Capítulo 7 #2
—Bueno...—titubeó Agatha mirando indecisa a Börg y a Jaime, quienes asistieron en un gesto silencioso.
Luna merecía saber quién era en realidad el padre de su hija.
Les había contado cómo lo conoció y cómo había vuelto a su vida.
No le habían dicho nada a su amiga, pero dudaban de que hubiera sido un encuentro casual.
Ícaro sabía quiénes eran, y por algún motivo que desconocían, quería a la niña—.
Sé que lo que te voy a contar te parecerá increíble, pero es verdad, no te estamos mintiendo.
—¿Más increíble que el padre de Sofía apareciera de la nada en el hospital aquel día?
—No, supongo que no. Él sabía que estarías allí —aventuró Börg—. Debía de llevar un tiempo siguiéndote.
—Cielo, Ícaro es un elfo, un elfo oscuro, que fue capaz de asesinar a su padre para hacerse con el poder y controlar a todos los elfos.
Jaime es un vampiro y yo soy un hada —añadió Agatha de carrerilla sin dejar de mirar a Luna.
Al menos la explicación había hecho que dejara de llorar y los mirara de hito en hito.
—¿Cómo ese malnacido me ha engañado pensáis que vosotros también podéis contarme un cuento y me lo creeré? —preguntó Luna con visible enfado.
—No es un cuento —negó Micaela entrando en el dormitorio, con un pañuelo apretado en la mano.
Se sentó junto a Luna y le acarició el pelo.
Con cuidado, sacó la cadena con la medalla que Luna llevaba siempre debajo de la ropa, era el único recuerdo que tenía de sus padres—.
Perteneció a tu madre, ella te quería mucho, y tu padre también.
Querida Luna, tu madre era una princesa elfa, enamorada de un humano que adoraba el suelo que pisaba, mi hijo.
Tuvo que elegir entre su familia o el amor del hombre sin el que ya no podía vivir, y lo eligió a él.
Durante un par de años vivieron felices.
Tu nacimiento fue el día más feliz de su existencia, solo empañado por la negativa de la familia de tu madre a conocerte.
Nadie sabía que al final eso sería lo que te mantuvo a salvo.
—Ícaro y otros elfos oscuros —continuó Riv que había llegado en cuando supo la triste noticia— querían controlar a todos los seres mágicos que llenan los bosques, para ello se aliaron con las hadas negras y con Tabilov, un vampiro cruel y despiadado.
Los elfos del bosque se opusieron, así que Ícaro y los suyos fueron matando a todos aquellos elfos que podían obstaculizar su mandato.
Fue acabando uno por uno con los descendientes destinados a ocupar el trono de los elfos del bosque.
Él o alguno de sus aliados manipularon los frenos del coche en el que viajaban tus padres, provocando el fatal accidente.
No sabían que tú estabas viva, las hadas blancas habían logrado con un hechizo ocultar tu existencia a los elfos oscuros.
—¡La medalla! Por eso no dejabas que nunca me la quitara —dijo Luna mirando a Micaela, quien respondió con una sonrisa—. Me he acostumbrado a que sea parte de mi piel, y siempre la tengo puesta.
—Gracias a ella —añadió Riv—, tus orejas no son puntiagudas, de igual forma que esta medalla oculta las mías —explicó mostrando una cadena similar a la de Luna, y que Agatha recordaba haber visto en el cuello de Ruth también.
—¿Y Sofía?
—El hechizo la protege a ella también, en su caso en forma de pulsera.
—Se la regalaron Ruth y Natalia —comentó Luna.
—Natalia es una hada blanca y Ruth una elfa, juntas crearon la pulserita de Sofía.
No creo que Ícaro supiera quién eras tú la noche que os conocisteis en aquel garito, fue el destino el que quiso que fuera así.
Su alianza con Tabilov no ha funcionado como a él le hubiera gustado y está buscando otra forma de hacerse con el poder.
—¡Eso es un eufemismo! —exclamó Börg recordando cómo su hacha se había clavado en el corazón del maligno vampiro terminando con su vida.
—¿Qué tiene que ver mi niña en todo esto?
—En Sofía se unen los dos linajes: los elfos del bosque y los elfos oscuros, ella es la destinada a reinar sobre todos, y según se incline su favor hacia unos u otros, el destino de la vida de todo ser sobre la tierra se verá modificado —explicó Riv a todos, pero centrando su mirada en Luna—.
La encontraré, te la traeré, te lo prometo, tienes mi palabra. No te fallaré.
—Sin mi niñita no puedo respirar, me falta el aire, es mi vida, yo...
—¿Cómo sabes tú todo esto? —preguntó Jaime con suspicacia al moreno de piel canela—. ¿No estarás aliado con él?
—Nada más lejos de la realidad. Soy un elfo del bosque —aclaró Riv—.
Mi cometido como general de la guardia real era proteger a Luna y a Sofía, y he fallado.
Cuando Micaela me contó que salías con alguien que habías conocido en la biblioteca, no quise interferir, merecías rehacer tu vida.
Debí hacerlo, averiguar quién era el hombre que había irrumpido en tu vida.
—Riv, tranquilo, yo tampoco vi nada de malo —intervino cariñosa la abuela de Luna.
—No pensé que el cumpleaños implicara peligro y me relajé —continuó el elfo, mirando a los ojos de Luna con dolor y pesar—. Ha sido mi culpa.
—Tú no dejaste que ese malnacido te enamorara dos veces como una tonta —afirmó Luna mirando con tristeza a Riv que bajaba la cabeza compungido. No podía culparle, ella era la ilusa que había creído las dulces palabras de Icar.
—Riverland, estamos listos —interrumpió Ruth que había llegado a la casa de Luna, que empezaba a estar atestada de guerreros—. Rocuster espera fuera con Natalia.
—Agatha, tú puedes encontrar la pulsera, con tu poder puedes localizar a Sofía a través de ella. Hazlo e iremos tras ellos.
—Lo haré, pero Börg y yo iremos con vosotros. No —negó Agatha mirando al vikingo que intentó protestar en vano—, he dicho que voy. Nadie le va a tocar un pelo a mi pelirrojita favorita sin vérselas conmigo.
—Cariño, tal vez sería mejor que te quedaras con Rocío.
—Su tía Ana la cuidará bien. Pueden quedarse aquí, así Jaime y Ana podrán protegerlas a las dos.
—Nosotros las protegeremos también —dijo una voz ronca y muy enfadada desde la puerta.
Era Hércules, quien seguido de Atenea, habían acudido al piso de Luna.
Ícaro se había paseado tan tranquilo delante de sus narices sin que se hubieran dado cuenta de nada.
Si Riv no acaba con él, lo harían ellos mismos.
Ahora que sabían quién era Luna, Lino les había enviado a protegerla, quedándose él al cuidado de los hijos de Macarena y Julián.
Nadie, ni elfo, ni vampiro, se acercaría a esos niños con Lino encargado de su custodia, salvo que quisiera morir al instante fulminado por un rayo del mismo Olimpo de los dioses.
Luna se quedó con la boca abierta viendo a los dos extraños personajes que acaban de llegar.
Una mole imponente de músculos y malas pulgas de pelo largo, y una en apariencia grácil mujer, con un arco a su espalda.
Aquellos dos debían ser los niñeros de los hijos de Macarena, de los que su hija hablaba.
Estaba en una pesadilla de la que quería despertar, no podía ser real todo lo que estaba viviendo.
Sofía, ella solo quería que su hija volviera a sus brazos.