Canciones de los muertos (Las Guerras de los Estratos 1) Capítulo 69
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Capítulo 69

La libertad es lo que uno hace con lo que le han hecho.

J EAN -P AUL S ARTRE , orador invitado al Foro

C on Casio en el centro, las almas estaban cogiéndose de la mano, manteniéndose firmes contra el viento que las empujaba hacia el fuego.

Llegaban más almas y se unían a la hilera, y con cada una su luz colectiva se hacía más brillante y fuerte.

Vi a Westy, Ella, los gemelos Parley, Darnell, Loch, Sherzer, Delain y mucha otra gente del Caballo de Hierro, amigos vestigios a los que había intentado ayudar a seguir camino y también amigos humanos cuyas almas habían llegado al Prado de un modo natural.

Imponiéndose al rugido de las llamas de la montaña, oí que cantaban La balada de la determinación .

Y por encima de todas sus hermosas y elegantes voces llegaba el poderoso bramido de Casio.

La canta como el grito de un guerrero , dijo la guarda, de pie a mi lado, radiante de nuevo. Pero puede que eso sea bueno.

—Nunca he llegado a resolver del todo mi pasado —reconocí—. No todo. Aún no.

La senda del perdón sigue estando pendiente de recorrer para ti, Jack, pero era la esencia que necesitaba para mis hilos. Cada vínculo-guarda es único.

Sentí alivio, y también preocupación.

—No estoy muy seguro de cómo hacer de custodio.

Ella miró sobre el Prado hacia Casio.

Eres bueno quedándote, Jack, y eso también es algo bueno.

Cayó un largo silencio entre nosotros. Lo compartimos como hacen los amigos.

Al cabo, dijo: Ahora puedo descansar. Adiós, Jack. Y echó a andar hacia la montaña de fuego, llevada por el viento, mientras unas voces se alzaban desde el otro lado, llamándola a casa.

—Adiós.

En el instante en que la guarda desapareció dentro de las llamas, Ella, Westy, los gemelos Parley y todo el resto se fusionó con Casio, haciéndose uno en su cuerpo. Ni el fuego ni el viento podían moverlos. Y con cada alma que se unía, su canción se volvió más sonora y más rica.

Cuando por fin dejaron de cantar, aquella vieja alma, mi amigo Casio, caminó a través del viento aullante, cruzó la llanura y se detuvo a mi lado.

—¿Cómo has…? —le pregunté—. ¿Por qué?

Porque quería mantener el rumbo bueno por una vez, Jack. Por nuestra tercera opción.

En su sombra vi el doloroso fulgor de su momento primordial, el día que había perdido a su familia.

—Para poder convertirte en la guarda.

Asintió. E intentar preservar el equilibrio entre tu mundo y el mío.

—Así que, en vez de meterte en la montaña, le has pedido a ella que te enseñe su canción. —Vi que la sombra de Casio brillaba con numerosas almas—. ¿Y el resto?

Les he cantado una invitación a unirse a mí si querían.

—Ya estás salvándome el culo otra vez.

Casio sonrió. No es necesario que recurras al lenguaje malsonan te, Jack. Y eres tú quien nos ha dado la oportunidad de tomar esta decisión.

Cómo me alegraba de haber recuperado a mi amigo.

—Gracias… hermano.

Él sonrió otra vez.

Había encontrado una forma de quedarse, de permitirnos intentar rechazar una revolución. Eso lo era todo.

Solo un momento más tarde, la barrera pasó a través de mí: la guarda había caído. Desde algún lugar a mi espalda llegaban chillidos y el entrechocar de hojas. Mis amigos seguían bajo ataque shiguano en los estratos.

Le ofrecí la mano a Casio. La tomó y dejé ir el Prado de Asfódelos. De pronto habíamos regresado cerca del anfiteatro en el Estrato Romano. Muchos amigos míos habían caído, pero los golpes y los gritos de batalla cesaron cuando Casio apareció brillando como el sol junto a mí.

Brach se quedó un momento petrificado, mirando al centurión. Luego alzó su arco y señaló.

—¡Acabad con ellos!

Los shiguanos embistieron hacia nosotros.

—¡Cubridnos la espalda! —grité a mis amigos, y tiré de Casio mientras echaba a correr descendiendo por los Peldaños Abismales.

Detrás de nosotros la luz destelló, los gritos resonaron y el acero tañó en la fría y dura tierra. Brach y su turba se lanzaron a darnos caza, tocando frotes de asalto que destrozaron la piedra a nuestro alrededor.

Al poco tiempo salí trastabillando al Estrato Antiguo. Agarrándome la palpitante cabeza, recorrí unos metros a trompicones por la larga llanura donde había visto a la guarda, caí de rodillas y metí las manos en la marga.

La tierra se encabritó. Mi mente estalló en imágenes: un hombre sollozando sobre un caballo muerto, una familia apiñada alrededor de un fuego para cocinar, Casivelono cargando a la batalla. Salió todo revuelto de la tierra arremolinada.

Retiré las manos y le indiqué el lugar a Casio. La vieja alma se puso donde había estado la guarda y plantó sus inmensos pies en la tierra.

La batalla seguía detrás de nosotros. Brach avanzó furioso, disparando luz a mis amigos y haciéndolos retroceder. Su centenar de shiguanos se extendieron a los lados, acorralándonos.

Mis amigos cerraron filas a mi alrededor. Las hojas destellaron a la luz del farol. Church y Dama se apoyaban uno en el otro para sostenerse; Lakshmi blandía una espada y usaba la otra como bastón; Chuey apenas podía levantar su macuahuitl; Kincaid se tambaleaba intentando defender a Chuey.

Con el picor del sudor en los ojos, saqué el hilo de orcus de mi bandolera.

Palpitó en mis manos como un si bajo en una guitarra de siete cuerdas.

Imaginé que tocarlo era como agarrar el alma de la mujer cuyos zarcillos le habían dado la vida.

Después de desenrollar varias brazadas, intenté rodear con él a Casio.

El orcus destelló en carmesí y ámbar contra la oscuridad…

pero no quería ir. Era como la barrera de la guarda. Algo estaba resistiéndose al hilo.

Pestañeé para quitarme el sudor, canturreé unas notas de mi canción y volví a intentarlo. Mejor. Pero el orcus seguía negándose.

«El hilo requerirá algo de ti».

Me devané los sesos. Siempre que invocaba mi canción, el hilo se tranquilizaba, pero no del todo. Por tanto, fuese lo que fuese que requería el orcus, debía de tener algo que ver con mi herida y lo que pasaba era que no estaba dándole bastante.

Tenía que ofrecerle más.

Y tenía que ser algo único, para Casio en esa ocasión.

Pensé en su momento primordial y en mi propia oclusión profunda, ambas cosas relacionadas con la familia.

Quizá el vínculo-guarda necesitaba comprender por qué nunca iba a romper mi juramento de protegerlo.

Me pareció que Casio y todas las almas que había dentro de él quizá ya lo supieran.

Pero algo me dijo que tenía que ser algo más que solo palabras y música.

Tenían que ser los momentos crudos que me habían llevado a componer aquello, que me habían llevado a mi calderón, que me habían llevado a que la guarda me dijera…

«Eres bueno quedándote, Jack».

Saqué deprisa mi jopesh y metí la punta curva por debajo de las suturas essiene que Dama me había puesto en la sombra.

Esperé estar preparado para lidiar con una herida abierta en el alma, como las que había visto dentro de Henry.

En todo caso, aquello significaría que la senda del perdón iba a tener que esperar un tiempo.

—Jack —dijo Casio—, ¿qué estás haciendo?

Con un giro rápido de la jopesh, el hilo de essiene cayó, exponiendo mi herida.

Manó una luz dorada. Dolió que no veas. Pero al instante canté mi estribillo y la luz se concentró en una fina y radiante cinta que envolvió prieta el hilo de orcus, destellándose, fundiéndose con él para luego acallarlo todo en forma de brillante y estática franja.

Me apresuré a envolver con esa franja a Casio. El orcus se avivó otra vez, carmesí, ámbar y ahora con vetas de oro.

—¡Detente! —gritó Brach.

Golpeó con el arco contra su farol y derribó a Chuey y Dama.

Cada vez que rodeaba a Casio con el hilo, el suelo se alzaba más a su alrededor.

—¡No lo permitiré! —exclamó Brach, y se abalanzó contra mí con su jopesh brillando.

Di una última vuelta al hilo en torno al pecho de Casio y un estallido de luz dorada emergió de él y resplandeció hacia fuera en todas las direcciones.

Un profundo glissando descendente salió con él y arrolló al ejército shiguano.

Brach se detuvo en plena zancada detrás de mí.

Por todo nuestro alrededor la batalla cesó y tanto mis amigos como los shiguanos se quedaron quietos como estatuas mientras sus armas caían traqueteando a la tierra agrietada.

Brach consiguió levantar su jopesh, pero salió arrojado de espaldas hacia los Peldaños Abismales y se estrelló contra la pared.

Abandonando sus armas, los shiguanos huyeron dejándolo atrás, dándose zarpazos y tirones entre ellos mientras subían a la carrera por los estratos.

La gente del Caballo de Hierro los miraron con sonrisas cansadas, algunos mientras caían de rodillas.

La cara terrosa de Casio asintió y luego levantó una mano en gesto de despedida y se hundió en un lecho de marga.

Estaba hecho.

Miré hacia Kincaid, que seguía en pie, encorvado, con los bastones medio sueltos en las manos. Había abandonado esos bastones hasta que comenzó todo aquello. Había renunciado a mucho desde entonces. Era amigo de Casio. Mío, también. Se limpió la cara con la manga y anduvo hacia mí.

Church, Dama y el resto de mis amigos se congregaron a mi alrededor y juntos contemplamos el suelo.

—Menuda movida —dijo Church.

Asentí.

—Menuda movida. —Luego señalé a Brach—. Lakshmi, llévate a ese gilip… Llévate a Brach de vuelta a su caja, ¿me haces el favor?

Lakshmi sonrió y me hizo el saludo metalero. Luego avanzó a zancadas, agarró a Brach y empezó a empujarlo escalera arriba.

—¿Eso era una fan del country haciéndome cuernos, Chuey?

Chuey la imitó. Luego Dama, y Church, y Kincaid.

No había sentido tanto alivio en toda mi vida.

Casi me arranqué a cantar allí mismo, en aquel terreno antiguo, algo triunfal como el Car­ry On Wayward Son de los Kansas.

Pero estaba demasiado exhausto, demasiado vacío.

Me costaría un tiempo asimilar todo lo que había pasado.

Solo quería volver arriba del todo y tirarme en el viejo sofá del camerino.

Casi demasiado cansado para levantar el brazo, les hice cuernos a mis amigos.