Capítulo 10
L a primera medida que tomó Riv tras la noche del secuestro de Sofía fue quedarse a vivir con Luna, durmiendo en el sofá.
A la dueña de la casa no le hizo demasiada ilusión tener al atractivo hombre de piel canela caminando por las habitaciones, adueñándose de cada rincón con su sola presencia, llenándolas con su olor, o al menos eso es lo que les dijo a sus amigas y a su abuela.
En realidad, en su interior, una vocecita pequeña gritaba: ¡Sí!
¡Sí! Así que, haciendo caso a la vocecita, y pensando que era lo más seguro para la niña, había accedido.
«Está bien, si no hay más remedio y es por el bien de Sofía.»
—A mí no me engañas —le dijo Macarena, mientras tomaban un refresco en casa de esta, viendo jugar a los gemelos con Sofía—. En el fondo estas encantada de tener tu propio guardaespaldas.
—Es por Sofía —replicó Luna mirando el fondo de su vaso.
—Claro, verlo salir de la ducha con solo una toalla debe ser un suplicio. No sé cómo lo aguantas, debe ser muy duro —afirmó con guasa Macarena.
—No voy a negar que tiene sus ventajas —reconoció Luna, haciendo reír a su amiga.
El primer día se le había olvidado poner toallas limpias, y cuando estaba preparando el desayuno de Sofía en la cocina antes de despertarla, Riv había aparecido en esta tapándose con una camiseta su miembro, pidiéndole una toalla.
— Oh, ¡qué fallo! Están en el armarito del pasillo que hay junto al baño. Voy a dártela.
—No hace falta, sigue con lo que estás haciendo —aseguró Riv con una sonrisa. A darse la vuelta y volver por donde había venido, le ofreció a Luna un espectáculo inesperado: su firme y musculoso trasero.
—Por algo le sientan también los vaqueros —pensó Luna abriendo un poco la ventana, porque de repente había sentido mucho calor.
Macarena dedujo, al ver el rubor en las mejillas de su amiga, que ella estaba pensando en el apuesto elfo.
—¿Y Sofía qué tal lo lleva?
—Es increíble la capacidad de adaptarse a las situaciones de los niños.
El lunes, cuando se despertó, eran más de las doce, en realidad los tres nos habíamos dormido.
Sentí unas manitas dándome en la cara a la vez que decía: «Mami, mami, ya estoy despierta» y Riv afirmó desperezándose: «Yo también lo estoy».
«Pues tendremos que levantarnos», dije yo muy decidida.
Pero entonces Riv empezó a hacerle cosquillas a Sofía, y luego los dos me las hicieron a mí, así que en lugar de desayunar comimos una mezcla de desayuno-comida.
Esa misma noche, Riv regresó con una bolsa con sus cosas y se instaló en mi piso.
Para aparentar normalidad, continúa trabajando en la tienda de fotografía, con un nuevo ayudante que es un elfo del bosque como él.
—Y como tú.
—El otro día estuve a punto de quitarme la cadena para ver cómo serían mis orejas sin el hechizo —confesó Luna—. No fui capaz. Mañana, en la clase de gimnasia, Ruth me ha dicho que lo haremos juntas para que al verla a ella me cause menos impacto.
—¿Y Sofía?
—No le hemos dicho nada a la niña. La pulserita, gracias al hechizo, no se puede abrir.
Ahora entiendo por qué Natalia siempre era la que cambiaba el broche de eslabón, a medida que Sofía iba creciendo.
Como le quedaba bien sujeta y no parecía que le molestara, no se la he intentado quitar nunca.
Además, a la niña le encanta, no me dejaría quitársela.
—Seguro que las orejitas de Sofía son monísimas, y que si lo supiera no le importaría lo más mínimo. El peligro sería que María y Raúl querrían unas iguales, ¡ja, ja, ja, ja!
—Menudo trío de elfitos serían —bromeo Luna.
—¿Has hablado con la niña sobre su padre?
—Sí, anoche —respondió Luna rememorando la conversación con su hija.
—Mami, el hombre malo dijo que era mi papá —había dicho Sofía removiendo con el tenedor el revuelto de huevo y jamón que estaban cenando. La niña la miraba con sus ojos verdes muy abiertos, con un halo de tristeza en su interior que hubiera deseado no ver nunca.
—¿Te acuerdas que te conté que el tito B puso una semillita en la barriga de la tita Agatha para que naciera Rocío?
—Sí. La tita Agatha me dijo que él la puso en ti —Luna observaba cómo Sofía evitaba pronunciar el nombre de Ícaro, estaba claro que la situación la complacía tan poco como a ella.
—Una noche, hace unos años, conocí a Icar. Me gustó, yo le gusté y así terminaste tú en mi barriguita. —No podía decirle a la niña que había sido fruto de un calentón, que a diferencia de Rocío, ella no había nacido del amor.
—No está muerto. Me dijiste que mi papá estaba muerto —replicó Sofía regañándola por la mentira.
—Lo sé. Siento mucho haberte mentido —afirmó Luna mirando a Sofía a los ojos, no sabía cómo hacerle entender que no quiso mentirle, solo protegerla de la cruda realidad—.
Icar no estaba en nuestras vidas, así que pensé que sería más fácil imaginar que había muerto, que así no extrañarías tener un papá contigo.
—Sofía —intervino Riv, que había permanecido callado observando la conversación entre madre e hija—.
Tu mami te quiere mucho, ella es tu madre y tu padre a la vez.
A muchos niños les gustaría tener una madre tan fuerte y valiente como la tuya.
Tú, además, tienes a tu yaya Micaela que te quiere muchísimo, y a un montón de titos y titas que te adoran.
—Luna sentía que su garganta se agarrotaba por la emoción que sentía al escuchar las palabras de Riv.
Su niña miraba al elfo con los ojos muy abiertos, escuchando muy atenta lo que le decía el hombre de piel canela—.
Yo te quiero mucho también, sabes que siempre podrás contar conmigo para lo que tú quieras, no soy tu papá, pero puedes pensar en mí como el tito Riv. ¿Qué te parece?
Sofía se bajó de la silla, con los brazos abiertos, para responder al abrazo que Riv había iniciado abriendo sus largos brazos. La pequeña le dio dos sonoros besos y afirmó con gracia:
—Eres mi tito favorito —y a continuación añadió en voz más baja para que su madre no lo oyera—y no solo porque me compres chocolate.
—Chisss, es un secreto —respondió Riv llevándose un dedo a los labios y guiñando un ojo a la pequeña.
—Mami —empezó a decir Sofía girándose para ver a su madre—. No me importa no tener papá, te quiero mucho. Él es malo, no quiero que sea mi papá.
—No lo será, mi vida —aseguró Luna abrazando con fuerza a su hija—. Nunca será tu papá, te lo prometo.
—Parece que se ha quedado tranquila —continuó explicando Luna a Macarena—, tuvo alguna pesadilla las dos primeras noches, pero la presencia de Riv en casa le ha quitado el miedo al «hombre malo».
—Desde luego hay hombres o elfos que no merecen ser padres —afirmó Macarena agitando la cabeza.
Cuando esa noche Luna regresó con Sofía a su casa, descubrió que Riv ya estaba en esta, cocinando la cena.
Era todo un espectáculo ver al guapo hombre de pelo castaño moverse en la cocina con soltura, parecía deslizarse entre los fogones y las sartenes igual de bien que lo hacía entre focos y filtros.
—¡Riv! Cenaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa.
—Tú ven aquí, sabandija —dijo Luna agarrando del cuello de la chaqueta a Sofía que ya corría directa a la barra de pan que descansaba en la encimera—. Primero ducha, luego cena.
—Ve con mamá, no empezaremos sin ti —le aseguró Riv dándole un abrazo a la pequeña y continuando con su tarea.
La escena se hizo común en la vida de Luna, a veces regresaban de hacer unas compras y recogían a Riv en la tienda, otras preparaba ella algo de cenar, y si se habían entretenido, era Riv el que cocinaba para ellas.
Así había descubierto que era vegetariano, y a través de su cocina empezó a disfrutar un mundo de sabores hasta entonces desconocido.
Los fines de semanas comían los tres con Micaela, y si por la tarde Riv no tenía ningún evento al que debería acudir con su cámara, iban al cine o a algún parque para que Sofía jugara bajo la atenta mirada de Riv y de algún otro elfo del bosque que con discreción vigilaba en la distancia.
Una tarde de lluvia, se habían quedado en casa por el mal tiempo.
Luna estaba recogiendo los platos y tazas de la merienda, cuando Riv entró sigiloso y poniéndole un dedo en los labios le indicó que le siguiera.
En su habitación estaba Sofía, posando ante el espejo del armario con unos de sus zapatos de tacón, los que guardaba como un tesoro para las ceremonias a las que debía acudir de cuando en cuando.
Se había colocado a modo de vestido un top de lentejuelas que Luna no se ponía desde hacía veinte años.
La niña ponía morritos, igual que le había visto hacer a Vega, la hija mayor de Julián y Macarena, cuando se hacía alguno de los selfis a los que era tan aficionada.
—Sabes que tengo que reñirla, ¿verdad? —le preguntó Luna en un susurro a Riv.
—¿Tú no lo hacías cuando eras pequeña?
—Alguna vez —respondió Luna recordando cómo en uno de sus improvisados pases de modelos había roto el tacón de una sandalia de su abuela Micaela, que lejos de enfadarse se había puesto a jugar con ella. Recordando aquello, en lugar de reñirla, le pidió a Riv que trajera su máquina de fotos.
—Sofía, ¿qué haces?
—Uy —se sorprendió la pequeña con cara de no haber roto un plato—. Estaba un poquito abierta y yo...
—Un poquito, claro —corroboró Luna viendo cómo Sofía comenzaba a ponerse pálida pensando en la regañina que se iba a llevar.
Arrodillándose junto a ella, le propuso un plan al que sabía que no se iba a negar.
La maquillaría, y las dos se probarían modelitos y desfilarían por la alfombra rosa de su cuarto (no tenían alfombra roja, pero haría los efectos).
Riv haría su papel de fotógrafo y las inmortalizaría posando—. ¿Qué te parece la idea?
—¡Bien! —exclamó la niña, a la que la idea de meter la naricilla en la bolsa de pinturas de su madre le parecía de lo más emocionante.
Durante dos horas, las dos mujeres de la casa se probaron todos los modelitos de sus armarios, hasta convencieron a Riv para que pusiera el automático y posara con ellas en un sinfín de divertidas posturas.
Luna no recordaba haberse reído más en su vida.
Macarena, de la mano de María, bajó a ver qué ocurría, al escuchar las risas y las carcajadas.
—Hola —abrió la puerta un sonriente Riv, con una boa de plumas por el cuello.
—Hola, hemos oídos las risas y...
—¡Fiesta! —exclamó María soltándose de la mano de su madre para ver de cerca a Sofía que estaba vestida con un top de Luna a modo de vestido, un sombrero que debía de haber pertenecido a Micaela y un largo collar de perlas.
Sofía le explicó muy seria a su amiga que estaban haciendo un «buk» con su amigo Riv.
—Mami, yo quiero —se volvió mirando suplicante a su madre, quien al ver que Luna le animaba a aceptar, claudicó con la petición de la niña—. Está bien, voy a por un par de cosillas.
Macarena subió a su casa, y en una bolsa de viaje echó unas cuantas cosas que ya no se ponía o que se ponía poco.
—¿Dónde vas tan deprisa? ¿Y María? —preguntó Julián al ver entrar a su mujer a la carrera.
—Al piso de abajo, a hacer de modelo un rato.
—¿Qué?
—Te quedas con los niños, ¿verdad? —afirmó más que preguntó Maca a su marido según iba al baño a coger algún artículo de maquillaje. Por el espejo del baño vio la cabeza de Vega que, milagrosamente, había despegado la vista del móvil y la observaba con curiosidad.
—Claro, pero no tardéis —dijo Julián sin entender demasiado de qué iba esa locura.
—Sí, cariño. Vega, ¿quieres venir?
La rebelde adolescente aceptó la invitación encantada y se fue con su madre al piso de abajo.
Con la llegada de las dos improvisadas modelos, las risas se podían oír en todo el edificio.
Vega, que, aunque adoraba a su hermana, solía comportarse como una estirada hermana mayor, olvidó su habitual fingida apatía y se unió a la fiesta como una más.
No quedó ni mesa ni silla que no fuera usada como improvisada tarima para desfilar.
Luna y Macarena dejaron en un rincón sus complejos y posaron como glamurosas modelos ante el foco de la cámara de Riv, que solo tenía ojos para Luna.
El susto por el secuestro de Sofía, que no había abandonado su cara desde aquella aciaga tarde, quedó borrado por la alegría y la felicidad.
Algunas prendas terminaron destrozadas por el maquillaje, y los tacones de las más pequeñas, pero dos horas más tarde todos los participantes en la sesión de fotos dieron por válidas las pérdidas.
Con pesar, Maca y María regresaron a su casa a la hora de la cena.
—Nos lo hemos pasado genial —comentó Luna a Macarena al despedirse en la puerta—. Hay que repetirlo.
—Me gusta Riv.
—Solo somos amigos, nada más.
—Él no te mira como a una amiga. Deberías darle una oportunidad.
—Después de lo de Icar, no me apetece salir con nadie. Es mejor dejar las cosas como están.
—No seas tonta, precisamente después de lo de Icar, debes de rehacer tu vida. En parte fue tu error, pero en parte fue culpa suya, te manipuló a su antojo, ahora y hace cinco años. ¿Por qué no me dejas a Sofía una noche y sales con Riv por ahí?
—No sé, no creo que él quiera tampoco.
—Ja, ja, ese hombre pisaría por brasas ardiendo si se lo pidieras.
Luna cerró la puerta y contempló cómo Riv ya se había puesto a recoger la casa, ayudado por Sofía que le seguía como un perrito.
Esos dos se llevaban de maravilla; cuando una noche la niña se despertó llorando por una pesadilla, solo se calmó cuando se la llevó a su cama y Riv se tendió junto a ellas.
Confiaba en que Börg y los otros encontraran a Icar, pero si no lo hacían, Agatha le había asegurado que ellas mismas lo harían y e Icar pagaría por lo que había hecho.
No se acostumbraba a llamarlo Ícaro, de igual forma que se había sorprendido al saber que el nombre completo de Riv era Riverland y el de Roc, Rocuster.
—Luna, yo recojo la casa y vosotras, la ropa —comentó el guapo elfo pasando junto a ella, vestido solo con un vaquero.
Se había quitado la camiseta para limpiar una mancha del suelo de la cocina, de un pintalabios que alguien llamado Sofía había pisado en el revuelo que habían organizado.
Fingiendo recoger un top y alguna otra cosa más, Luna se dedicó a observar el musculoso pecho de Riv.
Sin duda aquellos músculos no se conseguían solo levantando la cámara de fotos.
Por no hablar de la tableta de abdominales que lucía el elfo.
Temiendo que Riv la viera ruborizarse al pensar lo que podría hacer en esa tableta, se fue a su habitación a guardar la ropa que habían sacado del armario y a darle un baño a la niña.
Cenado una pizza delante de la televisión, el lluvioso domingo llegó a su fin.