Capítulo 67
Reacio a perdonarse a sí mismo, un hombre bueno a menudo no logra ver su propia bondad.
Reacio a condenarse a sí mismo, un hombre malo a menudo no logra ver su propio pecado.
Inscripción en el pavimento cosmatesco,
abadía de Westminster
L a turba enfurecida de Brach vitoreó al oír que expulsarían a Casio, pero yo me mantuve firme.
—Solo cumplía órdenes —añadí.
Tyler se reclinó y compuso una leve sonrisa.
—La ley es clara.
—Church —supliqué—, ¿Casio no merece un poco de manga ancha por haber testificado?
Las manos de Church cayeron a sus costados.
—Lo siento, Jack. Una agresión no provocada a un tanaturgo por parte de un vestigio es imperdonable.
Me negaba a aceptarlo. Si existía alguna manera de sacar a Casio de aquella, iba a encontrarla.
—Jack —dijo Casio—, eres un buen hombre. Pero cometí ese delito y afrontaré las consecuencias.
Empecé a protestar, pero me paró con una sonrisa triste.
—Lo que necesito que entiendas, Jack, es que quiero hacerlo. La cancillería ha honrado su veredicto contra Brach. Ahora debemos honrar su veredicto contra mí.
—Pero esta vez has luchado por lo que era correcto —dije.
—Todos lo hemos hecho. Más motivo para acabar esto con dignidad.
Era una ley mal hecha. Al menos, en ese caso.
Casio había estado luchando para impedir una guerra contra unos shiguanos que incumplían una docena de normas del Precedente.
Era injusto. Y quería enfrentarme a ello.
Pero no podía pedirle a mi amigo que renunciara a su honor, justo cuando lo había reclamado.
Tyler hizo un gesto a los preseros para que detuvieran a Casio.
—Esperad —dije—. Yo lo vinculé. Si hay que desvincularlo, seré yo también quien lo haga.
Tyler suspiró.
—Muy bien. Que sea rápido.
Me quedé allí plantado, mirando a mi amigo. Habíamos recorrido muchas millas en muy poco tiempo. Casio desenvainó su espada y me la entregó.
—Para ti, Jack. Úsala bien.
Acepté el regalo y soporté el dolor que me atenazaba la garganta.
Había muchísimas cosas que quería decirle. Pero los cancilleres ya estaban impacientándose, así que me conformé con:
—Me alegro más de conocerte hoy que ayer, Casio Clásico.
Sonrió.
—Y yo a ti, Jack.
Trabamos una larga mirada y luego desenvainé mi jopesh y, con mucha delicadeza, corté sus vínculos. Cayeron al suelo de mármol y extendí el brazo para estrecharle la mano como me había enseñado. Él rodeó mi antebrazo con su gigantesca mano y apretó. Ya lo echaba de menos.
Pero había una cosa más. La razón por la que había querido ser yo quien lo expulsara.
Pensé en su firme calma al enfrentarse a fuerzas abrumadoras.
Recordé las muchas veces que se había arriesgado por mí y por el Caballo.
Rememoré lo deprisa que se había vuelto leal a nuestra causa, y el momento en que había llegado corriendo al Estrato Antiguo para rescatarme del espectro, incluso después de que yo lo apartara de mí.
Dejé entrar también atisbos de sus propios lamentos. Para crear un cuadro más completo.
Y entonces lo canté todo en un susurro, para que solo él y yo pudiéramos oírlo.
Frunció el ceño.
—Qué atribulado estaba por mi vergüenza. —Me apretó más fuerte el brazo—. Pero me convertí en el hombre que fui en mi juventud, ¿verdad?
Lo miré a los ojos.
—Fijo que sí.
—Gracias, Jack.
—Ahora la elección es tuya, creo, de seguir camino si quieres.
Casio asintió y empezó a desvanecerse poco a poco.
No soportaba la idea de asomarme al Prado y verlo marchar.
Así que, agarrándole el antebrazo, bajé despacio su cuerpo al duro suelo de piedra y vi cómo su semblanza se liberaba y desaparecía por debajo de él.
El recuerdo de mi hermano el mayor, Mark, interviniendo para salvarme cuando me atraparon en el lugar equivocado una noche se avivó y desapareció.
Otro hueco igual que los que había sentido cuando Henry y Händel siguieron camino se abrió en mi interior.
—¿Habéis terminado ya, señor Solomon? —preguntó Tyler.
Solté la mano de Casio y me levanté.
—Maese Tyler —dijo Emaline—, con mi padre reprobado, reclamo el liderazgo del Shiguan. Dado que cuento con el apoyo pleno de mi gente, todo futuro asunto o inquietud acerca de la defensa shiguana de los estratos puede dirigirse directamente a mí.
Tyler asintió.
—Muy bien. Pero procurad hollar un camino más recto, o la cancillería quizá no tenga más remedio que recomendar la instrucción de un anatema al cabildo. —Levantó el puño—. Se suspende la sesión hasta…
—¡Un momento! —Me sentía tan abrumado por el juicio y la expulsión de Casio que casi se me había olvidado—. ¿Podéis ayudarnos a renovar la guarda?
—La cancillería ha tratado este problema muchas veces —respondió Casivelono—, pero no hay ninguna norma en la Ley del Precedente contra el acceso libre a los Peldaños Abismales.
Por supuesto, si en algún momento se utilizan dichos peldaños para incumplir el Precedente, no dudéis en informar a la cancillería.
—Y luego, en voz baja, me dijo—: Es una lástima.
Tyler descargó el puño.
—Se suspende la sesión.
Mientras las galerías empezaban a vaciarse, rodeé la mesa a toda prisa en dirección a Emaline.
—Brach tiene equipos de recuperación preparados para caer sobre la guarda y…
—Enviaré la orden de que paren.
Emaline salió a la carrera por la puerta meridional del salón. Los cancilleres de los estratos fueron volviendo a sus respectivas épocas a través de los tapices iluminados. Mis amigos entraron en el octógono para reunirse con Church y conmigo.
—Era una fantasía pensar que iban a ayudarnos, ¿verdad? —pregunté.
Church dio un suspiro.
—Lo siento, chaval.
Lakshmi miró alrededor.
—Has sofocado la rebelión, Jack. Nunca habría creído que fuese posible.
—Y le has hecho justicia a Henry —añadió Dama.
Y Emaline había escapado de Brach, me recordé.
—Date por afortunado, colega. —Chuey me dio una palmada en la espalda y se puso a cantar—. Podrías haber sido tú el hombre de la caja. Sepultado en tus…
Le di un puñetazo amistoso en el pecho. Su voz seguía siendo horrible.
—La guarda está casi muerta. —Miré la pequeña jopesh que tenía en la mano—. ¿Cómo vamos a defender el Caballo y a su gente cuando ya no esté? Por no mencionar todo el resentimiento que hay en los estratos hacia nuestro mundo.
—No es toda la gente de los estratos —me recordó Kincaid.
—Lo sé —dije—, pero solo hace falta uno. Y ahora van a tener acceso a los Peldaños Abismales.
La gente del Caballo de Hierro tenía que enterarse de lo que estaba a punto de pasar. Así que, exhaustos como estábamos, mis amigos y yo salimos del Salón Westminster y nos dirigimos de vuelta al lugar donde había empezado todo.