Capítulo 12 #2
—Fue una violación, Riv, no la forzó a nivel físico, pero sí mentalmente. Sin la droga que le echó en la bebida no se hubiera enrollado con él. Luna ya se siente culpable por el secuestro de Sofía, ¿para qué quieres que lo sepa? Se sentiría peor de lo que ya se siente. Déjalo estar.
Riv decidió no contárselo por el momento, creía que si Luna sabía que no se entregó de forma tan voluntaria como suponía a Icar, no se sentiría tan mal.
Habría sido algo que no había buscado, sino una situación en la que ella no tenía control sobre su cuerpo.
Esperaría hasta saber que Luna no se hundiría al conocer la verdad.
—Agatha me ha dicho que ya tenéis una pista de dónde se ocultan los elfos oscuros.
—Sí, gracias a Börg. Prefiero tener al vikingo como amigo que como enemigo. Cuando lo he visto luchando, se transforma. No pierde su elegancia innata, pero se convierte en un ser letal. En su época de lugarteniente de Tabilov, debían ser el terror y la asolación por donde quiera que pasaran.
—Cuando lo conocí me asustó un poco. ¡Es tan alto! Pero luego lo vi jugando con los hijos de Macarena y pensé que no debía ser tan malo.
—Los elfos del bosque ayudamos a las hadas blancas a controlar a los vampiros, pero Börg nunca nos dio ningún problema. Era amigo de Margarita, la abuela de Agatha, una importante hada blanca, si ella decía que era de fiar, es que lo era.
—Mi abuela Micaela era amiga de Margarita.
Siempre era muy cariñosa cuando me veía.
Me daba galletas que hacía ella, y jabones de mil colores y olores.
Fue una de las primeras en animarme a crear una web para vender mis muñecas.
Decía que eran mágicas y que en cada hogar debía de haber una.
Claro que su significado de magia no es el mismo que el mío.
—Um, tendré que ver esas muñecas más de cerca. No sea que Margarita supiera algo de ellas que desconocemos.
—Ja, ja, no creo. Supongo que se refería a que estaban hechas con cariño. Para mí, cada pieza es única. No hago dos iguales, incluso las pequeñas que se venden como llaveros en la tienda de Ana, si las observas con detenimiento veras que cada una tiene el vestido de una manera, los ojos, el pelo...
—Margarita era única. Su don ayudaba a equilibrar las fuerzas de la naturaleza que no vemos.
—Agatha es más poderosa, ¿verdad?
—Mucho más. Al unirse con Börg, de alguna manera su poder se ha incrementado. No creo que ella sea todavía consciente de lo que es capaz.
—¿Cuándo iréis tras Ícaro?
—En un par de días, otros elfos del bosque están controlando el bosque donde se ocultan. Daremos con ellos, Sofía y tú estaréis a salvo.
Luna sonrío insegura y pidió la cuenta al camarero.
Eran las once y media y al día siguiente había que trabajar, y todavía tenía que terminar un encargo de su web.
Era extraño regresar a casa con Riv, su padre había muerto cuando era una niña, no estaba acostumbrada a tener un hombre en casa y mucho menos a uno tan atractivo.
Cuando llegaron a casa de Macarena, Sofía estaba dormida.
—Están dormidos los tres. Hemos juntado las camas de los gemelos, y los tres llevan un rato durmiendo tan a gusto.
Luna se asomó a la habitación de los niños, desde la puerta vio la pelirroja cabecita de su hija entre las dos rubias de los gemelos, y media docena de peluches. Los tres dormían relajados, agotados por las largas horas de juegos.
—No nos dimos cuenta de la hora —se disculpó Luna pesarosa—. Deberíamos haber regresado nada más terminar la película, pero hacía tan buena noche que dimos un paseo y...
—Nada de peros. Le he puesto un pijama de María, déjala que duerma aquí. Mañana en cuanto se despierte te aviso y vienes a buscarla. Es una pena despertarla.
—Estará bien —aseguró Atenea. La diosa estaba sentada en un sillón, oculta en las sombras, observando a los niños dormir.
Era su momento preferido del día, la paz que inundaba los sueños de los pequeños la llenaba de serenidad y sosiego.
No preferiría estar en ningún otro sitio—.
¿Por qué no os vais a casa y aprovecháis el resto de la noche?
—añadió la diosa guerrera bajando la voz, a la vez que hacía un pícaro guiño a Luna.
—Eso, eso, aprovecha, Luna, que el elfo está que cruje —dijo riendo la escritora.
—No seáis sinvergüenzas —protestó Luna ruborizada, pensando en que Riv era más atractivo ahora que cuando lo conoció en su juventud. Entonces, era un esbozo de hombre; ahora en su plena madurez, era la masculinidad personificada.
Después de despedirse de sus amigos, los dos elfos se fueron a su piso. Al entrar, Luna vio el sofá ruinoso en el que Riv dormía y sintió remordimientos.
—Tal vez debería comprar otro sofá más cómodo —dijo Luna, pensando en que cuando se levantaba por la mañana debía de estar dolorido.
—No hace falta —aseguró Riv—. Si todo sale como está previsto, solo serán un par de noches más.
—Te diría que hoy durmieras en la cama de Sofía, pero no creo que estuvieras cómodo —se lamentó Luna pensando que Riv tendría que dormir encogido si no quería que medio cuerpo le quedara colgando fuera de la pequeña camita de la niña.
—Estaré bien, descansa.
Riv vio cómo Luna desaparecía en su habitación.
No se había atrevido a confesarle que estaba enamorado de ella.
Cada vez que estaba en la misma habitación que Luna, no podía hilvanar un pensamiento con raciocinio.
Una sola de sus miradas bastaba para que su corazón diera un brinco.
Adoraba su forma de moverse, de caminar, la manera en la que jugaba y hablaba con Sofía.
La había visto en la biblioteca y nunca perdía su sonrisa y su aplomo, por muy quisquilloso que fuera el lector que le estuviera consultando.
Antes de salir aquella noche, se había prometido a sí mismo que le hablaría de sus sentimientos y la besaría.
Nada de eso había ocurrido. Había logrado que no le volviera la cara cuando lo veía, se podía decir incluso que se estaba creando una amistad entre ellos, pero estaban lejos de que su amor fuera correspondido.
Deseaba que toda aquella situación de peligro terminara de una vez, anhelaba saber que por fin estaban a salvo las dos pelirrojas a las que adoraba; no obstante, sabía que eso implicaría volver a poner distancia entre ellos, convertirse otra vez en dos vecinos sin más contacto que un breve saludo por la mañana. Riv temía que llegara ese momento.
Había estado a punto de besarla, estaba segura.
En la puerta del edificio, justo instantes antes de entrar.
Riv había acortado la distancia entre ellos, y sus labios habían quedado a escasos centímetros de su boca.
¿En qué estaba pensando? Nada de amor y de sentimentalismo, ningún hombre o elfo en su vida.
Debía pensar con la cabeza, pero su cuerpo la había traicionado con vileza.
Solo imaginar cómo sería besar a Riv, fantasear con sus labios arrasando su boca la excitaba sin remedio.
¿Habría cambiado su forma de hacerlo? Por lo que recordaba era un amante apresurado, si lo pensaba bien, siempre buscaba la satisfacción rápida, con escasos prolegómenos.
Un par de besos, un par de caricias que la hacían estremecerse y humedecer la entrepierna, y después un coito rápido y fugaz.
Algo le decía que ya no era así, pero ¿estaba dispuesta a averiguarlo?