Capítulo 64
¡Lejos de mí esta horrible mancha! Ya es la una, las dos. Ya es hora; ¡qué triste está el infierno! ¡Vergüenza para ti, marido mío! ¿Guerrero y cobarde? ¿Y qué importa que se sepa, si nadie puede juzgarnos?
W ILLIAM S HAKESPEARE , La tragedia de Macbeth ,
citado por Amelia Dyer en su juicio ante el cabildo
E ntramos en el Estrato Medieval y fuimos hacia el palacio de Westminster, la sede del Parlamento desde tiempos inmemoriales.
Detrás de él estaba la abadía de Westminster, enorme a la luz del ocaso.
Pero delante de nosotros, las paredes del Salón Westminster se alzaban majestuosas hacia el cielo.
Unos marcos de piedra labrada rodeaban ventanales de diez metros de altura, divididos con tracería chapada.
La brillante luz de su interior confería al cristal tintado unos tonos vibrantes que se extendían por el patio a nuestra espalda.
Lakshmi nos había explicado que, por tradición, todos los juicios se celebraban en el Salón Westminster del Estrato Medieval, porque era la época en que se construyó.
Las puertas se abrieron y apareció un hombre alto y delgado. Su sombra mostraba el fino ribete escarlata de un presero. Nos miró de arriba abajo y luego saludó con la cabeza a Lakshmi, que se adelantó para cuchichear un momento con él. Después el hombre nos indicó que lo siguiéramos.
Nada más entrar, una mujer mayor tocó una brillante luz rojiza en un farol de terracota y escrutó nuestra sombra. Asintió y vinieron seis preseros para escoltarnos por los peldaños que subían al vestíbulo del porche de san Esteban.
El techo abovedado de piedra se arqueaba en lo alto. A nuestra derecha, una luz multicolor brillaba a través de docenas de vidrieras de cristal tintado. A nuestra izquierda se abría el enorme acceso al Salón Westminster, desde el que llegaba un murmullo de voces.
Church pidió a nuestros escoltas preseros que nos dejaran un momento para deliberar en privado. Recularon unos pasos y Church nos indicó que hiciéramos corrillo.
—Por ridículo que parezca, la acusación principal sigue siendo que tú mataste a Henry.
—Sí, pero tenemos que darle la vuelta y hablar de Brach —dije—, de cómo matar a Henry era una parte crucial de su plan para llevar la revolución al mundo de arriba.
—Apenas tenemos pruebas que demuestren la culpabilidad de Brach —advirtió Church.
Casio era nuestro único testigo capaz de relacionar a Brach con el asesinato de Henry. Pero si confesaba, lo expulsarían. No podía permitir que ocurriera. Y, además de eso, tenía la sensación de que aún se me escapaba alguna cosa.
—Y lo peor de todo —prosiguió Church— es que, si acusas a Brach sin pruebas y pierdes el juicio, el castigo por cualquier otro de tus deslices contra el Precedente parecerá un juego de niños.
Los preseros nos dijeron que se nos había terminado el tiempo y nos llevaron rodeando una corta pared de piedra acanalada hasta la extensa vista del Salón Westminster. Tuve que parar un momento a respirar un poco, intentando asimilar en qué me había metido.
El salón mediría unos setenta metros de largo y veinte de ancho.
Su enorme techo en bóveda estaba artesonado con gigantescos arcos de madera y se alzaba a treinta metros del suelo.
A lo largo de ambas paredes laterales colgaban tapices que mostraban escenas de los ocho estratos.
Junto a los tapices había tanaturgos y preseros vestidos con ropa de la era representada en su tapiz.
Y, por encima de esos tapices, discurrían unas grandes galerías.
La mayoría de ellas estaban repletas de miles de espectadores que susurraban, cuya vestimenta encajaba también con la era del tapiz más cercano.
Todas salvo una, estrecha y privada como un palco, en el centro de la pared del fondo, en la que había cinco sillas de madera negra.
En el centro del salón había ocho mesas que formaban un basto octógono, con espacio entre ellas y una silla de respaldo alto detrás de cada una.
En el centro del octógono habían colocado una única mesa corta, con un par de sillas a cada lado.
Junto a ella había una caja de hierro negro en la que podía caber una persona.
Al fondo del salón se abrieron unas puertas.
Entraron Brach y Emaline, con farol y arco sujetos al cinto.
Tras ellos llegaron Bazalgette, Swan, Rutherford, Purcell y dos mujeres a las que no reconocí, una vestida con túnica sajona de lana y un cinturón del que colgaban llaves, amuletos, hilo y un arco y la otra con armadura de cuero y una túnica carmesí sujeta sobre un hombro.
El estridente sonido de un cuerno resonó por el gran salón.
Toda la gente sentada en las galerías se levantó.
El cuerno sonó de nuevo y los tanaturgos que había junto a los tapices sacaron sus arcos y tocaron una nota larga y trémula en sus faroles.
La luz alcanzó las fibras de los tapices y las iluminó como mil filamentos minúsculos, haciendo que resplandecieran.
Las escenas que representaban cobraron vida mientras la tela desaparecía de pronto, dejando los anchos tapices convertidos en portales.
Distintos vientos suaves entraron por esas aberturas, trayendo embriagadores aromas a ganado, humo industrial, cloaca y, por suerte, también un poco de aire fresco.
De esos portales salieron grupos de hombres y mujeres. Cuando hubieran llegado todos al salón, los tanaturgos asistentes dejaron de tocar sus faroles y los portales se cerraron, transformados de nuevo en tapices.
El canciller llegado por el portal medieval, un hombre demacrado con grandes entradas en el pelo y vestido con un largo chaquetón negro que tenía botones decorativos de plata a ambos lados, fue hasta su mesa y se sentó. Su tanaturgo y su presero asistentes tomaron posición detrás de él.
—Soy maese Wat Tyler —dijo el canciller—. Vengo en representación del Estrato Medieval. Y hoy también presidiré la sesión. Debo recordar a todo el mundo, sin embargo, que mi voto cuenta tanto como el de nuestros otros distinguidos cancilleres.
Church susurró:
—Lideró la Revuelta de los Campesinos.
—Sí, fue el primero que «marchó hasta el Capitolio», por así decirlo —respondí en voz baja—. Su cabeza acabó clavada en una pica por ello.
—Empezaremos por la facción presera —declaró Tyler—, representada por la canciller Nancy Wake.
La mujer llevaba un elegante traje sastre gris con la Medalla de Jorge sobre el corazón.
—En realidad ella no tiene voto —susurró Church—, pero seguro que verá las cosas a nuestra manera. Odia a los tiranos.
Asentí antes de añadir:
—En su época, encabezó la lista de los más buscados de la Gestapo.
—El Estrato Moderno —continuó Tyler— está representado por el canciller Jack Churchill.
Un hombre fornido en uniforme militar británico llegó a su mesa con una espada ropera al cinto y una gaita al hombro.
—El Estrato Victoriano —dijo Tyler— lo representa el capitán Richard Francis Burton.
Otro hombre con una profunda cicatriz que descendía por el pómulo desde su ojo izquierdo y una barba bifurcada a la francesa tomó asiento.
—En representación del Estrato Renacentista —continuó Tyler—, Grace O’Malley.
Una mujer bajita y delgada de largo y ondulado cabello pelirrojo, vestida con un vestido verde hasta los tobillos y blusa blanca, fue la siguiente en sentarse.
—El Estrato Sajón —anunció Tyler con una sonrisa— está representado por lady Ethelfleda.
Llegó a zancadas una mujer de anchos hombros, que llevaba un yelmo cónico y cota de malla de manga corta sobre un gambesón carmesí, y se dejó caer en su silla.
—Como representante del Estrato Romano —dijo Tyler con deferencia en la voz—, lady Boudica.
Lady Boudica me fulminó con la mirada mientras se aproximaba a su asiento. Llevaba el pelo, largo y rubio oscuro, recogido en una trenza. Vestía un gran torques dorado, una brillante túnica roja y verde y, como quien no quiere la cosa, sostenía una daga en la mano izquierda.
—Y, por último, el Estrato Antiguo —declaró Tyler con una floritura— está representado por el rey Casivelono.
Un hombre de grueso pecho con las manos grandes y una melena negra y plateada anduvo hasta su asiento. Llevaba una capa azul oscura y negra sujeta a un hombro por una anilla de oro.
Todos los asistentes tanaturgos y preseros de los representantes se situaron tras sus respectivos cancilleres, pero se quedaron de pie. Entonces Tyler levantó una mano.
De detrás de una cortina al fondo del palco privado salieron cuatro figuras que se sentaron en las sillas de madera negra.
Los líderes de las facciones. Eran un hombre delgado vestido con túnica escarlata y nemes, de la Hermandad de Heka; un joven con chaleco y guantes sin dedos, que supuse que sería de P.L.A.M.; una anciana con ropa hecha de piel de animales y franjas trazadas con carbón en el cuello y la barbilla, de los Hijos de las Cenizas; y una mujer de aspecto ágil vestida de cuero negro, con medialunas en las mejillas, de la Procesión del Ocaso.
Era evidente que la quinta silla, vacía, pertenecía a Brach.
Cuando los líderes de las facciones hubieron ocupado su lugar, los cancilleres que seguían en pie se sentaron y Tyler nos señaló.
Church echó a andar y nos indicó que lo siguiéramos. En el lado opuesto, Brach y su séquito hicieron lo mismo. Nos detuvimos en caras enfrentadas del octógono. Emaline cruzó la mirada conmigo, enarcando un poco las cejas. Hice una sutil negación con la cabeza. Ella suspiró y apartó la mirada.
Tyler descargó el puño contra la mesa.
—Bien, empecemos. Que el defensor del acusado se presente a sí mismo y a su parroquiano.
Se oyeron risitas desde la galería, que cesaron cuando Church empezó a hablar.
—Canciller Tyler —dijo con una inclinación—, el letrado Alastair Cooper y don Jack Solomon cumplen con la convocatoria a juicio y solicitan su admisión en el círculo para responder y argumentar.