Canciones de los muertos (Las Guerras de los Estratos 1) Capítulo 62
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Capítulo 62

La historia de Albión es la historia de tribus en guerra. Ahora, eones más tarde, por fin comprendo que mis victorias contra las legiones de César y contra mis compatriotas eran solo tan valiosas como el aprecio que sentía por mi pueblo y por mi amada Fflur.

Canciller C ASIVELONO , del Estrato Antiguo,

extracto de la respuesta de la cancillería

a la moción hegemónica shiguana

C asio me alejó a rastras del espectro y me puso en pie. Su armadura de centurión había desaparecido. Llevaba un peto de cuero encima de una camisa larga a rayas negras y grises. «Gala», pensé.

Nos miramos a los ojos y le apreté la mano.

—Gracias, Cas…

—Ya habrá tiempo. ¿Cuál es el plan?

Lakshmi llegó a mi lado y me dio mi farol.

—Jack, incluso con Casio y el sacerdote, ese espectro es demasiado fuerte.

Miré alrededor. Kincaid estaba agachado con sus bastones metálicos en las manos, protegiendo a la guarda. Cruzó la mirada conmigo y asintió. Levanté la mano en señal de agradecimiento y me volví hacia la presera.

—Lo sé —dije, aún sin aliento.

Mis demás amigos se habían levantado, pero les costaba mantenerse en pie. Y desde la lejanía en el Estrato Antiguo, un nuevo ruido como de truenos reverberó hasta nosotros.

Miré al espectro. Unas pocas notas de El Mesías inédito de Händel lo habían llevado a lanzarse sobre mí para consumirme.

Acababa de oír a mi amigo cantar una tercera estrofa que llevaba veinticinco años buscando.

Si un cantante de metal podía luchar tanto tiempo para terminar una canción, no quería ni imaginarme cómo debía sentirse un gigante musical como Händel, que llevaba siglos en ello.

Su canción inacabada tenía que ser la clave.

El espectro tomó impulso y vino en mi dirección, chillando, dejando atrás una estela de humo negro desde la boca. Las cicatrices de mi sombra brillaron y una avalancha de malos recuerdos inundó mi mente.

Casio y Lakshmi cerraron filas ante mí, con las armas en alto.

Levanté mi arco y di un golpe tan fuerte en el farol que partí varios hilos de la cuerda. Un destello de luz reveladora me mostró la rotura del espectro, pero no lo que había debajo.

La criatura aulló mientras apartaba a Casio y Lakshmi y apretó el paso hacia mí.

Me puse el farol contra el pecho y empecé a tocarlo ferozmente, concentrando en la luz todo lo que había averiguado sobre Händel y su Mesías inacabado, intentando enviarla toda alrededor de la gran cicatriz del compositor.

Los nos metálicos retumbaron mientras la luz refulgía en su interior y penetraba en esa parte más profunda de su sombra.

El espectro se detuvo de pronto ante mí y se irguió, mirando abajo, como una nube de oscuridad con forma de hombre gigantesco. Toqué un último frote, escruté en su sombra y la iluminación abrió su rotura para mí…

… le entrega la flauta dulce a su padre, que el hombre parte por la mitad antes de prohibirle a Händel ir a casa de ningún amigo donde pueda escucharse música…

… toca bajito una sonata a la luz de las velas en una espineta que escondió en su buhardilla el día de su décimo cumpleaños, e intenta amortiguar el sonido para que no despierte a su familia…

… su padre se lo lleva a rastras del conservatorio por un patio nevado hacia las oficinas de la facultad para matricularlo en Derecho civil…

… se agacha sobre la tumba de su padre, con parches en ambos ojos, y un ayudante guía su vieja y temblorosa mano para dejar una copia de El Mesías sobre la lápida…

Me pareció que por fin lo entendía.

Händel estaba intentando terminar El Mesías como era debido para demostrarle su valía a su padre.

Quizá creyese que no era su mejor composición, pero algo dentro de él parecía reconocer que quizá fuese su única oportunidad de dejar un legado que demostrara que su padre se había equivocado al intentar impedirle que se dedicara a la música.

De pronto, el espectro pareció consciente de mi escrutinio y echó la espalda atrás, como si pretendiera envolverme otra vez en sus pliegues. Si lo lograba, no me parecía que fuera a ser capaz de escapar una segunda vez.

Necesitaba reflejarle todo aquello con una nueva luz, y así volverlo maleable para poder convencerlo y renovar la guarda.

Así que miré de nuevo en su rotura, pero en esa ocasión canté una variación de las notas de brillo de Händel.

Primero entoné su pauta del Claro de luna en voz grave y queda, para capturar el frágil dolor del niño que había sido.

Cuando tuve el sonido de sus recuerdos más oscuros, empecé a animar la canción, introduciendo melodías en arpegios de séptima mayor y cantando imágenes de iglesias abarrotadas, caras sonrojadas de júbilo, gente vestida con su mejor ropa navideña llorando de alegría.

La rotura del espectro ganó brillo también y la criatura se detuvo, como escuchando.

A los pocos momentos, en un silencio susurró: « Imperfekt » con un leve acento alemán.

Entonces su rotura empezó a oscurecerse de nuevo, expulsándome.

Los nebulosos pliegues de su largo abrigo y las cintas de humo negro parecieron inflarse y su susurró ganó intensidad hasta convertirse en un chillido a pleno pulmón.

Mi canción flaqueó. Mi voz no era suficiente para alterar la sensación de abandono y fracaso que tenía Händel. El tiempo pareció detenerse y me sentí como el niño de la ventana otra vez, como si pudiera librar yo solo otra batalla condenada al fracaso o bien salir huyendo.

«Pero siempre hay una tercera opción».

Y la tenía por todo mi alrededor. Dama, Church y Chuey a mi izquierda. Casio y Lakshmi a mi derecha. Kincaid con sus bastones al otro lado del espectro.

Esa gente no tenía por qué estar allí. Pero allí estaban, en lo más profundo de la historia, enfrentándose junto a mí al infierno desatado.

Como lo haría una familia. Además de eso, eran personas de muchos sitios, lugares y trasfondos distintos.

Y me habría apostado cualquier cosa a que todos ellos conocían la famosa canción de Händel.

Indiqué a mis amigos que estuvieran preparados y regresé deprisa a la oscura melodía de la profunda herida de Händel. Pero esa vez la llevé adelante hacia su gran coro «Aleluya», el que nunca había terminado del todo, y canté la última versión, escrita en su buhardilla del Estrato Renacentista.

El espectro niveló su cabeza hacia mí.

—¡Desiste! —bramó.

Las nubes que lo componían bulleron y unas finas vetas carmesíes y doradas recorrieron su silueta ondulada como relámpagos. Unas ráfagas de aire denso y gélido embistieron contra mí.

Separé los pies y continué.

No tenía ningún grandioso conjunto para acompañar la canción, ni público expectante, ni intérpretes, auditorios o libretistas que exigieran alterar el corazón de la música de Händel. Estaba solo yo, dándole una simple voz a un estribillo que el compositor llevaba siglos intentando enderezar.

Entonces les hice una seña a mis amigos para que me acompañaran. Chuey se lanzó sin dudarlo, y su horrible voz de algún modo confirió una cierta autenticidad a la canción.

Händel se volvió hacia mi amigo más antiguo.

—¿Quién canta esto?

—Un amigo del mundo de arriba —respondí—. De México, nada menos.

Casio entró el siguiente. Entonó una octava por debajo, imprimiendo a nuestra melodía la fuerza de su grito de guerra.

—Él procede de la Galia y Germania —expliqué—, siglos antes de que incluso compusieras la música.

Luego se sumaron Church y Dama, ensanchando la canción con sus melodías de tenor y contralto. Aunque les faltaba práctica, sus voces sonaron cargadas de amor por la música.

—Ella cuidaba de soldados caídos y atendió a los huérfanos de Londres en tu propia época —le dije al espectro—. Y él es un hombre intelectual y compasivo de la era de las grandes guerras de la Tierra.

Kincaid empezó a cantar también, con el vozarrón de un arcángel. El espectro se volvió de golpe para mirarlo.

—Un sacerdote —dije—, y conservador en la abadía donde estás enterrado en el mundo de arriba.

Lakshmi se unió la última, en voz casi demasiado baja para oírla, hasta que me di cuenta de que entonaba unas notas suaves y altas de soprano, cantarinas y adorables. Su belleza era la de la primera sonrisa de un niño.

—Y esa voz pertenece a una presera —concluí—, nacida en Calcuta, que juró defender la Ley del Precedente por encima de todo lo demás. Y, sin embargo, aquí está, cantando tu canción.

No terminamos el oratorio completo. Solo hicimos esa parte, a modo de gozoso estribillo.

Lo habíamos repetido unas cuantas veces cuando, desde la sombra de Händel, una voz quebrada se unió a nosotros, corrigiendo con suavidad la melodía y el ritmo mientras cantábamos suave todos juntos. No nos dimos prisa. Y la verdad es que sonaba áspero, y entrecortado, y un poco dubitativo.

A los pocos momentos Händel se deslizó hacia mí, negando despacio con su enorme cabeza incluso mientras seguía cantando con nosotros, modificando la canción muy poco a poco hacia su mejor final.

Entonces las notas empezaron a repetirse siguiendo el mismo patrón y nuestras voces se hicieron más firmes, más sonoras, más confiadas.

Dejamos que la música creciera y se inflara, cantando con tanta alegría y propósito como cualquiera de nosotros pudiera haber querido oír en la melodía de su propia alma.

Como una familia, cantamos esa bella música.

Nuestras voces, procedentes de toda la historia, de todo el mundo, de todas las sendas espirituales, reflejaron la rotura de vuelta al interior de Händel no como repudio de su música ni señalando el fracaso de una canción imperfecta, sino como ratificación de su camino y del mismo legado que él creía que había huido de su alcance.

Al llegar al final, nos unimos todos en un último y poderoso coro que resonó en la oscuridad de aquella extensa y antigua llanura.

Cuando sus últimos ecos remitieron, se hizo el silencio, y Händel de nuevo se alzó justo delante de mí.

—Incluso si esta canción fuera lo único que recuerda nadie jamás —dije—, es suficiente. Casi trescientos años más tarde, la gente aún la canta. Puede que no la versión que acabamos de hacer, pero el espíritu es el mismo.

Y entonces, como un sobretono que apenas se entreoye, Händel lloró con suavidad y el sonido se alzó desde su rotura.

—Ojalá mi padre pudiera haber oído esto —dijo.

Yo no estaba en posición de darle ningún consejo sobre progenitores, pero aun así respondí:

—Si te sirve de algo, creo que a tu padre le habría gustado. —Recordé a mi padre llevándome al aeropuerto y lo que me había dicho sobre ser feliz—. De hecho, por lo que he averiguado de ti y de tu padre… creo que estaría orgulloso.

—Quizá —dijo Händel—. Y quizá, a su manera, solo quería lo mejor para mí.