Canciones de los muertos (Las Guerras de los Estratos 1) Capítulo 61
88%

Capítulo 61

El número y la variedad de seres, artefactos y conocimientos tanatúrgicos presentes en la Interminable Oscuridad exceden la comprensión actual del mismo modo que la complejidad de los inmensos océanos de la Tierra está más allá de toda comprensión humana.

Secretaria B EAUMONT , informe de auditoría

para el Cabildo de las Facciones

… por fin estoy en Ardells con mi mochila y mi guitarra, esperando a mamá. Chuey y la panda metalera de la colada me han acompañado para darme apoyo. Temo que mi madre no aparezca, y entonces el viejo Dodge aparca…

—Jack —dijo Church, como desde muy lejos—. Jack, ¿estás bien? Chaval, a la guarda no le queda mucho tiempo.

… mi madre envía a su nueva familia al interior de Ardells y se vuelve hacia mí. Saco de la mochila el diploma de la feria de ciencias que ganamos y la foto de los dos. Le digo que tenemos que estar juntos, que hacemos buen equipo…

—¡Sus suturas se han partido! —gritó Dama—. Está sangrando recuerdos. Y la herida está agrandándose demasiado para poder cerrarla.

… mamá niega con la cabeza. Así que le doy mi campana de joven historiador. Le explico que no soy como el resto de la familia, que ya no estoy en riesgo, que la bibliotecaria dice que tengo futuro…

—¡Aguanta, ese! —exclamó Chuey, y oí cómo se arrastraba hacia mí por el duro y antiguo suelo.

… mamá me sonríe, pero es una sonrisa triste. Así que saco la vela de Santa Francisca y le cuento que rezo todos los domingos, que ese encuentro es la respuesta de Dios a mis súplicas y que tenemos la oportunidad de volver a empezar…

—Jack, ¿encuentras alguna música en tu interior esta vez? —Sentí el aliento de Church en la cara—. Algo que aminore el flujo. ¡Pelea, mi chico, pelea!

… los ojos de mi madre se llenan de lágrimas. Cojo la guitarra y toco la canción que le he escrito. No está terminada; aún le falta letra. Pero el sentimiento es el bueno. Canto para pedirle que no vuelva a marcharse…

—Dudo que esto vaya a aguantar. —Era la voz de Dama—. Rezo para que lo haga —añadió, y clavó su aguja en mi sombra.

… cuando termino la canción, espero a que mamá me envuelva en sus brazos.

Pero ella vuelve a guardarlo todo en mi mochila y abre su monedero.

Saca un fajo de billetes y me los pone en la mano.

«Eres buen chico, Jack. Solo que ya no eres mi chico.

Lo siento. Necesitaba empezar de cero. Espero que algún día llegues a entenderlo».

Ahora solloza abiertamente. Noto que se acumulan las lágrimas también en mis ojos.

«Siempre te querré, Jack. Pero ahora las cosas son diferen tes para mí.

Soy feliz. Y tú tienes que encontrar tu propia felicidad».

Las lágrimas me arden en las mejillas. Intento devolverle el dinero, pen sando que de algún modo hacerlo invertirá la situación.

Pero mi madre me abraza y luego camina hacia Ardells.

«No, mamá, por favor, no te vayas. Ahora soy un buen chico».

Ella abre la puerta y des aparece dentro.

«Mamá…». Me echo a llorar y suelto el dinero en la acera…

Dama clavó la aguja otra vez en mi sombra y atrapó el extremo ondeante del hilo de essiene.

Dio seis bastas puntadas y cerró el grueso de mi herida.

Un dolor atroz recorrió toda la cicatriz, pero al menos Dama había contenido el caudal.

De pronto la carne me pesaba en los huesos.

El sudor cayó a chorro de mi cara y humeó al gotear en el suelo helado.

No sabía cómo perdonar a mi madre. No sabía ni cómo empezar siquiera. Mi tercera estrofa estaba igual de lejos que siempre. La letra. Las notas. Wembley no era ni siquiera un recuerdo. Y seguía sin poder moverme, ni en realidad quería tampoco ya.

Así que cerré los ojos…

… Chuey está a mi lado. Me pasa un brazo alrededor y dice: «Creo que la tenías convencida hasta eso último del final, tío. Pero tu voz da pena». Río y lloro al mismo tiempo. Chuey me sacude. «Estoy contigo, hermano. Y tengo una idea para ese estribillo tuyo»…

Abrí los ojos otra vez. La luz de mi farol oscilaba contra la antigua oscuridad.

Dama y Church estaban acuclillados junto a mí, con el ceño muy fruncido y los hombros gachos.

Se apartaron hacia atrás mientras Chuey llegaba arrastrándose a través de un matorral muerto de cardo y me pasaba su pesado brazo por los hombros, con el rosario colgando de sus dedos.

—La odié por marcharse, Chuey. —Negué con la cabeza—. Aún la odio.

Chuey me puso la mano en la espalda, se inclinó hacia mi oreja y, con su espantosa voz, empezó a cantar mi tercera estrofa.

Me quedé allí arrodillado, perplejo por lo que estaba escuchando. Las palabras sonaban correctas. La música sonaba correcta. Y Chuey, quizá porque conocía mi historia, hasta le puso un poco de sentimiento.

—¿Cómo es posible? —pregunté.

—Me la has dado tú, tío. —Chuey me zarandeó un poco—. Puedo verla toda. Oírla toda. Y es una pasada por tu parte que intentes ver su lado de la historia en tu propia canción.

El problema era que, incluso oyéndola allí mismo, no sentía que estuviera perdonando en absoluto a mi madre.

No sabía qué era lo que había cambiado dentro de mí en Wembley, pero desde luego era más que solo música y palabras.

Sin el recuerdo en sí… la cicatriz de mi interior seguía ardiendo.

Dejé caer la frente al suelo congelado, exhausto.

Chuey volvió a zarandearme con suavidad.

—Pero, esa nunca ha sido la mejor parte, ese.

Se arrancó con el estribillo. El combativo estribillo que compartíamos desde nuestros tiempos en la biblioteca, una declaración de que, a pesar de todo, seguiríamos juntos. Nos apoyaríamos. Como hermanos. Como familia.

El sonido se asentó en mi interior. Durante un dulce y hermoso momento, allá abajo, al fondo de la historia, todos los demás momentos de mi pasado desaparecieron. Estábamos solo Chuey y yo, y aquel familiar estribillo. Duro y convencido y desafiante a muerte.

Hasta entonces no había comprendido mi propia canción.

—Nunca dejé de querer que ella volviera. Eso me impidió ver un montón de cosas buenas, ¿eh?

Chuey consiguió sonreír.

—Vaya, no me digas.

Reparé en que aún llevaba en la muñeca la sencilla pulsera que me había dado aquella niña, Emily.

—Siempre supe que tú y los demás estabais conmigo. Pero es posible que pensara que era sobre todo en la música, no que fuéramos de verdad una familia.

—Ah, hermano, pero es que la música es familia. Y ahora, ¿vas a seguir obligándome a cantar yo solo?

Sonreí, inhalé una larga y tranquilizadora bocanada y, juntos, cantamos nuestro estribillo:

Cuando el silencio de quienes deberían amarte

roba tus días de infancia,

cuando la única gente que intentó escucharte

yace fría bajo su lápida,

cuando todas las promesas que una vez te hicieron

se rompen y tú pierdes la fe,

que cada desilusión sea para ti un recuerdo

de que yo sí que me quedaré

Terminamos y dejamos que las palabras flotaran entre nosotros.

Entonces Chuey susurró:

—Arriba Westmont.

—Fijo que sí —respondí.

Asentí para darles las gracias a Dama y Church.

También formaban parte de aquello. El dolor de hurgar en el pasado me había hecho ver, recuerdo a recuerdo, que quizá hubiera perdido a mis hermanos, a mi padre y también a mi madre, pero por el camino también había encontrado no solo a amigos que apoyarían mis jugadas, sino otro tipo de familia.

Y aquello iba a capearlo por ellos, hasta el mismísimo final.

A unos treinta metros de distancia, la guarda seguía manteniendo a raya al espectro. Recogí mi farol, agarré el arco y me puse en pie.

—Tenemos que detenerlo —dije—, pero también hay que renovar la guarda. Lakshmi, ¿puedes desviar su atención?

La presera salió disparada hacia la derecha y se internó en la oscuridad.

—Necesito encontrar su rotura —añadí—. Haced lo que podáis para ayudar a que me concentre en eso.

Sacaron las armas y rodeamos hacia la izquierda para flanquear al espectro.

Toqué un fuerte frote revelador. La luz ambarina brilló por todo el llano baldío. Unas resplandecientes pautas de almas emergieron en la sombra el espectro, con una incontable cantidad de oclusiones.

La criatura chilló una nota trémula que tiró de las suturas de mi sombra y estuvo a punto de derribarme otra vez al suelo. Entonces empezó a azotar de nuevo a la guarda con sus cuerdas negras. La luminosidad de la guarda osciló, menguó, y la mujer traslúcida se precipitó al suelo.

—¡Déjala en paz! —aullé, y mi voz resonó por la llanura desolada.

El espectro se volvió hacia nosotros, ondulando, vibrando con unos tonos profundos y terrosos.

De nuevo, profirió una nota, más fuerte esa vez.

El suelo bajo nuestros pies se sacudió y palideció mientras se extendían por él unas grietas más profundas, como en una sartén seca dejada al sol.

Los vínculos de Church y Dama se oscurecieron.

Chuey y yo trastabillamos. Solo Lakshmi se mantuvo firme, aunque jadeaba y estaba empuñando solo una hoja con las dos manos.

Recuperé el equilibrio e hice un poderoso frote de refuerzo que dirigí con pensamientos de los niños huérfanos de Dama y el sentido de la decencia de Church. Los dos se irguieron y levantaron sus armas.

El espectro echó atrás la espalda empuñando sus látigos negros mientras una profunda nota empezaba a emerger otra vez de su interior, pero entonces una cegadora luz azul estalló alrededor de nosotros.

La guarda volvía a estar de pie y brillaba más que antes.

Atacó al espectro con sus látigos ígneos y las cuerdas desgarraron a la criatura.

Su aullido de muchas voces desgarró otra vez la tierra por debajo de nosotros y casi nos derribó.

La guarda, grácil y luminosa, siguió azotando al espectro con sus cuerdas ambarinas, mientras su multitud de voces se alzaba contra el coro atronador de él.

Me adelanté a mis amigos, planté los pies y toqué otro frote revelador que volvió a iluminar la sombra del espectro.

Recorté el boletín La gaceta musical de Händel y sus borradores de El Mesías y concentré esos pensamientos en la luz que proyectaba mi farol.

Dentro de las capas de sombras del espectro, una pauta titilante empezó a brillar más que el resto: aquellas notas parecidas al Claro de luna otra vez, la misma sonata que había visto en la prisión de Newgate.

Händel chilló.

—¡No soy solo El Mesías ! ¡Tengo todo un corpus de composiciones que tu mundo reduccionista pasa por alto a la ligera!

Las palabras emanaban en densas ondulaciones de una inmensa cicatriz en el centro de su sombra.

Pero, antes de que pudiera escrutar en ella, el espectro profirió un chillido disonante que apagó mi farol.

Luego se volvió, cargó contra la guarda y su gigantesca forma la derribó al suelo entre volutas de humo negro.

Lakshmi atacó desde la derecha y dio un tajo con su tulwar. El espectro se revolvió y disparó un haz de oscuridad a su pecho que la derribó de espaldas contra un ciprés muerto.

La guarda se alzó sobre las rodillas, con los brazos colgando a los lados, esforzándose en levantar sus látigos ambarinos.

Disparé un frote de asalto contra el espectro y chillé «¡Vamos!

» a mis amigos. Embistieron todos y golpearon la gigantesca forma negra.

Sus armas parecían inútiles y el espectro rugió otra nota terrible que los barrió hacia atrás por la llanura como si fuesen plantas rodadoras.

Me coloqué contra la oleada de sonido, aferrando mi farol.

La guarda se limitó a dejarse caer al suelo y aovillarse en posición fetal, mientras su brillo decaía y el espectro empezaba de nuevo a soltarle latigazos.

Lleno de pánico, recordé una frase del último manuscrito de El Mesías de Händel, un verso que nunca se había cantado. Tomé aire y grité la melodía con toda la potencia de voz que me quedaba.

El espectro se quedó muy quieto. Un viento frío siseó por la antigua llanura.

Entonces la gigantesca forma humana de aquella criatura echó a correr hacia mí sobre la tierra agrietada.

Avivé mi piedra fantasmal con un grito y alcé farol y arco, pero, antes de que pudiera tocar ningún frote, el espectro me rodeó con un zarcillo de vapor negro y me inmovilizó.

Forcejeé y me revolví, pero solo conseguí tensar más la cuerda y, al momento, tiró de mí y se me llevó al interior de la inmensa oscuridad de Händel.

Un dolor gélido me embargó y solté el farol. El espectro empezó a sondear mi alma, enviando zarcillos de humo al interior de mi herida. Apenas podía moverme. Una rápida sucesión de imágenes pasó por mi cabeza, momentos de mi vida. El espectro lo vio todo.

Y, dentro de él en esa ocasión, no me asaltó únicamente la promesa de descansar.

Empezaron a destellar en mi mente recuerdos que no eran míos: sentarme ante un clavecín con una peluca que me picaba en la cabeza; soplar un trombón, con los ojos llorosos por el humo de cigarrillo; estar sobre el escenario del Caballo, pero cantando la canción de Angela DuFresne.

Sé, de un modo ajeno, que el espectro ha empezado mostrándome recuerdos horribles, pero los recuerdos de la gente que hay en su interior, al menos los que estoy viendo, son muy distintos de los míos.

Y la música es bella, poderosa, tanto que me siento fuerte al revivirla.

Quiero seguir reviviéndola. Quiero seguir formando parte de todos estos nuevos recuerdos. Hacerlos míos.

Decido quedarme con ellos…

Y entonces el brillante filo de una espada me atraviesa. Siento un dolor punzante y caigo a la tierra.

Contra la oscuridad del espectro en retirada se alzaba Casio.