Canciones de los muertos (Las Guerras de los Estratos 1) Capítulo 68
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Capítulo 68

Todo espíritu —semblanza, alma o espectro— que se halle en el Prado de Asfódelos hereda la cualidad y la recompensa de un alma, ya sea para él una bendición o una maldición.

Fragmento de Verdades de los desposeídos

M is amigos y yo doblamos la esquina del camino que llevaba a la pequeña iglesia medieval que era el Caballo de Hierro.

Había equipos del Shiguan atestando la calle embarrada.

Los tanaturgos habían usado hilos vinculantes para hacer que los vestigios pareciesen arriberos.

Algunos habían formado grupos y ensayaban fragmentos de diálogo.

Otros estudiaban listas de éxitos musicales.

También los había preparando armas y redes y consultando mapas y fotografías del mundo de arriba.

A ambos lados del camino, unos violistas tocaban canciones inquietantes usando la escala de diecisiete notas de Brach.

Me abrí paso hasta las puertas de la iglesia y me volví hacia la multitud.

—¡A Brach lo han encajado! —exclamé—. Ahora está al mando su portadora de urna, Emaline. ¡Se acabó! Marchaos a casa.

Unos cuantos vestigios miraron hacia mí con expresión burlona y luego siguieron con sus preparativos. Saqué la jopesh, esperando encontrar resistencia a la hora de abrir un camino para mis amigos, pero nadie intentó detenernos y entramos en la nave de la iglesia.

Había equipos de tanaturgos llenando el lugar de pared a pared. Habían hecho leña de los bancos y arrancado las pinturas.

—Esto es profanación —murmuró Kincaid.

El suelo estaba cubierto de quemaduras blancas.

—Han plantado cara —observó Lakshmi.

Había unos cuantos fieles, miembros del coro, atrapados contra el ábside por grupos de shiguanos. Church me cogió el brazo y señaló la puerta que llevaba a los Peldaños Abismales. Estaba abierta. Entonces caí en la cuenta de que aún no habíamos atravesado la protección de la guarda.

—Jack —dijo Dama—, si la barrera ha retrocedido tanto, puedes estar seguro de que los shiguanos ya habrán empezado a bajar para intentar apoderarse de la canción de la guarda. No saben que la revolución ha terminado.

Grité a la muchedumbre:

—¡Brach ha salido condenado en el juicio! Quiere que depongáis las armas. Se acabó.

Entonces le entregué la espada de Casio a un corista, le dije que la usara bien y que volvería a por ella y llevé a mis amigos deprisa por la nave y hasta la cripta. Unas pisadas recientes en la fina marga formaban un sendero hacia los Peldaños Abismales al otro lado.

A medio camino, Darnell yacía en el suelo con la cara destrozada y sangre manando de su oreja.

Sus ojos estaban apagándose y su semblanza azul ya se había liberado de su cuerpo.

Sin pensarlo, me puse a cantar, hilvanando su recuerdo del funeral militar de su padre en las notas de una canción para hacerle saber que su padre estaba orgulloso.

Hizo un débil asentimiento y su semblanza desapareció.

Mis amigos y yo terminamos de cruzar la cripta a la carrera y descendimos por los escalones oscuros hasta el Estrato Sajón.

La presión emergió en mi cabeza, pero la superé.

Por lo menos, ya sabía qué recuerdos podían aflorar.

Pasamos por la puerta abierta del estrato, recorrimos la bodega de curado y llegamos al taller del lutier.

Allí tampoco había protección de la guarda. La estancia estaba llena de shiguanos preparándose para la batalla y aprestando redes de hierro, que rebosaban por la pared derrumbada y calle abajo.

También allí vimos marcas de quemaduras. No había ni rastro del lutier ni de su hijo.

—¡La cancillería ha condenado a Brach! —grité—. Lo han metido en la caja. Se acabó. Volved a casa.

Me notaba mareado, pero volví a los Peldaños Abismales y bajé de nuevo.

El cuerpo de Ella estaba tendido en los escalones entre estratos.

Dama se agachó.

—Es demasiado tarde.

Así que, de nuevo, canté. Fueron solo unos versos, haciendo lo posible para darle la oportunidad de seguir camino. Entonces ella de­sapareció también.

Seguimos descendiendo hacia el Estrato Romano.

Esa vez en la escalera encontramos a Sherzer y a Delain, apenas con un hilo de vida.

Canté para ellos también. Solo unas notas, esperando que con ellas fuesen capaces de encontrar la montaña de fuego; más gente a la que llorar si sobrevivíamos a aquella locura.

La guarda aún protegía unos metros de terreno cerca de la entrada para intérpretes del anfiteatro. Loch y una docena de arriberos se apelotonaban dentro de la menguante barrera, aferrando las armas a sus costados.

Tiré de Loch para darle la vuelta.

—¿Dónde están los demás?

Loch negó con la cabeza.

—Nos hemos retirado hacia abajo por los Peldaños Abismales para seguir dentro de la guarda. Los shiguanos nos han perseguido… no le han perdonado la vida a nadie…

A apenas unos palmos de distancia, fuera de la barrera, merodeaba un centenar de shiguanos o más, entre ellos una buena cantidad de legionarios, que alzaban sus hojas y sus brillantes faroles contra la oscuridad. Los encabezaba Henry Purcell.

Se me emborronó la visión y mis piernas estuvieron a punto de ceder. Kincaid me pasó un brazo por la cintura hasta que recuperé el equilibrio.

Purcell me vio y vino con paso tranquilo.

—No tienes buen aspecto —dijo, pero era la voz de Brach.

Toqué un frote revelador en mi farol y miré la sombra de Purcell. El brillante Carmina Burana de Brach saltó a mi visión alrededor de una cicatriz de manos implorantes y hoja de tabaco.

—Exacto, Jack —dijo Brach, levantando las manos como quien presume de abrigo nuevo—. Un nuevo reclamo para mi vieja alma.

—Mis amigos están muertos —respondí—. ¿Es cosa tuya?

—Así es la guerra —dijo él.

Me imaginé a Westy y al resto, fans del metal sin más, colegas del Caballo de Hierro, muriendo confusos y asustados. Lo insensato de todo aquello ardió en mi interior. Di un paso hacia la turba shi­guana.

—Se acabó. Ahora está al mando Emaline. Tenéis que dejarlo estar todos. No habrá revolución. No habrá invasión.

Brach se echó a reír.

—No, amigo mío, te aseguro que, sin ningún género de duda, Emaline no está «al mando».

Su voz saliendo de la cara de Purcell hizo que tuviera que mirarlo para asegurarme de que no me engañaban los ojos.

—La cancillería la ha reconocido como…

Brach negó con la cabeza. Guardé mi arco y saqué la jopesh.

—¿Qué le has hecho?

—He encontrado un sitio adecuado para su potencial fallido —respondió Brach—. Debo reconocer, no obstante, que tu pequeña exhibición en el juicio de esta noche ha sido de lo más impresionante. No me extraña que Henry guardara tan en secreto tu potencial.

Lakshmi llegó desde atrás a mi lado.

—Sigue siendo usted el asesino del señor Wilkinson, ocupe el recipiente que ocupe. Por tanto, queda detenido.

Brach se limitó a sonreír.

—No, querida. Vamos a apoderarnos de la canción en cualquier momento. Y cuando la tengamos… bueno, me parece a mí que las cosas serán muy distintas.

—Aunque consigas la canción —dije—, te impediremos conquistar los Peldaños Abismales. Es fácil defender un punto de embudo como una escalera.

—Los Peldaños Abismales son la ruta más directa —contestó Brach—, pero mis shiguanos están desplegados en casi todas las escaleras que llevan al mundo de arriba. Cuando tengamos la canción, la revuelta será veloz y eficiente.

Era peor que lo que había pensado. Yo solo había utilizado unas pocas escaleras, pero sabía que existían peldaños hacia los estratos por todo Londres. Incluso teniendo el plano de mi manual de campo, no había manera de que pudiéramos cubrirlos todos.

—Todavía puedes formar parte de ello, Jack —añadió Brach—. Tú y tus amigos. Puedo ser un hombre clemente cuando me lo propongo.

Negué con la cabeza.

—La guarda está casi muerta. Lo único que tenemos que hacer es conteneros el tiempo suficiente para que caiga y su canción desaparecerá con ella.

—Tozudo hasta el final —rio Brach—. Jack, incluso si tu guarda fallece, buscaremos su canción en la antigua oscuridad, donde se originó.

Por supuesto que nos supondría un retraso desafortunado, pero ni por asomo sería un obstáculo insuperable.

Entre tanto, tú vas a morir, y la mayoría de tus amigos aquí presentes morirán contigo y se convertirán en cifras.

O también puedes… unirte a nosotros y salvarte a ti mismo y a tus amigos. Tú eliges.

Brach se marchó con andar relajado, como dándome tiempo para decidir.

Estábamos tremendamente superados en número, y agotados, para colmo. Retrocedí y reuní a mis amigos cerca de los peldaños.

—Podría ser un farol —dije—. No sabemos si es cierto que Brach podría encontrar la canción cuando muera la guarda.

Por otra parte, si luchamos y a alguien de vosotros le cortan los vínculos, es posible que no pueda ayudaros.

A lo que voy es a que, si van a conseguir la canción de todos modos, no creo que la guarda quisiera que os sacrificaseis en vano.

—Una lucha honorable nunca es en vano —dijo Church.

—Mientras tenga elección —añadió Dama—, elijo luchar.

Kincaid entrechocó sus bastones metálicos.

—Ya tendría ganas de zurrarlos solo por lo que han hecho en la iglesia de arriba.

—Esos curas son los que a mí me gustan. —Chuey hizo rodar su macuahuitl y se volvió hacia mí—. Hagámoslo, colega. Arriba Westmont.

Lakshmi se limitó a asentir. Estaba preparada.

¡Qué idiotas tan maravillosos! Lo más probable era que fuesen a entregar la vida a cambio de darle unos minutos más a una guarda moribunda, unos días más a la resistencia que pudiese quedar en los que prepararse para la invasión.

A lo mejor tendría que llevarme a mis amigos de vuelta arriba. Salvarles la vida.

—¿Estáis absolutamente seguros?

Dama me tocó la mejilla.

—Sea cual sea el resultado, Henry estaría orgulloso.

—Muy cierto —convino Church.

Lakshmi desenvainó sus dos espadas. Si sobrevivía a aquello, iba a esforzarme el doble en ser digno de su amistad.

Formamos una pequeña semicircunferencia con Loch y los demás al pie de los peldaños, encarados hacia Brach y sus shiguanos en silencio.

A los pocos momentos sentí la fina fuerza como magnética de la guarda retroceder sobre nosotros.

Brach ordenó el avance shiguano con un gesto. Toqué un frote de refuerzo rápido en mi farol para ayudar a mis amigos. Brach y varios otros tanaturgos shiguanos hicieron lo mismo, llenando el anfiteatro del Estrato Romano de resplandeciente luz y tonos metálicos.

Entonces chocamos, el acero tañó y la luz de farol refulgió.

Laksh­mi y Church batallaron en nuestros flancos.

Chuey y Dama capitanearon a los demás contra el asalto frontal directo, pero nuestro frente empezó a doblegarse casi de inmediato bajo la brutal arremetida.

No teníamos sitio al que ir excepto escalera abajo, pero teníamos que darle más tiempo a la guarda.

Loch recibió un espadazo en el pecho. Lo arrastré al interior de la barrera para cantarle y que siguiera camino, pero estaban haciendo retroceder a mis amigos hacia la pared del anfiteatro, ya casi teníamos encima a los shiguanos y…

Por fin… puedo dejarme ir. Era la voz de la guarda. Sentí que mi vínculo con ella se aflojaba.

—Has aguantado mucho tiempo —respondí—. Nos has mantenido a salvo. Te lo agradezco. Todos te lo agradecemos.

Gracias, Jack.

—La cancillería no ha querido interceder —le dije—. Supongo que esto es el final.

No , dijo ella. No es el final. En el Prado hay uno que canta mi canción.

Mientras la batalla me rodeaba cada vez más de cerca, llamé a mi mente el Prado de Asfódelos, recordé el oscuro e interminable firmamento arriba, los largos campos de piedra extendiéndose hacia el horizonte, el viento azotándome… y de pronto estaba allí otra vez.

Algo atrajo mi mirada. Varios algos.

Había una figura de pie en la base de la montaña de fuego, plantada contra el viento y congregando almas antes de que desaparecieran en las llamas.