Capítulo 11
B örg y Roc estudiaban las imágenes que con el Google Maps habían logrado obtener de la zona donde habían perdido de vista a Ícaro.
—Esa debe ser la carretera secundaria donde le aguardaba el coche.
—Creo que sí, Börg. Según los amigos que tenemos en el sótano, la zona a la que se dirigían era sin duda el Bosque da Fervenza, próxima al curso alto del río Miño.
Tenemos que localizar una zona alejada de las rutas de senderismo, estará oculta por algún hechizo, pero su acceso debe ser a través de algún lugar discreto de difícil visibilidad.
Roc vivía en las afueras de la ciudad, en un chalet en una urbanización cercana.
Estaba aislado y al ser invierno sus vecinos, los típicos veraneantes, no estaban en sus casas, con lo que era perfecto para tener oculto a los dos elfos oscuros.
Börg había hecho gala de su mente de estratega, no en vano había servido bajo las órdenes del temido Tabilov, hacía más de mil años cuando era un vikingo temido por su crueldad.
Jaime había intentado primero manipular las mentes de los prisioneros, pero las mentes élficas eran inmunes al poder de manipulación vampírica.
Después lo había intentado Roc con sus puños, pero, aparte de descargar su frustración, no habían logrado obtener nada de ellos, puesto que temían más a Ícaro que a una costilla rota.
—He traído unas gotas de una planta que hará que hablen y nos cuenten lo que deseamos —anunció Agatha que, con Rocío en una mochila en la espalda, llegó en compañía de Ana al chalet al caer la tarde.
—No será necesario, cariño —afirmó Börg resuelto. Había dejado que Roc y Jaime lo intentaran a su manera, ahora era su turno.
El vikingo bajó despacio la escalera que llevaba al sótano, pisando con firmeza los escalones.
Los elfos oscuros se miraron entre sí, uno de ellos permanecía sentado, erguido, mirando con insolencia hacia la puerta de su celda.
El otro estaba recostado en el jergón, con la mano en las costillas, donde Roc le había dado un puñetazo.
—¿Quién será ahora? ¿El sucio vampiro? —preguntó el que permanecía sentado.
—Será ese maldito elfo del bosque.
—Nuestros amigos nos ayudarán a escapar, es mejor continuar callados y no traicionar a Ícaro.
—Por supuesto.
Los dos enmudecieron cuando, al abrirse la puerta, vieron surgir la imponente figura de casi dos metros del rubio vikingo, que los contemplaba con los ojos azules más fríos que hubieran visto nunca.
Recordaban haber visto vagamente a Börg cuando los atraparon el bosque, pero en ese instante, a la luz temblorosa de la bombilla, resultaba más amenazador.
Vestido con unos impecables pantalones grises y una camisa blanca, todo su ser desprendía la misma idea: aquel hombre era letal.
—¿Sabéis quién soy?
Los dos elfos asintieron con la cabeza, incapaces de hablar por el terror que atenazaba cada fibra de su cuerpo.
—Os lo explicaré por si tenéis alguna duda.
Soy Börg Steve, era un vampiro, ya no lo soy gracias a un hada muy enfadada que está arriba.
Se llama Agatha. Bien, por vuestra expresión veo que su nombre os suena, es un hada muy poderosa y puede hacer un hechizo que os haga hablar antes de convertiros en una hormiga a la que con mucho gusto aplastaré con mi pie.
Tal vez antes prefiráis hablar conmigo. Quizás mi nombre no es diga nada, pero el de mi antiguo general os lo dirá: Tabilov.
Börg había logrado captar toda su atención.
Sabían que Agatha era un hada con la que era mejor no meterse y Tabilov había sido el vampiro más cruel y sanguinario de todos los tiempos.
Encerrado por los elfos del bosque y las hadas blancas en una escondida celda, había logrado escapar gracias a la ayuda de las hadas negras y de su líder: Ícaro.
—Por si tenéis alguna duda, yo mate a Tabilov con la ayuda de Agatha.
Él y yo... hubo un tiempo lejano en el que éramos amigos, él era mi rey y yo su más fiel lugarteniente.
Todo lo que queríamos lo obteníamos de un modo u otro: riquezas, poder, mujeres, tierras, oro.
Nada podía resistirse a nuestras espadas.
No respetábamos nada, ni familia, ni amigos, ni leyes de los hombres ni de los dioses.
Todo terminó cuando unos druidas se interpusieron en nuestro camino, pero eso es otra historia.
Como veis ya no soy un vampiro, y tampoco visto con pieles ni porto una espada, pero no os confundáis con mi aspecto —continuó Börg desabrochándose la camisa y mostrando su torso fibroso y terso, cruzado por mil y una cicatrices de las múltiples batallas que había librado.
Agatha le había ofrecido hacerlas desaparecer, pero él se había negado, eran un recuerdo de quién había sido, no quería olvidar lo cruel que fue, para no volver a serlo jamás—.
Por fuera soy un hombre civilizado y culto, si bien en mi interior soy un vikingo dispuesto a despellejar a quien osa tocar lo que es mío y lo que amo.
Esa pequeña pelirroja a la que secuestrasteis es mi sobrina, su madre es una de las mejores amigas de mi hada, y Riv es un elfo al que tengo por un amigo leal.
Cuando vuelva a subir por esa escalera, tendré las respuestas que busco, en vosotros está cómo las voy a obtener.
No me importa de qué forma sea, aunque preferiría no mancharme de sangre.
—Se dirigen al Bosque da Fervenza —comenzó a decir el elfo que hasta que Börg había aparecido mantenía la insolencia en la mirada—. La entrada a las cuevas está oculta en una presa, cerca del molino.
—¿Vigilancia? —preguntó Börg volviendo a ponerse la camisa.
—Dos elfos en unos arces cercanos, y dos hadas oscuras en dos senderos que pasan cerca, para evitar que un excursionista se acerque demasiado.
—Bien. Ahora bajará Roc y os hará alguna pregunta más, no quiero tener que volver, mi bebé me espera para que la acueste y si algo me impide hacerlo me enfadaré mucho porque tendré que regresar y...
—No será necesario —aseguró el otro elfo. Por nada del mundo quería volver a ver los ojos de hielo del vikingo, les diría todo lo que quisieran saber.
Agatha estaba dándole un biberón a Rocío cuando Börg entró en la cocina, donde aguardaban todos expectantes.
—Roc, puedes bajar, te contarán los detalles de las cuevas, baja un cuaderno, seguro que nos les importará dibujarte un plano con la distribución de las galerías.
—¿Bosque da Fervenza?
—Sí, tus elfos tenían razón.
Ana miró con interés a Börg, por un segundo en sus ojos vio el temible guerrero que fue en el pasado, y que agazapado en su interior permanecía dispuesto a salir al exterior en cuando algo perturbara la paz de su familia.
Nadie lo diría al verle besar con pasión a Agatha, en tanto acariciaba la cabecita de su hija.
—Podemos regresar a casa, cariño.