Canela y miel (Un té con amor 3) Capítulo 13
53%

Capítulo 13

B örg estaba guardando su espada y su hacha en su gabán, disimuladas en el forro. Se lo había hecho confeccionar hacía unos años por consejo de Margarita, la abuela fallecida de su hada.

—¿Recuerdas esos dibujos del inspector Gadget que Agatha veía cuando era pequeña?

—le preguntó una tarde apacible de otoño Margarita, mientras degustaban una taza del delicioso té con arándanos y mandarina que el hada blanca hacía con las plantas de su jardín.

Una increíble zona verde que rodeaba su casa, un pequeño palacete enclavado en el centro de la ciudad, imperturbable al paso del tiempo.

—Sí, vagamente. Los dibujos no me han llamado nunca demasiado la atención —respondió Börg sin entender a dónde quería ir a parar Margarita.

—Era un inspector de policía, algo patoso, que llevaba una gabardina en la que escondía una miríada de artilugios, a cual más sorprendente. Tenía un montón de bolsillos y pliegues, que por el exterior no se notaban. Tal vez deberías hacerte algo parecido —afirmó Margarita como si tal cosa.

—No sé qué decirte, no le veo la utilidad. Dudo que como editor necesite algo así, en un maletín llevo todo lo que necesito, que no son más que papeles y bolígrafos. Y como vampiro, mis colmillos son suficiente y siempre los tengo conmigo —añadió Börg en un intento de bromear.

—Hazme caso, lo necesitarás —insistió Margarita mirándolo muy seria por encima de su taza de exquisita porcelana inglesa.

Börg hacía años que había comprendido que más valía hacer caso de los consejos de Margarita, por muy extraños que estos parecieran.

Así que aprovechando una de sus múltiples visitas a Londres, se hizo un gabán en un sastre de su entera confianza, que no hizo ningún comentario ni ningún gesto ante la peculiar petición de su cliente.

Ahora recordaba con cariño esos momentos, guardando sus armas en el gabán, junto con alguna que otra cosilla que podía serle de utilidad en un enfrentamiento con los elfos oscuros.

—Sigo pensando que debería acompañarte —afirmó Agatha irrumpiendo en la habitación con una despierta Rocío en brazos.

—No podemos ir los dos, alguien debe quedarse cuidando a nuestra hija —negó Börg besando a Agatha con pasión, para después acariciar las mejillas aterciopeladas de su pequeña que hacía gorgoritos satisfecha, con la tripita llena de leche y el pañal limpio.

—Micaela se puede quedar con ella —insistió Agatha, desasiéndose del influjo que los besos de su vikingo tenían en ella.

Daba igual el tiempo que pasase o las veces que la besara, siempre ocurría lo mismo.

En cuando Börg posaba sus labios en los suyos, el mundo que les rodeaba desaparecía, sus pensamientos se centraban en lo mismo, el calor de sus manos en su cuerpo, en la fuerza arrolladora de su boca.

Su reacción no podía ser otra que devorar con la misma intensidad sus labios, acariciar el cuerpo que la abrazaba y la sostenía.

Cuando conseguía abrir los ojos y centrar su mirada en los ojos de hielo de Börg, veía en ellos la misma pasión y el mismo amor que su corazón sentía.

El grito de protesta de su hija, que reclamaba atención y besos también, la hizo volver a la realidad.

—No podemos ir los dos, si nos pasara algo, Rocío se quedaría sola y tú no querrías eso, ¿verdad? —preguntó Börg apretando la nariz de su pequeña con afecto, mientras ella le sonreía con su boquita sin dientes.

—¡Chantajista! —exclamó Agatha a la vez que el timbre del portal sonaba.

—Debe ser Riv —apuntó el vikingo, cogiendo la bolsa de viaje que había preparado con algo de ropa.

No podía dejar que Agatha viera alguna sombra de duda en sus ojos.

Riv y él mismo temían que Ícaro, al estar en su terreno, les tuviera preparada alguna sorpresa desagradable.

A los elfos oscuros les ayudaban algunas hadas negras.

En su último enfrentamiento, Ópalo, una de las más peligrosas hadas negras, había sido hecha prisionera por los elfos del bosque, que la custodiaban en un lugar seguro, donde nadie pudiera hablar con ella y de donde no pudiera ser liberada por otras hadas negras.

Agatha, junto con otras dos hadas blancas y un druida perteneciente a la raza de los elfos del bosque, había logrado quitarle su don de hada.

Sin embargo, no se fiaban de su aparente inocencia.

Con el sanguinario vampiro Tabilov habían bajado la guardia y lo habían pagado muy caro.

Calista, la malvada vampira que había tratado de matar a Agatha en dos ocasiones, estaba muerta, pero otros vampiros podían decidir aliarse con el bando de Ícaro y ayudar a los elfos oscuros a ocultarse.

Börg se alegraba de contar con la ayuda de Jaime y Ana.

Ambos eran vampiros. Él había culpado durante siglos a Börg por la muerte de su esposa y su bebé no nato, pero ahora todo estaba olvidado y perdonado.

Había resultado ser culpa de Tabilov e Ícaro, en una sanguinaria maniobra para hacerse con el poder de todos los elfos, motivo por el cual habían asesinado también a los padres de Luna y trataban de secuestrar a Sofía.

Ana, la mejor amiga de su hada, era una vampira.

Se había convertido por amor al atractivo highlander , que poco o nada había podido hacer ante la testarudez y el infinito amor de la española.

Ana no lo había dudado ni un instante, había dejado atrás su humanidad para compartir su eternidad con el hombre que la había enamorado.

Eran una pareja perfecta, de igual modo que le gustaba pensar que Agatha y él lo eran.

No en vano había esperado mil años para encontrar al amor de su vida, y siguiendo el proceso contrario al del escocés, había dejado atrás su inmortalidad para convertirse en un humano que viviría mientras su hada lo hiciera, en una vida bastante más longeva que la de una persona normal.

El vikingo sintió como puñales en su corazón la mirada de tristeza de Agatha al despedirse de él, y el abrazo de la manita de su hija, que con fuerza le sujetó el dedo unos segundos.

Ícaro estaba listo si pensaba que iba a impedirle regresar junto a ellas, acabaría con él y ayudaría a los elfos del bosque a restablecer su poder, haciendo retroceder a los elfos oscuros hasta las cavernas del interior de la tierra de donde no deberían haber salido nunca.

Riv le aguardaba en el portal, apoyado indolente contra su moto, junto a Roc, su fiel y leal amigo, y Jaime y Ana en un coche. Riv lo miraba sin verlo, rememorando en su mente la despedida en casa de Luna.

—Ha llegado el momento —anunció Riv, guardando la última de sus camisetas en su bolsa.

Estaban en la cocina. Aún resonaban las risas de Sofía que se había ido al colegio acompañada de Micaela.

Allí estaba a salvo, vigilada por su maestra que era una de las elfas del bosque encargada de su seguridad.

—La semana que vienen es la función de primavera en el cole —le dijo la pequeña al darle un beso de despedida antes de marcharse con su yaya.

—Lo sé, cariño, no me la perdería por nada del mundo —le aseguró Riv con el corazón encogido—. Vas a ser el girasol más bonito de la función.

—¿Pero vendrás? ¿Verdad? —insistió Sofía que sentía que la despedida de su amigo el fotógrafo era algo más que lo que su mami le decía.

—¿Quién te va a hacer las fotos si no? —dijo Riv para tranquilizarla, fingiendo una despreocupación que estaba lejos de sentir.

A la niña le habían dicho que Riv había tenido una avería en su piso, y como Luna y él eran amigos, su madre lo había invitado a quedarse con ellas esas semanas.

«Tiene su tienda en frente, así le es más fácil ocuparse de ella», le había explicado Luna cuando la fue a recoger al colegio el lunes siguiente a que Ícaro la secuestrara.

Si a la pequeña le había parecido extraño, no lo manifestó.

Aceptó la presencia de Riv en su casa como si fuera lo más normal del mundo.

Era un compañero de juegos excelente, se sabía preciosos cuentos de princesas y duendes en los bosques, y lo que era más importante: con Riv en casa, el hombre malo que decía ser su papá no se acercaría.

—Voy a echarla de menos —aseguró Riv cuando Sofía se marchó al colegio con Micaela.

—Estoy segura de que irá a verte a la tienda todos los días para que le sigas contando cuentos de los habitantes del bosque.

—No todo son cuentos, Luna, muchas son leyendas que mis abuelos me contaron de pequeño. A los nuestros les gustaría que fuerais las dos a visitarlos.

—Algún día. Te lo prometo. Cuando Ícaro ya no sea un peligro para Sofía, y la niña sea capaz de comprender que no es como los otros niños, iremos. Aunque no sé cuándo será eso, apenas logro entenderlo yo.

—Créeme, lo aceptará con más facilidad de la que crees.

Verá que su mamá también lo es. Si visitáis el lugar donde tu madre nació, verá otros pequeños como ella.

Somos los mayores los que lo complicamos todo, para los niños no hay diferencia entre razas o especies —explicó Riv colgándose la bolsa de viaje al hombro—. Bueno, ya estoy listo.

—Mantenme al tanto con las noticias —le pidió Luna.

No lo expresaría en voz alta, pero el hecho de ver a Riv en la puerta, saliendo, que cuando volviera de su viaje a Galicia no regresaría con ellas era una espina dolorosa clavada en su corazón.

Sus sentimientos hacia el elfo eran confusos.

Le gustaba su compañía, se había acostumbrado a compartir sus días con él.

Ante sus amigas había fingido que era un compañero de piso como cualquier otro.

—No le busquéis tres pies al gato, es un amigo con el que debido a las circunstancias comparto piso.