Capítulo 65 #2
—Creo que algunos de ustedes saben que esto ya ha empezado en los estratos.
Pero va a empeorar. El plan de Brach consiste en arrebatarle a todo el mundo la elección.
Cualquiera que disienta de su visión terminará acallado a gritos o recluido en campos de prisioneros.
Empezará con la denigración pública de artistas y otras personas innovadoras…
y concluirá con el asesinato de cualquiera que no obedezca.
Brach por fin se volvió para mirarme.
—Su mundo lleva años matándonos. —Hubo un largo silencio—.
¿Por qué cree que existen los estratos, señor Solomon?
Somos un grupo de almas que, por variados motivos, no están preparadas para seguir camino y que, gracias a los estratos, tienen la oportunidad de progresar hacia esa posibilidad.
—Levantó una mano y señaló a Bazalgette y el resto de su séquito—.
Pero, cuando sus canciones, sus libros, sus películas y sus historiadores nos ignoran, nos marginalizan, nos recrean para sus propios objetivos, eso cambia quienes somos, igual que cambia a los propios estratos y dificulta o impide que alcancemos ese objetivo.
Negué con la cabeza.
—La gente de arriba no sabe…
—El único deseo real del alma —continuó Brach— es reunirse con su familia, hallar un poco de paz.
Y la mayoría lo hacen en un santiamén. Pero a quienes terminamos en los estratos nos esperan décadas, a veces siglos de lento progreso hacia esa misma oportunidad…
a menos que, antes de conseguirlo, terminemos borrados o cambiados por los mortales arriberos que hacen caso omiso a nuestra historia o la reescriben.
Church trató de intervenir.
—Incluso yo…
—¡Y así, no solo perdemos la esperanza de seguir camino!
—gritó Brach—. Sino que, además, con el tiempo nuestras almas expirarán y desaparecerán.
Y la pérdida de esos recuerdos, señor Solomon, contrae los propios estratos, haciendo que sea incluso más difícil para el resto de nosotros llegar al Prado de Asfódelos.
Mi presunta guerra no es más que nuestro intento de evitar que el mundo de arriba nos robe la sencilla esperanza que tenemos de seguir camino.
Parecía que el salón entero estaba mirándome en silenciosa condena.
Tyler por fin dio un golpe en su mesa.
—¿Qué tenéis que decir en defensa de vuestro mundo, señor Solomon?
Mi mundo. No era solo yo a quien estaban juzgando.
Era al presente. Y una condena serviría para que cuajara el apoyo de los estratos a la guerra de Brach.
Esa había sido su estrategia desde el principio.
Estaba seguro de ello. Y lo más horrible de todo era que no podía defender el mundo del presente; era una discusión demasiado enorme, con unas consecuencias que ni siquiera era capaz de empezar a calcular.
Además, aborrecía la idea de que algo que estuviéramos haciendo dañara de verdad el pasado.
Pero, si no paraba aquello en ese preciso instante, no había forma de saber cuánta gente moriría mientras el resto terminaba hincando la rodilla ante Brach.
Mientras me debatía por encontrar las palabras, unos pasos resonaron a mi espalda. Una mano se apoyó en mi hombro. La de Casio.
—No tienes por qué hacerlo —le susurré—. No voy… No puedo… Encontraremos otra forma.
Casio me apretó el hombro.
—Si solo fuese para salvarte a ti, aun así pediría hablar, porque eres mi amigo. Pero esto nos supera a ti y a mí. Así que, como amigo mío que eres, déjame que lo haga.
Podría haberlo detenido: llevaba mis vínculos, a fin de cuentas. Y Dios sabe que quise hacerlo. Pero, por mucho que me desgarrase por dentro, le permití hablar.
Con su voz clara y grave, Casio declaró:
—Yo asesiné a Henry Wilkinson. El señor Brach me compelió a asesinarlo mediante una pistola.
La estrategia consistía en trasladar mi semblanza a un reclamo para llevar a cabo el acto y luego devolverla al anfitrión que ocupo ahora.
La pistola, teniendo en cuenta que la Ley del Precedente prohíbe el uso de armas de fuego, ocultaría el hecho de que me ordenó hacerlo un tanaturgo, el propio Brach.
La galería se llenó de murmullos.
—La cancillería sabe bien —dijo Brach, silenciando a la muchedumbre— que el testimonio de un vestigio es poco fiable, dado que debemos suponer que está compelido a mentir por su vinculador.
—Me temo que es verdad, señor Solomon —asintió la canciller Wake—. Y, de todos modos, sigue siendo su palabra contra la del señor Brach.
Tyler golpeó su mesa.
—Señor, hum…
—Clásico, señor.
—Señor Clásico, me temo que no habéis conseguido mostrarnos ninguna relación directa con Muster Brach. —Tyler puso una sonrisita—. En consecuencia, llamo a votar acerca de la acusación contra el señor Solomon.
Seguía faltándome algo… algún detalle pequeño pero importante. Hice un repaso rápido en mi cabeza.
Estando en el cuerpo del tío de la pintura de cadáver, Casio había asesinado a Henry.
La cicatriz de ese crimen se había grabado a fuego en la sombra del de la pintura de cadáver, como un residuo de la decisión de Casio.
Pero un delito contra el alma residía en el espíritu, así que habría seguido a Casio hasta el cuerpo que ocupaba ahora, habría viajado con él.
Ya había visto otras heridas resultantes de crímenes contra el alma…
… la cicatriz dentro de Madam, que llevaba también su hijo, porque Brach había elegido desterrarla…
… la cicatriz dentro del padre Kincaid, por la matanza de inocentes por parte de Henry en la casa de Dios…
… el momento primordial de Emaline, provocado por la negativa de Brach a dejar que siguiera camino…
Esas heridas eran el resultado de alguien haciendo daño o recibiéndolo de seres queridos.
Pero ni Casio ni el hombre de la pintura de cadáver habían conocido o querido a Henry.
Quizá, entonces, dañar a un ser querido no dependía solo de la persona que cometiera el acto en sí. Quizá la cicatriz de esa elección empezaba corriente arriba. Y, en caso de ser cierto, quizá existía también en la persona que daba la orden en un principio.
A lo mejor eso era lo que me faltaba.
Porque Brach y Henry habían sido amigos. Por tanto, incluso si lo único que había hecho Brach era ordenar el asesinato de Henry… tendría la cicatriz que lo demostraría.