Canela y miel (Un té con amor 3) Capítulo 4
19%

Capítulo 4

H abía estado nevando dos días, las calles aún seguían con nieve y el acceso a la biblioteca había que hacerlo con cuidado para no caerse por las escaleras. Esa semana Teresa estaba de mañana, Luna y ella aprovechaban la escasa afluencia de público para charlar.

—No sé cómo te atreves. Hay mucho tío raro en esas webs de contactos.

—Bueno, Luna, de noche en un bar tampoco sé si el tío con el que he ligado es un psicópata o un angelito.

—Ya, en eso tienes razón —asintió Luna pesarosa al oír las palabras de Teresa y recordar su propia historia.

—Oh, cariño, lo siento, no lo decía...

—No pasa nada, gracias a ello tengo a Luna. ¿Sabes una cosa? El otro día me encontré con él, al salir del hospital de visitar a Agatha. —Tenía que contárselo a alguien o le daría algo. Había intentado no pensar en él, pero una y otra vez acudían imágenes a su cabeza de ojos miel.

—¿Y qué hacía allí?

—No lo sé, no se lo pregunté, supongo que visitando a alguien que tuviera enfermo.

—¿No lo habías vuelto a ver desde aquella noche? ¿Qué te dijo? ¿Qué sentiste? ¿Sofía lo vio? —Teresa no podía dejar de hacer preguntas, estaba tan sorprendida como la propia Luna.

—Sí lo vio, de hecho, estuvieron hablando un poco. Fue cariñoso con ella, pero no creo que sepa que es su hija.

—Ummm, no estoy tan de acuerdo. Si echa cuentas...

—No, imposible —negó Luna rotunda.

—¿Y es tan guapo como el hombretón que entra por la puerta ahora mismo? ¡Me toca a mí atenderle!

—¡Igualito! ¡Es él! Oh, no. ¿Qué hago? No me da tiempo a esconderme.

—¿Es él? ¡Está cañón! ¿Esconderte? Venga, ponte tiesa y saluda —le ordenó Teresa empujándola hacia el mostrador.

El padre de Sofía entraba caminado con paso firme, adueñándose hasta del aire que se respiraba en la sala.

Era de esos hombres cuyo magnetismo eclipsaba la presencia de cualquier otro, y atraía la atención sobre él.

Sus ojos miel la miraban con intensidad, pegándola al suelo, sin que su cuerpo fuera capaz de moverse, sintiendo que debía pedirle permiso hasta para respirar.

—Buenos días, Luna.

—Hola, Icar, ¿qué haces aquí? ¿Vienes por un libro? Esta es la sección infantil. Tienes que subir a la otra planta para las novelas de adulto.

—En realidad, he venido a verte a ti.

—¿A mí? ¿Cómo sabes que estaba aquí? —preguntó Luna confundida.

—Vivo en un piso justo en frente. Desde la ventana te he visto entrar algún día.

No me atrevía a acercarme. Pero después de coincidir el domingo en el hospital, no he podido dejar de pensar en ti —respondió Icar bajando la cabeza con timidez.

De cerca parecía inseguro, desprendiéndose de la arrogancia con la se vestía habitualmente.

—Icar, yo...

—¿Tomamos ese café?

—Falta una hora para mi descanso, a Teresa le toca antes hoy.

—A mí no me importa, toma tu abrigo —afirmó la aludida tendiéndole el abrigo y el bolso que había ido a buscar mientras ellos dos se saludaban—. Tardad lo que queráis, esto está tranquilo.

Luna cogió sus cosas y le susurró a Teresa al oído: «Lianta», a lo que esta respondió con un guiño.

Con un galante gesto, Icar le indicó con la mano a Luna el camino hacia la puerta, y juntos caminaron en silencio hacia ella.

Nada más salir, el gélido aire se filtró por cada pliegue de su ropa hasta el interior de sus huesos.

Luna lo llevó hasta la cafetería cercana donde solía hacer su descanso.

Prefería estar en un ambiente conocido que controlara bien.

Era bastante con lidiar con su traicionero corazón, que daba palmas al ver los ojos miel que tanto la habían cautivado aquella lejana noche.

—Me gusta el sitio, es cálido. He estado fuera casi cinco años y parece que han sido muchos más. La ciudad está muy cambiada.

—¿Por qué te fuiste?

—Tenía que atender asuntos familiares que demandaban mi presencia.

—¿Y has vuelto para quedarte? —quiso saber Luna, lamentándose al instante de haber hecho la pregunta, puesto que la hacía parecer ansiosa por que así fuera.

—Eso espero —contestó Icar sonriéndole—.

La empresa familiar tiene intereses aquí que debo controlar, de modo que mi idea es establecerme en Salamanca.

Luna, sé que fue el calentón de una noche, que los dos habíamos bebido más de la cuenta, y que no significó nada en ese momento.

Sin embargo, me gustaría creer que en otras circunstancias podríamos haber llegado a conocernos mejor.

Vi que tienes una hija, no sé si estás casada y tienes una relación estable.

—En realidad, no. El padre de Sofía murió —explicó Luna esquivando la mirada de Icar, volteando sus ojos hacia su taza. Sofía era suya, y por muy atractivo que fuera Icar, no iba a dejar que entrara en la vida de la niña así como así—. Solo estamos las dos.

—Diría que siento oír eso, pero en realidad me alegra, porque así tal vez tenga la oportunidad de llegar a conocerte mejor —afirmó Icar con una irresistible sonrisa que llegaba hasta sus ojos color miel.

—No sé qué decirte.

—Sal conmigo una noche, podemos hacer lo que te guste. Cenar, ir al cine, pasear. Dame una oportunidad, si después no quieres que volvamos a vernos, lo entenderé y me apartaré de tu lado. Solo una vez, Luna, queda conmigo.

Luna dudaba. No salía con ningún hombre en plan pareja desde antes de nacer Sofía.

Le seducía la idea de arreglarse y coquetear durante unas horas, sintiéndose una mujer deseada, faceta que había relegado ante el absorbente papel de madre soltera.

Su hija era lo primero en su vida, siempre lo sería y nada ni nadie iba a cambiar eso nunca, por muy atractivo que fuera.

No obstante, recordaba cómo sus amigos, y hasta su propia abuela, insistían en que rehiciera su vida. No perdía nada por salir una noche.

—Está bien. ¿Qué tal el viernes? Mi abuela puede quedarse con Sofía.

—¡Genial! ¿Qué te apetece hacer?

—Hace siglos que no voy a cenar —dijo Luna con anhelo pensando en una velada sin preocupare por nada más que por elegir un plato en una carta.

—¿Sigue abierto ese restaurante italiano cerca de La Purísima?

—Oh, sí. ¿Qué tal a las nueve en la puerta?

Cuando media hora más tarde regresó a la biblioteca, llevaba prendida en los labios una sonrisa tonta.

Teresa, al verla, se alegró por ella: Luna era joven, no podía encerrarse en vida en casa.

Aquel guapo moreno parecía interesado por ella, debía darle una oportunidad a su corazón de volver a enamorarse.

—Ya estoy aquí, ¿quieres salir ahora a tomar tu café?

—No hay prisa, primero quiero saber qué tal te ha ido con el ojazos.

—Bien —respondió Luna sintiendo que el rubor cubría sus mejillas—. Hemos quedado para ir a cenar el viernes.

—¿Qué te vas a poner?

—Ya lo pensaré. Sólo es una cena.

—¿Sólo una cena? Tienes que llevar algo sexi y juvenil. Es hora de que saques provecho a ese tipazo que tienes y que escondes en jerséis dos tallas más grandes que la tuya. Algo que no diga «mamá», sino ¡Mamma mia!

—¡Ja, ja, ¡Teresa, no es para tanto!

—Tú déjame a mí. Mañana nos vamos en el rato del café de compras juntas. Les pediré a las chicas de la fonoteca que nos cubran esa hora.

—Anda, vete a tomar el café o se te juntará con la hora de salida.

Luna se quedó sola en el mostrador, pensando que no era mala idea lo de comprase ropa.

Todavía estaban las rebajas y seguro que podía encontrar algo a buen precio, incluso alguna cosita para Sofía.

A la que no le iba a contar nada de Icar era a su abuela.

Había cometido un error contándole a Macarena que el guapo moreno era el padre de Sofía.

Prefería esperar a ver cómo se desarrollaba todo, tal vez de una cena no pasaban, se quitaban la espinita de no haberse conocido un poco mejor tras el calentón y no volvían a verse nunca más.

No era del todo cierto que no hubiera vuelto al bar.

Al descubrir que estaba embarazada, había acudido a la discoteca un par de veces, esperando volver a verle, pero no había tenido suerte.

Las amigas con las que había ido aquella noche, en realidad no eran tales.

Las había conocido en una academia donde ocasionalmente daba clases de español, eran profesoras americanas que habían acudido a Salamanca a perfeccionar su español.

Con ese grupo en concreto había entablado una buena amistad, y cuando la invitaron a la cena de despedida, no lo dudó y aceptó.

Aquella había sido su última salida nocturna, a las molestias del embarazo se había unido el agobio por su futuro.

No tenía ganas ni de quedar para tomar un café.

Pasó los nueve meses de embarazo sumergida en una apatía que asustaba a su abuela Micaela, pero al tener a Sofía en sus brazos por primera vez, todo cambió.

Aquella pequeña bebé, que lloraba asustada, buscando consuelo y protección, la necesitaba.

Por ella debía ser valiente y enfrentar su futuro.

De modo que en los ratos en que Sofía dormía, Luna se dedicaba a estudiar y a preparar unas oposiciones para unas plazas en bibliotecas gestionadas por el Ayuntamiento.

No fue fácil repartir el tiempo en que la niña dormía, entre estudiar y dormir unas horas.

Sin su abuela Micaela no hubiera podido.

Pero lo logró. Su trabajo como bibliotecaria le daba seguridad y estabilidad, un sueldo fijo con el que poder vivir las dos sin lujos en un pequeño piso, que con mucho esfuerzo y una hipoteca de por vida había logrado encontrar cerca de la casa de su abuela.

En ese momento, el destino había vuelto a poner en su camino a aquellos ojos miel que una noche la abrasaron con su calor.

¿Por qué no? Saldría, pasaría una noche agradable, y si no se volvían a ver, no pasaría nada.

Convencida de que había hecho lo correcto aceptando la invitación, se enfrascó en las tareas que tenía que hacer antes de irse a casa.