Capítulo 5
E l viernes amaneció despejado, uno de los típicos días de invierno, con el cielo azul muy claro, un sol luminoso, pero en el que las temperaturas, de tres o cuatro grados no pasaban.
Con Teresa se había comprado una falda corta de ante y unas botas de caña alta por encima de la rodilla, que se habían puesto de moda ese invierno.
Lo combinó con una camisa en tonos verdes que hacía resaltar el color de sus ojos y un chaquetón de falsa piel, muy calentito.
—¿Y cómo se llama?
—Iván —mintió Luna sin querer entrar en demasiados detalles con su abuela—. Es un socio de la biblioteca, hemos coincidido un par de veces en el café, y bueno, una cosa ha llevado a la otra.
—Cariño, no tienes que excusarte, me parece genial que salgas y te diviertas. Estás muy guapa. ¿Y sabes si las botas las hay en negro? Tengo que probármelas, me gustan.
—Creo que sí, abuela —rió Luna, a su abuela a marchosa y moderna no le ganaba nadie.
—¿Y para niñas no hay? Yo también quiero —preguntó Sofía, que había permanecido callada observando muy atenta como su madre se maquillaba. Esa bolsita de pinturas tenía que investigarla.
—Oh, seguro que encontramos unas también para ti. Decidido, mañana nos vamos de compras —respondió Luna guardando en alto el neceser, ya que no le había pasado desapercibida la mirada curiosa que Sofía le dedicaba.
—¿No viene a buscarte Iván?
—Hemos quedado en la puerta del restaurante.
—Luna había querido evitar cualquier posible encuentro entre su abuela e Icar.
No se habían visto nunca, pero si lo hacía, estaba segura de que descubriría el parentesco.
Por no hablar de que Macarena los viera salir juntos.
No había nada que contar, buena gana de dar explicaciones innecesarias.
Cuando llegó al restaurante, Icar la estaba esperando en una mesa colocada en un discreto rincón.
El atractivo del hombre quedaba resaltado con la camisa azul que conjuntaba con unos pantalones gris oscuro, que debería de estar prohibido que un hombre llevara sin ocasionar un colapso en las mujeres que lo vieran.
Sus ojos miel parecían dorados por la luz del local, incluso daba la impresión de que en sus iris se podían ver pequeñas estrellas brillando.
Luna tragó saliva y continuó caminando detrás de la camarera que la conducía hasta su mesa.
—Hola —la saludó Icar dándole un par de besos y aspirando su perfume, algo que no hizo sino aumentar el nerviosismo de Luna.
—Hola, siento el retraso, no estoy acostumbrada a caminar con tacones.
—Umm, merece la pena el esfuerzo —respondió Icar apreciativo, repasando la figura de Luna con interés, deteniéndose en sus ojos.
—Si me permite el abrigo... —pidió la camarera rompiendo el hechizo, y dando la oportunidad a Luna de recobrar la serenidad.
Tras elegir lo que iban a compartir para probar varias de las exquisiteces del restaurante, la timidez de ambos empezó a remitir.
Comenzaron por hablar un poco de sus estudios y de sus trabajos.
Icar dirigía las empresas de la familia, cuya sede estaba en Galicia.
Luna no logró comprender bien a qué se dedicaba exactamente, algo de nuevos recursos energéticos aprovechando las fuerzas de la naturaleza.
—Es muy aburrido. Prefiero que me hables de tu trabajo. O mejor de lo que te gusta hacer fuera de él.
—Lo normal, cine, teatro, alguna exposición, aunque con Sofía, son relacionadas con niños. Me gusta llevarla a cuentacuentos y ese tipo de actividades por las tardes.
—Una pena que su padre muriera, debe ser duro criar a una niña sola sin el apoyo de la familia, ¿verdad? —preguntó Icar como si tal cosa, queriendo saber qué había dicho en su entorno sobre el padre de la niña.
—No tanto como imaginas, mi abuela me ayuda con la pequeña, entre las dos cuidamos a Sofía.
Cariño y amor no le faltan —replicó Luna nerviosa buscando la forma de desviar el tema.
No quería que Icar pudiera sospechar que la niña era suya, tiempo al tiempo, llegado el momento ella misma se lo explicaría—.
¿Sabes?, aquí cerca hay un edificio dedicado al microteatro, ¿qué te parece si vamos y vemos una obra?
Duran quince minutos. Siempre he querido ir, pero con la niña es complicado.
—Me parece buena idea, luego podemos tomar un copa —respondió Icar, al que no le había pasado inadvertido la incomodidad de Luna.
No quería asustarla, si quería lograr su objetivo de formar una familia con ellas, tenía que ganársela con cautela.
Sin embargo, no tenía mucho tiempo; en cuanto los amigos de Luna descubrieran quién era él, intentarían apartarlas de su lado. Tenía que impedir que eso ocurriera.
Icar empezó a contarle anécdotas de su infancia, algo que hizo que Luna se relajara encontrando temas y lugares comunes sobre los que hablar.
Entre plato y plato, la conversación fluía y se iba llenando de risas y bromas.
Con los postres, la intimidad entre los dos era mayor, haciendo que su complicidad se percibiera con solo mirarles.
Después de la cena, cuando sus pasos los encaminaban hacia el teatro, sus manos se tocaron por el vaivén de sus brazos, y de forma natural se agarraron.
Luna podía sentir la firmeza de la mano de Icar, la calidez de su piel combinada con su rugosidad, haciéndola temblar.
De la pequeña obra que vieron, Luna solo pudo recordar más tarde que era una comedia interpretada por dos actores.
¿El argumento? Era incapaz de repetir ni una sola palabra, pero del perfil de Icar, de eso sí podría decir la profundidad de sus arrugas sin equivocarse.
Podría dibujar la forma en que su ceño se fruncía, como el de Sofía, cuando se concentraba en algo que despertaba su interés.
Podría hablar durante horas de la forma en que el calor que su cuerpo desprendía calentaba el suyo; de la manera en que su voz la envolvía cada vez que hablaba, de la sutil onda que su cabello dibujaba allí donde se perdía tras el cuello de la camisa.
Del volumen de sus labios, oh sí, de eso sí podría hablar sin titubeos.
Icar, animado por el alcohol que discurría por sus venas, viendo cómo Luna vencía su resistencia a su cercanía, se inclinó hacia ella, buscando sus labios, en un beso suave, en un primer instante, pero profundo e intenso a medida que sus manos se buscaban, y se encontraban.
—Sabes dulce —dijo Icar cuando sus cuerpos se separaron, colocando un mechón rebelde tras la oreja de Luna.
—Es la copa.
—No, son tus labios. Pero no estoy seguro, deberíamos repetir.
—Si es por asegurarte.
—Ajá, solo por eso.
Un beso llevó a otro y luego a otro, haciendo que Luna perdiera la noción del tiempo. Cuando vio que los camareros recogían las mesas y el local se iba quedando vacio, miró la hora: ¡eran las seis de madrugada!
—Tengo que irme, Icar, Sofía se despertará en un rato y no quiero que se asuste al ver que no estoy.
Cogidos de la mano, entre risas y besos furtivos como dos adolescentes, llegaron al portal de Luna.
—¿Quedamos mañana?
—No, mañana no puedo, le prometí a mi abuela y a mi niña que iríamos de compras.
—Puedo llevaros las bolsas, seré vuestro porteador —insistió cariñoso y embaucador Icar.
—Ja, ja, mejor el lunes. Ven a tomar café conmigo y ya quedaremos otra tarde.
Luna entró con sigilo en su casa, sonriendo al ver la cara de pena con la que Icar se había quedado, como un niño al que en el último momento le quitan un caramelo que le habían prometido.
El siguiente fin de semana sería distinto, pero este ya tenía planes con Sofía y no quería dejar de pasar tiempo con ella, por mucho que hubiese disfrutado la velada.
Desde la cama, Micaela, había escuchado cómo Luna caminaba hasta su habitación.
Lamentaba que su nieta y Riv no fueran pareja, a sus ojos eran perfectos, pero el fotógrafo de ojos turquesa lo había fastidiado con su comportamiento inmaduro de juventud, y por mucho que hubiera cambiado, Luna parecía poco dispuesta a darle una segunda oportunidad.
Si el chico con el que había quedado resultaba el elegido por el corazón de Luna, todos tendrían que aceptarlo.
Icar caminaba a paso ligero hacia su casa, esperaba que los vecinos de Luna y sus particulares niñeros no lo hubieran visto.
Era mejor recoger y llevar a su princesa en coche para que nadie pudiera ver su rostro.
Todo iba bien, la joven parecía responder a sus avances amorosos con la misma intensidad que en el pasado.
Fue un error que pagó muy caro: no reconocer con quién se había acostado aquella noche, algo que estaba dispuesto a enmendar.