Canela y miel (Un té con amor 3) Capítulo 2 #2
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Capítulo 2 #2

Luna se giró para ver al hombre que le había hablado, no necesitaba hacerlo para reconocerlo. Era la misma voz que le había susurrado «te quiero» en el asiento trasero del coche hacía quince años. Allí estaba, a escasos centímetros de su cara, sonriéndole afable.

—¿No tienes que hacer fotos? —preguntó Luna molesta consigo misma por dejar que Riv la perturbara de esa manera.

—Estoy haciendo un descanso. Mi amigo Roc me sustituye un rato.

—Vaya, ¿Rocuster también ha venido? —preguntó Luna, mirando al amigo de Riv, que en ese instante sacaba una foto a un grupo de lectoras emocionadas por conocer a la escritora.

Roc era el amigo del alma de Riv. Tenía un taller donde arreglaba coches y motos.

La gran pasión de ambos: sus motos, a las que ponían por delante de cualquier mujer.

Era moreno, de ojos marrones, algo más bajo que Riv, pero igual de atractivo.

—De vez en cuando me ayuda cuando tengo un evento. Le gusta la fotografía como a mí, y se saca un extra.

—Hola, Riv —lo saludó Sofía cariñosa, dándole un beso que cogió por sorpresa a Luna.

¿Desde cuanto su hija y el fotógrafo eran tan amigos?

Eso era cosa de su abuela. Ya hablaría con ella.

No quería que la niña tuviera ninguna relación con el indeseable que tanto daño le había causado en su juventud.

—¿Cómo está la chica más guapa de la ciudad? —preguntó zalamero Riv a la niña que, divertida, reía con las cosquillas que este le hacía.

—Sofía, no molestes al señor.

—No es un señor, es Riv —replicó la pequeña. Luna no pudo menos de darle la razón, desde luego con su piel canela y sus ojos turbadores no era ningún señor, era un sinvergüenza que, conocedor de su poder sobre las mujeres, lo ejercía sin disimulo—. Es mi amigo, y de la yaya. ¿A que sí?

Ya hablaría con su abuela luego, de momento tenía que mantener controlado al grupo de pequeños que, inquietos, comenzaban a levantarse de su sitio.

Luna capitaneó un equipo y Riv el otro. Tras una disputada partida, el equipo de la bibliotecaria ganó, algo que sus integrantes celebraron con gritos de victoria que interrumpieron la presentación.

—¿Qué te parece si nos acercamos al buffet y les damos algo de comer antes de que la gente se levante de su sitio y haya más jaleo? —le susurró Riv a Luna a modo de propuesta.

A regañadientes, Luna aceptó la sugerencia de Riv, y con su ayuda llevó a los niños a las fuentes de canapés, que con voraz apetito hicieron desaparecer en un momento.

María, la hija pequeña de Macarena, y Sofía intentaban convencerla para que les diera un refresco de cola, algo que no pensaba hacer, ya tenían bastante energía en sus cuerpecillos como para añadir más.

No lo iba a reconocer en voz alta, pero Riv resultó de gran ayuda con los niños, y a su pesar, fue sustituido por Julián que, dejando a su mujer firmando libros, permitió que Riv continuara con sus fotos.

Hasta la rebelde adolescente en que se había convertido Vega, la hija mayor de la escritora, había sucumbido a los encantos del fotógrafo.

—Es un tipo genial, ¿verdad? —le comentó Julián, algo a lo que Luna prefirió no responder con lo que en realidad pensaba.

—Es buen fotógrafo.

—Creo que os conocéis de antes, de la universidad, me parece que escuché a tu abuela. —Definitivamente tenía que hablar con la casamentera de su abuela; teniendo el enemigo en casa, quién iba a librar batallas fuera.

—Fue hace mucho tiempo. Casi no me acuerdo.

—Mejor no se mordía la lengua, o se envenenaría con el veneno de su mentira.

Claro que lo recordaba, cada vez que salía con un chico, pensaba en el que había sido su primer amor.

Recordaba todas y cada una de sus palabras embaucadoras y zalameras.

El tacto de sus caricias, el sabor de sus besos, la forma en que la miraba.

Luego, recordaba cómo la había engañado con sus supuestas amigas, y se le pasaba.

Traidor, sucio, ruin, eran los más suaves adjetivos que llenaban su mente entonces.

No valía cada uno de los minutos en los que pensaba en él.

La presentación terminó con una firma de libros que duró más de una hora.

Eran casi las diez cuando las puertas de la librería se cerraron tras irse el último visitante.

En la intimidad, brindaron por el éxito de la novela y el nacimiento de Rocío, la hija de Agatha, que había nacido en el coche de Jaime camino del hospital, en el parking de este, antes de que pudieran llevarla hasta la puerta de urgencias, donde Börg había ejercido de novata comadrona ayudando a nacer a su hija.

Ambas, la madre y la hija, descansaban en su habitación.

Como era tarde para ir con los niños, Luna acordó con su abuela que irían al día siguiente.

Despidiéndose de todos, las tres mujeres se fueron a casa.

Luna pudo sentir como unos ojos turquesa la miraban según salía de la librería.

Apretando la mano de Sofía, se internó en la noche, cerrando su corazón al amor.

Una vez lo había entregado y se lo habían roto, no volvería a pasarle.