Canela y miel (Un té con amor 3)
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Capítulo 1
L a luz se filtraba por la persiana. Luna llevaba diez minutos acurrucada bajo las sábanas, en ese dulce duermevela que precede al despertar. Una parte de su mente le avisaba que la alarma del reloj de su mesilla sonaría en cinco minutos, eso si antes una vocecilla no la llamaba.
—Mamiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii, ya estoy despierta.
Allí estaba. Ese dulce sonido que no cambiaría por nada, con el que su día comenzaba desde hacía casi cuatro años del mismo modo.
Desperezándose del todo, se puso las zapatillas y fue a la habitación de al lado, donde su impaciente pequeña la esperaba sentada en su camita rosa, balanceando las piernas vestidas con un pijama de corazones rosas y blancos.
—Ya estoy aquí, Sofía —dijo abrazando a su niña con fuerza, sintiendo sus bracitos en su cuello, y sus labios en su cara dándole una lluvia de besos que devolvió con creces.
Sofía era una pequeña Luna en miniatura.
Ambas eran pelirrojas, de pelo rizado y ojos verdes, con la piel blanca como la leche, llenas de pecas que el sol aumentaba cada verano sin remedio.
En la sonrisa de la pequeña, Luna veía la sonrisa de su padre.
El guapo moreno de ojos miel que una noche ligó con ella en un bar, y con el que terminó enrollándose en el callejón trasero, entre contenedores de basura y cajas de refresco apiladas en un rincón.
Nunca lo volvió a ver, ni se le ocurrió buscarlo.
Cuando supo que estaba embarazada, lejos de asustarse pensó que era el mejor regalo que la vida le daría nunca.
Su abuela Micaela, que la había criado desde que sus padres murieron en un accidente, tras el disgusto inicial, la había apoyado y ayudado en todo.
Por las mañanas dejaba a Sofía con su bisabuela para ir a la Biblioteca Municipal donde trabajaba.
Micaela la llevaba al colegio y la recogía cuando salía, para llevarla a su casa a comer.
Era la mejor niñera del mundo. Tenía jornada de mañana, no ganaba demasiado, pero lo compaginaba con su página web de muñecas de trapo, que hacía ella misma, y de ese modo conseguía llegar a final de mes.
—¿Qué quieres desayunar hoy? —le preguntó a Sofía mientras la llevaba en brazos a la cocina.
—¡Tortitas!
—Marchando unas tortitas.
Encendió la tablet para que la niña se entretuviera viendo dibujos mientras preparaba las tortitas para las dos.
Pronto la cocina se llenó del olor a caramelo, café y Cola Cao.
El sonido del timbre le avisó de que su abuela acaba de llegar.
Normalmente dejaba a la niña en casa de esta, que vivía en el siguiente portal, pero estaba acatarrada con algo de fiebre desde hacía dos días y prefería no llevarla al colegio ese día.
—Gracias por venir, abuela, te he hecho madrugar.
—No pasa nada, cariño.
—Yayaaaaaaaaaaaaaa. —Un torbellino pelirrojo las interrumpió metiéndose entre las dos, buscando su ración de mimos mañanera.
Media hora más tarde, Luna, ya arreglada, se despidió con pena de las dos mujeres de su vida y, mirando el reloj, vio que tenía que apresurarse o llegaría tarde a abrir la biblioteca.
Con disgusto se cruzó con el fotógrafo que tenía la tienda justo en frente de su casa.
Cada día era el mismo ritual: Luna salía de su portal, cruzaba la calle y al segundo paso se topaba con el hombre en la estrecha acera.
De pelo castaño, piel canela, ojos azules y labios voluptuosos, vestía con pantalones de cuero negro que compaginaba con una cazadora que, debía de reconocer, le sentaba de maravilla.
Quince años atrás, en la época de la universidad, habían coincidido en la misma pandilla y durante un par de meses salieron juntos en grupo.
Luna se enamoró perdidamente del guapo moreno que, como un pavo real desplegando sus plumas, la conquistó con sus palabras y sus miradas.
En el asiento del coche donde tuvieron sexo, para Luna fue su primera vez, él le aseguró que la quería y ella como una tonta se lo creyó.
Construyó castillos en el aire que se derrumbaron al descubrir que, como a ella, había engatusado a otras dos chicas del grupo que también habían creído ser la única mujer que ocupaba el corazón de Riv.
Maldito desgraciado, sin importarle que lo vieran, se había liado con aquella morena en el aseo del bareto en el que estaban.
Con cara de tonta vio como en lugar de avergonzarse al ser descubierto, le guiñaba un ojo mientras seguía embistiendo a la chica.
Al salir a la carrera del baño, se cruzó con las otras dos novias de Riv, que la miraron con pena.
Al parecer era un secreto a voces en la pandilla, los chicos lo admiraban por tirarse a cuanta mujer veía, y las chicas, avergonzadas, ocultaban y callaban que habían caído en los brazos de aquel don juan de pacotilla.
La timorata sociedad de la época tildaba a los hombres de machos ibéricos y a las mujeres de «fáciles», adjetivo que seguía en vigor para calificar despectivamente a las féminas.
Y claro, se veía que no había locales disponibles en Salamanca, que había ido a poner su tienda de fotografía justo en frente de su casa.
Esa mañana, volvía a tenerlo a unos centímetros, dedicándole una sonrisa que intentaba ser seductora y que Luna de buena gana le hubiera borrado del rostro de un bolsazo, pero el riesgo de romper el móvil que llevaba dentro le impedía hacerlo.
—Buenos días, Luna.
¿Por qué tenía que tener esa voz de locutor de radio que la hacía flaquear?
No, no podía ser. Afianzándose en sus tacones, se irguió en su uno setenta de altura y puso sus ojos a la altura de los de Riv.
Luna desvió la vista y siguió caminando con seguridad, haciendo que un par de padres que llevaba al colegio a sus hijos se giraran a mirarla apreciativamente, algo que a Riv no le gustó.
Luna se colgó una medalla imaginaria y sonriendo continuó su camino.
La biblioteca donde trabajaba era un edificio precioso en el centro de la ciudad, situado en la Plaza de Gabriel y Galán.
Tenía una sección infantil que era donde Luna tenía su puesto de trabajo.
Durante un par de horas estuvo distraída colocando y catalogando los ejemplares nuevos que habían llegado ese día.
Los ocasionales visitantes interrumpían su tarea y le daban la oportunidad de estirar la espalda.
Justo un poco antes de las once, entró una de sus amigas: Agatha.
Sus abuelas habían sido como hermanas durante muchos años, por lo que se conocían desde siempre, pero la relación de amistad entre ellas se había iniciado en el cumpleaños de los gemelos de una tía de Agatha, Marta, a la que había conocido a través de una amiga en común, Macarena, una escritora de éxito cuya hija era amiga inseparable de su pequeña Sofía.
Maca y su marido Julián vivían junto con sus cuatro hijos en el mismo edificio que Luna y su hija, y era frecuente que María y su hermano Raúl bajaran a su casa a jugar con Sofía, o que esta subiera a casa de ellos.
Incluso alguna vez que su abuela no había podido quedarse con la niña, Maca se había quedado encantada con ella.
Luna no sabía cómo lograba compaginar el cuidado de los niños con la escritura, cuando ella hacía malabares para poder cuidar a Sofía, cumplir con los encargos que llegaban a su página web y su trabajo en la biblioteca.
—Tengo ayuda con los niños. Unos canguros de toda confianza —le había explicado Maca el día que lo preguntó.
Ya podían serlo porque la mayor, Vega, estaba en esa época en que se pasaba el día encerrada en su cuarto hablando con las amigas, escuchando música que Luna podía oír a veces desde su piso.
Pasaba de sus hermanos, y estos de ella, salvo para fastidiarla y pincharla con sus chanzas cuando podían.
Lino tenía ocho años y era el bromista oficial del edificio.
Todos los vecinos sabían que, si aparecían los felpudos cambiados de puerta, había sido el niño en un despiste de sus padres.
Una vez le habían hecho ir puerta por puerta disculpándose por su última trastada, pero había servido de poco escarmiento.
Había vuelto a casa con los bolsillos y las manos llenas de dulces, los vecinos al ver su cara de angelito terminaban perdonándolo y dándole alguna galleta o alguna chocolatina.
Por último, estaban los gemelos Raúl y María que iban a la misma clase que Sofía, lo que los convertía en amigos inseparables.
—Atenea es muy divertida, y Hércules nos deja hacerle trencitas, tiene el pelo muy largo y le salen muchas —le había contado Sofía después de una tarde que fue con sus amiguitos a merendar, para permitir a Luna hacer unas compras.
—¿Atenea y Hércules son los canguros de los gemelos? —preguntó Luna sorprendida.
—Sí. Son geniales. Me han dicho que soy especial y que ellos cuidaran también de mí.
Al día siguiente le había preguntado a Macarena por tan peculiares niñeros.
—No tienes por qué preocuparte. Son de toda confianza. Nunca harían nada que lastimara a los niños, y no permitirán jamás que nadie les haga daño.
Se había acostumbrado a oír a Sofía hablar de ellos, y ya eran nombres comunes en sus conversaciones y en sus vidas.
Precisamente esa mañana, Agatha la recogía en la biblioteca para ir con Macarena a tomar café en una cafetería que habían abierto nueva con unos dulces muy ricos.
Algo que su embarazadísima amiga no debería hacer, si no quería terminar rodando como una pelota.
Su cuerpo empezaba a parecerse a una bola con piernas y brazos.
Ya hacía semanas que había dejado de verse las puntas de los pies, y sin la ayuda de Börg le sería difícil vestirse sola.
Lo que no se podía negar era que el embarazo le había sentado fenomenal a su ya de por sí bello rostro, puesto que irradiaba paz y luz en perfecta armonía.
—Hola, Luna, ¿ya estas listas? Traigo unos libros de los niños de Marta para devolver.
—¿Cómo está Marta?