Canciones de los muertos (Las Guerras de los Estratos 1) Epílogo
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Epílogo

No. Nada proviene de la nada. Y, por tanto, lo que es antiguo no es el principio de las cosas.

J UAN D UNS E SCOTO , Corolario a la haecceitas

T res días después de mi juicio en los estratos, estaba otra vez en el escenario del estadio de Wembley.

En esa ocasión, cien mil fans del metal estaban levantando mecheros y teléfonos móviles en el ocaso mientras tocábamos nuestra última canción, Siempre se marchan .

El olor al humo del escenario y al de los cigarrillos que me traía el viento era como un viejo amigo.

Tenía la camiseta pegada a la espalda, empapada en sudor, mientras daba todo lo que tenía en aquella última actuación con los Sabuesos.

Sostuve la nota final incluso después de que los instrumentos hubieran dejado de sonar.

No pretendía quedar mejor que ellos, ni tampoco ganarme ningún aprecio adicional por parte del público.

Solo quería dejármelo todo en el escenario una última vez.

Y cuanto más mantenía esa nota, más alto oía al público, cantando conmigo.

Redoblé los esfuerzos, exprimiendo hasta el último ápice de aliento que tenía, y por fin lo dejé ir todo.

La última palabra resonó con un profundo delay y el estadio rugió.

No voy a mentir: poder tocar ese tema, en su versión definitiva, para un público como ese, sentaba de auténtico lujazo. Al salir del escenario, con el subidón del concierto, nos dimos abrazos y enhorabuenas.

—Ha sido una pasada —dijo Lynn—. ¡Joder, qué guapo!

Me quité el sudor de la cara.

—No voy a olvidarlo nunca.

Tuve que reconocerles a los chicos el mérito de que no intentaron convencerme de volver al grupo.

Y ni siquiera teníamos que decirnos adiós.

Seguíamos siendo amigos, así que me siguieron hasta el Caballo de Hierro.

La fiesta posterior al concierto iba a coincidir con la grandiosa reapertura del Caballo.

Entramos y los Sabuesos se fueron derechos a la barra a por bebidas.

Yo doblé a la izquierda, hacia mi mesa. La sensación acogedora del Caballo de Hierro había regresado.

Y, aunque Henry había seguido camino, su cariño y su pasión estaban tan imbuidos en el lugar que casi daba la impresión de que seguía tras la barra, secando vasos.

En el escenario, los Nightwish estaban preparándose para tocar.

El día anterior habían encabezado el cartel de la primera noche del festival, e iban a quedarse en la ciudad para grabar un material con la Sinfónica de Londres.

Su teclista, Tuomas Holopainen, era coleguita mío, así que habían aceptado tocar en el Caballo para la reapertura aunque fuese como un armario en comparación con sus escenarios habituales.

Me senté en mi reservado de la esquina, solo por primera vez en días.

Era el lugar al que siempre había huido cuando todo se iba al infierno.

Y desde luego el infierno había llegado.

Las sombras oscilaban a la luz de una docena de velas caseras, que me recordaban a Henry y las historias sobre el Caballo de Hierro que siempre me contaba cuando las hacíamos juntos.

Pensé en Casio, también. Y en Jimmy. Y en todos los demás.

Hasta pensé en mi madre. Perdonarla iba a ser algo en lo que tendría que trabajar cada vez que volviera a mi mente un recuerdo suyo.

Llevaría tiempo. Dama se había ofrecido a volver a coserme la herida, pero le había dicho que no.

De momento, quería vivir con ella abierta, con el pasado siempre cerca y en carne viva.

Había descubierto cómo vivir con el dolor un poquito mejor, y de algún modo pensaba que quizá sanaría más deprisa si lo recordaba todo.

Además, allí dentro también había cosas buenas que salían de vez en cuando.

Por no mencionar que Henry había tenido algunas heridas abiertas.

Hizo que me preguntara si ser un buen custodio significaba convivir con unas cuantas de ellas.

Pero nada de eso hacía que me picara la piel de las muñecas. Esa noche no, al menos. Y aún tenía que perdonarme a mí mismo por un montón de cosas. Con un poco de suerte, eso también llegaría con el tiempo.

Había algo en mi sombra que no estaba igual que antes, sin embargo.

Aunque mis notas de brillo aún palpitaban como un pasaje de la banda sonora de Cadena perpetua , compuesta por Thomas Newman, ahora me recordaban a esa parte de la película bajo el viejo roble.

Las notas ascendían en una larga y lenta melodía para luego descender con una resolución que recordaba a la esperanza.

La pauta no me daba ninguna sensación de certidumbre, pero era bueno ver que mi canción podía cambiar.

Al otro lado del pub, Chuey y Kincaid estaban sentados hablando con Church y Dama. Chuey estaba haciéndolos reír a todos con recuerdos de todos nuestros amigos caídos, porque esa noche también era una celebración de sus vidas. Contó una historia tras otra mientras servía lasaña.

Aunque la guarda volvía a estar en su sitio, yo seguía encogiéndome a veces cuando se abría la puerta del Caballo. En esa ocasión era Margaretha, la agregada personal de Emaline. Me hizo señas para que saliera.

La seguí a las sombras del callejón. Allí de pie, bajo la vieja luz del Caballo de Hierro, estaba Emaline vestida con Doc Martens, tejanos negros y chaqueta de cuero. Su cara se iluminó con una calada de cigarrillo mientras me acercaba.

—Menuda noche estás teniendo —dijo—. Enhorabuena por la rea­pertura.

—Gracias. ¿Las cosas van bien por tu lado?

—Muy bien, Jack.

—¿Qué puedo hacer por ti?

Dio una profunda calada.

—He venido a expresarte mi gratitud. No había previsto tu revelación en el juicio. Eso fue teoría de la sombra avanzada.

—Tuve suerte —dije—. Y apenas importó, en todo caso, ¿verdad?

Emaline giró la cabeza para no tirarme el humo a la cara y la luz le resaltó la mandíbula.

—Tampoco había previsto que Brach utilizara un reclamo. Ese descuido casi me gana una estancia en Newgate.

—Supongo que al final todo salió bien —dije—. Además, hemos restaurado la guarda.

—Lo noté. —Señaló con su cigarrillo hacia el Caballo de Hierro, a mi espalda—. Parece igual de cómodo que lo recuerdo.

—¿Disculpa?

Emaline hizo caer la ceniza al suelo.

—Quizá te interese saber que vine al Caballo de Hierro hace unos meses, buscando refugio.

Sabía que Emaline tenía más que decir, e intuí que no iba a ser bueno, así que me limité a esperar.

—Una vez te pregunté qué estarías dispuesto a hacer para escapar de una vida de esclavitud. ¿Te acuerdas, Jack? Para mí, hubo un tiempo en el que estuve dispuesta a arriesgarme a la ira y la venganza de Brach por venir aquí.

—No me has contado la última parte —dije.

—La vida con Brach siempre había sido difícil. Pero desde que se obsesionó con la revolución, estaba insufrible. Pasó a esperar de mí que compartiera su locura, que les hiciese a otros lo que él me había hecho a mí. Entonces fue cuando vine a ver al señor Wilkinson para explorar mis opciones.

—¿Y no te gustó lo que viste?

—Reconozco que Henry fue sincero respecto a lo desprotegidos que estaban quedándose el Caballo de Hierro y él, aunque también mencionó que había empezado a cultivar a un sucesor que prometía mucho y de quien esperaba que lo ayudara a renovar la guarda.

—¿Henry no te dijo que era yo?

—Eso se lo calló —dijo Emaline—. Como también se calló mi visita. ¿Tienes la menor idea de lo que me habría pasado si Brach hubiera descubierto que me planteaba abandonarlos a él y al Shiguan?

—Me lo imagino —respondí.

—No, no creo que puedas —objetó, e hizo un movimiento con la mano enguantada para señalar que había terminado con su historia.

—¿Sabes? —dije—. Cuando revelé la cicatriz de Brach, capté un vistazo dentro de tu sombra.

Ella dio una calada.

—¿Ah, sí?

—Estoy bastante seguro de que vi un destello de la misma herida que tenía Brach.

Emaline fijó la mirada en mí, con su cigarrillo ardiendo entre los dos.

No necesitaba escrutar en su sombra otra vez para ver la traición. Conocía ese gesto en sus rasgos.

—Ese día te marchaste del Caballo de Hierro con una idea nueva. La de no escapar de Brach, sino ocupar su lugar.

Asintió.

—Una vez las cosas estuvieron en marcha… ojalá hubiera intentado impedirlo.

—Henry confió en ti porque pensó que necesitabas ayuda, y tú retorciste esa confianza en una maquinación para matarnos a los dos.

—Brach necesitaba lo que solo la muerte de la guarda podía proporcionarle. —Emaline se encogió de hombros—. Llevaba mucho tiempo anhelándolo. Pero las protecciones del Caballo de Hierro siempre habían sido demasiado fuertes.

Odié la calma con la que hablaba de todo aquello.

—Pero entonces descubriste que la guarda estaba fallando y ayudaste a Brach a concluir que, si quitaba a Henry de en medio, podía debilitarla y robarle su canción.

Emaline no dijo nada. Aquella mujer con la que había empatizado, junto a la que había luchado y de la que había empezado a enamorarme era la verdadera responsable de la muerte de Henry. Me dieron ganas de vomitar.

Ella volvió a hacer caer la ceniza.

—Supongo que no pensé que la cosa llegaría a tanto.

—No, porque planeabas delatarlo al cabildo y la cancillería. Él acababa encajado, tú te ponías al mando. Ya no serías la esclava. Serías la ama.

—Es cierto que tengo mis propias ambiciones —reconoció Emaline—, pero también es cierto que ya no podía seguir llevando esa vida. Y no estaba de acuerdo con la forma en que Brach estaba provocando su revolución. Así que elegí.

Me acerqué mucho a ella.

—Tú mataste a Henry.

—Henry era un buen hombre. Se lo echará de menos.

—Ya lo creo que sí. Y supongo que esto pone fin a nuestra amistad.

Eso seguro, aunque seguí sintiendo una punzada. De algún modo, aún me atraía. Emaline me sostuvo la mirada.

—Quizá. Pero ten en cuenta que podría haber hecho menos para ayudarte con tu guarda, o incluso maniobrado para apoderarme yo de ella. Y no lo hice, porque aprecio lo que hace por ti y por tu gente. Nada de lo cual significa, ojo, que la revolución haya terminado.

—¿A qué te refieres?

—La parte de Brach sí que queda atrás —dijo ella—, y fue una influencia catalizadora, eso es indudable.

Pero sus seguidores siguen exigiendo represalias contra los arriberos.

Y no deberías olvidar que media cancillería todavía está a favor de la revuelta.

Has obtenido la paz por el momento, Jack, pero existen muchos caminos hacia la revolución.

Por mi parte, jamás volveré a ceder ante nadie que pretenda controlarme con mentiras… y eso incluye tu mundo de arriba.

Negué con la cabeza.

—Es un poco irónico que estés diciéndome eso.

Sonrió.

Quise destriparla con mi jopesh, allí mismo, en la calle. Por supuesto, estaba protegida por la guarda.

—Resulta que sí que eres en todo la hija que Brach siempre quiso.

Emaline apagó el cigarrillo contra la pared.

—Despidámonos antes de que echemos a perder la buena relación que aún pueda quedarnos.

—Solo una cosa más —dije—. Brach retenía a un niño, el hijo de Madam. Devuélvele al chico o le explicaré al cabildo tu papel en la muerte de Henry.

—No es que fueran a hacerte ningún caso, pero me parece un gesto adorable. Me ocuparé de ello.

Me tendió la mano, como si acabáramos de concluir una transacción comercial.

—Me da que paso —dije.

Eso pareció cabrearla. Yo sabía, por todas mis lecturas históricas, que era mejor mantener cerca a los enemigos.

Pero con ella, me daba igual. Se había acabado.

Y allí otra vez, donde nos habíamos conocido, de pronto recordé la piedra de zahorí que aún llevaba en el bolsillo. La saqué y se la ofrecí.

—Quédatela —dije—. Me imagino que funciona en los dos sentidos. Un buen dispositivo de rastreo. Pero, dado que ya no vamos a volver a reunirnos…

Emaline tomó la piedra, se despidió con un «Hasta la próxima» y se marchó deslizándose calle Manette abajo.

Eso me dejó a solas en relativo silencio, cosa que seguía sin gustarme nada. Necesitaba música. Mientras me volvía hacia el Caballo, Lakshmi apareció por la esquina del callejón.

—¿Va todo bien? —preguntó, cruzando hacia mí.

—¿Vienes a tenernos controlados?

—Solo pasaba por la zona.

—Muy bien —dije—. Pasa, entra aunque sean unos minutos. Está todo el mundo.

Volvimos dentro y encontramos vacía la mesa de Church. Así que pasamos al otro lado de la cortina de terciopelo a la sala de conciertos, donde nuestros amigos estaban viendo cómo Nightwish se preparaba para empezar.

Tuomas me vio entrar y me indicó que subiera al escenario. Yo no tenía planeado cantar, pero varios parroquianos empezaron a insistir. Church, Dama, Kincaid y Chuey entre ellos.

—Sube, chaval —dijo Church.

—Esto no es el Buck ’N’ Bull. —Lakshmi sonrió—. Pero me quedaría a oírte cantar.

Me saqué el manual de campo de Henry del bolsillo y se lo pasé a Chuey.

—Guárdame esto, pues. Y no lo pierdas.

Mientras iba hacia el escenario y miraba a todos mis amigos, a algunos de los cuales ni siquiera conocía aún, supe que estaba en el lugar adecuado.

También supe que todavía me quedaba mucho por aprender sobre aquel mundo tanatúrgico.

Había secretos merodeando en la Interminable Oscuridad y por todos los estratos.

Pero tenía a gente en la que apoyarme. Gente que no iba a marcharse.

Y eran más que una tercera opción. Eran familia.

Había encontrado a mi nuevo grupo, eso desde luego.

Henry había estado en lo cierto, y lo había tenido delante de las narices desde el principio.

—¿Cuál será? —me preguntó Tuomas.

Los pensamientos se arremolinaron en mi cabeza: mis antiguos sueños, mi renacimiento, aquel nuevo mundo entero de sombras, la belleza y el dolor que había visto en tantas almas. Y Henry.

—¿Recuerdas Behind Blue Eyes ?

Tuomas y yo habíamos ensayado nuestra propia versión de ella unos años antes, como sorpresa para Henry.

—Pues claro —respondió Tuomas.

Agarré el micro y busqué a Chuey entre el público. Él se hizo bocina con las manos y gritó: «¡Tu voz da pena!». Siempre me encantaba oírlo.

Kai marcó cuatro tiempos y el grupo se lanzó a una poderosa interpretación de la canción de Henry.

Me sumé al ritmo, recordando cómo solíamos cantarla juntos él y yo.

Aún esperaba componer mis propias canciones algún día, pero en esos momentos lo único que quería era darle caña a aquella, recordar a mis amigos caídos y compartir esa noche con mi familia.

Porque la música había regresado al Caballo de Hierro.