Capítulo 3
E l paquete con la ropita para la niña de Agatha que Micaela había comprado estaba en la mesa de la cocina, bien envuelto y decorado con un precioso lazo.
Junto a él descansaba, cubierta de celofán, una muñeca rubia con dos trenzas y unos bellos ojos azules, cuyo rostro era una mezcla de rasgos de Agatha y Börg.
Iba vestida con una réplica del mismo vestido que Micaela había comprado para Rocío.
La abuela de Luna prefirió quedarse preparando la comida del domingo: pollo relleno al horno, el plato favorito de Sofía.
No le gustaban mucho los hospitales, prefería ir a conocer a la niña cuando ya estuviera en casa de sus padres.
Así que madre e hija, junto con Macarena y Julián, fueron al hospital para conocer a la pequeña.
Esa mañana unos copos de nieve habían comenzado a caer al amanecer, pero para disgusto de Sofía la nieve no había cuajado.
—A lo mejor más tarde podemos hacer un muñeco de nieve —afirmó Luna—. En la terraza del edificio, hay un rincón sombrío donde tarda más en deshacerse y tal vez haya algo de nieve.
—¡Biennnnn!
—Pero tienes que portarte bien en el hospital, nada de correr por los pasillos. Hay gente malita que tiene que descansar.
—Yo siempre me porto bien —respondió muy resuelto el pequeño duendecillo pelirrojo. Por lo general era una niña buena, salvo cuando se juntaba con sus compinches Raúl y María. En ese caso había que tenerlos vigilados a los tres.
La planta de maternidad estaba inundada de globos y peluches, los familiares entraban y salían de las habitaciones con caras de felicidad.
Los ramos de flores lucían espléndidos y fragantes.
Luna no lo sabía, pero Agatha, con su don de hada y su alegría desbordante por el nacimiento de la pequeña, era la responsable de la atmósfera de felicidad que se sentía en todas las habitaciones.
Rocío acababa de mamar y dormía plácidamente acurrucada en los brazos de su madre.
Börg ayudó a Sofía a encaramarse a la cama para ver a la nueva miembro del grupo.
—¿Qué te parece tu nueva primita?
—Es mona, pero como Margarita, son un poco aburridas. Mis muñecas hacen más cosas.
Los adultos rompieron a reír por la ocurrencia de la niña.
—No te preocupes, que en un par de años desearás que no sean tan activas y no te cojan tus juguetes —le aseguró Agatha besando la cabeza pelirroja.
—No me importa, yo se los dejo —afirmó muy segura ante la mirada orgullosa de su madre. Aunque era un diablillo, tenía un corazón noble—. ¿Puedo cogerla?
Sofía se sentó muy recta en la cama, pegada a la almohada y con cuidado pusieron a la dormida Rocío en sus brazos. La niña mayor le daba besitos en los mofletes a la pequeña ante las miradas bobaliconas de los adultos, a los que se les caía la baba con la escena.
—Creo que quiere un hermanito —le cuchicheó Macarena a Luna con picardía—. Deberías buscarle un papá a Sofía, y unos cuantos hermanitos de paso —continuó con la broma.
—Tengo un compañero de trabajo que te podría presentar si tú quieres. Está divorciado, tiene un hijo de quince años y...
—Gracias, Julián, pero estoy bien como estoy.
—¡Yo quiero una hermanita! —exclamó Sofía, que como todos los críos parecía que no se enteraba de nada, pero pillaba todo al vuelo como una esponja—. Es que sola me aburro cuando no puedo jugar con María y Raúl.
—Cariño, puedes jugar con ellos siempre que tú quieras, ya sabes que no hay puertas para ti, mi vida —le aseguró Macarena mirando a la niña con ternura.
—Pues hay un enfermero soltero muy majo por aquí...
—comenzó a decir Agatha enternecida, queriendo dar un poco de humor a la situación antes de que Luna comenzara a llorar.
Sofía nunca había extrañado la figura paterna, Micaela y ella se encargaban de que así fuera; además, sus numerosos titos postizos la cuidaban con infinito amor.
Sin embargo, al empezar a ir al colegio, no había podido evitar que la niña hiciera preguntas sobre su padre.
Luna le había dicho que estaba muerto. Al fin y al cabo, para ella lo estaba.
Fue un calentón de una noche, que tuvo una preciosa consecuencia.
No había vuelto a saber de él, ni lo había buscado, ni se había preocupado por encontrarlo.
—Cariño, tenemos que irnos, la yaya Micaela nos espera para comer —dijo Luna ayudando a su hija a bajar de la cama y a ponerse el abrigo y la bufanda.
—Sí, nosotros también debemos regresar, Lino y Julián tienen partido a las cinco —afirmó Macarena besando a Agatha y recogiendo sus cosas.
Sofía se había quedado mirando con pena los peluches que llenaban la habitación de Agatha, de modo que Macarena decidió comprarle uno a la niña y otro para su hija.
Julián se adelantó para ir a buscar el coche al parking del complejo hospitalario.
Luna entretenía la espera leyendo los titulares de las revistas en un kiosco que había junto a la puerta de entrada.
—Hola. ¿Cómo estás? —preguntó una voz de hombre a su espalda. Confundida al no reconocer la voz, se dio la vuelta, para encontrarse con la persona con la que menos hubiera esperado. Unos ojos miel la observaban con atención desde una cara cincelada por el mismo Miguel Ángel.
—¡Tú! —exclamó Luna buscando con la vista a Sofía, que seguía entretenida eligiendo un peluche.
—Ha pasado mucho tiempo, pero te he reconocido nada más verte. Estás igual de preciosa que aquella noche.
—Yo... no sé... fue hace cinco años.
—Volví al bar la noche siguiente, y la siguiente, y la siguiente. Tú no lo hiciste. No volví a verte.
—No era un sitio al que soliera ir, mis amigas me llevaron porque a una de ellas le gustaba uno de los camareros —balbuceó Luna. ¡Sofía! Por nada del mundo deseaba que la niña viera con quién estaba hablando.
—Fue una pena. Me hubiera gustado invitarte a un café un día. Tal vez no sea tarde para tomarnos ese café —sonrió el hombre seductor haciendo recordar a Luna por qué se sintió atraída por él aquella noche.
—Quizás en otro momento...
—¡Mamiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii!, mira qué unicornio me ha comprado tita Maca, y hemos elegido otro para María. —Sofía venía corriendo hacia ella, sonriendo feliz con el peluche.
—¿Te gustan los unicornios? —preguntó el hombre agachándose para ponerse a la altura de Sofía. Luna temblaba, para un observador atento el parecido saltaba a la vista. La misma nariz, la misma sonrisa, el mismo gesto de atención.
—¡Mucho! Son mágicos.
—A mí también me gustan. ¿Cómo se llama el unicornio?
—Arcoíris. Yo me llamo Sofía, ¿y tú? —La niña seguía preguntando cosas y hablando tranquila con el hombre, Macarena observaba la escena y viendo la cara de susto de Luna, le fue fácil deducir que pasaba algo extraño.
—Me llamo Icar. ¿Cuántos años tienes?
—Casi cuatro. El mes que viene es mi cumpleaños. Mi mamá me ha dicho que haremos una fiesta con payasos. ¿Sabes? También me gustan. Me gustan más los unicornios, pero los payasos están bien.
—Seguro que será una fiesta fantástica.
—¿Eres amigo de mamá? No te conozco. —Ya sabía que iba a ser la lianta de su hija de mayor: periodista. Contaba cosas de ella a la vez que sacaba información a su «entrevistado» sin que este se diera cuenta.
—He estado un tiempo fuera, pero he vuelto a la ciudad.
—Tenemos que irnos, cariño. Bueno, ha sido un placer verte, hasta otro día.
—Tenemos un café pendiente —aseguró Icar mirando cómo Luna y su amiga se iban con la niña y se metían en el coche de Julián.
Era preciosa, las dos lo eran. La niña era una pequeña Luna en miniatura, pero en su mirada pudo reconocer su propia mirada.
Había sido un imbécil. Aquella noche, el alcohol y las dos rayas de cocaína que se había metido dentro no le dejaron pensar con claridad.
No le había resultado difícil echarle la droga en el vaso del que bebía Luna, el camarero había sido fácil de comprar con un billete de veinte euros.
Se había fijado en ella en cuanto entró en la discoteca.
Llamaba la atención por su pelo rojo y sus enormes ojos verdes.
Sus amigas eran del montón, nada les hacía destacar físicamente.
Todas parecían extranjeras a excepción de Luna; ruidosas y alborotadoras, no paraban de hablar en una mezcla de español e inglés que solo ellas entendían.
Demasiado alcohol por sus venas. Sus dos amigos las distrajeron con unos piropos y unas lindezas, mientras él tonteaba con Luna.
Se ofreció a invitarla a una copa, que ella sedienta por el calor que hacía en el local no rechazó.
Con un guiño, le indicó al camarero lo que tenía que hacer, y Luna, sin dudar del contenido de la copa, la cogió del simpático y charlatán camarero.
El resto fue sencillo, dejó que hiciera efecto la droga y entre tórridos besos la llevó al callejón trasero.
Sin embargo, había cometido un error: ¡sexo sin protección!
Y ahora tenía caminando delante de él la consecuencia de sus actos.
Esa niña era su hija y pensaba recuperarlas a ambas, eran su familia y tenían que estar juntos.
Luna envió el encuentro a su cajón mental de cosas en las que no debía pensar.
No quería darle más vueltas. Había sido un encuentro casual que no tenía por qué repetirse.
Estaban bien como estaban, ella no necesitaba una pareja que condicionara su vida, y Sofía no necesitaba un padre, aunque sus amigos así lo pensaran.
Centrándose en el delicioso pollo que su abuela había cocinado, olvidó las sensaciones que su cuerpo había experimentado al ver a Icar.
El resto de la tarde, pasó de forma divertida para Sofía y ella, que junto con Macarena y los gemelos hicieron un muñeco de nieve en una plaza cercana y jugaron a lanzarse bolas y pelearse por ganar al equipo contrario hasta cansarse.