Capítulo 65
La caja de hierro negro funciona según dos principios: el primero es que el hierro es un metal térreo que anula toda energía espiritual; el segundo es que el hierro negro, extraído de la Interminable Oscuridad, silencia la mente.
L EONARD S KEVINGTON , Explicaciones acerca
de la tortura , un texto prohibido
L as galerías del Salón Westminster estallaron en gritos y respingos. Todas excepto el palco privado de las facciones, cuyos ocupantes permanecieron quietos, observando.
—Tú mataste a Henry —repetí, aunque apenas me oía a mí mismo con tanto escándalo.
Los cancilleres se miraron entre ellos. Entonces lady Boudica descargó el puño en su mesa y la turba de las galerías se tranquilizó. Boudica se puso en pie y me lanzó una mirada aterradora.
—La acusación que estáis haciendo es muy peligrosa, señor Solomon. —Su voz era como cristal chirriante—. Y estáis dirigiéndola a uno de los más firmes defensores de los estratos. ¿Qué pruebas poseéis? —Calló un momento—. Pensadlo detenidamente, pues de ello depende nada menos que vuestra alma.
Me quedé petrificado. Las pruebas que tenía iban a considerarse como circunstanciales en el mejor de los casos. Había sido una mala jugada. Entonces Church me puso una mano en el brazo y señaló a Casio, que a todas luces quería que lo llamara a testificar. Negué con la cabeza.
El rey Casivelono se inclinó adelante en su silla, se echó atrás su larga melena entrecana y me sonrió.
—Lady Boudica intenta intimidarte, hijo.
Pues estaba funcionando. Era muy posible que Londres nunca hubiera tenido revoluciones lideradas por nadie más feroz que Boudica. Nuestras posibilidades contra Brach iban a empeorar muchísimo si ella lo apoyaba.
—Joven —continuó Casivelono—, yo ya defendía lo correcto mucho antes de que ningún canciller de los presentes chupara teta, así que confía en mí: si dices la verdad, gozarás de vientos suaves.
Eso era lo único que yo quería, una oportunidad de contar la historia de Henry. Tenía que creer que entonces esa gente nos ayudaría.
—Y tú —dijo Casivelono señalando a Brach— vas a dejar que hable sin interrumpir.
Le agradecí su paciencia a Casivelono y describí el tiroteo en el callejón, los vínculos de Brach en el cuerpo del asesino, el encarcelamiento de Henry en Newgate, los distintos secuaces de Brach y la invocación de Händel.
Las galerías estallaron de nuevo. «¡Música, Muster!», bramó alguien. «¡Ayudadnos a seguir camino!», gritaron otros. Eran el ejército de Brach. Parte de él, al menos.
—¡Acusaciones infundadas! —exclamó Brach—. Y no ofrece ninguna prueba.
El canciller Tyler dio un puñetazo tan fuerte en la mesa que sonó como un disparo.
—¡Cerrad todos la bocaza de una vez!
La multitud de las galerías se tranquilizó poco a poco.
Desde el lado opuesto del octógono, Purcell levantó la mano. Tyler le dio paso con un gesto.
—Estimada cancillería —comenzó Purcell en su tono altivo—, debo hacer constar que me encontré con el señor Solomon en los estratos.
Como muchos de nosotros. —Abarcó con un gesto el séquito de Brach—.
Sin embargo, contradiciendo las suposiciones del señor Solomon, nuestro único objetivo es preservar el pasado de una influencia arribera que ya está transformando y borrando nuestra historia.
Suplico a la cancillería que tenga en cuenta que, como tanaturgo, el señor Solomon es inexperto, siendo generosos.
Y tal condición implica que, sin duda, el funcionamiento de los estratos le es desconocido.
Los cancilleres de las mesas y la gente de las galerías murmuró, de acuerdo con esa afirmación.
Lakshmi levantó la mano.
—¿Puedo hablar?
Tyler frunció el ceño, pero le dio permiso con un gesto. Lakshmi se acercó y se puso a mi lado.
—Considero al señor Solomon un hombre insolente, temerario y a veces muy molesto, pero puedo atestiguar la veracidad de sus afirmaciones, en particular la relativa a la invocación de un espectro maduro, que, como no hará falta que recuerde a la cancillería, ya es por sí misma un delito gravísimo contra la Ley del Precedente.
Tyler ladeó la cabeza.
—¿Tenéis alguna prueba, presera, de que Muster Brach matara a Henry Wilkinson? ¿O de que invocara a ese espectro, ya puestos?
—No, señor —respondió ella—. Y de eso tiene buena parte de culpa, a pesar de su artero testimonio, el señor Purcell. Más de una vez nos ha impedido obtener las pruebas necesarias.
Purcell dio un bufido.
—¿A alguien le sorprende oír una contestación tan conveniente?
El grito de «¡Mentiras!» comenzó en la esquina opuesta de la galería y se extendió por todo el salón.
Casio cruzó de nuevo la mirada conmigo, y de nuevo negué con la cabeza.
Lo descorporizarían si confesaba. Además, incluso si le permitían testificar, era posible que luego no hicieran ningún caso a sus palabras.
No estaba seguro de qué era lo peor de todo.
Al poco tiempo, Emaline se levantó despacio, silenciando a la multitud.
—Tanto en mi papel de portadora de urna del señor Brach como en el de hija suya, debo decir que aquí parecemos tener poco más que acusaciones contradictorias.
—Se volvió para mirarme—. Solo que el señor Solomon, que había conocido al señor Wilkinson durante solo cinco años, tenía motivos sobrados para asesinarlo.
En cambio, mi padre, amigo de toda la vida del señor Wilkinson, es famoso por tener una sola motivación, una sola convicción, que es la de proteger los estratos.
De nuevo las galerías y los cancilleres murmuraron, de acuerdo con aquello.
Emaline me hizo un leve y disimulado asentimiento y se sentó. Caray, qué lista era.
—Tiene usted toda la razón del mundo —respondí—. Su padre haría cualquier cosa por los estratos. Entre ellas, asesinar a su amigo para desatar una guerra contra el mundo de arriba.
La gente de las galerías estalló en un rugido atronador esa vez.
Pero, pese a sus aullidos, no vi ni una sola mirada perpleja, no oí ni una sola palabra de negación por parte de los cancilleres.
Me sorprendió un montonazo, la verdad. Iba a tener que hacer algo más que acusar a Brach de asesinato: tendría que sacar a la luz lo horribles y enormes que eran sus crímenes.
—¡He visto los cadáveres! —grité—. ¡Las detenciones, la propaganda, los planes!
Brach descargó las dos manos contra su mesa, silenciando el salón.
—Basta de mentiras.
—Y no le basta con limitarse a defender los estratos, no —dije, tirando adelante—. Pretende matar a miles de arriberos, reemplazarlos con sus vestigios títeres y apoderarse del futuro de Londres como los autócratas toman siempre el control: modificando la cultura.
—¿Y cómo iba a hacer eso? —preguntó Jack el Loco.
Señalé su gaita.
—Con la música —dije, y les hablé de los mimos, los nuevos instrumentos y la formación, las salas de conciertos y todo lo demás.
El capitán Burton dio con los nudillos en su mesa.
—La deriva cultural es sobre todo cuestión de modificar las costumbres sexuales, señor Solomon, tal y como yo influí en la sociedad victoriana para llevarla de la mojigatería a la exploración sexual cuando traduje el Kamasutra al inglés.
La música es una mera consecuencia derivada.
Por tanto, me cuesta creer en una conspiración que se base en la influencia de la música, por muy persuasiva que pueda ser esa música.
—Con el debido respeto —dije, dirigiéndome a Burton—, incluso si se fija usted en la música de los sesenta, de entre todas las consecuencias derivadas, la actitud hacia la sexualidad es de las que más despacio cambian en términos generales. Qué carajo, aún está cambiando.
Tyler dio un golpe en su mesa.
—Vigilad el lenguaje, señor Solomon. Y discrepo de la misma idea de que Londres sea de algún modo un mundo arribero separado del resto de nosotros. No, señor, esto es un continuo espa… espaciotem… Ay, cojones, Nancy, ¿cómo lo llamaste la última vez?
—Un continuo espaciotemporal —respondió la canciller Wake.
No perdí comba.
—Y la guarda ayuda a mantener el equilibrio de ese continuo. Pero ahora está muriendo. Mis amigos y yo hemos expulsado al espectro de Brach antes de que pudiera consumirla… pero no le queda mucho tiempo.
Brach se levantó de un salto y gritó:
—¡Más embustes ridículos!
Voló saliva en todas las direcciones. Grace O’Malley torció el gesto y Casivelono se puso en pie para limpiar una gota de la mesa de la canciller con su manga. En cualquier otro momento, me habría reído.
Lady Ethelfleda golpeó su mesa con los nudillos para atraer mi atención.
—¿Estáis seguro de eso?
Asentí.
—Por eso Brach me acusó de matar a Henry, para impedirme que intentara salvar a la guarda y poder apoderarse de su canción.
Hasta el gentío de las galerías dio un respingo. Los cancilleres cruzaron miradas adustas.
Jack el Loco cerró la mano alrededor de su gaita.
— La balada de la determinación . Madre mía.
Casivelono se inclinó hacia delante.
—Yo estaba presente cuando la guarda cantó La balada por primera vez. Sin duda sería una poderosa herramienta con la que incitar a un ejército.
—Es más que eso —dije—. Brach planea utilizar su canción para cambiar la educación, el gobierno, la política. Obligará al mundo a rendirse a su visión de lo que era y lo que debería ser.
Brach bufó, despectivo.
—Incluso si esas acusaciones fueran ciertas, ¿quién de aquí no está harto del trato que da el mundo de arriba a los estratos?
Más murmullos afirmativos en las galerías, mientras varios cancilleres asentían.
Di un golpe fuerte y ruidoso en mi mesa.
—También lo hará en los estratos.
Un silencio mortal cayó sobre el salón. Tyler me miró.
—¿Qué estáis diciendo exactamente, señor Solomon?
Miré alrededor por el octógono.