Canciones de los muertos (Las Guerras de los Estratos 1) Capítulo 63
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Capítulo 63

Hay muchas más de tres jorguinerías tanatúrgicas, igual que existen otras modalidades para la manipulación de la luz, la energía y el sonido.

«Tanaturgia y otras disciplinas esotéricas»,

conferencia sobre un artículo académico en el Foro

D etrás de nosotros, en el antiguo suelo agrietado, la guarda aún yacía inmóvil y casi apagada.

Estaba a punto de explicarle a Händel nuestros planes para renovarla cuando el sobretono de dentro de su rotura se volvió más bien un canto fúnebre y empezó a crecer.

Sobre el sonido cada vez más fuerte, dijo:

—Por el cielo en lo más alto, no quiero ni pensar cuántas almas he dañado o masacrado. ¿Cómo podré enmendar eso jamás?

Yo no era cura.

—Te dejaste llevar por la obsesión —dije—. Pero parece que has empezado a perdonar a tu padre. Seguro que, con el tiempo suficiente, podrás perdonarte también a ti mismo.

—No hay clemencia para lo que he hecho. —Apartó la mirada hacia la antigua oscuridad—. Estoy condenado.

Aún necesitaba a Händel y todas las almas que contenía para renovar la guarda. Todo dependía de eso. Y tal vez convertirse en la guarda ayudaría a Händel a encontrar la redención que tan claramente necesitaba.

Poco a poco, saqué el orcus de mi bandolera. Vibraba más que nunca antes. Le canté unas palabras suaves de mi canción y se calmó un poco.

Pero entonces caí en la cuenta de que ninguna de las otras almas que había dentro del espectro estaban allí por voluntad propia.

Y, aunque quizá Händel por fin comprendiera las intenciones de su padre, aún distaba mucho de perdonarlo.

Nada de aquello parecía una fórmula ganadora para renovar la guarda.

De hecho, quizá terminara convirtiéndose en una nueva cárcel para él, para todos ellos.

Habíamos luchado mucho tiempo y con mucho ahínco para llegar a ese momento. Pero, al final, no me parecía bien garantizar nuestra seguridad y el futuro de Londres a expensas de unas almas que no habían pedido hacerlo o que necesitaban su propia oportunidad de sanar.

Guardé el hilo.

—A lo mejor puedes empezar a enmendarlo liberando las almas que tomaste.

Händel estuvo callado un momento. Luego el canto fúnebre de dentro de su rotura se transformó en un creciente coro de gemidos y el espectro empezó a perder cohesión.

El alma de un hombre con levita y calzas fue el primero en arrancarse a sí mismo, con su oscura forma palpitando.

Luego salió una mujer con una alta peluca, riendo histérica.

Después un hombre con gafas de estilo beatnik.

Y ya más seguidas, una tras otra, las almas fueron separándose de Händel hasta que emergió Angela con un gran chillido metalero de esperanza, y luego Jimmy se liberó también, con los frágiles hombros temblando pero luciendo en la cara aquella sonrisa suya de ganador de carrera de vehículos improvisados.

Los saludé a los dos con la cabeza antes de que sus almas desaparecieran como todas las demás, con un pequeño destello de luz.

El alivio me inundó como un latido de sangre cálida.

Todos habían pasado al Prado de Asfódelos, como quizá habrían hecho de un modo natural.

Todos excepto Händel.

El gran compositor estaba muy quieto, con una mirada larga e inexpresiva en los ojos. No me hizo falta ver su sombra para entender la vergüenza que sentía. Un bochorno que lo tomaría como rehén en los estratos para siempre.

Comencé a cantar sus notas de brillo del Claro de luna , pero en tonalidad mayor, concentrándome en su recién hallada comprensión sobre las preocupaciones de su padre.

Nota a nota, su pauta ganó brillo a medida que Händel empezaba a comprender de verdad el bien que hacían sus canciones, su influencia, su legado.

Creo que empezó a ver una imagen más veraz de la persona que era, profundamente herida y amargada, pero también portadora de esperanza y alegría.

Al cabo de unos momentos, volvió a mirarme.

—Quizá no estoy condenado, a fin de cuentas.

—La verdad es que dudo que lo estés —dije—. Y, si quieres, creo que hasta podrías seguir camino, ahora.

—Sería toda una bendición.

Visualicé el Prado de Asfódelos, como había hecho con Henry, y una ráfaga de viento se arremolinó a nuestro alrededor. Händel dejó que el viento empezara a llevárselo hacia la montaña de fuego. Demasiado cansado como para mirar siquiera, liberé el Prado y me derrumbé en el suelo rocoso.

El recuerdo de la misa del gallo con mi familia entera se avivó y desapareció. Otro hueco se abrió dentro de mí. Ese dolía como el de cuando Henry había seguido camino.

—Jack —dijo Casio arrodillándose a mi lado—, ¿estás bien?

Estaba derrengado y aturdido.

—Todas las almas que llevaba dentro eran cautivas. Y Händel necesitaba seguir camino. No me ha parecido que estuviera bien retenerlas. Lo siento un montón.

Church vino y me dio una palmada en el hombro.

—Como haces siempre, Jack, has seguido tu corazón. Por eso te eligió Henry.

Kincaid guardó sus bastones.

—Entonces, ¿acabas de enviar el alma de Händel hacia delante?

—Eso creo —dije—. Por lo menos, hemos ayudado a que comprendiera que era más de lo que se reconocía a sí mismo.

—Es un don muy serio, Jack. —Kincaid se santiguó—. Úsalo con discreción, porque no estoy seguro de que sea algo de lo que sepamos estimar el coste.

Tuve que sonreír.

—De un tiempo a esta parte, todo ha de ser con discreción.

—Cuando cantabas —dijo Dama entornando los ojos—, he podido ver las cicatrices de Händel. Si permitir que otros vean las oclusiones de una sombra forma parte de ese don, más motivo para la discreción, Jack. Los tropiezos de la gente no deberían ser un asunto público.

Lakshmi envainó su espada.

—Yo también las he visto, y ahora me alegro mucho más de que ya no esté. Se acabaron los asesinatos.

—He tenido la suerte de que comprendía lo que es tener una mala relación con un progenitor. —Por fin me volví hacia Casio—. No has podido resistirte a volver, ¿eh?

El centurión se inclinó hacia mí.

—Pasé treinta años como esclavo de Roma y luego otros dos mil como esclavo del Shiguan.

Las cosas que he hecho en todos esos años…

No es que ya no pudiera imaginarme la libertad, sino que ya no creía merecerla.

—Casio calló un momento—. En todo caso, entonces te conocí.

Y tú y yo hablamos de cosas importantes y compartimos peligros mortales, como amigos.

Me recordó al antiguo y buen pasado lejano, antes de mi época en la legión.

Su familia en la Galia.

—Lo pillo.

—Pero en todos esos años —añadió Casio—, y con todos los nuevos tanaturgos a los que he servido y con los que a menudo entrenaba… bueno, lo que acabas de hacer por Händel quizá sea lo más decente que he visto en la vida.

Me estrechó el antebrazo en su enorme mano. Ese agarrón me sentó que no veas.

—Y, en mi opinión —añadió—, acabo de salvarte las nates otra vez.

Esa palabra no hizo falta que me la tradujera nadie.

—No te lo discutiré.

Pasé corriendo a su lado hacia donde la guarda yacía en el antiguo suelo, con el cuerpo roto y marchito, su luz apagándose en la enorme y amplia oscuridad. Me arrodillé. Sus hilos carmesíes y ambarados bajaban en ángulo al suelo como cadenas de ancla. Intenté tirar de ellos para liberarla.

La guarda negó con la cabeza.

No son mi cárcel, Jack. Son mi compromiso.

Tenía flácidas las líneas traslúcidas del rostro. Parecía exhausta.

—Lo siento mucho —dije—. No he podido hacerlo. No me parecía lo correcto.

Lo sé. Pero sí que has conseguido renovar nuestro vínculo . Miró hacia Chuey. Con la ayuda de un amigo .

Chuey me había cantado mi tercera estrofa, pero la sensación que daba seguía pareciéndome vacía.

—En realidad no la he perdonado.

No, pero has hallado el corazón de lo que vuelve sagrado este terreno.

Aquella vieja canción.

—La familia.

La guarda sonrió. Aún tienes que hallar tu camino hasta la senda del perdón, pero encontrarás ese camino más fácil de recorrer ahora que comprendes su destino.

Eso tendría que interpretarlo más adelante.

—¿Pero esto ha sido poco, tarde y mal? —Me acerqué más a ella—. Dime qué más puedo hacer.

La guarda me miró a los ojos un momento.

Eres un buen custodio, Jack. Cuando vengan las hondas y las flechas, no dejes de ser tú mismo. Es lo único que podemos pedirte.

Creí saber a qué se refería.

—¿Cómo está tu canción?

Persiste, por ahora. Me tocó la mano. Pero solo me quedan unas horas… así que aprovéchalas bien.

Una leve ráfaga de viento sopló desde el suelo debajo de ella, enviando cenizas al aire. Volvieron a caer perezosas en la tierra a su alrededor, y entonces la guarda se desvaneció hundiéndose en el suelo.

Apreté la palma contra la tierra para despedirme y, atravesando mi mano, llegó una nueva voz, tan grave que me hizo vibrar los huesos.

Y sigues sin saber nada de la verdadera oscuridad…

Empecé a temblar, de pronto sintiéndome pequeño, insignificante, indefenso…

Dama me puso una mano en la espalda.

—¿Te pasa algo, Jack?

—Estoy bien.

No estaba bien, pero tampoco serviría de nada decírselo en esos momentos.

Había otra cosa que seguía sin resolver, algo además de Brach y su revolución.

Y alguien o algo acababa de intentar decírmelo, hablándome a la mente desde debajo del suelo más antiguo de los estratos.

Pero entonces recordé que, según los libros, aún había otro estrato más profundo, el Estrato Primordial.

Había quienes afirmaban que no era un estrato propiamente dicho, sino solo oscuridad.

—El Caballo de Hierro está perdido, entonces —dijo Kincaid, sacándome de mis pensamientos—. La guarda se debilitará y los equipos de recuperación de Brach encontrarán la canción. Ese hombre tendrá la revolución que busca.

—Puede que no. —Me volví hacia Lakshmi—. ¿Cuánto queda para mi juicio?

La presera miró su reloj.

—Tenemos una hora. Si llegamos tarde, te condenarán in absentia . No lo pospondrán.

Chuey guardó su macuahuitl.

—Trucos legales. ¿Estás pensando en eso, Jack? ¿En retrasarlos como querían hacerte ellos a ti?

—Creo que es la única jugada que nos queda —respondí.

Casio envainó su espada.

—Si ayuda en algo, confesaré mi delito en tu juicio.

—La confesión de un vestigio no tendrá mucho peso —respondió Lakshmi—, y el castigo por tu delito es la expulsión.

—No nos adelantemos a los acontecimientos —dije, levantándome—. Creo que la idea es proyectar la suficiente duda sobre Brach para ganar un poco de tiempo. Y quizá, si lo hacemos, la cancillería intervendrá y nos ayudará a restaurar la guarda por el bien de los estratos.

—No hay acuerdo sobre qué es bueno para los estratos —dijo Church—. Por eso tenemos que ir a juicio.

—Pues a correr —dije—. La guarda casi ha muerto.

El trueno resonó sobre nuestras cabezas en largos estruendos mientras regresábamos a toda prisa hacia los Peldaños Abismales.

Había algo allí fuera, en la antigua llanura.

Me hizo pensar que quizá hubiera más de un buen motivo para pedir a los cancilleres de los estratos que me ayudaran a renovar la guarda.

Llegamos a la rampa y empezamos a subir, recorriendo el túnel hacia mi juicio.