Capítulo 8
A gatha estaba de pie, en el centro de la cocina, con los ojos cerrados.
Sujetaba en las manos el cepillo para el pelo de Sofía, dejando que su mente se relajara y se enfocara en la sutil aura de la niña, que muy tenue y frágil permanecía en el objeto.
Natalia, junto a ella, extendía sus manos, transmitiéndole parte de su poder.
Creían que Ícaro habría huido con la niña hacia Galicia, en busca de la aldea remota donde se escondían los elfos oscuros, ocultos por las hadas negras del resto del mundo.
Tenían que conseguir recuperar a Sofía antes de que llegara con ella allí o no podrían encontrarla.
—Capto algo, ¡están atravesando Zamora!
—¿Cómo está mi hija? —preguntó Luna angustiada.
—Asustada, pero está bien —la tranquilizó Agatha, despidiéndose de su amiga con un abrazo.
Ruth y Natalia se subieron a un coche, seguidas por Agatha y Börg en otro. Riv y su amigo Roc los escoltaban en sus motos vestidos de negro de los pies a la cabeza.
—Rocuster, ¿por qué crees que se han demorado tanto? —le preguntó el vikingo a Roc mientras salían del piso de Luna—. Yo hubiera ido directo de la fiesta de cumpleaños a la aldea, para ocultarme.
—No tenía previsto raptar a la niña, habrá tenido que pasar por su casa para coger alguna cosa y cambiar de coche. Tenemos que encontrarlos, dudo que regrese de nuevo a la ciudad, ya tiene lo que quería.
—Roc, no te entretengas, sube a la moto —urgió Riv.
Agatha, algo extraño en ella, iba en silencio en el asiento del copiloto junto a Börg que conducía a gran velocidad por la autovía, esquivando camiones. Estaba pálida y ojerosa desde que se habían sentado en el coche.
—¿Qué te preocupa?
—Estoy inquieta por la niña —respondió escueta, sin querer contarle que había podido notar el miedo y la angustia que estaba sintiendo Sofía.
—Ícaro no tiene nada que hacer. Aunque lograra llegar a Galicia y esconderse, Riv y tú la encontraríais. Eres el hada más poderosa que existe, y enfadada mucho más. Por no hablar de Riv, está loco por Luna, tiene que espabilar si quiere tener algo con ella.
—Ja, ja, ja —se rió Agatha, lo que fue música celestial para Börg que no soportaba verla tan triste—. Mira quién fue a hablar, el exvampiro vikingo que tardó mil años en enamorarse.
—Te estaba esperando a ti —respondió Börg guiñándole un ojo a su hada.
—Bien jugado, vampirito.
Llegando a Lagos de Sanabria, el coche en el que iba Ícaro con Sofía y otros dos elfos oscuros tuvo un pinchazo.
Era el segundo desde que habían salido de Salamanca, no se explicaban cómo un coche de menos de un año podía tener unas ruedas en tan mal estado.
No sospechaban que era una jugada del hada que, desde la distancia, había logrado manipular el coche a costa de su fuerza vital, que poco a poco se iba recuperando.
Aunque no podía hacer nada que pusiera en peligro la vida de Sofía, al menos lograría retrasarlos algo.
Riv, desde su moto, hablaba por el manos libres con un grupo de elfos del bosque que vivían entre Galicia y Portugal.
—Van hacia Sanabria por la autovía. Tenéis que hacer lo que sea necesario para sacarlos de esta y llevarlos hasta una carretera secundaria donde sea más fácil interceptarlos.
—No se preocupe, general, lo haremos.
—Mucho cuidado con lastimar a Sofía, si sufre algún rasguño os lo haré pagar con creces.
Agatha no le había dicho a Börg que se había vinculado a la niña al seguir el rastro de su aura.
Sabía que tenía frío y hambre, ese mal llamado padre no había reparado en que la pequeña necesitaba cuidados.
Cuando lo tuviera cerca le iba arrancar la piel a tiras por tratar así a la chiquitina.
Dejando la mente en blanco, aislando las emociones negativas, envió paz y serenidad a Sofía.
—¡Mami! ¡Quiero a mi mamaaaaaaaaaaaaá!
—¡Cállate! —le ordenó Ícaro, cansado de los lloros y sollozos de su hija.
Estaba mimada y malcriada, menos mal que en las cuevas hacia las que se dirigían habría elfas que sabrían cómo tratar con la niña.
Si Luna se hubiera comportado como una verdadera elfa, desde hacía una semana habrían estado lejos de los elfos del bosque y de las hadas blancas—.
No quiero más lloros, soy tu padre y debes obedecerme.
Las palabras de Ícaro, lejos de calmarla, aumentaron su angustia, haciéndola llorar con más fuerza, todo lo que su garganta le permitía.
De repente sintió una especie de caricia en su mente, y un olor que conocía: ¡era el de su tita Agatha!
Cuando la abrazaba y le hacía cosquillas, y ella ocultaba su cabeza en su pecho, olía así. ¡Estaba cerca!
Unas luces alertaron al elfo oscuro que conducía el coche.
Ícaro, en el asiento del copiloto, pensó que era extraño que hubiera un corte en la carretera.
No habían oído nada en las noticias, pero al fin y al cabo parecía un accidente, y eso era algo imprevisto.
Tomaron una desviación que salía a la derecha de la autovía, metros antes del corte de carretera.
No habían circulado por la vía secundaria ni cinco minutos, cuando un tronco derribado cortaba la carretera y la hacía intransitable.
Ícaro se bajó del coche y miró con recelo a su alrededor.
De repente, el rugido de un motor lo sobresaltó, eran dos motos que se acercaban a gran velocidad.
Entonces comprendió que era una trampa. De algún modo habían logrado encontrarlos.
—Salid del coche, coged a la niña y corramos. Vienen a por nosotros.
Riv y Roc se bajaron de sus motos en un segundo. El primero inició la persecución del elfo oscuro que se llevaba a Sofía en brazos, en tanto que Roc seguía a Ícaro. Agatha y Börg llegaron a la vez que Ruth y Natalia.
—Ve a por Ícaro, Nata, ayúdale.
—Vamos —le dijo el hada blanca al vikingo saliendo a la carrera en pos del malvado elfo del bosque.
—Te ayudare a seguir el rastro a Sofía —aseguró Ruth a Agatha.
—¿Andando? —preguntó Agatha acercándose a su amiga y cogiéndola por la cintura—. Se me ocurre algo mucho mejor.
Agatha se elevó un par de metros y subiendo más alto para poder divisar a su presa, voló hacia ella, llevando a Ruth consigo.
Desde el aire pudieron ver cómo Riv estaba a unos diez metros de distancia del elfo oscuro que llevaba a Sofía, la cual se agitaba en brazos de su captor, inquieta.
¡Esa era su niña! Dando guerra. No le vendría mal una ayuda a Riv.
Lanzando un hechizo, logró que unas raíces crecieran desde el interior de la tierra hasta ser lo suficientemente largas como para agarrar las piernas del elfo oscuro y hacerlo tropezar.
Al caer, soltó a Sofía que voló por los aires, para aterrizar en los brazos de Riv.
Ruth le había lanzado un caramelo que llevaba en el bolsillo, haciéndole saber que estaban allí.
Eso había bastado para que el elfo del bosque estuviera atento a los movimientos de Agatha.
Al verla lanzar el hechizo, se fijó en la tierra y vio asomar las raíces, sin dudarlo un instante, saltó hacia delante, atrapando a Sofía, y rodando con ella por el suelo.
Con su cuerpo amortiguó el terrible impacto, que le destrozó la espalda.
—¡Sofía! Tesoro, ¿estás bien? —preguntó Agatha asustada, temiendo que la pequeña se hubiera hecho daño al caer.
—Tengo hambre. ¿Tienes chocolate? —respondió Sofía asomando su carita entre los pliegues de la camiseta de Riv. Este, al notar el frio de la piel de la pequeña, se quitó la cazadora y la envolvió con ella, besando sus rizos pelirrojos.
—Creo que tengo uno —respondió Agatha rebuscando en los bolsillos, para encontrar un bombón que la niña pronto hizo desaparece en sus manos—. Estás sangrando —comentó al ver la espalda de Riv—. Deja que te cure.
Sofía observó curiosa cómo las heridas de Riv se iban cerrando.
Le gustaba Riv, era cariñoso con ella y muy simpático.
El hombre malo que la había sacado del coche estaba tendido en el suelo, con un golpe en la cabeza, vigilado por Ruth.
Ella también le gustaba, cuando iba a la tienda de la tía de Agatha, siempre le daba caramelos.
—¿Cómo ha ido todo por aquí? —preguntó Börg apareciendo en el claro de improviso, con el elfo oscuro que había conducido el coche colgado del hombro como un fardo. Roc venía detrás con Natalia, furioso por no haber podido atrapar a Ícaro, que había recibido la ayuda de alguno de los suyos.
—Sofía está ilesa. Veo que Ícaro se os ha escapado.
—No por mucho tiempo, estos dos elfos oscuros nos dirán donde se esconden.
—Puedo darles un bebedizo para que hablen —sugirió Agatha.
—¿Bebedizo? Tengo métodos más efectivos —replicó Börg enfadado al ver la cara de susto de la pequeña elfa, donde destacaban lágrimas resecas en sus mejillas y sus ojitos aterrados—. Cariño, ya pasó todo, estás con tita Agatha y tito B, te llevaremos con tu mamá.
—Él no es mi papá —susurró Sofía en un quedo tono de voz.
—¿Icar te dijo eso? —preguntó Agatha esforzándose por aparentar tranquilidad ante la niña, que asintió ante su pregunta —.
Mi vida, ya sabes que el tito B puso una semillita en mí para que naciera Rocío, pero ser papá es más que eso.
¿Ves las ojeras que tiene tu tito? Pasa toda la noche acunando a Rocío porque tiene cólicos que no la dejan dormir, y para que yo pueda descansar él la vela todas las noches.
Un papá cuida, alimenta, protege y juega con sus hijos.
Aunque Icar puso la semillita en tu mamá, eso no lo convierte en tu papá.
—No me dio de comer —aseguró la pequeña a su tía—. Tengo mucha hambre.
—Según veníamos había una gasolinera abierta las 24 horas, ahora compraremos cosas ricas para que comas —le prometió Riv, acomodándola bien en sus brazos.
Puesto que nadie iba a ser capaz de separar a Sofía de Riv, Natalia cogió su moto para regresar a la ciudad.
Los amigos de Riv, los elfos del bosque que les habían ayudado, continuarían buscando a Ícaro.
En los maleteros de los coches metieron a los elfos oscuros, que miraban con terror a Börg.
Habían oído hablar del antiguo vampiro vikingo, convertido en humano por el amor al hada más poderosa del mundo.
Había sido el lugarteniente de Tabilov, el vikingo más cruel de la historia, que transformado en vampiro había muerto a manos de Börg.
Sabían que estaban muertos: si no hablaban, el vikingo los mataría; si lo hacían, lo haría Ícaro.