Capítulo 2
L una no sabía si ponerse el vestido azul o el pantalón gris.
El día había amanecido soleado, pero unas nubes empezaban a aparecer en el horizonte.
Si se ponía el vestido, por muy gruesas que fueran las medias, terminaría pasando frío; por otra parte, si se ponía el pantalón estaría calentita, pero no saldría de la rutina diaria de jersey y pantalón.
Volvió a mirar la aplicación del móvil, dos grados...
¡y eran solo las cinco de la tarde! Decidido: el pantalón gris, la camisa blanca y la chaqueta verde que se había comprado en rebajas.
A Sofía le había puesto un vestido en todos azules y malvas, con el que estaba monísima, pero que sabía que terminaría arrugado y manchado tras una tarde de juegos.
Cuando se quejaba a su abuela por la cantidad de ropa de la niña que tenía que lavar, esta le decía:
—Eso significa que está sana. Un niño que no juega y no se mancha, no es un niño feliz.
Y si su abuela Micaela lo decía, es que era cierto.
—¿Por qué te pintas con eso? —le preguntó la pequeña mientras se maquillaba en el baño. La niña estaba sentada en la taza del inodoro, balanceando sus piernillas y observándola muy atenta.
«Será mejor que mantenga el neceser alejado de diminutas manos», pensó Luna antes de responder a su hija.
— Se llama rímel, es para que las pestañas se vean más y estén más bonitas.
—¡Yo quiero!
—Cuando seas un poquito mayor. ¿Qué te parece si te pongo un brillo de labios rosita?
No lo tuvo que decir dos veces, Sofía se bajó de un salto de su improvisado asiento y se acercó a su madre poniendo morritos.
Una vez que las dos estuvieron convenientemente vestidas y maquilladas, salieron del baño para buscar a su abuela que ya las esperaba en la cocina con el abrigo puesto.
Era una fiel lectora de Macarena, se había leído todos sus libros y no faltaba a ninguna de las presentaciones.
Para vergüenza de Luna, la había descubierto recomendando uno de los de temática más erótica a sus amigas de la partida de cartas, que jugaba cada tarde en la cafetería de la esquina.
—Pero, abuela, ¿cómo les recomiendas ese libro? —la reprendió Luna al saber lo que había hecho.
—¿Tú qué te crees? Casi todas tenemos ochenta años y hemos estado casadas, algunas hasta dos veces. Como te puedes imaginar, todo lo que lees en esos libros que te gustan tanto, lo hemos practicado en nuestros años mozos, o al menos hemos soñado con practicarlo.
—Ya, abuela, pero hay escenas fuertes. Hay algo de sado...
—¡Inocente! Si yo te contara.
Desde ese día, Luna no había vuelto a hacer ningún comentario a su abuela sobre sus gustos literarios.
Después se lo había contado a Agatha y a Macarena, y a partir de entonces la miraban con renovado interés, intentando descubrir qué ocultaba tras su dulce cara de abuelita.
Para la ocasión se había puesto un abrigo de piel, que solo se ponía en los eventos importantes.
De la mano de su bisnieta, iba orgullosa a la presentación, dispuesta a hacerse con un ejemplar dedicado y una foto de la escritora, a ser posible con el marido de la escritora al lado, que era el vecino más guapo de todo el edificio de su nieta.
En la puerta de la librería donde tendría lugar el acto, se podía observar un buen grupo de personas aguardando.
Soltándose de las manos de su madre y su yaya, Sofía corrió al encuentro de sus amiguitos, escabulléndose entre la gente.
—¡Sofía!
—Tranquila, Luna, Ana está vigilando a los niños con Julián y Jaime —la tranquilizó Agatha dándole un par de besos.
—Luego me uniré a ellos —añadió Börg saludando a Luna y a su abuela que, como una joven, enrojeció ante la sonrisa del vikingo.
—¿Agatha, estas bien? Te veo algo pálida —se interesó Luna preocupada por el aspecto de su amiga.
—He comido algo que me ha sentado mal.
—¡Algo! Un bocadillo de mortadela con naranja de tres pisos —explicó Börg contemplado como la mujer de su vida se acariciaba su gigantesca barriga.
—No sé cómo puede gustarte eso—negó la abuela de Luna arrugando la nariz.
—Fue la niña —explicó Agatha sonriendo ante la mirada desesperada de Börg—. Se despertó de la siesta con hambre.
—Es lo que pasa después de comer cocido, que de la siesta se despierta la gente con hambre —replicó el editor con ironía, despidiéndose de las tres mujeres para ir a hablar con el dueño de la librería.
Poco a poco, el recinto se fue llenando de gente, quedando numeroso público sin sillas para sentarse.
Macarena estaba espectacular con un vestido vintage que solo ella era capaz de llevar con el glamur de una estrella de cine antiguo.
Mateo y Börg la flanqueaban, vestidos elegantemente, orgullosos y felices de presentar una nueva novela de su escritora y amiga.
Un fotógrafo inmortalizaba el evento captando instantáneas de la autora, los editores y el público en general.
¡Un momento! Reconocía esa piel canela que cubría cada centímetro del cuerpo del hombre.
¡Era Riv! ¿No había otro fotógrafo en la ciudad? ¿Tenían que haberle contratado a él?
—¿Qué ocurre, Luna?
—Agatha, mira quién hace las fotos —le indicó a su amiga en un susurro, fastidiada por el desagradable encuentro, pero sin poder evitar admirar el cuerpo de su antiguo novio.
Enfundado en unos ajustados pantalones de cuero negro, que se apretaban a su trasero cada vez que se agachaba.
Llevaba una camisa blanca en un vano intento de dar formalidad a su atuendo, algo que nunca conseguiría con sus ojos azules destacando como faros encendidos en su dulce piel canela.
No eran del mismo azul que los de Börg, no había ojos que pudieran igualar el azul del chico de su amiga, pero los de Riv eran de un azul-turquesa rayando en el verde.
Molesta, se percató de que no era la única mujer de la sala más pendiente del fotógrafo que de la autora que presentaba su novela.
—Oí que habían contratado a un conocido de Macarena, pero no sabía que era él. Si lo hubiera sabido, les hubiera hecho desistir de la idea —afirmó Agatha solidaria con su amiga.
—No pasa nada. Es lógico que se conozcan, la tienda esta en frente de nuestro portal —negó Luna apartando la mirada, aunque no con la rapidez necesaria para impedir que Riv se diera cuenta de que la pelirroja lo estaba observando, y esbozara una sonrisa en sus voluptuosos labios.
—Te está mirando.
—¡Ya lo sé! —exclamó Luna en voz no demasiado baja, haciendo que se volvieran varias personas con gesto de enfado—. Mejor me voy con los niños.
—Si te levantas, te harás notar. Los niños están en la mesa que tienen en la librería con pinturas y juegos para que se distraigan.
Ana y Jaime están con ellos, tranquila. Mejor vamos a escuchar a Macarena que se va a enfadar como sigamos hablando —agregó Agatha cambiando de posición en un vano intento de estar más cómoda.
Tal vez no debería haberse comido la chocolatina que le había robado a su tía Marta antes de ir a la presentación.
Tenía suerte de no haber engordado cuarenta kilos durante el embarazo, a pesar de pasarse todo el día comiendo.
No lo podía evitar, era superior a ella.
Su cuerpo era una inmensa barriga de la que sobresalían dos delgadas piernas y dos brazos.
Si su bebé quería comida, ella se la daba. Así de sencillo.
A regañadientes, Luna siguió sentada, dedicando miradas furtivas a Riv, y mostrando indiferencia cuando este hacía alguna foto más de la necesaria a la zona del público donde estaba Luna con su amiga y su abuela.
Por lo menos, con la cámara tapándole los ojos no podía ver aquellos dos faros que la hacían derretirse por dentro.
Durante media hora consiguió centrarse en Macarena, que con gracia y soltura desgranaba como había ido forjando la trama en la que se centraba su nuevo libro. De repente un grito la sobresaltó.
—¡Ahhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhh! —chilló Agatha, interrumpiendo a Mateo que en ese instante explicaba cómo una importante cadena de televisión había contactado con ellos, para ver la posibilidad de llevar la anterior novela de Macarena a la gran pantalla.
—Creo que ha roto aguas —afirmó la abuela de Luna.
En un segundo se desencadenó un remolino alrededor de Agatha que resoplaba entre contracción y contracción. De un salto, Börg había abandonado la improvisada tarima y, esquivando a los curiosos, había llegado junto a su hada.
—¿Ya? —preguntó el vikingo arrodillado junto a Agatha que sudaba copiosamente y se retorcía de dolor.
—¡Sííííííííííí! —respondió agarrando la mano de Börg y apretándola con tan fuerza que hizo que sus dedos crujieran.
—¡Vamos!
Cogiéndola en brazos, la sacó de la librería.
En la entrada, Jaime aguardaba en un coche, a la vez que Ana abría la puerta del asiento del copiloto, que había retirado hacia atrás lo más posible.
Luna, sin dudarlo, se dirigió donde estaban los niños, que asustados por el alboroto habían dejado de jugar.
—Tranquila, cariño —le dijo a su hija Sofía—. La tita Agatha está bien, su bebé va a nacer ya, el tito Börg se la lleva al hospital.
—Chillaba mucho.
—Lo sé, pero no te preocupes. Luego la llamamos a ver qué tal está.
—Luna, te importa...
Era Marta, la tía de Agatha, que quería ir con su sobrina y Ana al hospital. Indecisa, no sabía qué hacer. Mateo debía de seguir con la presentación, se llevaba a la pequeña Margarita en su cochecito, pero el hospital no era lugar para los inquietos gemelos.
—Ve con ella. Me quedo con los niños.
De esa forma, ayudada por Vega, la hija mayor de Macarena, Luna tenía ante ella una improvisada guardería con los tres hijos pequeños de la escritora, los gemelos de Marta y su propia niña.
Decidió hacer dos equipos y jugar con ellos al inmortal juego de los barcos.
Aunque no mantendrían el silencio, al menos no alborotarían por la sala.
—¡Qué divertido! ¿Puedo jugar yo también?