Canela y miel (Un té con amor 3) Capítulo 12
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Capítulo 12

L una contemplaba indecisa la imagen que le devolvía el espejo.

¿El jersey azul oscuro o el gris? Había elegido para la ocasión una falda jaspeada en gris, con algo de vuelo que estilizaba su figura.

El gimnasio estaba logrando que sus piernas lucieran más torneadas y su trasero tuviera una forma impecable bajo los vaqueros.

Agatha estaba más que contenta de empezar a perder los casi diez kilos que había engordado durante el embarazo.

Ruth era una monitora estricta pero efectiva a la hora de lograr sus objetivos.

—Mami, van a empezar los dibujos.

Sofía se impacientaba y daba saltos inquieta en el pasillo.

Luna había aceptado el ofrecimiento de Macarena de quedarse con la niña aquella noche para que Riv y Luna pudieran salir un rato.

La convivencia había conseguido hacerle ver que Riv habían cambiado y no era el tarambana que conocía, merecía una noche sin ejercer de niñero y guardaespaldas.

Sofía estaría segura en casa de su amiga con Hércules y Atenea vigilándola.

Así que allí estaba, dándose los últimos retoques frente el espejo, para ir al cine y a tomar algo con el elfo.

Era solo un plan de amigos, nada más. No quería enamorarse y que le volvieran a romper el corazón.

Enamorarse implicaba dejarse engatusar, bajar la guardia y permitir que la engañaran.

Había estado a punto de perder a su hija por dejarse guiar por sus sentimientos, algo que no volvería a pasar.

Solo estaban Sofía y ella, no necesitaban a nadie más para ser felices.

Se puso el abrigo gris perla y una bufanda de cuadros calentita.

Al abotonarse el abrigo, palpó la medalla que llevaba bajo el jersey.

La tarde anterior por fin había vencido su recelo y, al terminar la clase de gimnasia, en frente del espejo del baño, se la había quitado. Primero lo había hecho Ruth.

—Me la voy a quitar, es unos segundos podrás ver la forma real de mis orejas.

No es que de repente me crezcan las puntas, siempre están ahí, como las tuyas, pero están ocultas a la vista —había explicado Ruth quitándose una medalla similar a la de Luna.

Agatha permanecía expectante en un rincón.

No era como si nunca hubiera visto una transformación física sobrenatural, estaba acostumbrada a que Jaime o Ana dejaran asomar sus colmillos, con más frecuencia que la que ella desearía; sin embargo, aquello era algo mucho más mágico y misterioso.

—Vale —asintió Luna inquieta, tocando su propia medalla. Las orejas de Ruth empezaron a afinarse, dejando ver su forma puntiaguda en la parte de arriba.

—Oh, ¿puedo tocarlas? —preguntó Agatha con los ojos abiertos.

—Claro —afirmó Ruth divertida por la cara de niña curiosa de Agatha.

—Son como las de Legolas en el Señor de los Anillos, molan —afirmó el hada acariciando la punta de las orejas con un dedo.

—Agatha, ¿sabes que tengo novia, verdad?

—Ja, ja, ja. A mí solo me pone mi vikingo. Venga, Luna, tu turno.

Luna cogió la medalla, e inspirando se la quito con rapidez.

Con las mandíbulas apretadas, en tensión, fijó su mirada en el espejo.

Poco a poco sus orejas se afinaron, como antes lo habían hecho las de Ruth, haciéndose incluso algo más puntiagudas que las de su amiga.

Con mano temblorosa, se tocó la oreja derecha, era suave, no la notaba diferente de la que solía contemplar cada mañana al lavarse los dientes.

—¿Y?

—Pues, nada, Agatha, no noto diferencia.

—Son tus orejas, su forma real es esa, aunque el hechizo no permita que ni tú ni tu entorno las vean, son así —la tranquilizó Ruth poniéndole una mano en el hombro y apretándoselo con cariño.

—¿Puedo tocarlas?

—Por supuesto, Agatha —asintió Luna que aún seguía intentando asimilar lo que significaba ser una elfa.

—¡Tú tienes un problema con las orejas! —exclamó Ruth poniendo los ojos en blanco.

Había estado tentada de pedirle a Natalia que le quitara la pulsera a Sofía cuando estuviera dormida, para ver cómo eran las de su hija, pero pensó que era mejor esperar a que fuera algo mayor y lo decidiera ella misma.

No iba a hacer como habían hecho con ella durante toda su vida, ocultarle la verdad y no explicarle cuáles eran sus orígenes, lo haría a su debido tiempo, pero ahora era suficiente con hacerle entender que el hombre malo que la había secuestrado no era su papá por mucha semillita que hubiera puesto en la barriga de Luna.

Aunque se sentía mal por haberle mentido todo ese tiempo, haciéndola creer que Icar estaba muerto, la realidad había sido peor, su mal llamado padre la había secuestrado en su fiesta de cumpleaños echando a perder toda la ilusión que la pequeña tenía.

—Vamos, cariño —dijo Luna, sonriendo a la niña—. Riv y yo te dejaremos con María y Raúl según salimos.

La idea de cenar con sus amiguitos y ver sus dibujos preferidos con ellos le había hecho sonreír, y sin aparente disgusto, había aceptado la propuesta cuando Luna se la dijo.

—Solo tiene cuatro años y ya prefiere la compañía de sus amigos a la mía —se quejó pesarosa a Riv después de dejarla en casa de Macarena.

—Porque es solo una noche, si mañana le dijeras que la vuelves a dejar con ellos ya no le parecería tan divertido. Te adora, igual que tú la adoras a ella, faltan muchos años aún para que vuele fuera del nido.

—Tienes razón, soy una tonta. ¿A qué película me llevas?

—Una de intriga, una nueva versión de un clásico basado en una novela de Agatha Christie. No es una romanticona de las que os suelen gustar a las chicas, ni es una de acción de chicos.

—Oye ¡que me gustan las de acción! Puedo explicarte quiénes son y cuáles son los superpoderes de cada uno de los miembros de los X-Men, y por supuesto muero por los héroes de la Marvel.

—Vale, vale. Te confesaré que he visto alguna que otra comedia romántica en la televisión, cuando no hay otra cosa.

—¿Cuándo no hay otra cosa? El otro día estabas con mi abuela viendo Crepúsculo después de comer.

—Era para informarme de cómo son en realidad Jaime y Ana.

Bromeando y conversando como dos buenos amigos, llegaron al cine.

Riv había comprado las entradas por internet, de modo que no tuvieron que esperar la larga cola que había en la taquilla por ser el día del espectador.

Decidieron compartir el tamaño grande de palomitas, y con un vaso de refresco cada uno, pasaron a la sala de proyección.

La película no los decepcionó, cualquier guión basado en una novela de la reina del misterio no podía ser malo.

Cuando salieron del cine, la temperatura era agradable e invitaba al paseo.

Caminando, sin darse cuenta, llegaron a la Plaza Mayor, y optaron por tomar un par de tapas a modo de cena en un bar, contemplando la bella fachada del Ayuntamiento iluminada.

—Creo que te debo una disculpa —se decidió a decir Riv.

—¿Por? —preguntó Luna confundida.

—No te traté bien en el pasado. No voy escudarme en que era joven, inmaduro, un cabeza hueca y que solo me preocupaba pasármelo bien a cualquier precio.

Lo hice mal, y lo fastidié contigo. Usaba a las mujeres para satisfacer mis necesidades, bebía todo lo que podía encontrar.

E incluso tonteé con las drogas. Mi buen amigo Roc me hizo ver que aquella no era forma de malgastar mi vida.

Me obligó a regresar a Escocia con mi familia y los míos.

Lo pasé mal, no te voy a engañar, desengancharme de las drogas y el alcohol no fue fácil.

Se habían hecho parte esencial en mi vida, aunque yo no lo veía así.

Mi comentario era el típico: «Puedo dejarlo cuando quiera». Lo que no era cierto.

Luna lo miraba con atención, veía el dolor y el arrepentimiento en sus ojos. Sabía que no debía ser fácil para él contarle todo aquello.

—No quiero darte lástima —continuó Riv, viendo la compasión en el rostro de Luna, no se la merecía, había sido un canalla con ella—. Fui un malnacido, no me importó lo que pudieras sentir, y tampoco me paré a pensar en si te estaba haciendo daño.

—Yo te quería —confesó Luna en voz baja, jugando nerviosa con una miga de pan.

—Lo sé, siento mucho haberte mentido haciéndote creer que te correspondía. Ahora soy otro hombre, bueno, mejor dicho, otro elfo —apuntó Riv haciendo sonreír a Luna.

—Lo sé, yo también soy diferente de la joven que conociste, o al menos eso quiero creer —afirmó Luna, pensando en que Icar había conseguido engañarla, igual que lo había hecho hacía cinco años, tal vez no fuera tan distinta como le gustaría, pero por Sofía lo sería.

Mantendría sus deseos y sentimientos reprimidos, encerrados a buen recaudo.

No dejaría que su corazón volviera a actuar guiándola, sin hacer caso a su cerebro.

Riv asintió sin atreverse a confesarle que ahora era muy consciente de sus sentimientos.

Estaba enamorado de la preciosa pelirroja que tenía sentada ante él desde hacía más de diez años.

Cuando regresó de Escocia, le encargaron la misión de proteger a Luna, solo unos pocos sabían quién era en realidad.

En la distancia, la había observado, maldiciendo a cada hombre que bailaba demasiado pegado a su grácil cuerpo cada noche que salía a divertirse con sus amigas.

No estaba presente la noche que Ícaro la drogó y se acostó con ella.

El elfo del bosque encargado de su vigilancia, esa noche, había vuelto a Escocia, con dos costillas rotas y el tabique desviado por el puño de Riv.

Se había despistado tonteando con una rubia y no se percató de que Ícaro le había echado algo en la bebida a Luna.

Ella nunca era tan desinhibida ni se enrollaba con desconocidos en el baño.

Los amigos que esa noche la acompañaban se dieron cuenta de que la joven estaba alterada, lo achacaron a que había bebido en exceso y no la dejaron beber más.

No sabían que ya era tarde. Riv había valorado contárselo a Luna una vez que Sofía estuvo a salvo, pero Roc no se lo permitió.