Capítulo 1 #2
—Aunque algo dolorida del parto, está muy feliz con la pequeña Margarita. Es un amor de niña. Tengo la ahijada más preciosa del mundo. Los gemelos no lo están tanto.
—Ja, ja, ¿y eso?
—Ayer fuimos a cenar con ellos, cuando estábamos Marta y yo acostando a la niña, y Mateo recogiendo los platos, los gemelos se sentaron en las rodillas de mi vikingo y le preguntaron si conocía a algún buen abogado.
—¿Qué? —preguntó Luna divertida.
—Quieren renunciar a la cigüeña. —Al oír lo que los niños con su media lengua habían pedido a Börg, Luna ya no puedo contenerse y estalló en carcajadas—.
Le escribieron una carta donde le pedían muy clarito que querían un hermano, no una hermana.
Al parecer consideran que la casa está inundada de lazos, peluches y un montón de cosas rosas.
—Es muy duro, tito B. Mamá ya no nos deja dejar la ropa tirada en el baño, ahora hay que ponerla en un cesto rosa. No podemos hacer ruido porque la podemos despertar, pero ella llora y llora. Espero que tú hayas escrito bien la carta.
—Es solo el principio —se lamentó el otro—. Va a ser horrible.
—No creo que podáis denunciarla, vuestros padres están contentos y vosotros también lo estaréis con Margarita.
Esperad que crezca un poco, y ya veréis cómo se une a vuestros juegos.
Además, chicos, siento deciros que la tía Agatha y yo esperamos una niña también —les informó Börg intentando contener la risa.
—No te preocupes, tito, puedes guardar tus juguetes debajo de nuestra cama. Con nosotros estarán seguros. En nuestra habitación no hay rosa, y no entran los bebés llorones.
—Salgamos fuera —le pidió Luna a su amiga, ante las miradas de reproche de los visitantes que en esos instantes recorrían la biblioteca.
—Pasároslo bien —les dijo su compañera Teresa que entraba cuando ellas salían del edificio.
Adoraba a su compañera. Coincidía con ella cada dos semanas, ya que ella alternaba, y una semana estaba de mañana y otra de tarde.
Tenía una cara de duende, morena de pelo corto, con unas divertidas gafas a lunares blancos y azules que llamaban la atención de todos los niños que entraban en la biblioteca, incluida Sofía que siempre intentaba probárselas.
Macarena estaba en la puerta esperándolas con una sonrisa en los labios.
Estaba contenta porque el día antes una novela suya había salido a la venta y en unas horas se había colocado en los puestos más altos de Amazon.
Börg y Mateo, los dueños de M y otras más grandes, de unos cuarenta centímetros, en la tienda de Marta.
—Creo que sé cómo irán vestidas —dijo Agatha riéndose—. ¡Con tejido escocés!
—¡Adivinaste! —exclamó Luna. Desde que Ana había encontrado el amor de su vida en la persona de un guapo highlander , Escocia estaba muy presente en su día a día, incluyendo los artículos que vendía en su tienda.
—Quiero una para María —pidió Macarena, pensando que en realidad terminaría quedándosela ella. Las muñecas de Luna eran verdaderas obras de arte. Hechas a mano a imagen de su ama. Sofía tenía una en su cama con su misma carita y sus mismos rizos rebeldes.
—Bueno, chicas, todo riquísimo y la conversación aún más, pero debo regresar al trabajo. Nos vemos.
El resto de la mañana pasó en un suspiro para Luna que ya temía que tendría que darse prisa en terminar la muñeca que estaba haciendo para la niña de Agatha. Por el tamaño de su barriga, era cuestión de días que diera a luz y aún le faltaba hacer la mayor parte del vestido y del rostro.