Capítulo 9
M icaela se había quedado dormida en el sillón, Jaime no se apartaba de la ventana desde donde observaba la calle y podía ver a Hércules apostado en la tienda de Riv, tras el escaparate, vigilando quién entraba y salía del portal.
Atenea se había subido al tejado para controlar desde arriba quién se acercaba al edificio.
Luna permanecía tumbada en la cama de Sofía, con su pijamita entre las manos, Ana se había sentado junto a ella en el suelo.
Sabía que no podía ofrecerle ningún otro consuelo más que su compañía.
No tenía hijos, pero si le pasaba algo a la pequeña Rocío que dormía en su cochecito junto a ella, no tendría ningún reparo en incumplir su promesa de no beber sangre humana.
El sonido de una llamada entrante en el móvil de Ana rompió la calma tensa que les rodeaba.
—¿Agatha, ocurre algo? —preguntó la vampira asustada.
—Alguien quiere hablar con su mamá.
—¡Luna! Es para ti —dijo Ana sonriendo, tendiéndole el móvil a Luna a la vez que Jaime entraba en la habitación. Había recibido un mensaje de Börg informándole que tenían a Sofía, pero que Ícaro había escapado. Esto último prefirió no decírselo a Luna hasta que tuviera a su hijita en los brazos.
—¡Mamiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii!
—Cariño mío, mi vida. ¿Cómo estás? ¿Te han hecho daño?
—Tenía hambre —fue la queja de Sofía que era una pequeña tragoncilla—. Pero los titos me han comprado un bocadillo grande y un batido.
—¿Estaba rico? —preguntó Luna secándose las lágrimas y riendo al ver que su pequeña estaba bien.
—Sip. Riv no me ha comprado chocolate —respondió la sinvergüenza de la pelirrojita con los labios llenos de berretes por la chocolatina que se estaba comiendo a dos carrillos, y que su madre le oía masticar—.
No se lo he dicho, ¿ves? —escuchó Luna que susurraba su hija a un hombre que apenas podía contener las carcajadas.
—En menos de una hora estaremos allí —añadió Agatha recuperando el móvil.
—¡Gracias! —exclamó una visiblemente emocionada Luna.
Cuando Luna le devolvió el teléfono a Ana, las dos amigas hablaron. Agatha le contó lo que había pasado.
—Börg teme que vuelvan a intentarlo y con refuerzos esta vez. Saben que hemos descubierto su identidad y que estaremos esperándoles.
—¿Y qué vamos a hacer?
—Riv tienen un plan. Ya os lo contaremos cuando lleguemos.
Para Luna, la hora de espera fue eterna.
Colocó y recolocó el dormitorio de Sofía una y otra vez.
Ayudó a Ana a darle el biberón a Rocío y contempló con asombro cómo el inmenso highlander le cantaba una canción de cuna para volver a dormirla.
Cuando Riv entró en la casa de Luna con Sofía, la niña estaba plácidamente dormida en sus brazos, envuelta en la chaqueta de cuero.
Solo asomaban sus rizos pelirrojos por encima de ella.
A pesar del susto pasado, se la veía tranquila y a gusto en los brazos del hombre de piel canela.
Sin la cazadora, Luna podía ver cómo se marcaban los músculos y las venas del guapo elfo.
Porque eso era lo él era, y al parecer ella y su hija también.
Ya pensaría en ello mañana, ahora solo quería achuchar a su niñita.
Sin embargo, cuando Riv quiso pasarle el cuerpecito dormido de Sofía a su madre, vieron cómo sus puñitos agarraban con firmeza la camiseta de Riv.
—Creo que si intento soltar sus manos de tu camiseta se va a despertar —afirmó Luna después de dos infructuosos intentos.
—¿Por qué no te tumbas con ella en la cama, Riv? Estarás cansado tú también —sugirió Micaela que se había despertado al oír los gritos de alegría de Luna.
A Riv no le quedó más remedio que aceptar la propuesta, además no iba a negar que estaba agotado por la tensión vivida.
Con placer se recostó en la cama de Luna, era demasiado alto para la diminuta cama de Sofía, quien no se inmutó ni lo más mínimo.
Luna, incapaz de estar por más tiempo separada de su hija, se acostó a su lado, Micaela les tapó a los tres con una manta.
Rocío se había despertado al sentir los brazos de su madre, reclamando su comida.
—Son las tres, quedaros a dormir vosotros también. Es tarde para que salgáis con la bebé a la calle, hace frío.
—Gracias, Micaela —agradeció Börg—. Agatha, quédate en la habitación de Sofía con la niña. Tengo que hablar con Jaime y Hércules, en un rato me reúno con vosotras.
Agatha estaba cansada para discutir, pero lo llevaban claro si pensaban esos tres especímenes de testosterona con piernas que ella iba a quedarse tranquila como si tal cosa.
Descansaría unas horas, pero después hablaría con Natalia y con Ruth.
Ella también tenía un plan. Ana, que conocía a su amiga, le hizo un guiño.
Podía irse a dormir un rato, ya le contaría luego lo que aquellos tres hablaran.
Riv pensó que no sería capaz de dormirse al sentir a Luna tumbada a su lado.
Había soñado e imaginado cómo sería la primera vez que estuvieran juntos en una cama, y desde luego en ninguna de sus ensoñaciones estaba Sofía durmiendo sobre él.
La mano de Luna agarraba la de Sofía, y ambas estaban sobre su corazón.
¡Era tan bonita! La escasa luz que se filtraba por la persiana le permitía adivinar el contorno de su rostro que tantas veces había recorrido hacía años, sin saberlo valorar.
Cuando comprendió el error que había cometiendo tratando a Luna como a una más de sus conquistas, ya era tarde.
Solo en su ausencia entendió lo que su persona representaba para él.
Añoraba sus risas y sus caricias, la forma en que arrugaba la nariz cuando algo le preocupaba, cómo sus dedos se enredaban inconscientemente en su pelo.
Quiso reconquistarla, pero entonces sus padres le reclamaron, tenía que regresar a los bosques escoceses donde su familia vivía e iniciar el entrenamiento para el que estaba predestinado.
Hasta allí habían llegado informes de su desordenada forma de vida.
Sus padres habían accedido a que estudiara e hiciera una vida entre los humanos ejerciendo la profesión que deseara; sin embargo, había malgastado tiempo y dinero en beber, drogarse y estar todo el día con sus falsos amigos.
Fue su amigo Rocuster, Roc como le llamaban todos, el que lo obligó a regresar tras una noche de borrachera que había terminado con una pelea en un oscuro callejón.
No dejaba de repetirse que si las cosas hubieran sido de otra forma, Sofía sería su hija e Ícaro no hubiera entrado en la vida de Luna.
Cuando conoció a la elfa que dormía junto a él, le quedo claro que ella no sabía lo que era.
Le había visto la medalla en el primer encuentro en que la ropa resultó ser un estorbo, pero no dijo nada.
Si ella no sabía que era una elfa, no iba a ser él el que se lo dijera.
—¿No duermes? —preguntó Luna al sentir la agitación de Riv.
—Demasiadas emociones, mi mente todavía no quiere descansar.
—Gracias por devolvérmela.
—Fue Agatha quien la encontró.
—Pero fueron tus amigos elfos los que descubrieron dónde estaban los coches.
—También son tus amigos. Sé que quisieron protegerte ocultándote la verdad, pero quizás ahora que lo sabes todo, te gustaría conocerlos.
—¿Queda alguien de mi familia?
—No, lo siento. Ícaro... —Riv se detuvo al ver el rictus de dolor de Luna—. Deja de culparte. Él es malvado y hará lo que sea para lograr sus propósitos. No tiene corazón.
—Fui yo la que se acostó con él.
—¿Y? Créeme, no buscaba embarazarte, dudo que supiera quién eras.
Cuando te conocí yo tampoco lo sabía, solo lo saben algunos elfos: los destinados a protegeros y los que gobiernan a los elfos del bosque.
Sí, ya sé —añadió Riv al ver el gesto de interrogación de Luna—, no hemos hecho muy bien nuestro trabajo.
—¿Cuántos nos estáis protegiendo?
—Tres. La maestra de Sofía es una de nosotros, el conserje de la biblioteca donde trabajas es otro, y por último estoy yo. Ahora vendrán más elfos a trabajar con nosotros.
—No quiero eso para Sofía, una vida en peligro y vigilia constante.
—No te preocupes, eso no sucederá. Lo encontraremos y esta pesadilla terminará.
Aunque hay algo más que debes saber. —Luna se sobresaltó al escuchar la afirmación de Riv, con ojos interrogantes le instó a que continuara hablando—.
Ese mal nacido le dijo que era su padre, Agatha ha tratado de tranquilizarla, pero debes explicárselo de forma sencilla para que lo entienda.
—¡Oh!
—No te preocupes, estamos todos con vosotras, para cuidaros y mimar a la ricitos que me ha manchado de chocolate, que yo no le he comprado, toda la camiseta.
Luna sonrió y acarició la carita de su pequeña.
No sería una conversación fácil, cuando fuera mayor le explicaría todos los detalles, de momento intentaría hacérselo comprender de la forma más sencilla que pudiera.
Intranquila por las palabras de Riv, Luna cerró los ojos y, sintiendo el corazón del guapo elfo bajo su mano y la de Sofía, fue relajándose.
Su niña estaba a salvo, protegida por un dispar grupo de seres que las querían más que si fueran de la misma sangre.
Sentía que debía disculparse con Riv, el hombre que dormía junto a ella no era el tarambana que había conocido en su juventud.
Tal vez debería empezar a verlo como alguien diferente, al que debía darle una oportunidad de demostrarle quién era en realidad.