Capítulo 6
L a tienda de Marta era preciosa; y la de su amiga Ana, una perdición con su cosmética casera y sus productos artesanales.
Ruth, la dependienta, era buena amiga suya.
La había conocido en la biblioteca donde acudía cada semana para tomar prestado dos o tres libros.
Con frecuencia se veían y coincidían en la cafetería donde Luna iba a media mañana a hacer su descanso.
Cuando Agatha le comentó que sus amigas necesitaban a alguien que les ayudara en sus tiendas, no dudo en recomendarla.
Ruth se desenvolvía con soltura atendiendo al público de una y de otra, su saber hacer la convirtió en la encargada de ambas, y ella misma fue la responsable de buscar una dependienta adicional para cada local, cuando las tiendas de la Abuela Margarita se empezaron a hacer populares y ganar clientela.
Aquella tarde de sábado, había acudido con su abuela y su hija para comprarle a la niña un vestido para la fiesta de su cumpleaños, que tendría lugar la primera semana de marzo.
En la tienda coincidió con Natalia, la antigua compañera de piso de Agatha, que había acudido a visitar a su novia Ruth un momento.
—¡Qué alegría verte! —exclamó Ruth al verlas entrar en la tienda de ropa.
—Hola, esta semana no te he visto en la biblioteca —la saludó Luna dándole un par de besos, a la vez que Sofía se soltaba de su mano y se dejaba achuchar por Natalia.
—La dependienta de la mañana estaba con gripe y he tenido que suplirla. El lunes iré por allí y podremos tomar un café juntas.
—Mejor el martes —indicó Luna ruborizándose.
—Sale con un chico —intervino su abuela pasando junto a ellas, para ver con detenimiento un vestido de punto rojo que colgaba de una percha al fondo de la tienda.
—¿No me digas? ¿Lo conozco?
—No, no creo, no habéis coincidido nunca en la biblioteca, venís a diferentes horas —agregó Luna temiendo que su abuela las estuviera escuchando y descubriera que había mentido acerca de la forma en la que había conocido a Icar—.
El lunes he quedado para tomar un café con él, pero el martes podemos tomarlo juntas si te viene bien.
—De mí no te vas a librar, ahora con más motivo quiero tomar ese café.
—¡Quiero este! —las interrumpió Sofía señalando un vestido con cuadros escoceses, de la línea exclusiva con la que Marta había logrado triunfar—.
¡Es como la muñeca que me hiciste! Di que sí, mamá —añadió la niña recordando la muñeca de pelo rojo vestida con un traje similar al vestido que le había llamado la atención, que desde hacía dos semanas tenía un lugar preferente en su habitación.
—Bueno, bueno, ya veremos. Vamos a probártelo.
Al final salieron de las tiendas con un vestido para cada una, Micaela no se había podido resistir al vestido rojo, Sofía se había salido con la suya y llevaba ella misma su vestido en una bolsa.
Por último, Luna se había comprado uno vaquero con lunares azul pálido, ya de corte primaveral.
Un bizcocho de zanahoria y un paquete de la famosa infusión de Agatha de arándanos con mandarina habían sido las compras en la tienda de Ana.
La abuela de Luna complementó el vestido con unas botas negras como las de su nieta.
Para disgustó de Sofía no las había de su número, pero unas botas para el agua rosas de lunares blancos la contentaron pronto.
—¿Queréis que merendemos un chocolate con churros? —preguntó la abuela Micaela.
—Sííííííí —respondieron al unísono Luna y su hija.
—¿Suena bien? ¿Puedo apuntarme?
Luna contempló con fingida indiferencia cómo Sofía saltaba a los brazos de Riv, y su propia abuela lo saludaba con dos besos.
Recordando la velada con Icar, se sintió segura, y relegó a un segundo plano cualquier sentimiento que el fotógrafo de piel canela pudiera despertar en ella.
Aunque bien pensado, el recelo tras la forma en que la había engañado en el pasado no lo iba a dejar agazapado.
Con un paso atrás, evitó que se acercara a saludarla con un par de besos también.
En los ojos de Riv, le pareció ver reflejado pesar y tristeza.
No importaba, él se lo había buscado, a su abuela podía haberla engatusado, pero a ella no.
—Riv, cariño, ¿cómo tú por aquí?
—Pura casualidad, Micaela, tengo un evento cerca, una boda. Soy el encargado de hacer las fotos, la misa es a las siete.
—Pues corre o no llegas —afirmó Luna arrepintiéndose de ser tan hiriente al ver la mirada de reproche que su abuela le dedicaba.
—Ya me voy. Un placer haberos visto a las tres señoritas más guapas de la ciudad.
Riv continuó su camino y ellas se fueron en dirección contraria, sin percatarse que unos ojos color miel las observaban y las vigilaban en la distancia.
Icar apretó las mandíbulas, Riv estaba demasiado cerca de su chica.
Por lo que había visto, Luna pasaba de él.
Mejor, o él mismo se encargaría de quitar de su camino al molesto fotógrafo.
***
El jardín de Agatha estaba lleno de niños correteando, en una espléndida tarde de domingo de mediados de febrero, con una suave temperatura que permitía a los pequeños jugar fuera y dejar a los mayores conversando tranquilos en el interior de la casa.
Era una reunión de amigos para celebrar el nacimiento de Rocío, que pasaba de brazo en brazo gorjeando divertida ante los orgullosos y protectores ojos de Agatha y de Börg.
Las hermanas de la madre de la criatura, Candela y Lucía, habían acudido a la fiesta solas, sus padres se habían negado a ir.
Para sorpresa de todos, la benjamina de la familia había demostrado sus dotes como hada, haciendo flotar un peluche ante su naricilla.
Natalia había consultado a las ancianas de su familia, y no había lugar a duda.
El don, de fuerte presencia en Agatha, no se había saltado una generación, como era habitual entre las hadas, y llenaba con su esencia el cuerpecillo de la bebé.
Al saberlo, Ana temió que la niña los rechazara a Jaime y a ella por ser vampiros, los seres más opuestos a las hadas y para los que la sangre de estas era venenosa, aún en una ínfima gota, pero no había sido así.
La pequeña mostraba una fuerte predilección por los cánticos en gaélico del escocés para disgusto de su padre, que intentaba en vano dormirla con antiguas canciones vikingas.
—¿Es como tú? —preguntó la madre de Agatha, la tarde que fue a visitarlas a casa del hada y su pareja.
—Sí, mamá. Es un hada.
—Entonces será mejor que nos mantengamos alejados.
—¡Pero mamá! Es un bebé, ella no tiene la culpa de nada.
—Tu abuela Margarita, con sus hechizos y sus pociones, convirtió mi infancia en una pesadilla. Tú eres un hada, y si la niña es como tú, prefiero mantenerme alejada de vosotras.
Con pesar Agatha vio cómo su padre, que una vez más permanecía callado y permitía a su madre hacer y deshacer a su antojo, seguía a su madre y salían de la casa, sin dedicar ni una última mirada a Rocío.
—No llores, mi vida —la consoló Börg abrazándola—, ellos se pierden de conocer a la gran mujer que eres y disfrutar de su nieta.
Agatha se secó las lágrimas y sonrió, su vikingo tenía razón, sus peculiares amigos y sus hermanas eran toda la familia que necesitaban, no iba a derramar ni una sola lagrima más por quien no lo merecía.
Horas después allí estaba la prueba, la casa llena con sus amigos festejando la llegada a sus vidas de la chiquitina.
—¿Puedo cogerla un poquito? Soy mayor, la puedo cuidar muy bien —afirmó Sofía muy segura haciendo carantoñas a la niña.
Agatha dejo que se subiera a sus piernas y colocó a la bebé en sus pequeños brazos.
Riv, que había acudido a la fiesta para fastidio de Luna, les hizo una foto que pensaba ampliar y regalar a Luna por el cumpleaños de Sofía que tendría lugar en dos semanas.
El duendecillo pelirrojo que era Sofía le tenía robado el corazón, esperaba lograr que algún día su madre lo perdonara.
Por una indiscreción de Micaela, sabía que Luna había comenzado a salir con alguien, confiaba en que fuera un hombre que la mereciera.
Era consciente del daño que le había hecho, estaba arrepentido de ello, si pudiera reescribiría lo ocurrido aquellos días, pero ya era tarde.
—¿Cómo es posible que todos los amigos de Agatha estén tan buenos? —le preguntó Candela a Ana mientras preparaban una bandeja con volovanes.
—Ja, ja, el fotógrafo es un caso perdido, solo tiene ojos para la pelirroja y ella pasa de él.
—¡Qué desperdicio! —exclamó Lucía detrás de ellas—. ¿Y el motero? —preguntó mirando a Roc que también había sido invitado a la fiesta.
—Buena elección, hermanita. Ana, ¿sabes si está soltero?
—Creo que sí.
—Voy a llevarle una cerveza fresquita —afirmó resuelta Lucía, desabrochándose un botón de la blusa y sonriendo con picardía.
—O estás más rápida o tu hermana te lo levanta.
—No importa —negó Candela con impostada indiferencia, era más tímida que Lucía y le daba vergüenza acercarse. Roc parecía un chico sencillo y sano, pero no dejaba de intimidarle con su ropa de motero y la simpatía a raudales que parecía salir de sus poros.
—¿Seguro? —preguntó Ana no muy convencida. Estaba claro que Roc había causado sensación en las dos hermanas de su amiga, la fingida indiferencia de Candela no la engañaba.
La fiesta terminó con una gigantesca tarta de cumpleaños cuyas velas la homenajeada no podía soplar por su corta edad.
El grupo de niños invitados a la celebración hicieron sin remilgos los honores, para terminar cubiertos de trozos de tarta y restos de nata, que rápidamente traspasaron a los adultos.
Con alegría por las horas pasadas, el alegre grupo se disolvió poco después las nueve, con la promesa de reencontrarse en dos semanas para celebrar el cumpleaños de Sofía, que había dejado claro que quería una tarta de chocolate con una gigantesca mariposa encima.
Luna, sacudiendo la cabeza, preveía dos semanas preguntando en todas las pastelerías de la ciudad si sería posible encargar una así.