Capítulo 66
Cuando dos facciones se anatemizan a la vez, el resultado es un colapso total del Precedente al que llamamos «algarabía».
Sucede porque, en tales circunstancias, hasta un cuarenta por ciento de todos los tanaturgos ven anuladas sus protecciones legales.
Por desgracia, entonces las facciones no anatemizadas abandonan el Precedente en aras de la autoconservación y como medida de conveniencia, para no hallarse en desventaja respecto a sus hermanos y hermanas anatemizados.
Sir T OMÁS M ORO , Fundamentos de la algarabía:
Un estudio de la peste negra
C on todos los ojos del Salón Westminster puestos en mí, saqué el farol y el arco y encendí mi piedra fantasmal.
—Puede que sea nuevo en la tanaturgia —dije—, pero una cosa que he aprendido es que los crímenes contra el alma dejan una herida visible en la sombra.
Tyler puso los ojos en blanco.
—No necesitamos lecciones de tanaturgia básica, gracias.
Agarré el farol por la culata de pistola y toqué el frote revelador más intenso que había hecho nunca. La luz fulguró y la sombra de Casio cayó oscura sobre las baldosas del suelo. Señalé con el arco.
—Ahí está. Las manos suplicantes eran la marca personal del señor Wilkinson, y la hoja de tabaco pertenece al señor Brach. La cadena, como bien saben, representa un vínculo compulsivo.
Los cancilleres de los estratos se inclinaron sobre sus mesas y escrutaron la sombra de Casio, como también hicieron los líderes de las facciones desde su palco.
Entonces me volví de golpe hacia Brach, pero vacilé un momento. Aquello no tendría vuelta atrás. Si no encontraba en él la misma marca…
Toqué otro potente frote revelador. Brach ni siquiera se molestó en crear una luz defensiva que barriera su sombra. No había ninguna cicatriz parecida. No había una marca de manos implorantes y hoja de tabaco visible en su pauta titilante.
Lo que estaba olvidando… era la música.
Estudié la pauta de Brach y encontré sus notas de brillo palpitando en nítidos golpes de dos notas, como en el «O Fortuna» de los Carmina Burana .
Entonces di otro golpe de arco en el farol y canté a voz en grito la canción de Brach, entretejiéndola con las espantosas imágenes de la muerte de Henry, pero también con imágenes de su sonrisa amable, su toque tranquilizador y la paciencia que tenía con la gente.
La furia de mi voz paralizó a todo el mundo en el salón excepto a Brach, que por fin reaccionó, alzando su farol y tocando una luz defensiva que diluyera su sombra.
Ataqué con otro frote revelador que hizo trizas el resto de las cuerdas y partió el arco.
La luz emergió de mi farol y refulgió bañando el Salón Westminster de tonos ambarinos.
Canté sobre las muchas bondades que tenía Henry conmigo, con los demás.
No aflojé, sino que puse todo mi empeño en conferir más potencia a las notas.
Y, como un ascua avivada por una repentina ráfaga, las manos suplicantes y la hoja de tabaco afloraron en el alma de Brach, expuestas como una herida abierta. Y en su interior se arremolinaba el recuerdo de cuando vinculó a Casio para que matara a Henry.
Brach hizo una mueca y soltó su farol.
La gente de las galerías rugió. Los líderes de las facciones susurraron entre ellos.
—Por todos los diablos —murmuró Tyler—, ¿cómo está haciendo para que todos lo veamos?
Sudaba por todas partes y sentía un dolor atroz por estar reviviendo la muerte de Henry, recordando lo buen hombre que era.
Seguí chillando aquellas notas hasta que me pareció que iba a sangrarme la garganta y entonces paré.
La canción de Brach resonó hasta morir. En el silencio, oscurecí mi farol y volví a sentarme en mi silla, intentando recobrar el aliento.
Algunos cancilleres me miraban ceñudos. Las cejas de Jack el Loco parecían clavadas a la cima de su frente. Lady Ethelfleda tenía los labios tan fruncidos que parecía un querubín de tira cómica a tamaño real.
Tyler negó con la cabeza y miró a su alrededor por el octógono.
—No nos queda más remedio que votar sobre este incumplimiento de la Norma Segunda del Precedente. —Levantó el brazo—. ¿Qué decís todos?
Aparte de la señora Wake, que no tenía voto, todos los cancilleres levantaron la mano al instante excepto lady Boudica, que los imitó al cabo de un momento.
—Muy bien. Muster Brach. —Tyler carraspeó—. Quedáis declarado culpable de incumplir la Ley del Precedente y, en consecuencia, se os condena a la reclusión hasta que se fije fecha para recurrir la sentencia, en caso de que deseéis hacerlo.
Los líderes de las facciones al parecer ya habían oído lo suficiente, porque desaparecieron en silencio por la cortina de su palco privado.
Pero la turba de las galerías se levantó de un salto y se puso a proferir amenazas y a escupirnos.
Entre todo aquel caos, Emaline se levantó y levantó las manos para reclamar la atención de los presentes. La multitud calló y tomó asiento
—Emaline, siéntate —siseó Brach.
Ella se quedó de pie y fue cruzando la mirada con todos los cancilleres, uno tras otro.
—Dada esta prueba clara y convincente, el Shiguan desea condenar formalmente los actos de don Muster Brach, su expresidente.
—¡Ella no tiene autoridad! —gritó Brach—. Y, pese a esta farsa, los estratos seguirán contrayéndose y sus residentes morirán si no se hace algo. Yo estoy ofreciendo una solución.
Tyler golpeó su mesa con los nudillos.
—La votación es definitiva.
El público de las galerías se puso en pie de nuevo y, bramando, empezó a bajar hacia las balaustradas de la galería y a dejarse caer al suelo del salón.
Los tanaturgos de la cancillería encendieron sus faroles.
Miles de hilos vinculantes resplandecieron mientras los vestigios sacudían el puño o sus distintas armas de filo y corrían hacia mí.
Purcell, Rutherford y los demás miembros del séquito de Brach encendieron también sus faroles y empuñaron sus arcos.
Una docena de preseros entró corriendo desde ambas puertas hacia el lugar donde se había desatado la locura.
Mis amigos desenvainaron sus armas y se volvieron, aprestándose para la lucha.
Los cancilleres golpearon sus mesas exigiendo orden.
En medio de todo aquello, delante de nuestra mesa, Brach estaba sentado, tranquilo, mirándome.
Empuñé mi jopesh, aunque sabía que estábamos muy superados en número.
Pero entonces Brach se puso en pie y levantó la mano.
Su ejército se detuvo y quedó en silencio.
—Esto ha sido un fallo garrafal en la administración de justicia —empezó a decir—.
La Ley del Precedente va a necesitar reformas si los estratos han de sobrevivir a un ataque desenfrenado del mundo de arriba.
Pero no consentiré que mi gente guerree contra la cancillería ni se rebaje a actuar con el mismo egoísmo descerebrado de aquellos a quienes combatimos.
Deponed las armas, amigos míos. Otro día será.
Hubo algunos murmullos, pero todos los shiguanos bajaron las armas y los preseros se llevaron en silencio del salón a quienes habían bajado desde las galerías.
Los asistentes de la cancillería rodearon a Brach, que solicitó un momento para despedirse de su séquito.
Tyler asintió y Brach salió del octógono.
Recorrió la hilera, estrechando la mano y cruzando unas palabras con cada miembro de su equipo, y terminó dándole un abrazo a Purcell antes de regresar entre las mesas.
Emaline y él cruzaron una larga mirada y luego cuatro preseros de la cancillería lo escoltaron en dirección a la caja de hierro. Brach se detuvo frente a mí y me miró.
Quise atizarle un cabezazo. Pero lo que hice fue estirar el brazo y quitarle el arco del cinturón.
—No creo que vayas a necesitarlo. Y, por cierto, creo que no llegué a agradecerte la lección.
Brach puso una sonrisita y entonces los preseros abrieron la caja de hierro, empujaron dentro a Brach y sellaron la puerta.
Otro equipo de preseros escoltó a Swan, Purcell y los otros líderes shiguanos fuera del salón, mientras los simpatizantes de Brach en las galerías abucheaban y escupían por encima de la barandilla.
Pese a que la votación había sido unánime, Tyler estaba meneando la cabeza a los lados, igual que Boudica, el capitán Burton y Grace O’Malley. Pero al final, Tyler levantó las manos y el gentío calló de nuevo. Se inclinó hacia delante, apoyando los dos codos en la mesa.
—Las pruebas, como afirma la señorita Emaline, son claras y convincentes. —Se volvió hacia Casio—. En virtud de la Norma Segunda del Precedente, relativa a la violencia contra un tanaturgo, tú serás expulsado.
Me puse delante de Casio.
—Y una mierda.