Canela y miel (Un té con amor 3) Capítulo 7
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Capítulo 7

L os días fueron pasando y la relación entre Luna e Icar se afianzaba.

Se había convertido en una rutina quedar a la hora del café de la bibliotecaria, y cuando la pequeña Sofía se dormía, Luna salía a reunirse con Icar y recorrer las calles de la ciudad bajo la luz de las estrellas.

Las horas robadas al sueño comenzaban a pasarle factura, pero por nada del mundo quería que Sofía sintiera que por Icar la dejaba de lado, y tampoco quería olvidar su página web.

Los encargos habían aumentado desde que vendía sus muñecas en las tiendas Abuela Margarita , y no podía desaprovechar el ingreso extra de dinero que tan bien le venía.

—Niña, tendrás que empezar a normalizar la situación y compatibilizar estar con tu novio y tu hija —le reprendió su abuela a la hora del desayuno al ver las oscuras ojeras que asomaban bajo sus verdes ojos.

—Lo sé, yaya.

—No hay nada de malo en que no salgas todas las noches y tampoco le va a pasar nada a la niña porque una tarde su mami no esté con ella a la hora de la merienda.

—Tienes razón. Lo he estado pensando y voy a invitarlo al cumpleaños, será un entorno distendido. Sofía estará rodeada de sus amiguitos, estará contenta y tal vez le sea más fácil conocer así al novio de su mamá.

—No sé si una fiesta con veinte niños corriendo y dando saltos por todas partes sea la mejor forma en que Icar conozca a Sofía —afirmó Micaela dudando de las palabras de su nieta.

—No son veinte.

—¿Cuántos son?

—Diecinueve —respondió Luna riendo. Además de los gemelos de Macarena, Sofía había invitado a todos los compañeros de su clase y, salvo un par de excepciones, todos habían aceptado la invitación.

La fiesta iba a celebrarse en un parque infantil, donde además de hinchables y piscinas de bolas, habría actuaciones de un mago y un payaso que divertirían a los pequeños mientras merendaban.

Macarena y otro par de madres la ayudarían a controlar a los niños.

Sofía estaba ilusionaba y no dejaba de hablar de lo que iba a hacer el día de su cumpleaños.

Al día siguiente harían una comida familiar en casa, para los amigos más cercanos de Luna y Sofía.

Icar, en un principio, había mostrado recelo a la hora de acudir al cumpleaños de la niña.

—No sé, gatita, tal vez no sea el mejor día.

—La niña estará contenta y te recibirá mejor que si le digo que vamos a ir a tomar un café con un amigo de mamá —argumentó Luna, conteniéndose para no pedirle por enésima vez que no la llamara ni «gatita», ni «mi niña», ni ningún otro sustantivo por el estilo.

Icar decía que lo hacía con cariño, pero a ella no le gustaba.

Había sutiles retazos de su personalidad que no terminaban de agradarle, como su negativa a hablar claro de sus «negocios familiares» y de los motivos reales por los que se había ausentado de la ciudad durante casi cinco años.

De acuerdo que le complacía pasar tiempo en su compañía, pero en su interior empezaba a pensar que lo que le gustaba era el hecho de sentirse una mujer deseada, a la que un guapo hombre satisfacía todos sus caprichos.

Aunque tener alguien con el que ir a cenar, al cine, a pasear era maravilloso, no estaba segura de que Icar fuera el hombre de su vida.

Por otra parte, tenía una hija, y no muchos hombres estaban dispuestos a rehacer su vida con una madre soltera.

Esperaría a ver cómo era la reacción de Sofía al conocer a Icar y pasar un rato con él, entonces sabría si debía seguir adelante con la relación o dar un paso atrás .

De forma que el primer sábado de marzo, Icar estaba en la puerta del parque infantil, con un regalo en la mano decidiéndose a entrar en el recinto.

Luna le había asegurado que solo estaría Macarena, la misma amiga con la que la había visto en el hospital.

Esperaba no tener una desagradable sorpresa que terminara con el cumpleaños de forma abrupta.

Los dos últimos días había notado a Luna menos receptiva hacia su persona.

Sus besos y caricias, en otra época recibidos con agrado, no parecían despertar en la pelirroja demasiado sentimiento.

Bien, si ella lo quería así, así sería, al fin y al cabo, no la necesitaba.

Su hija era irremplazable, pero su madre podía ser sustituida con facilidad, había varias candidatas con menos remilgos, dispuestas a satisfacerlo dentro de la cama y fuera de ella.

Porque ese era otro tema, después de la primera noche en que cenaron, y que Luna tuvo que regresar a casa para estar cuando Sofía despertara, Icar pensó que al día siguiente tendrían un encuentro más carnal, y se había equivocado.

Luna no parecía querer tener sexo con él, desde luego hacía cuatro años no había sido así.

Tal vez debería echarle en la copa un poco de lo mismo que le echó aquella noche.

Si funcionó una vez, funcionaría otra vez, aunque para su ego fuera un golpe bajo no ser capaz de llevarse a la cama a su supuesta novia sin engaños.

—Icar, cariño, ya has llegado —lo saludo Luna feliz dándole un beso, para envidia de las otras madres que no pudieron evitar comparar a sus maridos con el macizo de ojos miel al que Luna saludaba con tanto cariño—. Ella es Macarena, la viste el día en que coincidimos en el hospital.

—Lo recuerdo, encantado de volver a verte.

—Igualmente —respondió la escritora dándole un beso en la mejilla.

—¿Es para mí? —preguntó Sofía al ver llegar al hombre que había saludado a su mami el día que fueron a conocer a Rocío, con un paquete en la mano.

—Por supuesto que sí, es para la cumpleañera —respondió Icar arrodillándose junto a la niña para que cogiera el regalo con sus manitas y pudiera abrirlo.

Luna estaba emocionada viendo la ilusión de su hija, y lo dulce que era Icar con ella. Estaba claro que sus dudas no tenían ninguna base, Icar era perfecto para ellas. El ruido de la puerta al abrirse la hizo girarse. Llegaban Agatha con Marta y sus dos niñas en los carritos, dormidas.

—Hola, ¡qué sorpresa! Gracias por venir.

—No íbamos a dejar de venir a felicitar a Sofía —comentó Agatha sonriendo, quitando la mantita que cubría a su pequeña.

—¿Dónde está la homenajeada? —preguntó Marta cogiendo a Margarita en brazos, el ruido la había despertado.

—Allí, hablando con Icar.

—¿Icar? —preguntaron tía y sobrina a la vez, mirando al moreno que les daba la espalda, mientras ayudaba a Sofía a abrir su regalo.

Este, sintiendo en su nuca los ojos de las tres mujeres, se giró.

¡No podía ser! Luna le había dicho que ninguno de sus amigos vendría al parque.

¡Allí estaba esa dichosa hada! Iba a arruinar todos sus planes.

Agatha contemplaba atónita cómo el elfo oscuro al que habían estado buscando infructuosamente estaba delante de ella.

Sus ojos de miel la observaban pasando de la alegría a la furia en un instante.

Ícaro, que ese era el nombre completo de Icar, evaluó la situación con frialdad y rapidez.

Sofía era su única meta, estaba junto a él entretenida con la muñeca que le había comprado, no se había fijado en que habían llegado las dos mujeres con las niñas.

Detrás de él, una puerta conducía a las cocinas, ya que era por donde entraba el personal del parque con las bandejas de la merienda, sin duda habría otra salida.

Fue todo muy rápido: Ícaro cogió en brazos a Sofía y huyó con ella hacia la puerta, haciendo caer a una camarera que salía por esta con una bandeja de bocadillos.

Agatha dejó el cochecito con Rocío al cuidado de Marta y fue en su persecución, seguida por Luna que no entendía qué era lo que estaba ocurriendo.

Ya en la cocina, el hada le lanzó un hechizo inmovilizador a Ícaro, este de un ágil salto cambió de dirección y logró evitarlo. Sofía comenzaba a asustarse.

—Mami, quiero irme con mi mami. ¡Mamiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii!

Luna se adelantó a Agatha, desesperada al comprender que aquel mal nacido la había vuelto a engañar.

Desde que se encontraron en el hospital había sabido quién era.

Ella había sido el camino por el cual llegar a Sofía.

Cuando creía que ya lo tenían, apareció un coche de la nada e Ícaro, con la niña, se subió a él, dejando a las dos mujeres confusas en el callejón trasero del parte infantil.

—Luna, ¿de qué conoces a Ícaro?

—Es el padre de Sofía. ¡Se ha llevado a mi hija! ¡Sofía! —gritó Luna echando a correr tras el coche. Agatha la detuvo, era inútil, nunca lo alcanzarían.

—¡Quieta! Tenemos que hablar, Luna, tienes que contármelo todo. La encontraremos, pero antes debes explicarme cómo ese hombre puede ser el padre de tu hija.

Horas más tarde estaban de vuelta en casa de Luna, quien permanecía tumbada en la cama de la niña, abrazada a la almohada, aspirando el olor de su hija que perduraba en ella. Micaela estaba en la cocina, ahogando sus lágrimas en los brazos de Macarena.

—Cariño, no llores más —le dijo Agatha a su amiga acariciándole la espalda.

—Es culpa mía, me dejé engatusar por sus palabras, él no me quería, solo quería a la niña.

—No te culpes —dijo Börg agachándose para poner sus ojos de hielo a la altura de los de Luna—. Es un manipulador que hará lo que sea necesario para lograr lo que quiere.

—Si su plan hubiera sido secuestrar a la niña desde un principio, lo habría hecho —añadió Jaime, el atractivo highlander , pareja de Ana, la amiga de Agatha y Martha—. Ha querido enamorarte para hacerlo «fácil», si aceptabas ser su pareja, os tendría sin luchar y sin desenmascararse.

—Hubiera buscado el modo de sacaros de la ciudad de forma voluntaria —continuó Agatha—. Tal vez una escapada de fin de semana, o ir a pasar el día a algún lado. Habría sido pronto, quizás el fin de semana que viene, no podía arriesgarse a que alguno de nosotros lo viera y lo reconociera.

—¿Quién es? ¿Por qué lo conocéis?