salir de él e ir al baño.

—Ja, ja. El otro día cuando baje a buscar a Sofía con María, no eran ni las ocho de la mañana y ya tenías los ojos pintados.

—Era porque me tenía que ir a trabajar a la biblioteca —se defendió Luna.

—Era sábado —apuntó Macarena con voz no exenta de malicia y sorna.

Desde la ventana vio cómo Riv le pasaba su bolsa a Jaime, que la guardó en el maletero del coche para a continuación subirse a su moto.

Ana estaba sentada en el asiento trasero y, de copilo, podía ver a Börg.

Junto a ellos Roc esperaba subido en otra, miró hacia donde estaba Luna y la saludó con una inclinación de cabeza a la que ella respondió con la mano.

En el instante en que arrancaban motores, se les unió una tercera moto con Natalia vestida de cuero negro de los pies a la cabeza.

Por debajo del casco asomaba su rubia coleta, que descansaba sobre su espalda, hasta la altura de los hombros.

Su novia Ruth, al igual que Agatha, no se había quedado demasiado conforme con la idea de quedarse en Salamanca en lugar de ir a luchar con el resto.

—Soy una guerrera.

—Lo sé, cariño —dijo Natalia tratando de tranquilizar a su chica—.

Por eso necesitamos que te quedes aquí protegiendo a Luna y a Sofía.

Ícaro puede sospechar que vamos y aprovechar nuestra ausencia intentando volver a secuestrar a la pequeña.

No sabemos si tiene espías en nuestro entorno. Te necesitamos aquí.

—Pues quédate tú y voy yo con ellos. Riv es mi general y puedo serle útil —sugirió Ruth enfadada—. ¡No es justo! Para ti toda la diversión y yo debo hacer de niñera.

—Habrá hadas negras que con sus hechizos ocultan la entrada a las cuevas donde los elfos oscuros se cobijan. Börg y Riv necesitan hadas blancas que contrarrestaremos el hechizo.

Ruth se contuvo para no seguir protestando.

Conocía a Riv y temía a Börg, si decían que debía quedarse, no admitían discusión alguna.

Uno era su general y al otro, cuando se ponía en plan vikingo, era mejor no llevarle la contraria.

Börg enfadado era terrible. Cambiando la expresión de su cara, decidió mostrarle a Natalia su mejor sonrisa.

—Está bien, pero ten cuidado. No me fio de esos elfos oscuros.

—Yo tampoco —afirmó Natalia subiéndose la cremallera de la cazadora—. No te preocupes, todo saldrá bien.

Natalia acarició con ternura el rostro de Ruth.

Cada mañana, cuando la veía tendida en la cama junto a ella, agradecía a la naturaleza y a los dioses la suerte que tenía.

A sus casi setenta años había perdido la esperanza de encontrar el amor en su vida.

Su juvenil aspecto, que hacía que no aparentara más de treinta, le facilitaba las conquistas casuales para un encuentro sexual sin compromisos, rápido y placentero.

No se imaginaba que cuando Margarita le pidió que fuera la compañera de piso de su nieta Agatha, terminaría conociendo a Ruth.

Marta, la tía de Agatha y su amiga común, Ana, abrieron sus tiendas bajo el nombre común de Abuela Margarita .

Al ver cómo sus expectativas se desbordaban, decidieron contratar a alguien que les ayudara en ellas, de esa forma Ruth llegó a sus vidas, y por ende a la suya.

La joven elfa, de apenas veintiséis años, era madura y serena para su edad, mucho más que ella misma a sus setenta.

Sabían que a su paso se volvían algunas cabezas suspicaces en sus familias, por la diferencia de edad y por su diferente raza: ella era un hada blanca y su chica una elfa del bosque.

Sin embargo, puesto que el hada blanca más poderosa del mundo, Agatha, se había emparejado con un temible vampiro, los comentarios maliciosos tuvieron pronto su fin.

Agatha no solo aprobaba su relación, sino que la alentaba, así que las hadas blancas más tradicionales tuvieran que acallar sus recelos.

Para Ruth tampoco había sido fácil. Estaba destinada a contraer matrimonio con un elfo del bosque de una familia de un clan afín al suyo, con idea de fortalecer la alianza entre ambos grupos.

Ruth no solo no se casaría con él, sino que la había elegido a ella, a un hada blanca.

Aunque las de su especie eran fieles aliadas de los elfos del bosque, sus razas no se emparentaban entre sí.

Las hadas blancas buscaban sus compañeros entre los humanos y los elfos rara vez se emparejaban con alguien de otra raza.

No contaban con que su chica era independiente y no dejaba que nadie manejara su destino.

Como guerrera elfa, obedecía a su general Riverland en el combate, pero fuera de él, no permitía ninguna inferencia en su vida.

—Llámame cuando sepáis algo —le pidió Ruth con una pizca de tristeza en sus preciosos ojos marrones.

—Lo hare —le prometió Natalia dándole un apasionado beso, indiferentes al carraspeo de un matrimonio mayor que pasaba junto a ellas.

Natalia guardó su bolsa en el portaequipajes y arrancó la moto, dirigiendo su camino hacia la casa de Luna, que había sido el punto de reunión elegido.

Al llegar, ya vio a Börg y a la pareja de vampiros aguardando en su coche.

Adoraba a ese par de locos que eran Ana y Jaime.

Algunas hadas blancas seguían siendo reticentes a tener amistad con los chupasangres, como les llamaban despectivamente, pero gracias a Margarita había comprendido que no todos se dejaban llevar por su instinto asesino y merecían vivir.

Para ellas era fácil acabar con ellos, una gota de su sangre era letal para los vampiros, ella misma lo había comprobado en más de una ocasión.

No obstante, por su larga relación de amistad con Börg, sabía que eran leales y buenos amigos, merecía la pena confiar en ellos.

De Jaime solo había oído hablar a Margarita como de un agradable y simpático vampiro que había conocido en Escocia a la vez que a Lincoln, el que había sido su marido.

Ambos eran amigos y compañeros de trabajo, y aunque en un inicio los dos se habían sentido atraídos por Margarita, Jaime había dado un paso atrás al percatarse de la atracción que había entre la pareja.

Nada le hubiera hecho pensar entonces, que décadas después sería otra española la que despertaría su corazón de la apatía.

No tuvo opción, en cuanto Ana fijo sus ojos en Jaime tuvo claro que el highlander era para ella.

A pesar de sus reparos iniciales, el vampiro había comprendido que la joven era el amor de su vida, haciendo que el hecho de perder su humanidad y convertirse en una vampira fuera algo natural en su relación.

Al verla llegar, Ana sacó la cabeza por la ventanilla y le preguntó.

—¿Lista para cazar elfos oscuros?

—He nacido para ello.