Capítulo 64 #2
Tyler levantó la mano otra vez. Church y yo dejamos a Kincaid, Chuey, Dama, Casio y Lakshmi fuera del octógono, fuimos hasta el centro y nos sentamos en un par de sillas rígidas a la fría mesa de caoba.
—Así que tú —dijo Tyler a Brach— eres quien denuncia.
—En efecto —respondió Brach.
Tyler le hizo un gesto hacia el centro. Emaline siguió a su padre al interior del octógono, dejando fuera al resto de su séquito.
—Antes de que empecemos —intervino la canciller Wake—, quiero que sepa, señor Solomon, que aquí todos lamentamos el fallecimiento del señor Wilkinson. Desavenencias aparte, era un hombre involucrado.
La mayoría de los cancilleres se mostraron de acuerdo con murmullos.
El canciller Churchill rodeó su mesa, se ajustó la espada y apoyó el culo en el borde de la mesa. Dio un golpe con los nudillos en la dura madera y dijo:
—Señor Solomon, soy Jack Churchill. Puede llamarme Jack el Loco, por si no quedaba claro. —Rio—. El cabronazo que mató a Henry va a pudrirse. Rezo a Dios para que no sea usted.
Susurré a Church:
—Se llevó esa espada a la Segunda Guerra Mundial.
—Jack el Loco y Henry eran amigos —respondió Church en voz baja.
Brach se puso en pie y carraspeó.
—Con el debido respeto, los pésames y las amenazas tendrán que esperar.
Y que conste que esto lo dice alguien que era más amigo del difunto que nadie de aquí.
Si queremos hacerle justicia a la víctima, propongo que vayamos directos al grano.
—Fijó en mí una mirada iracunda—. El señor Solomon está acusado de matar a Henry Wilkinson.
Presento la moción de que, antes de que incremente su cuenta de delitos o intente huir, sea encajado.
El capitán Burton dio con los nudillos en la mesa, se acarició la barba bifurcada y dijo:
—Según mis investigaciones, el señor Solomon proviene de las Américas, que forman parte de la zona sotádica. ¿Es posible que el asesinato del señor Wilkinson fuera el resultado de unos sentimientos sexuales reprimidos al liberarse con violencia?
Brach se volvió hacia el caballero victoriano.
—Capitán Burton, señor, no lo creo. El señor Wilkinson tuvo un largo y feliz matrimonio con la señora Martha Wilkinson.
Y el señor Solomon, por lo que tengo entendido, disfruta con la compañía de una buena mujer.
Lo que plantearía yo es si no resulta mínimamente sospechoso que, el día previo a su muerte, el señor Wilkinson revisara su testamento y nombrara al señor Solomon su único heredero.
—¿Incluido el Caballo de Hierro? —preguntó Burton.
—Incluido —dijo Brach.
Di un golpe en nuestra mesa con los nudillos. Tyler giró la mano.
—¿Algo que añadir, señor Solomon? —preguntó.
—No sabía nada del testamento —dije—. Y, aunque lo hubiera sabido, sería circunstancial, ¿verdad?
Llovieron risitas desde las galerías.
—Señor Solomon —repuso Tyler—, esto no es ningún juzgado arribero en el que la carga de prueba le corresponda por completo a la acusación. La cancillería está en su derecho de tener en cuenta el contexto a la hora de emitir su juicio. Así que vamos a tranquilizarnos con las protestas, ¿de acuerdo?
Church compuso una sonrisa conciliadora y sacó unos documentos de su cartera.
—El señor Solomon es nuevo con la Ley del Precedente, pero puedo atestiguar que el señor Wilkinson llevaba mucho tiempo con la intención de legar…
—Eso es irrelevante —lo interrumpió Brach—.
El señor Solomon es un músico fracasado.
El día del asesinato le habían arrebatado su única posibilidad de mantenerse con su oficio.
Y esa misma tarde, cuando el señor Wilkinson habló al señor Solomon del testamento, el señor Solomon vio su oportunidad y la aprovechó.
—¡Pero si estoy diciéndoles que no sabía nada del testamento hasta después de identificar a Henry en la morgue! —casi grité.
Alguien de la galería abucheó y el resto de la multitud rio y silbó hasta que Tyler los hizo callar.
—Eso dice usted —replicó Brach—. Pero añadiré otra cosa.
Todos sabemos que el único interés de un humano mortal es su interés propio.
Teniendo eso en mente, le ofrecí a usted toda la fama y la fortuna de una carrera triunfal en la música.
Y, sin embargo, usted la rechazó. —Brach miró a la cara a todos los cancilleres de los estratos uno por uno—.
Es evidente que el señor Solomon comprendió el potencial de poseer el acceso en exclusiva a los Peldaños Abismales y, en consecuencia, aceleró esa transferencia de propiedad matando al señor Wilkinson.
Church levantó unos papeles.
—Querría recordar a la cancillería que el testamento, por sí mismo, no transfiere la propiedad. Además, la guarda debe aceptar a su propietario y vincularse a él.
—Lo cual —argumentó Brach— es un hecho que probablemente el señor Solomon desconocía antes de asesinar al señor Wilkinson.
Lady Ethelfleda dio un golpe en la mesa. Se quitó el yelmo y clavó en Brach una mirada dura.
—¿La guarda está vinculada con el señor Solomon?
—Lady Ethelfleda —dijo Brach—, con el debido respeto, eso también es irrelevante.
El señor Solomon ha incumplido la Ley del Precedente.
Debe responsabilizarse de sus actos, igual que Eduardo debería haber respondido por el asesinato de vuestro marido, pese a las bondades de vuestro posterior reinado.
Grace O’Malley usó los nudillos.
—Señor Brach, no habéis respondido a la pregunta de la canciller Ethelfleda.
Church me susurró:
—O’Malley sobrevivió a los dieciocho Artículos de Interrogante de la reina Isabel. Aborrecía a los monarcas irlandeses e ingleses. Es nuestro voto impredecible.
—La respuesta, mis señoras, es que actualmente sí —reconoció Brach—.
Pero, durante su breve titularidad, el señor Solomon ya ha perdido ese vínculo una vez y ha puesto en peligro su capacidad de renovarlo.
La verdad es que, al contrario que mis señoras, el señor Solomon apenas tiene una comprensión tenue sobre lo que significa de veras el liderazgo.
Y ni siquiera he mencionado todavía su ataque a otros tanaturgos, como sir Bazalgette, ni su búsqueda del prohibidísimo hilo de orcus, que debería preocuparnos a todos.
No, mis señoras: con toda sinceridad, este hombre está peligrosamente mal preparado para custodiar el Caballo de Hierro y sus Peldaños Abismales, dado que…
Golpeé nuestra mesa y me levanté.
—Quizá tenga razón, pero eso también es irrelevante.
—¿Ah, sí? —dijo Brach—. ¿Y qué considera relevante el señor Solomon?
Church me cogió el brazo con suavidad y susurró:
—No tenemos pruebas concluyentes, Jack. Y desde luego aquí no parece que haya mucha buena voluntad hacia nosotros. Ve con pies de plomo.
Y una mierda iba a hacer eso. Señalé con un dedo tembloroso a Brach.
—Tú asesinaste a Henry Wilkinson.